Capítulo 32
Si lo cuento como lo viví, aquellas semanas en las que estuvo fuera fueron una cuerda tensa: me pasé el tiempo con los dedos agarrotados, esperando oír el chasquido.
Trieste se dedicó a acompañarme con su mejor repertorio: sirenas a deshora, rumores en el mercado, pasos apresurados en la escalera que nunca eran los que yo esperaba.
Por las noches dormía medio vestida, sin admitirlo ni siquiera ante María: decía que era por el frío, pero en realidad era por si había que salir corriendo al sótano o abrir la puerta a alguien con gorra y telegrama.
Las cartas llegaron pocas y medidas. Cada vez que veía su letra en el sobre, el corazón se me subía a la garganta.
Luego leía y lo notaba bajar de nuevo, pero nunca del todo: frases neutras, obedientes, puntuadas con nuestros códigos.
«Pulpo» en Fiume. «Sombrero nuevo» en Pola.
«Mucho calor» en general. Traducido: problemas, bombas, presión desde arriba.
Había mañanas en las que el cielo amanecía azul brillante, y yo odiaba ese azul porque parecía ignorarlo todo: las vías voladas en el interior, los convoyes de combustible arriesgando la vida por una línea negra en el mapa, la posibilidad demasiado concreta de que un día se rompiera el hilo y la carta siguiente no llegara.
María intentaba mantener la casa en un estado de normalidad que me sacaba de quicio, insistía en que comiera, en que bajara al mercado, en que no me quedara pegada a la radio.
Yo obedecía a medias. Hacía cosas con las manos: doblar manteles, ordenar libros, releer recetas que no pensaba cocinar, solo para no contar otra vez los días desde que se había ido.
Por eso, cuando volvió, lo que más me sorprendió no fue que estuviera entero, sino lo normal que fue todo.
Al final no fue el timbre ni el cartero ni un recado de María. Fue el ruido de un motor militar en el patio de casa.
Lo escuché desde el comedor y, al principio, no le hice caso; llevaba semanas oyendo motores que no eran el suyo.
Pero este sonó distinto: el frenazo preciso, las voces secas, el chirrido de una puerta metálica.
Me asomé a la ventana y entonces lo vi bajar del coche: uniforme impecable manchado de viaje, un poco más delgado, el gesto cansado pero entero.
Venía acompañado por otros oficiales, y el patio, de repente, me pareció demasiado pequeño para tanto rango.
El primer impulso fue animal: salir corriendo escaleras abajo, cruzar el patio y colgarme de su cuello delante de todos.
El segundo fue el que ganó, el que me sujetó de la cintura: las miradas.
Los otros oficiales, los soldados, los ojos del servicio asomando discretamente por las cortinas.
La esposa del capitán no se lanza como una loca al cuello de nadie en medio del patio.
Así que me quedé donde estaba, con los dedos agarrotados en el alféizar, mirando cómo se despedía de los otros con un apretón de manos rápido, cómo cogía la maleta, cómo cruzaba el camino a casa.
Solo me permití respirar de verdad cuando entré y oí la puerta de la calle cerrarse detrás de él.
Bajé las escaleras casi sin sentir los peldaños y, en cuanto lo vi en el recibidor, con la gorra bajo el brazo y la maleta en la mano, toda la educación se me cayó a los pies. Me le eché encima de verdad.
No fue un abrazo delicado. Lo agarré como queriendo comprobar con los dedos que estaba entero, que era real.
Él me devolvió el abrazo con una fuerza casi dolorosa; sentí sus brazos rodearme la espalda, apretarme contra el pecho hasta que casi me faltó el aire, y durante unos segundos no hubo ni patio, ni misión, ni coches militares: solo cuerpo contra cuerpo, tela contra tela, el olor a viaje pegado a su piel.
Luego se separó un poco, solo lo justo para mirarme.
Me sostuvo la cara entre las manos, comprobando que no faltaba ninguna pieza.
—Sigues igual —murmuró, más para sí que para mí.
Yo sabía que no era cierto; tenía ojeras nuevas y una tensión distinta en los hombros. Pero mis manos temblaban tanto que necesité algo, cualquier cosa, para disimularlo. Me aferré a mi único salvavidas fiable: abrir la boca antes de que se me notara el miedo.
—Te he echado de menos y he tenido mucho miedo —solté—. Te vas por todos esos puertos y yo me quedo aquí contando las noches.
Se le escapó una sonrisa cansada, de esas que empiezan en los ojos antes que en la boca.
Mis dedos, todavía cerrados sobre la tela de su guerrera, tardaron un segundo en entender que podían aflojarse.
Solo entonces me atreví a fijarme en lo demás: en cómo le colgaba un poco más el uniforme, en la delgadez nueva del rostro, en el brillo distinto de una insignia en el pecho.
Entero, sí. Pero ya no exactamente el mismo.
Y la jaula, lo supe en el acto, tenía otra vuelta de llave.
De su «nuevo estatus» no nos enteramos por un discurso ni por una carta con sello solemne, sino por goteo.
Con el tiempo aprendí que las noticias serias no llegan de golpe: empiezan a notarse en detalles, en rumores, en lo que se comenta a media voz, en cómo de pronto todo el mundo dice «señor capitán» un poco distinto que la semana anterior.
Al principio solo tenía lo que él me contó esa primera tarde, sentado en el salón con el uniforme recién colgado.
Su relato fue tan escueto como siempre: había inspeccionado instalaciones en Fiume, Pola, Zara; había visto daños, había «propuesto mejoras», había «reorganizado prioridades» y «ajustado horarios» para convoyes de combustible y munición.
Todo en neutro, todo con verbo técnico. Yo, con el oído afinado, oía otra cosa detrás: has demostrado que manejas este engendro mejor que muchos de tus jefes.
La siguiente pista llegó en forma de visitas.
A los pocos días empezaron a aparecer más oficiales de lo normal.
Venían con excusas distintas, «una consulta sobre los muelles», pero el fondo era el mismo.
Yo ya sabía lo que querían decir con «su opinión» cuando lo decían así: no una charla, sino un visto bueno. Que les quitara un problema de encima.
Se notaba en cómo entraban: más seguros, pero también más cuidadosos. Y se notaba al irse: el apretón de manos un poco más firme, la espalda un poco más recta. No era solo respeto al rango. Era respeto a que, con él, las cosas se movían.
Luego vino el puerto. Empecé a oír frases sueltas en boca de otros, no en la suya.
Cosas como que el capitán Von Hohenfeld había hecho que el puerto «respirara», que desde su regreso las maniobras en la rada salían limpias, sin retrasos, y que en Berlín por fin había alguien que entendía este Adriático de corrientes y caprichos.
«Dicen en Berlín» es una frase que me da urticaria.
Pero Giorg, a solas con sus carpetas, no se parecía en nada a eso.
No hablaba. No se atribuía nada. Abría la tapa, pasaba el dedo por las líneas y de pronto hacía algo mínimo, despegaba un anexo, apartaba una hoja, cortaba un cruce entre la oficina y el muelle.
A veces era solo un nombre que dejaba de estar donde estaba.
No para «arreglar» nada ni para quedar bien.
Para que una familia concreta no acabara en el papel equivocado.
Los cambios prácticos en casa fueron tan sutiles como brutales.
De repente, la despensa empezó a parecerse más a la de antes de la guerra.
El jamón dejó de ser una leyenda y volvió a ser una cosa que se cortaba en la cocina.
La mantequilla volvió a presentarse en porciones que se podían ver sin lupa.
Una mañana, María entró en el comedor con una expresión sospechosa y dejó sobre la mesa un pequeño paquete envuelto en papel.
—Ración extra —anunció—. «Por servicios prestados», han dicho.
No hizo falta preguntar qué servicios ni prestados a quién.
Empezamos a recibir carbón con menos discusiones, pan con menos colas, y las requisiciones repentinas que padecían otras casas parecían olvidarse misteriosamente.
Una vez, incluso, vi cómo un policía italiano que venía muy dispuesto a exigir algo se tragaba sus palabras en cuanto oyó el apellido de la casa.
Se marchó con una cortesía que rozaba la devoción.
Aquello no era respeto: era cálculo. El mensaje era claro: mejor no meterse con el hombre que sabe hacer funcionar la costa; nunca se sabe cuándo necesitarás que un barco llegue a tiempo o que un papel se pierda.
Lo que más me llamó la atención fue lo que no vi: supervisores.
Antes, siempre había alguien por encima que venía «a revisar», «a comprobar», «a asegurarse de que todo se hacía según las instrucciones de más arriba».
Después de la misión, esas visitas se espaciaron.
De pronto, muchas decisiones «de Berlín» ya le llegaban filtradas, o ni siquiera llegaban. Había ganado margen.
Cuando por fin lo encaré, porque, claro, lo encaré, fue una tarde cualquiera, aparentemente tranquila.
Estábamos los dos en el despacho, él con la inevitable montaña de papeles delante, yo fingiendo ordenar el lomo de los libros mientras escuchaba cómo se acumulaban sus nuevas responsabilidades en las frases de los demás.
Había oído a María en la cocina decir que por fin dormía mejor sabiendo que a él no lo iban a mandar al frente «como carne de cañón» mientras aquí lo necesitaban como cerebro.
Y esa frase, que en teoría debería haberme tranquilizado, me estuvo martilleando la cabeza hasta que no aguanté más.
—Así que —empecé, apoyando la espalda en la estantería—, tu misión ha salido «bien».
Él levantó la vista del papel, midiendo el tono.
—Ha sido útil —dijo—. O eso dicen.
—No sé si darte un abrazo o echarme a llorar —admití, medio en broma, medio en serio—. Me gusta que te valoren… y me asusta lo que significa que te valoren tanto.
No lo negaba; sería ridículo. Se limitó a asentir levemente.