Orden y fuego Capítulo 35 #2
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Capítulo 35 #2

Se me aflojaron las rodillas. Él reaccionó antes de que tocara el suelo. Su mano me atrapó por el brazo, luego por la cintura, y en un segundo estaba pegada a su pecho.

El uniforme raspaba. Debajo estaba él, caliente y sólido.

Ahí se rompió lo que quedaba. Me eché a llorar. Sin elegancia, sin contención, con sollozos que me sacudían los hombros. Me aferré a su chaqueta, al cuello, donde llegaba, con los dedos torpes, y enterré la cara ahí, como si pudiera esconderme dentro de él.

Noté cómo se le caía la postura. Dejó de estar de pie «correcto» y pasó a estar de pie sujetándome. Me rodeó por completo, un brazo en mi espalda, el otro en mi nuca, y me apretó contra él con una suavidad que solo conocía.

—Ya está —murmuró, tan cerca de mi oído que la voz me vibró en la piel.

No sonó a orden. Sonó a permiso: puedes dejar de aguantar. Lo único que me importaba era esa mano grande subiendo y bajando por mi espalda en un gesto lento, casi torpe, como de hombre que no sabe muy bien qué hacer, pero lo intenta igual.

Solté una disculpa ahogada contra su pecho.

—Lo siento… yo…

Me obligué a levantar la cara.

—No pidas perdón —dijo, con una sonrisa pequeña, cansada—. Has aguantado demasiado.

Me secó una lágrima con el pulgar, despacio. Las piernas siguieron flojas.

—Ven —murmuró.

Me guio hacia la cama sin soltarme. Se sentó primero él, en el borde, y tiró de mí para que quedara de lado sobre sus piernas: las rodillas en el colchón, la cabeza contra su hombro. Me sentía una niña. Y era justo lo que yo necesitaba, que me sostuviera entera.

Me acunó. Su cuerpo se mecía apenas, un balanceo mínimo.

Su mano recorría mi espalda en círculos grandes, sin prisa; a veces subía hasta mi nuca y se enredaba en el pelo, a veces bajaba hasta la curva de la cintura.

Entre un círculo y el siguiente había un silencio en el que solo se oía nuestra respiración.

El llanto se fue calmando solo. Los sollozos se volvieron restos, oleadas más separadas, más llevaderas. Yo seguía agarrada a su camisa; él no hizo nada por soltarse. Cada vez que el pecho me daba un vuelco, respondía apretándome un poco más.

No sé cuánto tiempo pasó.

Cuando se me acabaron las lágrimas, empecé a notar otras cosas.

Lo rápido que le latía el corazón. El calor de sus muslos bajo los míos.

El peso de su mano en mi cadera, quieta ahora.

El camisón se me había subido un poco; noté la piel en contacto con la lana del pantalón y me recorrió un escalofrío que ya no era solo de miedo.

El miedo seguía ahí, pero había dejado de ocupar todo el espacio.

Me moví un poco. Él respiró hondo. No cambió el abrazo, pero lo noté: se volvió más consciente.

Apoyé la frente en su cuello. Aflojé la mano con la que todavía apretaba su camisa y la deslicé por su pecho, despacio. Noté cómo se tensaba. Un latido más fuerte. La respiración se le entrecortó un instante.

Él bajó la cabeza hasta mi pelo. Rozó con la boca mi coronilla, luego la sien, luego la mejilla todavía húmeda. Eran besos lentos, casi castos. Y por eso mismo me llegaron más hondo que cualquier prisa.

La mano que tenía en mi espalda se deslizó a mi costado, al borde de la bata, y la apartó lo justo para colar la palma por debajo, directamente sobre la tela fina del camisón. Noté el calor de sus dedos a través de la tela y se me cerró la garganta.

Me incorporé un poco para verle la cara. Nos quedamos a unos centímetros, respirando el mismo aire. Yo tenía los ojos hinchados y la cara sucia de lágrimas; él estaba agotado. Y aun así, entre los dos había algo nuevo.

No lo pensé. Busqué su boca.

Respondió enseguida. El beso empezó suave, casi tierno, y luego fue ganando peso. Lento. Insistente. Necesitando comprobar, una y otra vez, que el otro seguía ahí.

Nos fuimos moviendo sin ceremonia. Él me tumbó despacio sobre la cama sin soltarme. Yo le desabroché lo que pude, le aparté la camisa, le busqué la piel en el cuello, en el hombro. Mis manos aún tenían algo del abrazo anterior, solo que ahora pedían. Pedían sin vergüenza.

Cuando por fin nos movimos al mismo ritmo, no pensé en nada. Bueno, sí, pensé una sola cosa. Estás aquí. Estoy aquí. Si el cielo iba a caerse, que nos pillara así.

Esa noche, tumbada a su lado mientras se dormía, pensé en dos personas que no conoceríamos nunca. Vivas porque él había movido unos números en un papel. Después pensé en la jaula. Otro candado.

Pero eso lo pensé después.

En ese momento solo sentía su mano en la mía, su respiración haciéndose más lenta, y el ruido del puerto allá abajo.

Mientras lo miraba dormir pensé en todo lo que nadie más ve de él.

En cómo se levanta cada mañana y se pone ese uniforme sabiendo lo que otros harían con ese poder si estuviera en sus manos.

En cómo frena donde otros acelerarían. En cómo duda antes de firmar.

Vuelve a casa con un cansancio que no se ve, pero se le nota en los ojos.

Para todos es el capitán, el que resuelve, el que hace que todo funcione.

Pero yo lo veo cuando se quita la guerrera y los hombros se le hunden un centímetro.

Lo veo cuando se queda quieto en el borde de la cama, mirando a la nada.

O cuando toca la guitarra a escondidas, muy bajito, como un niño que se esconde.

Mi sitio está aquí. No por la cama, ni por esta casa que hoy parece segura y mañana quién sabe. Mi sitio es estar aquí viéndolo. Siendo el único lugar donde puede permitirse el lujo de no ser útil, de ser solo un hombre que respira.

Él estaba aquí, con la cara vuelta hacia la mía, y yo me quedé un rato más con los ojos abiertos, vigilando su sueño.

Trieste no necesita futuro para asustarme.

Le basta con lo de siempre, el puerto, los silbatos, ese olor a metal mojado, las luces que se apagan antes de tiempo y ese gris que no sé si es niebla, cielo o costumbre.

La guerra no viene un día y se va al siguiente, está.

Se sienta a nuestra mesa, ocupa los rellanos y los horarios de los barcos.

A veces me engaño y lo llamo pausa. Me digo que hoy no ha pasado nada.

Pero siempre pasa algo, aunque sea solo la manera en que la ciudad respira más bajito.

La guerra cambia de uniforme. El pulso, no.

Y nosotros, aquí dentro, también cambiamos sin querer, aprendemos a no mirar, a mirar demasiado, a desear para no pensar en el resto.

Pero todo eso es para otra noche.

Esta noche, octubre del cuarenta y tres, con el olor a humo todavía en su ropa y su mano en mi nuca, solo sé una cosa, ha vuelto. Afuera el puerto sigue golpeando el muelle con su ruido de siempre, y yo me quedo quieta, escuchándolo… y no aparto la cara.

Su respiración se vuelve más profunda. Yo memorizo el peso de su brazo sobre mi cintura, el latido lento contra mi espalda y el calor de su piel aunque la noche siga fría. Pero en esta ciudad la memoria es lo único que no te pueden quitar. Pero sé que no es eso.

Lo memorizo por si acaso.

Cuando llegó esta noche había algo distinto. No fue solo el humo, ni los nudillos enrojecidos, ni esa manera de dejar la guerrera sobre la silla sin mirarla. Fue que me buscó. Sin palabras, sin preámbulo. Con las manos todavía sucias.

Me pregunto si él también lo está memorizando.

A veces lo veo desde el umbral, los ojos perdidos en algún papel. Carga con cosas que no caben en ningún informe. Lo que ha protegido. Lo que ha perdido. Y en algún renglón que no firma, algo que tiene que ver conmigo. Que ninguno de los dos ha dicho en voz alta.

Esta noche me muevo un poco y lo escucho respirar hondo. Algo en él no ha bajado del todo.

Afuera, un barco. Lo reconozco, es el que parte de madrugada.

No aparto la cara. Cierro los ojos. Escucho el puerto y su corazón y su mano sobre la mía. Mañana lo miraré dormir más de lo que debería.

Por si mañana me busca y no me encuentra.