Capítulo 33
La guerra seguía allí fuera, en el puerto, apareciendo en las esquinas de los periódicos, en las palabras que la gente evitaba decir en voz alta, pero puertas adentro habíamos alcanzado una especie de estabilidad que, a ratos, me parecía extraña.
La casa estaba más organizada que al principio, más «hogar» y menos escenario. El jardín, que cuando llegamos era poco más que un trozo de tierra, iba tomando forma. María había conseguido una jardinera milagrosa, los rosales empezaban a crecer y hasta una buganvilla se había aferrado a la pared.
Por las mañanas, si no había sirenas ni visitas oficiales, tomábamos café en la terraza. La mesa de hierro forjado, el mantelito que insistía en volarse con la brisa, el café negro y espeso que ahora podíamos permitirnos más a menudo.
Yo había acabado convertida, a ojos de la ciudad, en «la señora del capitán».
Me ocupaba del servicio lo justo para que todo funcionara sin que pareciera que lo dirigía una general, hacía visitas cuando tocaba, iba al mercado con mi tarjeta de racionamiento, que era igual que la de las demás pero no era igual: a mí me guardaban alguna cosa «por si la signora la necesita», me ofrecían huevos que aparecían de la nada, una cuña de queso que en teoría no existía.
Aprendí a aceptar sin sonreír demasiado, a decir «gracias» de una forma que no sonara ofensiva ni orgullosa.
Tenía acceso a cosas que otras mujeres no.
Y cada vez que volvía con la cesta más llena sentía que cargaba piedras y no naranjas.
El puerto, mientras tanto, seguía en guerra, pero su guerra había cambiado de forma.
Ya no veía a Giorg corriendo por los muelles con el abrigo al viento, ahora lo veía salir por la mañana con el portafolio lleno de planos y volver por la tarde con la misma ropa pero los hombros más pesados.
Dirigía desde despachos, desde reuniones, desde los mapas.
A veces, cuando lo pescaba desprevenido en el despacho, lo encontraba mirando el puerto por la ventana con una intensidad que no me gustaba nada, la de quien sabe que es capaz de hacer que todo eso funcione y se odia un poco por eso.
Una tarde volví del mercado con la cesta más llena de lo que me parecía decente. Había conseguido dos huevos, un trozo de queso que oficialmente no existía y unas naranjas tan pequeñas que parecían una broma.
Encontré a Giorg en el despacho, de espaldas, apoyado en el alféizar de la ventana.
Sin chaqueta, la camisa se le pegaba un poco a la espalda, marcada por la línea terca de los tirantes.
Desde donde estaba, solo veía el perfil de su mandíbula y el reflejo, en el cristal, de los barcos diminutos allá abajo.
Dejé la cesta sobre la mesa con más ruido del necesario.
—Buenas noticias —anuncié, levantando una de las naranjas—. Hoy nos podemos dar un pequeño capricho.
No sonrió. Tardó unos segundos en girarse. Cuando lo hizo, los ojos seguían un poco lejos, como si me miraran a través del puerto.
—¿Había mucha gente? —preguntó.
—La de siempre. Mujeres peleándose por patatas, un soldado alemán fingiendo que no mira a nadie, un niño intentando robar una sardina. —Me encogí de hombros—. Normalidad de guerra.
Me acerqué a la ventana, a su lado. Me apoyé en la madera, no demasiado cerca. Lo justo para olerle el almidón y el cansancio.
—Había una niña —añadí, sin pensarlo demasiado—. Con las trenzas torcidas, llenas de lazos de colores que no combinaban con nada. Le estaba explicando a su hermano cómo regatear sin que el pescadero se diera cuenta.
Sentí, más que vi, cómo se le ponían duros los hombros. Un milímetro. Pero en él, un milímetro era un terremoto.
—No hace falta que me lo cuentes todo —dijo, muy despacio.
—Te estoy hablando de naranjas y de niñas con lazos, no de bombas —repliqué, intentando seguir ligera.
—Justo. —Se le secó la voz—. Por eso no quiero mezclarlo.
—¿Mezclar qué?
Se pasó una mano por la frente.
—El mercado. El puerto. Tú. Ellos.
«Ellos». No hizo falta que dijera más.
—Giorg, si solo era una escena tonta. Dos críos peleando por una sardina. Me dio risa. Me recordó a…
—Anna, para. —No levantó la voz. Eso fue lo que me asustó—. Mira, te lo digo fácil.
Me quedé callada.
—Si tú me cuentas eso y yo me lo imagino de verdad
—las trenzas, los lazos, la cara sucia, el hambre
— mañana no puedo. Porque yo no decido esas cosas, Anna. Solo las oigo. Y si tuviera poder de verdad, me los llevaría lejos.
—¿Para qué?
Soltó el aire por la nariz.
—Para hacer lo único que puedo hacer. Cosas pequeñas. Tontas, si las miras desde fuera.
—Pero eso es horrible —dije, y me salió sin querer.
—Sí —asintió, sin discutir—. Por eso no lo mezclo contigo. Porque si empiezo a meterle tu risa a esto, si empiezo a verles la cara a todos, me rompo. Y si me rompo, alguien se da cuenta. Y si alguien se da cuenta, se acabó.
Se apoyó en el marco de la ventana, apretando los dedos.
—Si alguien nota que meto la mano, se acabó. Para mí… y para ellos. ¿Lo entiendes?
Me entraron ganas de sacudirlo. No como capitán; como hombre que había decidido llevar el mundo entero en los hombros y encima fingir que le quedaba bien.
—No te me pierdas ahí dentro —dije, más brusca de lo que quería—. No eres solo el hombre del puerto. También eres tú…
—Aquí no, por favor —me cortó tan rápido que me dejó callada—. No quiero traerlo aquí.
—No lo traes tú —se me escapó—. Ya está. En las cestas, en la radio, en las sirenas… y en tu cara cuando miras el puerto.
Se volvió hacia mí del todo, por fin. Durante un segundo creí que iba a discutir. Tenía la boca medio abierta, los ojos oscuros, esa línea en la frente que solo aparecía cuando se le rompía algo por dentro.
Pero lo que salió no fue un grito.
—De niñas no, Anna… —dijo al final, más bajo.
El silencio que siguió fue más violento que cualquier bronca. Bajé la vista a sus manos. Todavía estaban aferradas al marco, pero ya no por rabia: por pura supervivencia.
—De acuerdo —respondí, bajando la voz—. Hoy no hablamos de niñas.
Di un paso hacia él. No lo toqué. Dejé solo la cesta a nuestros pies, entre los dos.
—Hablamos de que estás aquí —seguí—. De que vuelves.
No reaccionó enseguida. Afuera, alguien gritó algo en italiano; una puerta se cerró de golpe; Perry ladraba a un coche que pasaba. Cosas mínimas. Vida, a pesar de todo.
Al final, aflojó un poco los dedos.
—A veces —dijo, sin mirarme— siento que llevo años haciendo lo mismo: empujar un poco aquí, frenar un poco allá, para que no se los lleven por delante. —Tragó saliva—. Y aun así, muchas veces llego tarde.
Me permití entonces invadir su espacio un centímetro más. No lo abracé. Dejé que mi hombro rozara el suyo, apenas.
—Conmigo llegaste a tiempo —dije—. Eso cuenta.
Respiró hondo, una vez. Otra. Luego, muy despacio, dejó caer una mano desde el marco hasta la cesta. Cogió una de las naranjas, la pesó en la palma.
—Siguen pesando como piedras —admitió.
—Entonces es que son buenas —contesté.
Esta vez la sombra de sonrisa sí apareció. Minúscula, torcida, pero real.
—No sé si mereces que te deje seguir yendo al mercado —murmuró—. Vuelves con demasiadas ideas junto con las naranjas.
—Y tú vuelves con demasiados fantasmas junto con los informes —repuse—. Empate.
No dijo «lo siento». No dijo «tienes razón». Lo que hizo fue inclinarse lo justo para acercar la frente a la mía, un segundo apenas, sin llegar a apoyarla del todo.
—Ve a dejar eso en la cocina —dijo al cabo—. Ahora bajo.
Oí el subtexto: necesito un minuto para volver a ser el hombre que puedes mirar.
Obedecí. Recogí la cesta, salí del despacho, cerré la puerta con cuidado. Desde dentro, yo podía sentir la grieta: un hombre que hacía duelo de cosas que nadie veía. Y aun así, por la noche, se metía en mi cama como si el mundo no pesara tanto.
María, por su parte, estaba instalada en su villa como si hubiera nacido allí.
Había creado alrededor de su casa un pequeño universo: vecinas que venían a tomar café, señoras italianas que traían tartas imposibles hechas con lo que encontraban, un médico que pasaba «de casualidad» a preguntar por su salud, hombres interesantes a los que miraba con una mezcla de curiosidad y distancia.
Subía y bajaba entre su casa y la nuestra con cualquier excusa: meriendas, confidencias, conspiraciones.
A veces aparecía en mi cocina con un pastel y un chisme político; otras, en mi dormitorio con una botella y una frase que empezaba por «esto no se lo puedo decir a nadie más».
Habían mandado desde no sé qué delegación unos muebles de jardín «para el descanso del personal de mando». Dos tumbonas de madera con cojines claros y una sombrilla ridícula, demasiado fina para un patio que había visto botas embarradas y coches militares.
Los soldados las descargaron con cuidado. Yo los vi por la ventana y me subió esa irritación que ya me conozco: no por los muebles, sino por la frase. Por lo que pretendía tapar.
Esa tarde, cuando él volvió, lo estaba esperando fuera, sentada en una de las tumbonas nuevas con un libro en las manos. Cuando lo oí en el pasillo, doblé la esquina de la página y me quedé quieta.
Salió con el gesto de siempre, ese de «dejo el puerto fuera» que a veces le sale y a veces no. Se paró al verme.
—¿Y esto?
—Regalo. «Para el descanso del personal de mando».
Luego ese tic mínimo en la comisura.
—Podrías, de vez en cuando, limitarte a disfrutar del mobiliario —dijo, dejando el portafolio en una silla—. Sin comentarios.
Le di unos golpecitos a la tumbona vacía.
—Ven, hombre importante. A ver si consigues estarte cinco minutos sin sentirte culpable.
Se dejó caer con un suspiro y cerró los ojos un momento. La camisa blanca sin la guerrera, el cuello al aire, los hombros apoyados en la madera. Me dio ternura. Y me dio rabia, también.
—¿En qué piensas? —preguntó, sin abrir los ojos.
—En que hacemos un cuadro precioso —dije—. Sol, jardín, tumbonas… y nosotros aquí, tan tranquilos. Una jaula con buenas vistas.
Abrió los ojos y me miró de lado.