Capítulo 31 #3
No se lo dije así. Nunca se lo digo así.
Lo que hice fue ir a buscarlo con las manos y de cerca, que es el idioma que mejor entiende cuando la cabeza se le llena de mapas.
Se sentó por fin, quieto, y yo me acerqué: primero a arreglarle un cuello que no necesitaba arreglo, luego a quitarle despacio la corbata, deslizando los dedos por el nudo.
Le mordí un poco la piel donde la tela le había dejado marca, justo en la base del cuello, lo suficiente para que se estremeciera.
—No empieces a irte antes de tiempo —le dije contra la garganta—. El tren todavía no ha llegado.
Hizo ese ruido bajo, mitad risa, mitad protesta, que me gusta tanto.
—Estoy aquí —contestó.
—Solo a ratos —le corregí—. El resto estás discutiendo horarios con algún jefe de estación. Ven.
No hubo más discusión. Cuando por fin se dejó caer sobre la cama, con la camisa ya medio abierta y las manos encontrando las mías, sentí una oleada de alivio casi físico: todavía respondía a mis tirones, todavía el cuerpo interrumpía los planes del capitán.
La ropa cayó al suelo en desorden, que es como cae la ropa cuando mañana te vas a la guerra.
Yo lo busqué con una urgencia que me avergonzaría contar a nadie más: lo empujé, lo guié, le mordí un poco más fuerte de lo habitual en el hombro, en el pecho.
Le dije cosas tontas al oído, pequeñeces, comentarios sin ninguna gracia, solo para obligarlo a reírse, para arrancarle de vez en cuando una risa tan terrenal que no dejara sitio a los trenes.
Él respondió de una manera que no era exactamente la de siempre.
Había la misma ferocidad, las manos firmes, la boca impaciente, pero había algo más tierno, más concentrado, casi reverente.
Me recorrió con paciencia, queriendo memorizarme: los dedos marcando el contorno de mis clavículas, la curva de mis costillas, la línea de mis caderas, la forma de mis rodillas.
Me besó en sitios donde nunca perdía tiempo, haciendo inventario.
Yo sentía sus manos moverse con ese cuidado extraño, como si fuera la última vez, sin saltarse ni un solo centímetro.
Cuando me llevó al borde, lo noté. Siempre ha sabido cómo empujarme allí, pero esa vez me sostuvo un poco más.
No era crueldad; era una especie de insistencia silenciosa: quédate aquí, siente esto, recuérdalo.
Yo me aferré a sus hombros, a su espalda, a lo que podía, y en ese instante previo tuve un pensamiento tan nítido que casi me dio risa: lo estoy guardando por si acaso; por si mañana él no vuelve.
Cuando al fin me dejé caer, sentí que cada movimiento era eso: una marca.
Una frase clavada en la memoria de mi piel.
Solo cuando mi respiración empezó a calmarse y mis manos se aflojaron un poco sobre su espalda, se permitió ceder del todo.
Se rindió contra mi cuello con un suspiro que fue más largo que cualquier frase, y dejó que el peso completo de su cuerpo me aplastara unos segundos.
Me gustó ese peso; no quise que se moviera, porque sabía que al día siguiente iba a pesar de otra forma.
El diálogo, al final, fue apenas un hilo de voz, la cama aún con nuestro olor, y la maleta en la silla mirándonos, quieta. Yo tenía la cara pegada a su pecho y contaba los latidos.
—No quiero ser de esas que se quedan esperando —dije, sin adornos.
Noté cómo se le tensaba de nuevo el cuerpo, pero no se apartó. Me rodeó más fuerte con los brazos.
Hubo una pausa pequeña.
—Si no puedo volver —añadió—, haré que lo sepas. No te dejaré esperando. Pero mi plan es volver, Anna.
Me reí un poco, por no llorar.
—Más te vale —dije—. Vuelve.
Nos quedamos así, pegados, con el cuerpo todavía tibio y el futuro ahí, sin saber dónde ponerlo.
En algún momento debimos dormirnos. Me despertó la luz gris de la mañana y el ruido de alguien moviéndose por el pasillo más temprano de lo habitual. La maleta seguía ahí, pero ya no daba miedo.
La escena del andén fue menos dramática de lo que mi imaginación había construido durante la noche y, por exactamente eso, me destrozó más.
No hubo discursos, no hubo violines, solo un andén frío, un par de soldados cargando equipaje, un oficial que consultaba el reloj con impaciencia y una fila de mujeres que habían aprendido a condensar el mundo en unos segundos de contacto.
Yo llevaba un abrigo que no abrigaba nada del estómago para adentro.
Él, el mismo uniforme de siempre, pero con la maleta que habíamos llenado juntos la tarde anterior.
El beso, en público, fue breve por necesidad; había ojos en todas partes y rangos que mantener. Nuestros labios apenas se rozaron, demasiado poco para lo que nos habíamos hecho unas horas antes.
El verdadero intercambio fue en la mirada.
Ahí no nos ahorramos nada: le dije «no te mueras» sin decirlo, me dijo «no me olvides si lo hago» sin mover la boca.
Cuando se apartó y dio esos primeros pasos hacia el vagón, sentí físicamente cómo se desprendía algo de mi pecho y se iba con él.
No solo se llevaban a mi marido: se llevaban mi hogar, a partir de ahora tendría que aprender a respirar.