Orden y fuego Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

Si le preguntabas, te decía que simplemente hablaba con gente sensata, que intentaba evitar que la ciudad se volviera completamente loca, que prefería tener a ciertas personas cerca en nuestra casa antes que sueltas y en peligro en cualquier otro sitio.

Alguna tarde, cuando ya se habían ido todos y él se quedaba con una copa en la mano, yo me lo quedaba mirando desde el sofá, con las piernas recogidas, y soltaba algo como: «Hoy el Circolo ha estado animado» o «ese amigo tuyo el abogado cada vez fuma más cuando entra en el despacho». Él levantaba una ceja, medio divertido.

—No hay Circolo —contestaba, con esa media sonrisa que a estas alturas significaba exactamente lo contrario—. Solo gente que prefiere hablar de Schubert en una casa que de consignas en una plaza.

Alguna vez, más cansado de lo habitual, se dejaba caer en la butaca frente a mí y hablaba un poco más de cómo funcionaban esas visitas, sin nombrar nada que me pudiera comprometer.

Era una especie de resumen censurado, que si tal hombre tenía contactos con curas que escondían a gente, que si tal otro conocía a un ferroviario «con criterio», que si un tercero estaba intentando que no se llevaran todavía a los hijos de alguien «porque son útiles en la fábrica».

Todo en condicional, en futuro hipotético, en frases que no hubieran podido condenarlo en un tribunal, pero que a mí me bastaban para entender que esos encuentros con música de fondo movían más cosas que sillas y tazas de café.

—No quiero que sepas detalles —me dijo una vez, mirándome muy serio por encima de un vaso medio vacío—. No porque no confíe en ti. Precisamente porque confío. Si sabes, te conviertes en objetivo. Si puedes decir «no sé», es mejor.

Yo no le discutí eso. Le discutí otra cosa.

—No necesito saber quiénes son —añadí—. Solo quiero que admitas que no soy tonta. Se ve cuando alguien entra aquí cargando con algo encima. Aunque no entienda los papeles, entiendo las caras.

Hizo ese gesto suyo de apretar un segundo la mandíbula y suavizarla después.

—Lo sé —admitió al final—. A veces me pregunto si no te proteges más tú a mí que al revés.

No tenía pruebas, ni quería tenerlas. Tenía intuiciones.

Esa manera en que a veces sonaba el teléfono del despacho y él lo cogía con un «sí» demasiado corto.

Ese silencio raro cuando salía alguien por la puerta y se quedaba un cabo suelto en el aire.

Esa frase que no terminaba, ese gesto de mano que cambiaba de tema demasiado rápido.

Sabía que el Circolo movía más hilos de los que yo alcanzaba a ver.

Sabía que algunas visitas a Giorg no eran solo por cortesía ni por amor al lied alemán.

Sabía que nuestra fama de casa civilizada servía también de cortina para cosas menos tranquilas.

Y yo vivía en esa contradicción. Por un lado, agradecida de que, en mitad de todo aquello, todavía existiera un sitio donde se podía hablar de literatura sin que nadie empezara con discursos. Por otro, con la piel erizada, porque no sabía en quién confiar entre los invitados.

Había tardes en que todo parecía una farsa amable, y me veía a mí misma riendo en un rincón, haciendo chistes pequeños, explicando por tercera vez por qué tal novela francesa era mejor que el panfleto de moda, mientras pensaba: si alguien abre de golpe esta puerta con malas intenciones, todo este teatrillo se convierte en prueba.

Y había otras en las que, cuando el último invitado se iba y María cerraba la puerta con ese gesto suyo de bajar el telón, me sentaba en el sofá, miraba el salón vacío y pensaba que quizás el verdadero milagro era que el Circolo aún siguiera en pie: esa mezcla de lealtades y miedos que todos conocían y nadie nombraba, colándose entre una sonata de Schubert y un comentario cualquiera sobre el pan.

La ciudad nos veía como el matrimonio perfecto de un alto oficial austríaco. La casa servía de tapadera para el Circolo, y yo lo sabía aunque nadie lo dijera.

Las ventanas del dormitorio estaban abiertas de par en par, las cortinas apenas se movían con una brisa tímida que venía del puerto.

Desde allí llegaban sonidos lejanos: algún motor tarde, una voz que se alargaba en la calle, un golpe metálico aislado.

No había sirenas. Ese detalle, en otro tiempo, habría pasado desapercibido, ahora era casi un lujo.

Venía quitándome el vestido casi antes de cerrar la puerta del dormitorio.

Había sido una cena demasiado elegante para los tiempos que corrían y llevaba horas sintiéndome disfrazada.

El vestido me quedaba bien, lo sabía, de hecho, ese era el problema.

Era de esos que hacen juego con las lámparas, con las copas talladas, con una normalidad que ya no existe.

Me lo desabroché por la espalda con un gesto algo brusco y lo dejé sobre la silla.

—Míranos —dije, descalza, desenganchándome un pendiente—. Parecemos los últimos que no se han enterado de que el mundo se cae. Y me da vergüenza lo fácil que es fingir.

Me oí la voz, ligera, pero por debajo había algo más pesado.

Me volví hacia él. Estaba sentado en el borde de la cama, ya sin corbata, con la camisa abierta un botón más de lo estrictamente decente para un capitán, los tirantes caídos sobre los costados.

Me miraba con una ternura tranquila, la que le sale cuando no está de servicio ni de guardia.

—No te burles tanto —respondió, no como reproche, sino casi como caricia—. Si podemos hacer esto una noche, es porque aún podemos ayudar. Y eso también es luchar.

Me quedé un momento de pie, en ropa interior, mirándolo mirarme. Igual tenía razón, pero no se lo iba a conceder tan fácilmente. Me desabroché el sujetador con más calma y me metí debajo de las sábanas.

—Siempre tan razonable —murmuré—. Un día de estos me vas a arruinar el papel de mujer frívola.

Él sonrió de medio lado y se levantó para terminar de desvestirse.

Me gusta verlo hacer eso, la manera en que dobla la ropa incluso cuando nadie se lo exige, el gesto automático de dejar las cosas en su sitio.

Cuando se metió en la cama, el colchón se hundió justo lo suficiente a mi lado.

Me acerqué de inmediato, como un animal al sitio conocido, y apoyé la cabeza en su pecho.

Su corazón sonaba perfectamente rítmico, obstinadamente normal.

Al principio no hablamos de nada importante. Él empezó, como casi siempre, con algo del puerto.

—Han terminado por fin el arreglo del muelle viejo —dijo—. El de las tablas podridas. Si vieras cómo ha quedado… hasta tú podrías caminar por allí sin preocuparte de romperte un tacón.

—Me alegro —respondí—. Así podré bajar sin miedo a caerme.

—Eso, por lo menos —replicó, con una sonrisa—. Una preocupación menos.

Hizo una pequeña pausa.

—Dicen que quizá, si todo encaja, venga un técnico extranjero a revisar el sistema de atraque. Alguien de esos que diseñan puertos en un despacho y luego vienen a mirar si el mundo real les ha hecho caso. Aún no es seguro.

—¿Extranjero de dónde? —Pregunté, por pura deformación—. ¿De esos «amigos» que prefieren no nombrarse en las invitaciones?

—Del norte —dijo—. Se llama Kroll, creo. Ya veremos si llega o se queda en el papel.

Kroll. Guardé el nombre sin saber aún qué papel jugaría en nuestra vida.

Últimamente me dedicaba a eso: a archivar palabras que flotaban en conversaciones nocturnas y que luego, meses más tarde, se volvían importantes.

Había aprendido que muchas tragedias empezaban así: con un apellido soltado sin cuidado, casi por rutina, justo antes de apagar la luz.

Seguimos hablando de cosas pequeñas. De si el verano siguiente habría suficiente combustible como para que la gente fuera a la playa «como personas normales», sin tener que presentar tres permisos y cruzarse con medio ejército en el camino. Yo, medio riendo, medio no tanto, acabé diciendo:

—Con un poco de suerte pasamos lo que queda de guerra así —dije—: tú organizando barcos, yo corrigiéndote la corbata, María criticando a todo el mundo y robándole recetas a las italianas.

Lo dije en tono de broma, pero por dentro era más una súplica.

Él bajó la cabeza hasta apoyarla un poco sobre la mía.

—Ojalá pudiera quedarme así, solo con esa imagen —murmuró—. Pero cada vez que la pienso me acuerdo de quién está pagando para que esta casa esté tan tranquila.

—¿Así cómo? —pregunté, aunque sabía la respuesta.

—A café y a jabón, a papel, a vino barato que se vuelve bueno cuando lo bebes aquí. —Hizo una pausa—. A tu perfume pegado en los cojines. A… ti.

No dije nada. Sentí que si hablaba se me iba a escapar algo demasiado grande.

Me limité a respirar hondo, y a apretarme un poco más contra su pecho.

Desde donde estaba podía ver un trozo de ventana, el marco oscuro recortando la línea del puerto en calma.

Las luces lejanas parecían ojos cerrados a medias. No se oían sirenas. Sólo un rumor bajo.

«Si esto no es una eternidad, se le parece mucho», pensé. Y precisamente por eso me dio miedo.

Sabía que algún día, recordaría justo esta noche, este calor, esta cama, este corazón bajo mi oreja, y pensaría «fue tan perfecto que estaba condenado». Y aun así, me quedé ahí, exactamente ahí, como si no me supiera la lección.