Orden y fuego Capítulo 34 #3
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Capítulo 34 #3

Cerró la carpeta y la dejó en la mesilla.

Se quedó un momento con las manos sobre los muslos, abiertas, vacías.

Cuando por fin me miró, tenía los ojos cansados.

No había lágrimas. Lo que había era algo más frío, más difícil de soportar: la consciencia exacta de que lo que había hecho no era ni suficientemente grande como para sentirse salvador, ni lo bastante pequeño como para olvidarse.

—No te van a hacer responsable —dije, sin estar muy segura de a quién intentaba consolar.

Se encogió apenas de hombros.

—Para ellos es un problema técnico —respondió—. Una molestia. Un informe más al que adjuntar la palabra «sabotaje», un par de reprimendas, quizá una reunión para hablar de «falta de vigilancia». Nada que no se pueda corregir con más soldados y más órdenes.

Calló un momento.

—Para ti no es solo eso —añadí.

Apretó los labios.

—Había un margen de retraso calculado —admitió, muy bajo—. Y una parada que no estaba en el horario original. No puedo demostrar nada. Tampoco quiero. Pero sé dónde se ha roto la perfección.

No necesitaba más confesión que esa. Me levanté de la cama y crucé la distancia hasta él. Me senté despacio sobre sus rodillas, mirando hacia él.

Se quedó rígido un instante, sorprendido.

Sus manos, que hasta entonces descansaban en sus propios muslos, no sabían dónde ponerse.

—He oído hablar de un tren —dije—. Y de un ataque. Y de gente que ya no está donde «debía» estar.

La frase se quedó flotando un segundo. Vi cómo los hombros se le tensaban una fracción.

—Si no hubiera cambiado esa hora —dijo al fin— habrían muerto todos en un bombardeo.

Se detuvo ahí, un segundo.

—Así solo… —La palabra se le quedó atascada— solo unos cuantos tuvieron una oportunidad. —Tragó saliva, disgustado con el adverbio—. Quizá uno, dos. No sé. No lo sabré nunca.

«Solo». «Unos cuantos».

Me rodeé la cintura con los brazos, de golpe consciente de que estaba en camisón y descalza frente a un hombre que llevaba encima el peso de gente que no conoceríamos jamás.

—No eres su salvador —dije—. Pero tampoco eres el hombre que los entregó a tiempo.

—No sé si he hecho lo suficiente, Anna. Solo sé que ya no puedo fingir que no tengo nada que ver.

Esa frase era la más honesta que le había oído en mucho tiempo. No hablaba solo del tren.

Le rodeé el cuello con los brazos, apoyé la frente en la suya.

—Lo único que has hecho ahora es dejar de mirar a otro lado —susurré.

Se le aflojaron, por fin, los hombros. No del todo, pero un poco. Sus manos encontraron sitio en mi cintura, primero apoyadas con torpeza, luego sujetándome con sentido.

—No tienes que quererme menos por esto —murmuró.

—No te estoy perdonando —repliqué—. Pero tampoco voy a dejar de quererte por miedo. Te sigo viendo. Incluso así.

Le besé la comisura de la boca. No fue un beso hambriento ni limpio. Fue un gesto breve, cargado de cosas que no sé decir de otra manera. Él respondió tarde, pero respondió.

Tardó en acercarse. Fui yo quien se pegó a su costado, quien metió la mano por debajo de su camisa abierta y apoyó la palma sobre su pecho.

—Hay gente que ya no está donde «debía» estar —susurré, justo antes de que el sueño empezara a tirarme de los párpados—. No sé si tenías que ver. Pero sé que ahora puedes decir que, si están en otro sitio, tú también estabas en el mapa.

No sé si me oyó. Lo que sí sentí fue su corazón, golpeando contra mi mano con un ritmo algo más desordenado que de costumbre.

Unas semanas después, cuando el informe empezaba a amarillear en la carpeta y nosotros hacíamos como que podíamos vivir encima de él, llegó la otra noticia.

No traía sello ni fecha. Llegó en forma de frase tirada al aire entre pescado y patatas.

Era una mañana gris en el mercado, de esas en las que la neblina parece mezclarse con el humo de los puestos. Llevaba la cesta en el brazo y el espíritu en punto muerto. Había pasado por tres colas, había oído dos chistes malos sobre el clima y una teoría de por qué el café sabía peor esa semana.

Fue al pasar por el puesto de verduras, mientras una mujer delante de mí pedía coles, cuando dos voces a mi lado empezaron a hablar más bajo de lo habitual.

—Dicen que en el interior, más allá del valle ése… —murmuró una.

—¿Cuál? —preguntó la otra, en el tono de quien ya sabe de qué valle se trata, pero se permite fingir que no.

—El de siempre —respondió la primera—. Donde a veces los de los bosques hacen ruido.

Yo miraba una montaña de zanahorias con más atención de la necesaria.

—Que iban a meterse con un tren —siguió—.

Uno «especial». Venía cargado de gente, dicen.

Que encontraron cosas en la vía y lo pararon antes de la curva, justo a tiempo.

Que estuvieron un rato con las linternas y los fusiles, mirando hacia el monte.

Dicen que no llegó a pasar nada, pero que después hubo soldados por todas partes, registrando como si sí.

La otra chasqueó la lengua, un ruido corto, entre miedo y satisfacción.

—Siempre hay soldados buscando —dijo—. Lo raro sería que un día no estuvieran.

Yo seguí fingiendo elegir zanahorias, pero la mano me temblaba un poco al meterlas en la cesta. Ellas lo llamaban «ruido». Yo lo llamaba Giorg, sentado en su despacho, moviendo minutos como quien mueve muebles para que no se note.