Capítulo 31 #2
Después de los que se quemaban vinieron los que se quedaban, pero no a la vista.
Ahí entramos María y yo en escena, oficialmente ascendidas a ayudantes de conspirador.
El cajón con doble fondo lo conocía solo él; esa tarde nos lo enseñó.
Sacó todo lo que había dentro, plumas, sobres, una pistola pequeña que fingí no ver, y luego hizo un gesto que yo solo había visto en novelas: metió los dedos en la ranura del fondo y levantó una tabla fina, perfectamente ajustada.
Empezó a colocar allí los documentos que podían servir algún día a alguien que no fuera él: listas, nombres en clave, anotaciones rápidas a lápiz sobre quién ayudaba a quién en el puerto, quién miraba hacia otro lado cuando debía.
María y yo mirábamos, pero sabíamos que aquello no tenía nada de juego.
Si él no volvía, ese cajón era parte del testamento.
El zócalo vino después. Nunca había pensado en el zócalo del despacho; era una línea de madera inútil, hasta que él se agachó, sacó una pequeña herramienta e hizo palanca en un punto concreto, detrás del aparador.
El trozo de madera cedió con un chasquido suave, y detrás apareció un hueco estrecho donde cabían papeles enrollados o un mapa doblado muchas veces.
Lo miré, miré su mano metiendo allí un paquete de hojas atadas con una cuerda fina, y tuve la sensación de estar asistiendo a mi propio cursillo acelerado de «cómo seguir la guerra sin marido».
Por último, el libro hueco: un volumen grueso de Goethe que resultó no ser del todo Goethe. Abrió por la mitad, y en lugar de letra gótica había un recuadro tallado en las páginas con un par de sobres y una pequeña libreta. Me lo puso en las manos con una seriedad que no admitía broma.
—Si pasa algo y no estoy —dijo—, este libro no es Goethe. Es un mapa.
Tuve que tragar antes de responder.
—Entonces procuraré no prestarlo —contesté, diciendo cualquier cosa para no echarme a llorar allí mismo.
Se sentó de nuevo a la mesa, quitó los informes oficiales y desplegó en su lugar un mapa del Adriático que ya conocíamos de memoria: Trieste, Fiume, Pola, Zara, las heridas azules de la costa, las líneas negras de las vías.
Sacó un lápiz y empezó a marcar pequeñas señales que no venían en ninguna leyenda oficial: un círculo junto a un puerto, una cruz en una curva de la vía, un punto junto a un nombre de pueblo que yo apenas sabía pronunciar.
—Esto, si lo ves algún día —me dijo, señalando un punto aparentemente inocente—, significa que hay actividad partisana más fuerte de lo que dicen los partes. —Marcó una cruz al lado de una vía—. Esto, que la línea es peligrosa; si algún día necesitas huir, no la uses.
La frase «si algún día necesitas huir» me pasó por el cuerpo como un cuchillo frío.
Asentí muy despacio, intentando grabarlo todo.
María, a mi lado, memorizaba también, en silencio, con esa expresión concentrada suya que siempre había reservado para recetas difíciles o conversaciones delicadas.
Nosotros tres, alrededor de ese mapa, nos parecíamos menos a una familia y más a una célula.
—Las cartas no pueden decir lo que pasa —explicó él—. Pero podemos ponernos de acuerdo. Si escribo que en Fiume he visto mucho «pulpo», no estaré hablándote de marisco. Será «problemas».
—Si digo que en Pola me han regalado un «sombrero nuevo», no es ropa —continuó—. Es un bombardeo. Y si ves que repito la palabra «sombrero» en una misma carta, es que ha sido serio.
Hubo más: «calor» para indicar presión desde arriba, «frío» para momentos de calma aparente, «postales» para nuevos mandos metiendo la nariz donde no les habían invitado. Yo los iba anotando en una hoja aparte, que luego romperíamos, pero necesitaba verlos alineados un momento para memorizarlos.
—No me gusta esto —me quejé, a medio camino entre la risa y las ganas de gritar—. Cuanto más sé, más miedo me da todo lo que está pasando.
Él levantó la cabeza y me miró con una ternura que me dolió.
—Ojalá no tengamos que usarlo nunca —dijo.
Por dentro, sabía exactamente lo que estábamos haciendo.
No era un juego de espías, no era una travesura de salón.
Estábamos construyendo un lenguaje para dos escenarios muy concretos: uno, que él siguiera allá fuera y yo aquí, y tuviéramos que decirnos la verdad sin que nadie más la entendiera; otro, que él no volviera y nosotras tuviéramos que recoger, letra a letra, las migas que había ido dejando.
Mientras doblábamos el mapa, mientras él volvía a poner el libro hueco en su estantería, mientras ajustaba el zócalo hasta que nadie hubiera dicho que escondía algo, sentí esa cuenta atrás bajo la piel mucho más fuerte que cuando me había dicho «volveré en pocas semanas».
Porque una cosa es que un hombre prometa volver, y otra verlo quemar su rastro, repartir sus secretos, preparar el terreno para que otras sigan si él se queda en el camino.
Esa tarde, el despacho dejó de ser el lugar donde él trabajaba y se convirtió en el sitio al que yo vendría, si un día llamaban a la puerta de madrugada, a buscar en un cajón de doble fondo y en un libro que no era Goethe las instrucciones para seguir viviendo sin él.
La última noche la casa hizo más ruido con su silencio que en cualquier otra ocasión.
No había radios encendidas, no había voces en los pasillos, los criados se movían como sombras educadas y hasta María, que siempre encontraba un comentario para llenar los huecos, se había retirado pronto con la excusa de dejarnos «organizar».
No había nada más que organizar: la maleta estaba lista, con esa mezcla absurda de ropa, informes y pequeñas cosas sin importancia que, juntas, daban la medida exacta de un hombre.
Yo la veía de reojo cada vez que cruzaba el dormitorio: el cuero, las correas, el brillo metálico de las hebillas.
Él estaba raro, y no por falta de esfuerzos.
Por momentos estaba muy presente, exageradamente atento, me ofrecía el vaso antes de que lo pidiera, comentaba detalles de la casa que jamás le habían importado, me preguntaba si quería cambiar algo de sitio en el despacho.
En otros momentos se le iba la mirada hacia algún punto detrás de las paredes, y yo sabía exactamente dónde estaba cuando no estaba: en el andén, en el tren, en la barandilla metálica de algún barco, contando minutos y estaciones.
Eran dos cuerpos: uno sentado en el borde de nuestra cama, doblando una camisa por tercera vez; otro ya de pie, con la gorra puesta, escuchando el silbato de salida.