Capítulo 30 #2
Llegamos al puesto de verduras de siempre. El hombre que lo atendía, un italiano grueso con manos enormes, nos saludó con un gesto de cabeza.
—La señora Bianchi tampoco ha venido —comentó, mientras ponía tomates en la cesta—. Dicen que está enferma.
Ya ni pregunté. «Enferma» era otra palabra nueva, como «trabajar» y «norte». Todas significaban lo mismo: se la llevaron, no preguntes, sigue comprando.
—Trieste se está quedando sin gente —dije, casi con calma—. Al final va a ser más fácil contar quién queda que quién falta.
El verdulero se encogió de hombros, mirando rápido a la calle.
—Mientras haya quien compre… —balbuceó.
Mientras haya quien obedezca, corregí en mi cabeza.
De regreso a casa, subiendo la cuesta, María por fin explotó en pequeño.
—¿Por qué lo haces? —preguntó—. ¿Qué ganas?
Me detuve un segundo, obligándola a detenerse también.
—Si no digo nada, todo esto se me queda aquí. —Me toqué el pecho—. Y me pudre por dentro. Mejor que salga, aunque sea en voz baja.
—Y yo prefiero que no te la arranquen —replicó—. No todos tenemos un marido capitán al que obedezcan. Ni una casa donde, de momento, no llaman de noche.
Ese «de momento» quedó suspendido entre nosotras, más pesado que la cesta de mimbre.
Empecé a caminar de nuevo.
—Precisamente por eso —dije—. Porque tenemos una casa donde todavía no llaman de noche. Porque yo estoy relativamente a salvo. Si ni siquiera yo puedo permitirme decir «qué maravilla de trabajo», ¿quién lo va a decir?
María negó con la cabeza, pero no discutió más. Yo sabía que esa lengua afilada era mi defensa. Y que me delataba, a veces, y se me volvía en contra.
Al llegar a la puerta, mientras se oía el trajín de los criados y de la radio, me volví una última vez hacia la ciudad. Conté los huecos en silencio. Luego me mordí el labio hasta que me supo a sangre.
La noche se había echado sobre Trieste con un silencio extraño, de esos que pesan. Desde el salón no se oía ni el murmullo de la radio de la cocina; los ruidos de la casa se habían recogido hacia las habitaciones del fondo, dejando el pasillo vacío y a la espera.
Estábamos los tres allí, Giorg sin guerrera, solo en camisa blanca con las mangas arremangadas, un vaso en la mano, María y yo frente a él, no a su lado, sentadas como testigos, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante.
Giorg bebió un sorbo lento. Alzó la vista hacia nosotras y, por fin, renunció a los rodeos.
—Voy a decirlo sin rodeos. Mi rango nos da techo, nos da comida, nos da margen para torcer cosas… para proteger a gente, para mover papeles donde puedo. —Hizo una pausa—. Pero también me ata al aparato que está haciendo esto.
No señaló nada, no hizo falta: «esto» eran las persianas bajadas del mercado, los huecos en las casas, los trenes que salían llenos «para trabajar», las calles donde cada semana desaparecía alguien y quedaba un silencio nuevo en su lugar.
María se incorporó un poco, clavando los codos en las rodillas, con las manos entrelazadas. Tenía la cara limpia, sin maquillaje, el pañuelo ligeramente torcido, y una dureza en la expresión que no era contra él, sino contra la mentira que empezaba a agotársenos a todos.
—No puedes usar «cargo» como si fuera alergia —lo cortó, sin suavidad—. No es algo que te ha caído del cielo y te hace estornudar sin culpa. Lo sostienes cada mañana cuando te cierras esos botones.
Lo soltó de corrido, como quien tiene miedo de que si se calla un segundo, le interrumpan con excusas. Desde mi butaca, lo miraba todo con tensión y curiosidad. María así, tan directa, Giorg sin uniforme, con la camisa algo arrugada y el vaso en la mano.
Él sostuvo la mirada de María, dejó que el reproche lo atravesara y se quedara ahí. No se defendió de inmediato. Finalmente respiró hondo.
—He elegido muchas cosas, sí —concedió—.
Entre ellas, que aquí no falte techo ni comida.
Que no llamen a esta puerta de noche. Que cuando yo llego tarde sea por trabajo…
y no porque alguien os esté contando que me pegaron un tiro por deserción.
—Se inclinó un poco hacia nosotras—. Eso también es elección. Y no es pequeña.
—Eso convierte el uniforme en pacto —insistió María—. Y los pactos se pueden romper. O se pagan. Pero no me digas que el uniforme «te pasa» como quien tiene sarampión. Te lo pones. Cada día.
El silencio que siguió no fue corto ni cómodo. Me enderecé, crucé una pierna sobre la otra con un gesto pausado y hablé sin subir la voz.
—Yo puedo vivir en una casa más pequeña —dije—. Puedo vivir con menos criados, con menos mantel planchado, con menos vestidos. Ya lo he hecho antes y no ha pasado nada. —Lo miré directamente, sin pestañear—. Lo que no quiero es vivir con un hombre que un día no soporte mirarse al espejo.
Giorg apretó un instante la mandíbula, y vi el esfuerzo que hacía por no refugiarse en la retórica del deber. Al final, lo que salió fue más sencillo, y por eso más verdadero.
—No habláis de techo ni de comida —murmuró—. Habláis de culpa.
—Hablamos de mañana —lo corrigió María, bajando un poco el tono, pero no el filo—. Del día en que ya no puedas decir «no sabía», «no pude», «no era yo quien firmaba». Ese día no habrá uniforme que te salve de ti mismo. —Se giró hacia mí—. Ni de nosotras.
—Y yo no quiero acostumbrarme a justificarte —añadí—. No quiero convertirme en esa mujer que piensa: «sí, hace cosas terribles, pero en casa es amable». No podría respetarte. Y sin respeto, ni esta casa ni ninguna cama sirven de nada.
La palabra «cama» resonó en la penumbra de modo distinto. No fue un gesto teatral, fue una verdad concreta. Los tres sabíamos lo que significaba.
Giorg bajó la vista hacia el vaso. Sus dedos, tan controlados siempre, juguetearon con el borde un instante.
—¿Qué queréis que prometa? —preguntó, sin ironía—. Decidlo claro.
María no dudó.
—Que si llega un día en que la única forma de conservar esta casa es que tú pierdas la cabeza… la eliges a ella. —Se tocó la sien—. La cabeza. La tuya, la nuestra, la de todos. No las paredes.
Tomé la imagen y la afilé un poco más.
—Que si para mantener intactas estas cuatro paredes hay que vaciarte por dentro hasta que no te reconozcamos, eliges la cabeza. —Mi voz se volvió más íntima—. Que prefieres ver esta casa ardiendo antes que verte convertido en un hombre al que yo no pueda mirar sin apartar la vista.
Giorg se echó hacia atrás en la silla. La camisa se le tensó sobre los hombros, la piel del cuello se le enrojeció un poco. Pareció, no el oficial impecable con todo bajo control, sino un hombre acorralado entre lo que debe, lo que puede y lo que quiere ser.
—No voy a desertar mañana —advirtió, despacio—. No puedo dejar esto así. Desde dentro todavía puedo torcer cosas: retrasar un tren, perder un papel, cambiar un nombre por otro. Hay gente que, si yo desaparezco ahora, se queda sin esa mínima oportunidad.
—Te admiro por eso —añadí—. Pero a veces eres insoportable cuando te cierras así.
—No es frío —la voz se le quebró apenas—. Es lo único que me mantiene en pie.
—No te estamos pidiendo que huyas esta noche —dijo María, y su voz, sin perder firmeza, sonó más humana—. Te estamos pidiendo que digas hoy hasta dónde sí… y desde dónde no. Que lo decidas mientras aún tienes elección.
Él nos miró a una y otra, despacio. Primero a María, con su dureza que lo empujaba hacia el borde, luego a mí, con esa mezcla de miedo y admiración que yo misma no sabía controlar. Se inclinó hacia delante, los codos en las rodillas, las manos entrelazadas, la lámpara marcándole sombras en la cara.
—Escuchadme bien —dijo—. Esta casa: techo, comida. Pero si mañana me piden firmar nombres… si llega el día en que lo único que se espera de mí es que obedezca sin pensar, sin mirar, sin medir… ese día no me tendrán. Prefiero ver estas paredes arder. Primero nosotros. Después, que arda lo demás.
María asintió una sola vez, corta, con la satisfacción de quien ya ha oído lo suficiente. Para ella fue casi un contrato oral. A mí, en cambio, la promesa me sacudió el cuerpo.
No dije «gracias». No era un favor, era una decisión que nos arrastraba a los tres. Me levanté despacio. Notaba un calor nuevo, y no era por las caricias: era por verlo decidir.
—Me voy a la cama —anuncié, con fingida calma.
Giorg alzó la vista hacia mí, sosteniéndola un instante más de lo necesario. En sus ojos había ternura, y un respeto que dolía más que cualquier «te quiero».
Me acerqué lo suficiente para que solo él me oyera.
—Ahora ya sabes —susurré—, cuando llegue ese día, no estarás eligiendo solo por ti. Estarás eligiendo también por mí.
Sus dedos rozaron los míos apenas, un contacto mínimo, casi furtivo.
—No quiero que te cueste la vida —murmuró.
—A mí me asusta más que me cueste el respeto —repliqué, sin temblar.
Lo dejé allí, con el vaso, los papeles en sombra, su propia conciencia recién nombrada, y subí la escalera.
En el dormitorio, la cama me esperaba. Me desnudé casi en automático, pero cada gesto me pareció más pesado, esa noche ya no era igual.
Al meterme en la cama, el frío de la tela me arrancó un suspiro.
El corazón me golpeaba demasiado fuerte.
Oírle decir que prefería ver aquellas paredes arder me despertaba un hambre que me nacía de muy adentro; pero saber que ese pacto podía ser nuestra sentencia me ponía un nudo en el estómago.
Me apreté la mano contra el pecho. Entre el frío que me venía de fuera y el calor que me subía por dentro, supe que ya no había vuelta atrás.
Fuera, la noche se hizo dueña de Trieste. Abajo, en el salón vacío, el vaso con un resto de licor seguía sobre la mesa, brillando en la penumbra.