Capítulo 29 #2
Miré a Giorg. Estaba sentado a mi lado, tan cerca que sentía el calor de su brazo. Esperé. Un segundo. Dos. Él siguió cortando la carne. Llevó el tenedor a la boca. Bebió un sorbo de vino. No dijo nada.
Bajé la vista a mi plato. Respiré hondo. No iba a llorar allí. No iba a hacer nada. Pero algo, dentro, se movió de sitio.
A ratos me limitaba a escuchar. Uno de los aristócratas mayores hablaba con voz baja, casi apagada, pero cada vez que decía «en Viena» se producía un pequeño silencio a su alrededor.
Hizo un comentario sobre la «eficiencia» de ciertos procedimientos en el norte, otro sobre la torpeza de algunos mandos locales.
No mencionó la palabra judío ni la palabra deportación, pero flotaban en el aire.
—Lo que hace falta es claridad —dijo el italiano en un momento, cortando la carne con entusiasmo—. Menos dudas, menos papeles, más decisiones. La gente respeta la fuerza.
—La gente respeta saber a qué atenerse —respondió uno de los alemanes.
«La gente respeta comer», pensé, pero me lo guardé.
En algún momento María tomó el relevo de mi lado y empezó a preguntar por conciertos, por libros, por cualquier cosa que obligara a los hombres a recordar que habían tenido otros intereses antes de que la palabra «logística» se les comiera la mitad del vocabulario.
Los veía enderezarse un poco, recordar un chiste, mencionar un compositor.
No duraba mucho; el peso del uniforme volvía enseguida.
A mi derecha, Giorg se mantuvo casi todo el tiempo en su papel de hombre que escucha más que habla.
Intervenía lo justo cuando le pedían opinión sobre el puerto, sobre los muelles, sobre la capacidad de carga.
Su voz, cuando se ponía técnica, era clara y seca, toneladas, horarios, turnos.
Nada en su tono decía lo que yo sabía que pensaba.
Pero alguna vez, cuando alguien proponía una «solución expeditiva», lo veía arquear una ceja un milímetro o dejar la copa en la mesa sin beber.
Eran gestos tan pequeños que habría hecho falta dormir en su cama para saber leerlos. Yo tenía esa ventaja.
En una de esas, el de transporte insistió en que una de las líneas hacia el norte debía «priorizarse» para «traslados especiales». No explicó más. No hacía falta. Sentí cómo se me encogía un poco el estómago. Me escuché preguntar, casi sin querer:
—¿Qué quiere decir especial?
El hombre me miró como si se hubiera olvidado de que yo estaba allí. Abrió la boca, buscó una palabra, la cerró. Fue uno de los aristócratas de manos finas, el de los recuerdos de Viena, quien respondió con una sonrisa educada:
—Quiere decir que a veces la guerra no solo mueve soldados, señora —dijo—. También mueve problemas.
Lo dijo como si hablara de cajas mal etiquetadas. Yo asentí como si solo hubiera entendido la mitad. Debajo de la mesa, sentí la mano de Giorg cerrar su servilleta con algo más de fuerza de la necesaria.
Hubo un par de brindis más, uno por el orden, otro por el fin de la guerra «en los términos adecuados».
Yo choqué mi copa con la de todos, hice el ruido correcto, sonreí en los momentos esperados.
Por dentro, contaba mentalmente cuántas veces había oído la palabra «ejemplo» en boca del italiano y cuántas veces había aparecido la palabra «mercy». Ninguna. Ni siquiera en alemán.
Cuando Gretel retiró por fin los platos y María anunció el postre, supe que la función de esa noche estaba casi cumplida. Habíamos conseguido que comieran, que bebieran, que hablaran, que se sintieran cómodos. Habíamos recogido nombres, gestos, silencios.
Al levantarme de la mesa para servir café, sentí el ligero roce de los dedos de Giorg en la curva de la espalda, justo por encima de la cintura.
Un toque mínimo, casi inexistente, que no encajaba con ninguna etiqueta social ni con ningún protocolo militar.
No miré atrás. No hacía falta. Ese gesto era su forma de decir: «Lo he visto. Lo he oído. Aguanta un poco más».
Y también, aunque nunca lo diría en voz alta: «gracias por estar aquí conmigo».
Apreté los labios y sujeté la cafetera con más fuerza. Volví a la cocina con la sensación de haber fingido demasiado bien. Pero no lo era. Y mi papel no era solo que los cubiertos estuvieran en su sitio, era no hacer como si no lo oyera.
Salí con la cafetera en la mano. Serví las tazas una por una, empezando por los extremos de la mesa.
El de marina dio las gracias con un gesto breve y volvió a hablar de barcos y piezas.
El de transporte miró el café como un lujo.
Uno de los apellidos largos sostuvo la taza como si estuviera pesando otra cosa.
Cuando terminé la ronda, Gretel apareció detrás de mí con una bandeja de botellas y vasos pequeños.
Era la señal. Los hombres se levantaron poco a poco, se movieron hacia el pasillo con la excusa del cigarrillo, el aire, el licor de después.
El comedor se aflojó un poco, las sillas vacías, las servilletas abandonadas.
En realidad, las frases importantes empezaban ahora, a medio camino entre la mesa y la cocina.
El pasillo estaba lleno de humo. Dos de los oficiales se habían apoyado en la pared con la copa en la mano y el cigarro en la boca.
El italiano ocupaba mucho sitio con los hombros y los gestos, como siempre.
Los alemanes escuchaban más que hablaban, asentían cuando debían y soltaban de vez en cuando alguna palabra que sonaba a mando y a años de servicio.
Entré con una bandeja de copas limpias, María venía detrás con platos. Pasar entre ellos exigía cuidado para no chocar con un codo ni con una frase.
—Han llegado nuevas instrucciones desde el norte —decía uno, exhalando humo hacia el techo—. Quieren traslados definitivos, nada de idas y venidas.
—Siempre quieren más trenes —respondió el otro—. Más trenes, más listas, más firmas. Como si aquí pudiéramos estirar las vías.
—Hablan de campos de trabajo —añadió el italiano, bajando un punto la voz—. Pero todos sabemos que, cuando empiezan con rodeos, es que no quieren que nadie pregunte demasiado.
Yo me hice la distraída, ajustando la bandeja contra la cadera. María, detrás, fingió que se le resbalaba un tenedor de la pila de platos. El metal tintineó en el suelo.