Orden y fuego Capítulo 35
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Capítulo 35

Unos días más tarde volvió de una reunión con ese gesto raro que mezcla cansancio y algo parecido al éxito. No era alegría, pero se le parecía de lejos. Mientras se quitaba los guantes en el recibidor, dejó caer las frases como quien comenta el parte meteorológico.

—Naturalmente, habrá que reforzar la vigilancia —imitó, con una precisión casi cruel—. Pero, dadas las circunstancias, el incidente se ha manejado con eficacia.

Una pausa.

—Su redistribución de horarios ha permitido que el resto del trayecto se mantuviera seguro, von Hohenfeld. Menos mal que usted estaba coordinando este sector.

En la cocina asentí sin decir nada. Por dentro, la frase se me clavó con otra forma: cada vez que usa su poder para torcer un horror, el aparato aprende que no puede prescindir de él. Lo aplauden exactamente por lo que él no quiere ser.

No llegó como en las películas. No hubo nadie gritando «aviones» en la calle. Yo estaba en el despacho, con la ventana entreabierta, intentando escribir una carta que no sabía a quién iba dirigida. Tenía el papel delante, la pluma en la mano y la cabeza en otra parte.

Entonces sonó la sirena.

Me quedé congelada, la pluma suspendida a medio centímetro del papel. Tardé un segundo en entender que no iba a parar a los tres tonos habituales. Siguió. Y subió. Y cambió de registro a mitad.

La luz de la lámpara parpadeó.

Me levanté tan deprisa que la silla se fue hacia atrás y golpeó la pared. Fui al pasillo. Gretel ya estaba ahí, con el delantal en la mano, las mejillas pálidas.

—¿Ejercicio? —pregunté, sabiendo que no.

Entonces lo oí.

Un ruido mínimo, casi cómico en mitad de una sirena: uñas resbalando en las baldosas. Perry salió de la cocina como si el sonido le hubiera empujado el cuerpo. No ladró. No hizo su teatro. Venía bajo, pegado al suelo, con los ojos enormes y el rizo temblándole.

—Ven aquí —le dije, sin pensar.

Se me metió entre las piernas, buscando sitio, buscando piel. Le pasé los dedos por el lomo una vez, intentando calmarle.

Detrás de Gretel apareció Josef con una linterna y esa cara seria que nunca había visto en la cocina, solo cuando hablaba del «antes» sin palabras.

—Señora, al sótano —dijo—. Ahora.

En la ciudad, las ventanas iban apagándose poco a poco. El cielo se volvió una masa más negra que la noche. Fue entonces cuando pensé en él.

No en «el capitán». En Giorg, con el uniforme, en el puerto. Allá abajo, entre barcos, depósitos de combustible, rieles, exactamente donde cualquier avión enemigo querría dejar caer lo que trajera. La sirena parecía apuntar directamente hacia él, no hacia nosotros.

—Está en el puerto —dije, como si hiciera falta.

Nadie respondió.

La luz se cortó de golpe.

El pasillo quedó en penumbra, solo la linterna de Josef dibujó un cono tembloroso sobre las paredes. La radio se apagó a mitad de frase. El mundo se redujo al sonido de la sirena, nuestra respiración y al ruido de nuestras propias pisadas bajando las escaleras.

Tropecé en el segundo peldaño, Josef me sujetó por el codo sin decir nada. Noté el pulso acelerado en mis propias sienes.

Perry se removió, inquieto. Le apreté contra mi pecho.

—Shh… —murmuré, sin saber si se lo decía a él o a mí.

El sótano olía a cal, a carbón y a humedad vieja. Gretel bajó detrás de nosotros con una manta doblada y un paquete pequeño bajo el brazo. Se movía con eficacia.

Me senté en el banco, la espalda contra la pared fría. Gretel se colocó a mi lado, dejando el paquete entre sus rodillas: pan, agua, una botella pequeña de algo más fuerte.

Arriba, la sirena seguía. A lo lejos, por encima del sonido, llegó otro: un gemido grave, sostenido. Tardé en reconocerlo, motores. Varios. El zumbido crecía despacio.

Josef apagó la linterna. Nos quedamos a oscuras del todo.

—Mejor así —explicó—. Si cae algo cerca, no queremos cristales en los ojos.

Oí a Gretel respirar hondo a mi lado. Mi mano buscó la suya sin pedir permiso. La encontré, áspera, más pequeña, fuerte. Me la apretó de vuelta con una firmeza que parecía pura resistencia.

El ruido de motores creció. Luego, por debajo del zumbido, llegó algo más, una vibración muy leve en el suelo. No fue una explosión clara, no todavía. Más bien un golpe lejano, amortiguado por kilómetros de aire y piedra. Yo conté los segundos entre cada rumor. No sé por qué.

Pensé en Giorg otra vez. En sus manos sobre los planos, marcando objetivos, rutas, horarios.

En esa misma cabeza calculadora, ese mismo cuerpo que yo conocía tan bien, ahora expuesto bajo el ruido de esos motores.

Intenté imaginarlo en un refugio parecido al nuestro, y no pude.

Lo vi a la intemperie, dando órdenes con la voz más alta que la sirena.

Otra vibración. Más clara. Esta vez, sí: una explosión lejana. El sonido llegó después, inflándose sobre la ciudad como una ola. Nuestra casa tembló un poco más. De alguna casa vecina, el ladrido histérico de un perro cortó el aire hasta que un portazo lo acalló.

No grité. Tampoco lloré. Me aferré más a la mano de Gretel y me obligué a respirar: adentro, afuera, adentro. Cada inhalación llevaba su nombre por dentro. No sé cuánto duró.

En algún momento, la sirena cambió de tono.

Luego paró. El zumbido de los aviones se fue alejando, volviéndose otra vez un rumor confuso, hasta desaparecer.

La ciudad se quedó en silencio un segundo, como si no se atreviera a moverse.

Después, muy despacio, empezaron a llegar otros sonidos: voces, un coche que arrancaba, un niño que lloraba más abajo, una ventana que se abría.

Josef encendió la linterna.

—Ha pasado —dijo.

No sabía si «ha pasado» significaba «ya está» o «por ahora».

Subimos las escaleras despacio. La casa seguía ahí. Olía a apagón, a polvo removido. Me acerqué a la ventana y miré por el hueco. No se veían llamas, solo algunas columnas de humo en la dirección del puerto. El corazón empezó a golpearme otra vez.

—¿Cree que…? —empecé.

Josef se adelantó y miró él también.

—Si hubieran dado de lleno, lo sabríamos ya —dijo.

Me quedé un rato pegada al cristal frío, viendo cómo la ciudad se recomponía a tientas. No había noticias de él. No podía haberlas todavía. Me di cuenta de que seguía con la mano de Gretel en la mía. Solo entonces la solté.

—Voy a esperar arriba —dije.

Asintió, sin reproches. Subí al dormitorio, encendí la lámpara de la mesilla cuando volvió la luz, me senté en el borde de la cama mirando la puerta.

Cuando por fin oí el coche en el patio, no me levanté con dignidad. Fui casi corriendo al pasillo, descalza, con la bata mal anudada.

Perry me oyó antes que nadie: salió disparado de no sé dónde, patinó un poco en las baldosas y se me pegó a las piernas con un gemido impaciente.

Josef abrió la puerta antes que yo. Una bocanada de aire frío, con olor a humo, se coló en la casa. Perry se adelantó un paso, olfateó el umbral con el cuerpo tenso y solo entonces, movió la cola una vez: corta, nerviosa.

Lo vi entrar.

No era el capitán de gala ni el hombre de uniforme impecable. Era una versión reducida a lo esencial: camisa remangada, sin chaqueta, la cara manchada de polvo gris, el pelo pegado a la frente. Olía a humo, metal caliente y algo agrio que no era suyo.

Se quedó un segundo en el umbral, quieto.

—Ha sido cerca del puerto —dijo al fin, la voz ronca—. Un depósito. Un par de vagones.

No necesitaba más palabras. Sentí que las rodillas se me aflojaban.

Vi entonces la mancha oscura en la manga, a la altura del antebrazo. Señalé sin querer, sin voz. Él la miró, frotó con los dedos; el rojo se volvió gris.

—Carbón. Aceite —murmuró—. No es mía.

No supe si era verdad, pero el corazón decidió creerle antes que la cabeza.

Detrás de él, Josef se apartó en silencio hacia la cocina, Gretel asomó medio cuerpo por la puerta del comedor, nos midió con una sola mirada y desapareció.

La puerta al cerrarse sonó demasiado fuerte. Ahí se me acabó la contención.

Me abalancé sobre él antes de pensarlo. No caminé, no me acerqué, me lancé.

Le rodeé el cuello con los brazos con tanta fuerza que casi lo desequilibré.

Noté el polvo en su piel, me dio igual. El cuerpo me temblaba entero.

Las lágrimas, que llevaba conteniendo desde el sótano, salieron sin permiso, calientes, directas a su cuello.

Él tardó un segundo en reaccionar. Luego me abrazó también, fuerte, una mano en mi nuca, la otra en mi espalda. Sentí su pecho duro contra el mío, el corazón aún acelerado bajo la camisa manchada.

—Ya está —susurró—. Ya pasó.

Mentía, pero necesitaba oírlo.

Me di cuenta de que estaba temblando más cuanto más intentaba dejar de hacerlo.

Tragué saliva, inútilmente, las lágrimas seguían saliendo, cada una por algo distinto: por la sirena, por el suelo vibrando bajo mis pies, por la imagen del puerto que no había visto y por este hombre de pie delante de mí, vivo.

Apoyé la frente en su clavícula, respirando a golpes.

—Sube —logré decir al fin, con la voz hecha polvo—. Antes de que me desmorone aquí mismo.

No recuerdo del todo cómo llegamos al dormitorio.

Solo sé que, cuando cerré la puerta, yo ya no pensaba.

Fui a encender la lámpara, la mano me tembló tanto que la bombilla parpadeó un segundo.

Él se quedó de pie en medio del cuarto, sin saber qué hacer con sus manos.

Lo miré y pensé que el sótano había servido para protegerme del techo, pero no de esto, de la violencia de verlo volver y entender, por primera vez de verdad, lo cerca que había estado de no hacerlo.

Entonces se me ocurrió la peor y la mejor idea posible.

Le agarré del puño de la chaqueta. No dije nada; ni siquiera estaba segura de poder hablar sin romperme. Solo tiré de él pasillo adelante, con las piernas todavía temblándome. Notaba el olor a humo pegado a su ropa, el polvo en su pelo.

Él no se resistió. Dejó que lo llevara, ese andar un poco rígido del que ha pasado demasiadas horas aguantando cosas que no dice. Entramos en el dormitorio. Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.

Di dos pasos hacia dentro y el cuerpo decidió por mí.