Capítulo 33 #2
—La alternativa es que ahora mismo estuviera en un frente helado. O tú en una cola de tres horas para conseguir pan. No digas que no lo sabes.
—Lo sé —contesté—. Y aun así, a veces me parece una obscenidad.
Se hizo un silencio corto. Entonces me incorporé, me arrodillé entre las dos tumbonas y le puse las manos en las sienes.
—Voy a proponerte un juego.
—Ay, Dios…
—Tranquilo. Por una vez no va de eso. Cierra los ojos.
Obedeció, medio divertido, medio rendido.
—Imagina que todo esto se queda igual —dije despacio—. La casa, el jardín, el café… yo con mis manías. Tus tumbonas. Nuestras peleas pequeñas. Pero quita lo demás. Uniformes. Rangos. Puerto. Trenes. Berlín. Todo.
Hice una pausa.
—Si pudieras elegir de verdad… sin órdenes, sin listas… ¿seguirías haciendo este trabajo?
Abrió los ojos. Me miró. Se le marcó la mandíbula. Los dedos se le aflojaron sobre el brazo de la tumbona.
Al final se incorporó un poco, lo justo para acercarse.
—Contigo, sí —dijo primero—. Con esta casa, también.
Otra pausa.
—Con este trabajo… no. No así. No para siempre.
Asentí. Me volví a recostar sin decir nada. Él tardó un par de segundos en hacer lo mismo. Se quedó mirando el cielo.
Al rato lo oí reírse por lo bajo.
—¿Qué?
—Nada —dijo—. Que consigues que piense cosas que intento no pensar. Y… te lo agradezco.
Sonreí.
—Considéralo mi pequeña ayuda.
Y me quedé ahí, mirando la sombrilla nueva.
La idea del pastel había empezado como un ataque de orgullo estúpido y terminó, como siempre, en un crimen.
Todo arrancó con María hablando maravillas de un pastel que le hacía una vecina italiana, algo con ricotta, limón y una masa «que no falla nunca», y yo, con mi dignidad, decidí que Trieste no iba a quedarse con la impresión de que la señora del capitán solo sabía supervisar bandejas.
Así que bajé a la cocina, muy digna, y anuncié que ese día el postre lo hacía yo.
Gretel me miró. Me plantó delante de la mesa grande con un delantal y me puso todo en orden: harina, azúcar, manzanas, mantequilla contada.
Diez minutos después, aquello parecía haber sufrido un bombardeo de harina.
La masa no se dejaba estirar, se pegaba o se rompía, yo echaba «un poquito más de harina» para arreglarlo, y ese «poquito más» se convirtió en una tormenta blanca.
Cuando quise darme cuenta, tenía los brazos cubiertos hasta los codos, la mesa era un paisaje nevado, el suelo estaba salpicado de huellas y, al pasarme un mechón de pelo detrás de la oreja, me dejé una raya blanca en la frente que debía de ser espectacular.
Estaba en ese punto entre la risa y las ganas de llorar cuando sonó el timbre.
Gretel abrió la boca para decir algo, supongo que para recordarme mi estado, pero yo ya había dicho «voy yo» con una seguridad que no sentía en absoluto.
Crucé el pasillo a toda prisa, notando cómo iba dejando un rastro de harina en las baldosas.
Pensé, demasiado tarde, que debería haberme mirado en el espejo, pero parar en seco habría sido peor.
Llegué al ingreso con el corazón acelerado, las manos heladas y la harina pegada a la piel, y abrí la puerta.
Y ahí estaba. Giorg. Y a su lado, un hombre que no conocía, un ingeniero austriaco, impecable, todo en su sitio.
Nos quedamos los tres congelados. Los dos me miraron.
El ingeniero recompuso sus rasgos en algo educado, pero Giorg no pudo.
Lo vi luchar por recuperar esa expresión suya de formalidad, pero sus ojos lo traicionaron: brillaban con una mezcla de sorpresa y ternura.
Estaba ahí, el gran estratega de Trieste, desarmado por un poco de harina y un mechón de pelo pegado con sudor.
Quise desaparecer en una grieta del suelo. Como no había ninguna, abrí la boca.
—Hola —dije. Lo más brillante que se me ocurrió.
Giorg carraspeó y dio medio paso hacia delante, pero se quedó corto.
—Anna… —empezó, despacio—. Estás…
Le vi la palabra «llena» formándose en la boca y levanté la mano, torpe.
—Ya lo sé —lo corté—. No hace falta que completes la frase. Estoy… esto.
Me llevé los dedos a la mejilla intentando limpiarme, y solo conseguí extender la harina y dejar una mancha más grande. Las manos me temblaban, así que las escondí detrás de la espalda, como una niña pillada en una travesura. El ingeniero hizo un esfuerzo evidente por decir algo educado.
—Perdón… —empezó, con un acento más duro—. No queríamos sorprenderla. El capitán dijo que vivía cerca del puerto. Y pasábamos…
Yo asentí demasiado rápido.
—No interrumpen nada importante —balbuceé—. Solo… estaba intentando cocinar.
Me habría gustado decir algo ingenioso, pero lo único que tenía encima era harina y vergüenza. Me aparté un paso, cediendo espacio en la puerta.
—Voy a ver si me convierto en una persona normal en cinco minutos.
Miré a Giorg de reojo. Tenía esa expresión como si no supiera si reírse de mí, rescatarme o las dos cosas.
—Estábamos de camino al puerto —explicó.
—Claro. Muy buena idea.
El ingeniero soltó un sonido que rozó la risa, casi contra su voluntad. Se recolocó el cinturón, incómodo.
—A todos se nos dan mal algunas cosas —murmuró, buscando refugio en esa frase.
—En mi caso son varias —respondí, más tranquila porque al menos se había roto la estatua.
Cuando pasaron, él primero, el otro detrás, rocé sin querer el brazo de Giorg con el mío.
Él me apretó el antebrazo un segundo, nada más, sabía que decía: «te he visto», «estás ridícula y preciosa», «no pasa nada».
Asentí sin mirarlo, porque si lo miraba se me iban a llenar los ojos de lágrimas tontas.
Cerré la puerta, apoyé la frente blanca en la madera y dejé escapar el aire que no sabía que estaba reteniendo.
La risa me subió de golpe, mezclada con unas ganas furiosas de llorar. Me quedé allí un momento, riéndome en silencio. María apareció al fondo del pasillo, con los ojos como platos.
—Por amor de Dios, Anna… —susurró—. Gretel dice que has abierto a un oficial con esa cara.
—No me lo recuerdes —contesté, todavía sin moverme—. «Señora del capitán, versión desastre».
Y en medio de la vergüenza sentí una puntita rara de alivio: mientras pueda seguir haciendo el ridículo así, mientras pueda todavía poner a Giorg un poco incómodo en el umbral de casa, tal vez no se nos haya terminado del todo la parte humana de esta historia.
Por las tardes la casa se llenaba de gente que, en teoría, venía a hablar de Brahms y de novelas francesas.
Al Circolo ahora se le llamaba menos «Circolo» y más «esas veladas» o «las reuniones en casa de los von Hohenfeld».
El nombre se había vuelto demasiado visible, así que lo llamaban con otras palabras.
Pero seguía existiendo; yo lo notaba en la manera en que la ciudad nos miraba, con una mezcla de respeto, envidia y un puntito de alivio.
Para muchos, nuestra casa era eso: un lugar donde se comía bien, donde la conversación no era un desfile de consignas, donde todavía se podían juntar en la misma sala un italiano antifascista, una viuda austríaca, un profesor de música y un oficial alemán sin que saltaran chispas visibles.
La barbarie entraba lo justo: en los abrigos colgados en el recibidor, en la ausencia de uno u otro invitado que de pronto «tenía familia en el norte» y nadie volvía a ver, en la forma en que el silencio caía cuando alguien pronunciaba la palabra «Berlín».
A ojos de la ciudad, éramos el matrimonio perfecto del alto oficial austríaco: serios sin ser secos, hospitalarios sin rozar la sobreactuación.
La casa se había ganado fama de refugio civilizado.
Lo oía en boca de mujeres que venían a tomar café, «Aquí siempre se respira mejor», «en tu salón una casi se olvida de que hay guerra», «tu marido es un hombre de cultura, no es como esos otros».
Esos otros eran los nazis vociferantes, los que daban golpes en la mesa cuando alguien decía algo que no venía en los panfletos, los que creían que citar a Goethe les daba permiso para todo.
Giorg, en cambio, escuchaba más de lo que hablaba, se reservaba comentarios que yo solo oía luego, en la cocina, cuando ya no quedaba nadie y estábamos los dos recogiendo copas.
Las veladas eran, en apariencia, inofensivas.
Se ponía un disco, se comentaba la ejecución, se discutía si tal soprano había arruinado un aria o la había salvado, se hablaba de poesía, se recitaban versos de memoria, se sacaban libros que yo llevaba semanas colocando estratégicamente en la mesa del salón.
La política se insinuaba sin nombrarse: alguien contaba una anécdota sobre «cierto funcionario» que había confundido a un compositor con un general, otro hablaba de «un amigo» al que habían trasladado «por su carácter demasiado independiente»; alguien mencionaba que «en tal pueblo del interior ya no queda nadie de cierta familia».
Se jugaba a ese juego peligroso de decir sin decir.
El Circolo seguía ahí, bajo esa capa de civilidad.
Los mismos hombres que hacía un año hablaban en voz bajísima en un café ahora levantaban un poco la voz en nuestro salón.
Pero lo importante no se decía a la mesa.
Se lo llevaban a otra estancia, a una caminata «casual» hasta la puerta, a una visita «rápida» al despacho de Giorg con cualquier pretexto.
Yo veía esos movimientos: un invitado que se demoraba cinco minutos de más, otro que volvía al cabo de un día «solo para devolver un libro», un tercero que de pronto empezaba a venir con más frecuencia al puerto porque «le interesaba la logística marítima».
Giorg cada vez estaba más metido, aunque él no lo llamaba así.