Orden y fuego Capítulo 34
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Capítulo 34

La orden llegó una mañana sin nada de especial.

Yo estaba en la terraza, peleándome con una planta, cuando oí el ruido de un coche que no reconocí y, un poco después, el golpecito seco en la puerta secundaria, la del despacho.

No era el timbre de siempre, fue ese toc-toc decidido de quien sabe que viene con papeles, no con flores.

Gretel cruzó el patio con el cuerpo un poco más tenso de lo normal.

La seguí con la mirada hasta perderla en el interior y, sin pensar mucho, me quedé inmóvil, con la mano enterrada en la tierra.

Al cabo de un minuto oí pasos en el pasillo.

No eran los del servicio. Era ese caminar regular, un poco más pesado, de alguien con uniforme.

Me asomé desde la escalera al tramo que lleva al despacho de Giorg y vi, de espaldas, a uno de los invitados.

Llevaba una carpeta bajo el brazo y un sobre en la mano.

Tocó una vez, entró, y la puerta se cerró detrás de él.

Volví a la terraza, pero ya no veía la planta.

Lo siguiente que percibí fue un cambio en el aire de la casa, muy leve.

No hubo voces altas, no hubo discusiones.

Solo un silencio detrás de la puerta del despacho.

Yo conocía los silencios de ese cuarto: el silencio de trabajo, el de lectura concentrada, el de enfado.

Ese era otro. Uno nuevo. Me limpié la tierra de las manos y, con la excusa de buscar un libro, pasé por delante del despacho.

La puerta no estaba del todo cerrada. No miré dentro, no soy tan imprudente, pero me dejé quedar cerca, ordenando por enésima vez los lomos de una estantería que no necesitaba orden.

A través de la abertura veía solo una franja mínima: un trozo de mesa, la esquina de un mapa, un pedazo del brazo de Giorg.

Lo vi inclinado sobre la mesa, con una carpeta distinta de las demás abierta delante.

No era del color habitual de los papeles del puerto, ni llevaba el sello que yo ya asociaba al Südbahn de siempre.

Tenía un sello más gordo, más marcado, rojo apagado, y una palabra que alcancé a leer al revés, de lejos: prioritario.

Vi sus dedos sosteniendo el papel, el pulgar apoyado en el borde.

Leyó. Pasó una página. Leyó otra vez. Y entonces pasó esa cosa que yo siempre espero y siempre temo: se quedó absolutamente quieto.

Fue un segundo, quizá dos, pero pareció más.

La mano con el lápiz suspendida en el aire, la espalda recta, la cabeza ligeramente baja.

Ese segundo de inmovilidad era su manera de decir ya he entendido sin pronunciarlo.

Después bajó el lápiz y lo dejó sobre la mesa, sin firmar todavía.

Se llevó la mano a la boca y volvió a leer una línea.

La hoja no había llegado por los cauces del puerto.

La había traído, esa tarde, uno de los que venían a cenar al Circolo, con la misma naturalidad con la que te pasa un cigarro o te pide sal.

No la presentó como una orden, ni como un favor.

Solo la dejó allí, entre dos frases inofensivas, y la conversación siguió.

Al girar la página alcancé a distinguir expresiones sueltas: «aviso de posible sabotaje», «obstáculos sobre la vía», «inspección en puntos de riesgo», «no detenerse salvo señal», «escolta en el tramo», «máxima discreción».

Las palabras, en sí, podían ser cualquier cosa.

Lo que me heló fue la combinación… y saber de quién venían.

No hablaban de carbón. No hablaban de munición. El lenguaje era demasiado pudoroso, demasiado limpio. Eso, en estos tiempos, casi siempre significa lo mismo: gente.

No necesité ver más. Me retiré de la puerta con cuidado. Bajé a la cocina fingiendo que quería un vaso de agua.

—¿Quién ha venido? —pregunté, como quien pregunta por el panadero.

—Uno de los invitados —respondió Gretel—. De los otros.

No hizo falta que especificara. Pasé el resto de la mañana con esa sensación de peso que tanto detesto.

Giorg estuvo más brusco de lo normal, no descortés, pero sí demasiado corto.

Almorzó en el despacho, cosa que evitábamos siempre que podíamos.

Cada vez que oía una puerta pensaba que iba a salir; cada vez que no salía, sentía que el segundo de quietud delante de la carpeta se alargaba por toda la casa.

Yo tenía un libro abierto sobre las rodillas, pero llevaba varias páginas sin leer nada. La cabeza seguía arriba, en el despacho, en el sello rojo que había visto de reojo, en las palabras ordenadas con demasiada limpieza.

Giorg se quedó un segundo en el marco de la puerta. Tenía la cara cansada, no del cansancio de quien ha levantado cajas, sino del que da estar todo el día sentado calculando cómo se mueven las cajas de otros.

Se quitó los guantes con una calma que no tenía nada que ver con la que yo conocía, los dejó perfectamente alineados sobre la consola y solo entonces se permitió respirar un poco más hondo.

—Mañana sale un tren importante —dijo, como quien comenta el tiempo.

No dijo «convoy». No dijo «operación». Dijo «tren». Bastó.

Cerré el libro sin marcar la página. Lo observé mientras cruzaba el salón y se dejaba caer en el sillón de enfrente sin molestarse en quitarse la guerrera. Apoyó los codos en las rodillas y entrelazó las manos.

No hablé enseguida. Me tomé unos segundos para que la pregunta no saliera en forma de grito.

—Importante cómo —pregunté al fin—. ¿Importante para el carbón o para la gente?

Él levantó la vista, despacio. La lámpara del salón le dibujaba una sombra suave en la cuenca de los ojos, pero no lo suficiente como para ocultarme nada. Vi la vacilación, ese instante mínimo en que piensa si cambiar versión o dejarlo como está. Esta vez decidió no cambiar.

—Para los de dentro —dijo—. Para los que van dentro del tren.

No los llamó por ningún nombre oficial. «Los que van dentro». Con eso bastó para que el salón se encogiera.

Me levanté del sofá y, en lugar de quedarme enfrente, fui a sentarme a su lado, en el brazo del sillón. No lo toqué, apoyé las manos en mi propio regazo.

—¿Y tú qué haces con ese tren? —pregunté—. Además de no subirte en él.

Suspiró. Se pasó una mano por la frente, hacia atrás, desordenándose un poco el pelo perfecto del capitán.

—Lo mismo que con todos —respondió—. Ver por dónde pasa, a qué hora cruza cada estación, qué otros trenes tiene alrededor. Que llegue «cuando debe».

La expresión le salió con comillas invisibles. «Cuando debe». No «donde debe».

Aparté la mirada un segundo, hacia la ventana, donde el cielo empezaba a ponerse del mismo color que las grúas del puerto cuando el sol se les queda enganchado. La ciudad estaba llena de ruidos pequeños; la casa, en cambio, tenía un silencio cargado.

—Sabes que no vas a poder pararlo —dije—. No hace falta que me lo jures por ningún reglamento. Pero también sé que tú no miras un tren como los demás. Los demás ven horarios. Tú ves huecos.

Él no contestó enseguida. Se inclinó hacia atrás, dejó caer la cabeza en el respaldo, miró el techo.

—Hay tramos más tranquilos —dijo al cabo— y tramos donde a veces pasan cosas.

Curvas en las que los maquinistas bajan un poco la velocidad aunque nadie se lo mande, túneles que a los de arriba les parecen iguales pero los de abajo saben que no lo son.

Sitios donde aparece gente que no debería estar en las vías, y sin embargo está.

Hablaba de partisanos sin nombrarlos. De sabotajes sin decir la palabra. Yo lo seguía sin necesidad de leyenda.

—Puedo moverlo un poco —continuó—. No mucho. Minutos. Algún cruce. Hacer que no coincida con el peor momento, o que esté un poco más expuesto en el lugar donde a veces alguien se atreve a abrir una puerta.

Los dedos, entrelazados, se le apretaron un poco más.

—Si lo protejo demasiado —añadió—, llegará impecable a donde está previsto. Si lo expongo de golpe, alguien por encima de mí verá la jugada y, la próxima vez, habrá otro en este sillón, uno que no pierda el tiempo pensando en curvas y túneles.

No hizo falta que explicara más. Lo veía: el hombre exacto que vendría después de él, afilado, puntual, limpio, incapaz de escribir una duda en el margen de un horario.

Me incliné apenas, lo suficiente para que mi hombro rozara el suyo.

—Entonces no lo expongas de golpe —dije—. No te estoy pidiendo que descarriles el mundo. Solo que, si puedes, des a los que van dentro una posibilidad que ahora no tienen. Un minuto de más. Una parada donde a veces pasan cosas buenas disfrazadas de incidentes.

Él cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, no había decisión escrita en ellos, pero sí una fatiga lúcida.

—Haré lo que pueda sin desaparecer con ellos —murmuró.

No era mucho. Era todo.

No pregunté más. Sentí que, si metíamos demasiados números en el salón, la alfombra se convertiría en vía.

Me incliné un poco más y apoyé la frente un segundo en su hombro.

—Y luego —dije— vas a volver. Y tendremos que vivir con lo que hagas mañana. Yo también. Pero prefiero eso a que la única cosa perfecta de este país sean tus trenes.

—Eres peligrosa cuando hablas así —susurró.

—Y tú cuando no hablas nada —contesté.

Se levantó un rato después, con la excusa de «terminar unos papeles». Lo vi alejarse por el pasillo hacia el despacho con la espalda demasiado recta. No lo seguí. Algunas cosas tenían que decidirse con tinta y silencio.

En el despacho ya era de noche cuando encendió la lámpara de mesa.

La luz cayó directa sobre el mapa de las vías y dejó el resto del cuarto en sombra.

Trieste quedaba en el centro, y de ahí salían líneas finas hacia el interior: ramales, cruces, estaciones con nombres pequeños.

En los márgenes y al lado de algunas curvas había anotaciones viejas, de distintas manos y distintas tintas, «avería», «incidente», «retraso no justificado».

Algunas estaban subrayadas. Otras tenían una fecha al lado.

Ninguna parecía gran cosa, hasta que entendías lo que significaba «retraso» en según qué día.