Capítulo 30
La Trieste italiana de hacía dos años se había vuelto gris y alemana de la noche a la mañana, y el marido que traje conmigo ya no era un asesor, sino la autoridad que debía impedir que el puerto se detuviera.
El murmullo habitual de las voces en italiano, los vendedores y algún coche suelto se había mezclado con el ritmo seco de botas, el motor grave de los camiones y unas órdenes en alemán que empezaban a imponerse en la calle.
En las fachadas, las viejas banderas italianas descoloridas habían desaparecido, en su lugar colgaban enseñas de un rojo demasiado vivo, marcadas con una cruz gamada limpia y reciente.
Más abajo, en el puerto, se veían los uniformes oscuros de la SS entre las grúas y los bultos, moviéndose por todas partes, en un sitio que no era el suyo.
Bajé al comedor con el miedo pegado a la piel. Las noticias llegaban desde la radio del despacho, esa voz italiana que ahora modulaba el entusiasmo con prudencia, como si el locutor estuviera leyendo con una pistola en la nuca.
Giorg estaba inclinado sobre la mesa grande, la de los mapas.
El uniforme le quedaba aún más rígido que de costumbre.
En la repisa, junto al ventanal, una caja abierta a medias guardaba el águila y el escudo.
Giorg no los había puesto. Podría haberlo hecho en un minuto, con la precisión con la que ajustaba cualquier cosa.
No lo hizo. Llevaba el uniforme como exigían, en el pecho, solo el águila obligatoria.
Jamás el brazo en alto. A veces su desobediencia era mínima, casi invisible.
—Han llegado más SS al puerto —dije, apoyándome en el marco de la puerta—. Y han cambiado todos los carteles. Parece otra ciudad.
Giorg no levantó la cabeza de inmediato. Terminó de trazar una línea limpia con el lápiz, desde un muelle hasta una pequeña anotación en el margen. Después dejó el lápiz junto a la regla, se pasó una mano lenta por la nuca y por fin me miró.
—Es el mismo puerto, Anna. —Su voz era baja, ordenada, esa voz que parecía firmar cada sílaba—. Solo han cambiado las banderas y quienes creen mandar sobre él.
«Quienes creen», no «quienes mandan». Apunté mentalmente la grieta.
Me acerqué despacio. Desde allí pude leer una parte del informe que tenía abierto: nombres de barcos, horarios, rutas que llevaban hacia el norte y hacia el este, sellos frescos estampados con esmero.
Entre la tinta y la caligrafía de oficina, asomaba una frase subrayada con lápiz rojo: «Conocimiento exhaustivo del puerto. Irreemplazable».
Dejó escapar un aire corto, que en otro hombre habría sido un suspiro. En Giorg era casi una confesión.
—Han confirmado lo que ya sabíamos —respondió—. Que me quedo. Que mis superiores consideran que mi conocimiento del puerto es… —Buscó la palabra en italiano— imprescindible.
Pronunció «imprescindible» con acento alemán, las eses un poco más marcadas, y por un segundo la oí como sonaría en boca de mi padre: una palabra que halaga y encadena al mismo tiempo.
—O sea que cuanto más imprescindible, más atado.
Él me sostuvo la mirada. En esos segundos se podían leer muchas cosas: el orgullo del buen oficial al que reconocen el trabajo, la conciencia del riesgo, la carga invisible sobre los hombros. También una sombra de algo que no le habría gustado admitir.
—No es una jaula, Anna —murmuró—. Es un puesto.
—Claro —la ironía se me escapó sin querer—. Buenas vistas, mismas rejas. Antes italianas, ahora alemanas. El hierro pesa igual.
La comisura de sus labios se movió apenas. Se apartó un milímetro del mapa, lo justo para no rozar mi mano.
—Te dije desde el principio que no sería fácil sacarnos de aquí —admitió—. No a mí. No ahora.
«No ahora» sonaba a «tal vez nunca». Sentí que la casa respiraba distinta.
El Circolo (la resistencia aristocrática) y la maquinaria que venía del norte empezaban a mezclarse. Las mismas mesas, pero ya no podías saber quién escuchaba ni para quién trabajaba cada uno.
Yo sabía, por cómo regresaba tarde, que Giorg ya caminaba sobre ese filo: por un lado, el oficial eficaz que sus superiores necesitaban, por otro, el hombre que conocía demasiado bien la ciudad como para reducirla a informes.
Me giré hacia él, dejando que mi cadera rozara el canto de la mesa.
—Entonces habrá que celebrarlo, supongo… —fruncí la nariz—. ¿Cómo lo llaman ahora? ¿Ratificación? ¿Confirmación? ¿Un ascenso con más cadenas?
Esta vez sí sonrió. Poco, pero de verdad. La dureza de sus ojos azules se suavizó apenas.
—No lo llames así —pidió.
Guardó silencio. Podía haberme soltado el discurso de siempre. Pero no dijo nada.
—Anna… —dijo al fin.
No era una advertencia. No era un reproche. Era mi nombre, cargado de todo lo que no podía discutir.
Di un paso hacia él. Sentí el olor a cuero y a frío pegado a su uniforme. Mi voz bajó un tono, del juego al filo.
—Solo recuerda una cosa, capitán von Hohenfeld —susurré, rozándole el cuello con los labios—, allí fuera puedes ser todo lo imprescindible que quieran… pero que no se te olvide quién eres.
Sus dedos se crisparon un instante sobre el borde del mapa. Después se obligó a soltarse, a enderezar los hombros, a volver a ser el hombre del uniforme.
Aquel día el mercado olía más a hueco que a pan. Lo sentí antes de doblar la esquina, ese silencio raro que no es ausencia de ruido, sino de costumbre. Las voces estaban, los puestos estaban, los carros chirriaban… pero se notaba que faltaba de todo.
A mi lado, María apretaba contra el pecho la cesta de mimbre como un escudo. Tenía la cara seria, el pañuelo bien ajustado, a primera vista, una señora más haciendo recados. Solo quien la conociera de verdad vería que iba contando, como yo, quién estaba y quién no.
El primer vacío era el más visible.
La persiana del panadero estaba bajada a medias, dejando ver apenas una franja oscura donde antes abría el olor a pan.
El cartel seguía colgando, un poco torcido, con el apellido pintado en letras azules.
Sobre el picaporte, alguien había pegado un papel con prisa: «Se fue al norte. Cerrado hasta nuevo aviso».
No hacía falta decir más. En Trieste, «al norte» ya no eran montañas ni balnearios. «Al norte» era un punto más allá de las vías, donde los trenes que iban llenos volvían vacíos.
Seguimos andando. En una esquina, un grupo de mujeres murmuraba con las cabezas juntas. Una de ellas alzó la vista al vernos pasar y forzó una sonrisa.
—Dicen que le salió un trabajo —comentó, señalando con la barbilla la persiana del panadero—.
Bueno, ya sabes, con los alemanes… Se lo llevaron para trabajar.
Incliné la cabeza, como si agradeciera la información. Sentí el tirón microscópico en el brazo: María, que ya me conocía, que ya me veía coger aire. La solté igual.
—Qué maravilla ese trabajo donde te vas sin maletas y sin despedirte —dejé caer, en voz muy baja—. Debe de ser una oportunidad única.
La mujer parpadeó, incómoda. Sus ojos hicieron el gesto reflejo de cualquiera en esos tiempos: un rápido salto hacia los uniformes que podían o no estar a la vista. No había ninguno cerca, pero el hábito ya se nos había metido bajo la piel.
María apretó un poco más fuerte mi brazo.
—Basta —susurró entre dientes, sin perder la sonrisa neutra—. No les des frases que puedan repetir si los interrogan.
La puerta de la modista estaba cerrada con llave.
Por las rendijas de las persianas se veía aún el interior: el maniquí desnudo, la cinta métrica colgando de un clavo, un retazo de seda verde olvidado sobre la mesa de corte.
El cristal tenía todavía la estrella de David pegada en una esquina, trazada con un pulso tembloroso.
Alguien había colocado un papel encima, intentando taparla.
El papel se había humedecido y ahora se pegaba al vidrio como una piel vieja.
—Cerró de golpe —comentó una voz detrás de nosotras—. Ayer todavía estaba probándole un abrigo a la señora de la farmacia, y por la noche… —La mujer se encogió de hombros—. Llegaron. Ya sabes.
Me giré apenas. La señora que hablaba se hacía la distraída, pero los ojos se le llenaban de agua. No lloraba por la modista, pensé, lloraba por el miedo.
—Así que también se la llevaron «a trabajar» —dije, mirando el papel húmedo sobre la estrella—. Tan deprisa que dejó las tijeras donde estaban.
María me pellizcó discretamente en la parte interior del brazo.
—Anna —repitió mi nombre como un rezo corto—. Te lo digo en serio.
Seguimos caminando, y cada tramo de calle traía un rumor, una frase que flotaba entre puesto y puesto: «Se los llevaron de noche». «Ni le dejaron preparar una maleta». «Dijeron que era para trabajar». «Pero si tenía niños…»
El mercado estaba lleno de verduras, de pescado, de gente yendo y viniendo. Pero los huecos pesaban más. Las sillas vacías delante de los portales, las ventanas que no se abrían, los sonidos que ya no sonaban. Hasta el mar parecía un poco más lejos.
Cada vez que alguien decía «para trabajar» con esa vocecita obediente, me daban ganas de morder.
—¿Recuerdas cuando «irse a trabajar» significaba ponerse el sombrero y volver al atardecer oliendo a tabaco y oficina? —murmuré—. Ahora es solo otra manera de decir que alguien ha desaparecido.
—Antes también desaparecía gente —respondió María, cansada.
—Sí —asentí—. Pero no nos pedían que hiciéramos como que era normal.
Pasamos junto a un grupo de soldados alemanes que fumaban apoyados en un camión, riéndose entre ellos.
Las botas bien lustradas, los emblemas en el pecho, el idioma duro golpeando las paredes.
Uno de ellos nos miró de arriba abajo con un interés perezoso.
Bajé la vista lo justo para no provocar, pero no lo suficiente como para parecer sumisa.
Sentí la mirada de María clavada en mi perfil.
—No pienses frase ahora —me susurró, casi sin mover la boca.
—Ni una sola —mentí.
Porque sí las pensaba. Todas afiladas. Todas peligrosas.
Frases para tatuar en la piel de esos hombres, en los papeles, en las paredes del puerto. Pero las guardaba en la lengua, como un cuchillo en la manga.