Capítulo 29 #3
Aproveché el gesto para inclinarme también, como si tuviera que corregir el equilibrio de las copas. Durante un segundo quedamos las dos a la altura de sus zapatos, la bandeja entre mis manos, el tenedor entre las suyas.
—Udine —susurró ella, sin mirarme.
—Definitivos —respondí, moviendo apenas los labios.
Nos incorporamos a la vez, las caras ya en su sitio, las espaldas rectas.
Uno de los oficiales se apartó medio paso para dejarnos pasar, otro hizo un comentario sobre lo difícil que era encontrar buen personal.
Sonreí como si no hubiera oído nada más que eso y seguí hasta la cocina, con el corazón un poco más rápido y dos palabras nuevas colgando de la memoria.
En una de las idas y venidas lo pillé a él, a Giorg, solo en el extremo del pasillo, junto a la puerta del despacho.
Tenía un papel doblado en la mano y lo estaba plegando con demasiado cuidado para ser solo papel.
Me acerqué con la copa de licor en la bandeja como quien se acerca a arreglar una flor.
—Tienes algo aquí —dije, tocando la solapa de su chaqueta.
Antes de que pudiera apartarse, incliné un poco la bandeja, lo justo para que una gota de vino oscuro cayera sobre el borde del tejido. La mancha se abrió como una pequeña flor desordenada.
—Perfecto —añadí, bajando la voz—. Ahora tienes excusa para irte antes.
Él bajó la vista a la solapa, luego la levantó hacia mí. Había cansancio en su expresión, y esa sombra que le he visto muchas veces cuando está haciendo sumas morales que no le cuadran.
—No es tan fácil —murmuró—. Ni aquí, ni en el puerto.
Se inclinó un poco, lo justo para que nadie más nos oyera.
—Ten cuidado con lo que oyes, Anna. Y con lo que decides guardar.
—Llegas tarde —pensé. En voz alta solo dije:
—No me subestimes. Y menos mi manía de acordarme de todo.
Pasó los dedos sobre la mancha de vino y volvió al comedor con el papel ya metido en el bolsillo interior. Yo me quedé un momento en el pasillo, con la bandeja en la mano, escuchando a mis espaldas otra vez la palabra «listas» y la frase «cuando todo esto acabe».
Después vinieron las despedidas. El italiano fue el primero en ponerse el abrigo, todavía hablando demasiado alto y demasiado cerca.
Los alemanes salieron casi juntos, uno quejándose del café de cebada, otro diciendo que no recordaba la última vez que había visto una mesa tan bien puesta.
Los dos nombres del club elegante se fueron los últimos, con las bufandas ajustadas, las manos en los bolsillos, prometiendo que «hablarían pronto» de cierta cuestión del puerto.
Miraban a Giorg más que a mí, él respondía con esos asentimientos suyos que nunca significan un sí completo.
Cuando la puerta se cerró por fin detrás del último, la casa se quedó en silencio, lleno de platos sucios y humo que no acababa de irse. María y yo recogimos lo peor del desastre con Grete. Hablamos poco, no hacía falta. Cada una iba repitiéndose por dentro sus propias palabras clave de la noche.
Subí las escaleras más tarde de lo que me habría gustado, con olor a vino seco todavía pegado a las manos.
En el rellano, apoyado contra la pared, estaba él, ya sin guerrera, con la corbata floja, las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos.
Parecía menos capitán y más hombre, pero el peso en los hombros seguía ahí.
Abrí la camisa con calma, dejando que los botones cedieran bajo mis dedos.
Se abrió despacio y apareció su piel, caliente y tensa.
Deslicé la mano desde el hombro hasta el centro del pecho y noté el latido irregular bajo la palma, demasiado rápido para el silencio de la habitación.
Me acerqué a su cuello, aspirando el olor que todavía traía adherido.
—Hueles a ellos.
No lo dije para herirlo. Era simplemente verdad. Su mandíbula se endureció apenas y bajó la mirada hacia mí.
—Anna.
Mi nombre cayó entre los dos con un peso distinto al de otras noches. No había invitación en su voz, ni tampoco rechazo abierto, solo cansancio.
Me quedé con los dedos detenidos en el siguiente botón, esperando un gesto, una señal. Él no avanzó, pero tampoco me apartó. Permaneció inmóvil, respirando hondo, con los ojos perdidos más allá de mi hombro. Retiré la mano con suavidad.
—No estás aquí —murmuré.
No lo dije con reproche. Solo necesitaba nombrarlo.
Tardó unos segundos en responder.
—Estoy cansado.
No insistí. Di un paso atrás y me senté en el borde de la cama, dejándole espacio sin dramatismo. Lo oí terminar de quitarse la camisa; la tela rozó la silla, el armario crujió al abrirse. Movimientos medidos, casi mecánicos, que conocía bien.
Cuando me metí bajo las sábanas, él ya se había tumbado de espaldas en su lado. No lo busqué. Tampoco él hizo el gesto de acercarse.
Nos quedamos así, en la oscuridad, escuchando la respiración del otro.
Al cabo de un rato, su mano avanzó bajo la sábana hasta encontrar la mía. No me atrajo hacia él ni la apretó con fuerza, simplemente la sostuvo, firme.
Aquella noche eso fue lo único que supimos darnos.