Orden y fuego Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

Colocó encima la hoja del tren de mañana.

El número del convoy, la hora de salida, las estaciones que debía cruzar, las indicaciones de siempre escritas con una pulcritud indecente, «no demoras», «prioridad en los cruces», «escolta armada en determinados tramos».

Había visto formularios iguales para trenes de carbón, de munición, de soldados de reemplazo.

La diferencia no estaba en la tinta, sino en lo que él sabía de los que iban dentro.

Se quedó un momento con las manos apoyadas en la mesa, a ambos lados del papel.

Recorrió con la mirada el trayecto previsto.

Trieste. El patio de maniobras donde saldría todavía a oscuras.

La primera curva junto a los almacenes. La bifurcación donde, a determinadas horas, los trenes de mercancías solían cruzarse con los de pasajeros.

El pequeño valle que se abría más adelante, rodeado de colinas bajas, árboles, casetas de guardabarreras medio abandonadas.

Sabía cosas de ese valle. No porque estuvieran escritas en los informes, sino porque maquinistas y algún que otro soldado con demasiadas ganas de hablar habían dejado caer la misma frase con variaciones, «por allí conviene no pararse mucho», «ahí han tenido sustos», «se oyen cosas por la noche».

Cuando los papeles decían «actividad hostil intermitente», los hombres decían «partisanos».

Más adelante, el mapa enseñaba un tramo pegado a la costa.

En las últimas semanas, allí la gente había empezado a mirar al cielo más de la cuenta: demasiados aviones, demasiado a menudo.

Las bombas no preguntaban qué llevaba un tren, pero un horario sí podía evitar ciertas coincidencias. O, al menos, intentarlo.

Eso era lo que tenía delante: un trozo de línea donde el miedo venía por arriba y por abajo.

Y en medio, un tren lleno de gente que no había elegido estar ahí.

Tomó el lápiz. No escribió nada aún. Si obedecía sin tocar un número, el tren saldría a la hora prevista, cruzaría la ciudad cuando ninguno de sus habitantes estuviera mirando, se internaría hacia el interior y, con un poco de mala suerte, coincidiría con esas franjas del día en las que los aviones buscaban objetivos para demostrar que la guerra seguía en marcha.

Si lo movía demasiado, alguien en un despacho lejano vería el dibujo raro en el horario y empezaría a hacer preguntas.

Preguntas que no acabarían en una reprimenda, sino en otro capitán en su lugar.

No podía detener el tren. Pero podía hacer algo que llevaba toda la vida haciendo mejor que nadie: moverlo de sitio en el tiempo.

Deslizó la punta del lápiz hasta una pequeña estación de cruce, una de esas donde apenas hay un banco, un jefe de estación adormecido y un perro que se sabe de memoria el silbato de cada tren.

Allí escribió, en el margen del papel: «posible saturación de vía por acumulación de mercancías, reorganizar paso». Era una frase inofensiva.

Debajo añadió una nota más concreta: adelantó unos minutos la salida de un tren menor, uno de vagones vacíos que iban a buscar carga, y retrasó en quince al convoy que le importaba.

La suma, para quien solo mirara el conjunto, daba lo mismo: un ligero reajuste entre tantos, nada espectacular.

Para él significaba que el tren de personas cruzaría el valle en otro momento.

Ni en la hora preferida por los aviones, ni en la más vigilada por los suyos.

Se quedó mirando esos quince minutos con una mezcla extraña de horror y alivio. Quince minutos no salvaban una guerra. Pero había visto muchas veces cómo cinco bastaban para que un niño perdiera un tren y, con él, un destino entero.

Podía haber optado por lo contrario: limpiar el recorrido, hacer que el tren esquivara cualquier punto donde «pasaban cosas», entregarlo impecable al monstruo que lo esperaba al final. Eso le daría informes bonitos, noches un poco más largas, menos cartas de reproche desde arriba.

Escogió no hacerlo. No porque se sintiera héroe, sino porque la idea de seguir siendo perfecto se le volvió, de repente, más insoportable que equivocarse a propósito.

Añadió un par de anotaciones más, pequeñas.

Una parada «técnica» en una estación anterior, revisión de frenos, que justificaría el retraso posterior sin necesidad de buscar culpables.

Un comentario sobre el estado de la vía en otro tramo, lo bastante claro como para que los maquinistas obedecieran sin discutir.

Todo ello dibujaba, en conjunto, un ligero cambio de ritmo: el tren respiraría distinto.

Las manos le sudaban. Secó los dedos en el pantalón antes de firmar. Cuando estampó su nombre debajo del plan, sintió algo parecido a miedo y ganas a la vez.

No sabía qué pasaría al día siguiente en el valle. Quizá nada. Quizá los hombres del bosque dormirían esa noche. Quizá el tren pasaría demasiado rápido. Quizá, en lugar de abrir un vagón, harían volar medio convoy.

Apagó la lámpara y se quedó un instante a oscuras, con el resplandor lejano de la ciudad colándose por la ventana.

El mapa, sobre la mesa, ya no se veía, pero seguía ahí.

Apoyó las manos en el respaldo de la silla, respiró, dejó que el corazón se le desacelerara lo suficiente como para poder volver al pasillo sin que yo leyera en su pulso lo que había hecho.

No se sentía limpio. Tampoco completamente sucio. Se sentía inclinado. Había elegido en qué dirección.

La noticia no llegó en forma de grito, sino de carpeta.

Un par de días después, lo oí subir más tarde que de costumbre.

Yo estaba en el dormitorio, con la lámpara apagada, sentada sobre la cama con las rodillas recogidas.

La puerta se abrió con cuidado, se coló primero la luz del pasillo, luego la silueta de Giorg.

No encendió la luz enseguida. Llevaba la guerrera abrochada hasta arriba y una carpeta en la mano. Se sentó en el borde de la cama sin desvestirse.

Esperé.

Tardó un momento en inclinarse hacia la mesilla y encender la bombilla amarilla que volvía la habitación más íntima que bonita.

En lugar de mirarme, abrió la carpeta sobre sus propias rodillas.

Desde donde estaba, podía ver el encabezado sin leer los detalles: sello, fecha, número de convoy.

El mismo número que yo había visto en el papel doblado del despacho.

—¿Es ese? —pregunté, sin preámbulos.

No pareció sorprenderse de que supiera de qué hablaba. Bajó un poco el mentón, lo justo para admitirlo sin palabras.

—Ha habido un incidente —dijo.

«Incidente». Otra palabra limpia.

Se quedó mirando la primera página, sin pasarla. Me deslicé hasta apoyarme en el cabecero, sin acercarme demasiado a él.

—¿Dónde? —pregunté.

Pasó la hoja. Buscó con el dedo una línea, la siguió, la tocó. No me enseñó el papel, pero murmuró el nombre del tramo casi en voz baja.

Era el valle del que me había hablado.

—El tren tuvo que reducir la marcha. —Leyó—. Aviso de obstáculos sobre la vía. Se ordenó inspección. Se retiraron los objetos. No se registró contacto con elementos hostiles. —Pasó la vista a la última línea—. Pasajeros civiles: ninguno.

La frase «no se registró contacto» me dio la misma rabia que alivio. Una forma elegante de decir: alguien estuvo ahí, esperando, y esta vez no salió como quería.

—¿Y el resto?

Pasó la hoja siguiente, aunque se notaba que ya la sabía de memoria. Enumeró con esa voz plana que usa cuando algo le importa demasiado:

—Composición reconducida. Se restableció el tráfico. Fin de la incidencia.

Eso era todo. Un párrafo. Tres líneas. Una alteración mínima en la respiración de la máquina del mundo… y, por una vez, la máquina no había pedido sangre para seguir funcionando.