Orden y fuego Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—Eso significa más margen —comentó—. Más mano en el puerto y menos gente metiendo la nariz sin saber. Puedo mover más cosas.

—Y menos riesgo de que un día te despierten a las cuatro de la mañana para mandarte a un bosque cualquiera a congelarte en una trinchera —añadí—. No eres carne de cañón. Eres pieza clave. Te guardan en una vitrina más céntrica.

Él me miró con paciencia y cansancio.

—Sí —admitió—. Aquí, al menos, sé dónde estoy y qué puedo torcer.

Me acerqué a la mesa, apoyé las manos en el borde, inclinándome hacia él.

—Lo veo claro, Giorg. Por un lado, me alivia: cuanto más imprescindible, más a salvo estás. —Hice una pausa—. Pero, por otro lado: cuanto más imprescindible, más metidos estamos en la boca del lobo.

Lo dije sin metáforas complicadas, porque no hacían falta. Él se recostó un poco en la silla, dejó el lápiz sobre el papel y me sostuvo la mirada un momento largo.

—No es una boca nueva —respondió—. Solo la misma, más cerrada.

—Exacto —repliqué—. Antes formabas parte del ruido.

Ahora eres de los que cuentan. Te cuidan, te escuchan, te dan sitio en la mesa y nosotras lo notamos, aquí se vive mejor porque allí te necesitan.

Pero cada vez que te suben un escalón, te atan un poco más.

Y tú tienes una facilidad terrible para hacer que esa dependencia parezca solo «trabajo».

No lo dije en voz alta, pero me encendía. Ese poder suyo, ese cerebro que no se cansaba nunca, esa manera de torcer la realidad a base de papeles me atraía casi tanto como me asustaba. Él alargó una mano y la apoyó sobre la mía, en el borde de la mesa.

—No te equivocas —dijo—. Pero escúchame bien: cuantos más jefes tenga yo aquí delante, menos fácil es que venga otro y me mande a cualquier parte como si fuera un paquete.

Prefiero estar en una jaula que me sé de memoria, que perderme por ahí y quedar a merced del primero que tenga uniforme y ganas de dar órdenes.

Aquí, por lo menos, puedo mover cuerdas: hacer una llamada, poner o quitar un sello, retrasar una puerta cinco minutos. Cinco minutos a veces cambian todo.

—Claro —asentí—. Solo necesito que no olvides lo que dijiste aquella noche, si un día la única manera de conservar esta casa es perder la cabeza, eliges la cabeza.

Él apretó mis dedos.

—No lo he olvidado.

La primera noche de su vuelta no empezó en la cama, sino en el salón. Ninguno lo dijo en voz alta. Llevábamos semanas imaginando este momento.

Cenamos los tres, como gente razonable. María llenaba los silencios con preguntas prácticas, el viaje, la comida, el tiempo en la costa, y él respondía con frases cortas, correctas.

Yo lo miraba de reojo: cómo sujetaba el vaso, cómo se le tensaba el hombro cuando sonaba una sirena lejana, esa pausa mínima antes de contestar.

Había vuelto entero, pero no venía ligero.

Cuando por fin nos quedamos solos, oí a María cerrar la puerta de su cuarto con ese golpe suave que en realidad significa «no molesten».

Nos encontramos en el pasillo, camino del dormitorio.

Él se acercó como para besarme y se quedó quieto un instante demasiado largo, con la mano a medio camino hacia mi cintura.

No era pudor. Era como si no supiera dónde poner el cuerpo.

—Estás cansado —dije.

—Y tú —respondió—. Han sido semanas largas.

Y yo no había pasado semanas contando los segundos para tener ahora un marido a ratos.

Le cogí la muñeca, tiré de él hacia el dormitorio y, al cruzar el umbral, me giré, lo empujé contra la puerta y me pegué a su cuerpo. Sentí la tela, la rigidez del uniforme, el calor debajo.

—Ven —susurré—. Ya habrá tiempo de papeles. Ahora te necesito aquí. Sin uniforme.

Se rio por fin, esa risa baja que yo reconocía aunque nos hubieran cambiado la ciudad.

—¿Informe de situación?

—Informe complete. —Le desabroché el primer botón—. Inspección exhaustiva de todas las posiciones… —El segundo—. Evaluación de capacidad… —Bajé la mano—. Y coordinación general de todo lo demás.

Esta vez no dudó. Me dejó hacer y luego me deshizo él. El uniforme fue cayendo en capas: la guerrera, los tirantes, la camisa. Mi vestido le siguió el ritmo. No era la urgencia de la última vez. Era más comprobar.

En la cama, al principio, todavía lo sentí lejos. No de cuerpo. Era la mirada. A veces se quedaba quieto un segundo. Yo no dije nada.

Lo traje de vuelta con la boca, con las manos, con el peso.

Le mordí el labio. Le hablé al oído. Le marqué el ritmo cuando notaba que se frenaba.

Poco a poco se le aflojaron los hombros y la respiración se le desordenó.

Sus manos, al principio cuidadosas, se fueron soltando, más suyas, sin tanto cálculo.

Y entonces pasó.

Sus ojos se quedaron en los míos de verdad. Y su cuerpo cambió el peso, dejó de contenerse, se entregó. Dejó de hacer el amor como un hombre que vuelve y empezó a hacerlo como el que se queda.

Me agarré a sus hombros y me dejé ir. Con alivio, con deseo, con algo parecido a gracias. Él aguantó un poco más, tenso. Al final se quedó con la cara enterrada en mi cuello, sin aire. En ese sonido corto y roto estaba el miedo. Y también la culpa.

Después nos quedamos quietos, pegados en la penumbra. Él tenía un brazo encima de mí, pesado, y yo miraba el techo.

Ha vuelto, pensé. Y con él la jaula. La misma forma. Ahora más peligrosa.