Orden y fuego Capítulo 29
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Capítulo 29

Gretel se movía de un lado a otro de la cocina con una eficacia casi militar, cazuelas, salsas, el postre enfriando en el alféizar, el horno abriéndose lo justo para comprobar el punto del asado.

Yo la seguía con una copa en la mano, más para sentir que hacía algo que porque hiciera falta supervisar nada.

El mantel bueno ya estaba colocado en el comedor, la vajilla de otra vida brillaba bajo la luz amarilla y, por un momento breve, todo aquello podría haber sido cualquier otra época, si no fuera por el uniforme colgado en el perchero y el racionamiento al bajar la cuesta.

Probé el vino con una responsabilidad que ni yo me creía.

No era especialmente bueno, pero era vino de verdad, y eso bastaba para convertirlo en lujo.

Gretel me miró de reojo mientras removía una olla, la conozco lo suficiente para saber que tenía una opinión formada sobre todo aquello, pero su forma de protestar era recortar porciones y hacer que las sobras duraran más días, no dar discursos.

María apareció sin hacer gran entrada, simplemente empujando la puerta con la cadera, dejando el bolso sobre cualquier silla libre y quitándose los guantes mientras se acercaba a la encimera.

Se remangó la blusa sin preguntar y se ató uno de los delantales de Gretel a la cintura como si llevara haciéndolo allí toda la vida.

Yo le tendí una tabla y un cuchillo, y ella se puso a cortar verduras para la ensalada.

Estaba más tranquila de lo que estaba yo, lo noté en el tipo de cosas de las que hablaba.

Comentó el calor de la mañana, una vecina que se había ido «al campo» demasiado deprisa, lo caro que estaba el pan y lo mal que le sentaba que, incluso en guerra, hubiera hombres capaces de hablar de vino como si ese fuera el problema principal del mundo.

Nada ingenioso ni especialmente brillante, solo cosas de amiga, para que la cocina pareciera normal un rato.

Mientras ella cortaba, yo iba y venía entre la cocina y el comedor, ajustando la distancia entre los platos, cambiando las flores de sitio, vigilando que no faltara ninguna copa.

Cada vez que cruzaba el pasillo me llegaba una bocanada de aire más fresco y con ella, de fondo, la presencia constante del puerto: las sirenas lejanas, un motor pesado en la distancia, el eco de una voz que no entendía.

Entonces volvía a entrar en la burbuja de la casa, donde el mayor problema aparente era si la salsa se cortaría o si habría sillas suficientes.

El paso de Giorg por el pasillo sonó antes de verlo.

Entró en la cocina ya en uniforme, con la guerrera cerrada y la gorra en la mano.

Traía pegado el olor de la calle, que chocó con el olor del guiso y el vino y se quedó a mitad, sin decidir cuál ganaba.

Se detuvo un instante en el marco, como hace siempre. Todo en su sitio.

Me acerqué a él casi por reflejo, sin pensarlo demasiado.

Le quité la gorra de entre los dedos y la dejé sobre una silla, y, aprovechando que estaba quieto, me subí un poco de puntillas y me puse a arreglarle la corbata.

No lo necesitaba, por supuesto. La tenía perfectamente recta, como siempre.

Pero mis manos parecían haber decidido que un milímetro más o menos de nudo era un asunto urgente.

Toqué la tela, tiré apenas del nudo, lo apreté un poco más, y luego dejé que los dedos subieran hasta la nuca con el pretexto de alisar algo invisible.

Sentí la piel caliente bajo el pelo corto, la tensión siempre fija a esa altura.

Me quedé un momento de más, sabiendo de sobra lo que hacía. Noté que le cambiaba el aire, un movimiento casi de nada que nadie más habría visto.

María soltó un comentario desde la encimera, algo sobre lo bien que le sentaba el uniforme y lo injusto que era que algunos hombres se arreglaran más para la guerra que para una fiesta, y eso rompió el hilo justo cuando empezaba a tensarse demasiado.

Gretel, sin dejar de mover la cuchara, le ofreció a Giorg probar la salsa.

Él se inclinó, aceptó la cucharada, asintió.

Dijo que estaba perfecta, que no hacía falta tocar nada.

Esa era la jaula, el mantel planchado, la carne en su punto, el vino en copas limpias, nosotros tres haciendo de familia normal bajo la mirada invisible de los futuros invitados.

Por dentro, sin embargo, el aire estaba lleno de cosas que no se decían.

María clavaba el cuchillo en las verduras con más fuerza de la necesaria cada vez que oía el nombre de cierto general.

Gretel se aseguraba de que las raciones del servicio estuvieran listas antes de sacar nada al comedor.

Cuando salimos por fin al salón para hacer un último repaso a la mesa, pensé que la noche iba a ser exactamente eso: una representación cuidada, una casa impecable, risas medidas, silencios estratégicos.

Y en medio, yo, jugando a ser anfitriona mientras tomaba nota de cada sombra que cruzara la cara de Giorg cuando alguien hablara demasiado alto de cosas que no se comentan delante de las mujeres.

Cuando sonó el timbre, ya teníamos cada una nuestro lugar aprendido sin necesidad de ensayos. Gretel desapareció hacia la cocina sin decir nada. María y yo nos quedamos un segundo solas junto a la mesa, revisando por enésima vez los cubiertos.

—Respira —me dijo, bajito—. No es una ópera. Solo es… esto.

—Prefiero las óperas —respondí—. En las óperas los malos cantan antes de hacer algo.

No tuvo tiempo de contestar. El primer invitado entró acompañado por Giorg: un oficial de marina, alto, mandíbula cuadrada, el uniforme impecable y el olor a tabaco caro pegado al abrigo.

Detrás venía uno más bajo, con cara de contable, responsable de transporte o de combustible.

Cerraba la comitiva un italiano de traje demasiado lustroso, sonrisa demasiado amplia y manos que hablaban por él antes de abrir la boca.

Y, mezclados entre ellos como si fueran simples parientes discretos, dos hombres de apellido largo y abrigo bien cortado, viejos nombres que yo ya había visto en las tarjetas del club elegante del centro.

El de marina rio con un sonido breve, automático.

El italiano, en cambio, se alargó en cumplidos enseguida, me besó la mano con demasiado entusiasmo y demasiado cerca de la muñeca.

Noté el pequeño endurecimiento de la espalda de Giorg a mi lado y tuve que contener la tentación de limpiarme la piel en el mantel.

—Signora, siempre es un honor dejar el puerto para recordar que existe el mundo civilizado —dijo el italiano—. Y con una anfitriona así…

—La civilizada es Gretel —lo interrumpí, sin dejar de sonreír—. Yo solo pongo las flores donde me mandan.

Giorg se colocó en su sitio, en la cabecera opuesta a la ventana, con los dos alemanes cerca.

Yo fui a mi asiento, a su derecha, el lugar perfecto para oír de todo y decir lo justo.

María ocupó el otro extremo de la mesa, donde podía ver a todo el mundo sin tener que aguantar al italiano demasiado cerca.

Los apellidos de salón encontraron sus sitios solos, como siempre: ni en el centro ni en los bordes, pero desde donde todo se oye.

Los primeros minutos fueron el teatro de siempre: clima, estado de las carreteras, lo complicado que era encontrar café de verdad.

El hombre de combustible se quejó de retrasos en los suministros, el de marina habló de temporales, el italiano describió el puerto con un entusiasmo que habría hecho creer a cualquiera que pasaba sus días cargando sacos en vez de firmando papeles.

Yo escuchaba, sonreía, servía pan, hacía alguna observación ligera cuando se quedaba hueco el aire.

—Hay días en que Trieste casi parece una ciudad normal —solté, mientras rellenaba las copas—. Hasta que suena una sirena y te acuerdas de dónde estás.

El de transporte se removió en la silla, incómodo. El de marina me miró un segundo antes de llevarse la copa a los labios. El italiano hizo un gesto con la mano, como espantando una mosca.

—No exagere, señora —dijo—. Esta ciudad está mejor que muchas. Aquí aún se brinda.

—Por eso mismo —respondí—. Que al menos la mesa esté a la altura.

Noté el roce de la rodilla de Giorg contra la mía bajo la mesa. No fue un empujón, fue un pequeño aviso: cuidado. Me callé. María, al otro lado, me lanzó una mirada rápida y un gesto mínimo con la ceja que en su idioma significaba «bien, pero suficiente por hoy».

Conforme avanzaba la cena, el tono cambió.

El vino hizo su trabajo: aflojó lenguas, quitó barnices.

Empezaron a aparecer nombres de pueblos, de valles, de líneas de ferrocarril.

Se habló de «zonas delicadas», de «elementos poco fiables», de la necesidad de «reforzar la disciplina».

Yo partía el pan, servía carne, preguntaba por las familias de vez en cuando para obligar a la conversación a desviarse unos minutos hacia algo más humano.

—¿Y su mujer? —le pregunté al hombre de combustible, mientras le ofrecía más salsa—. ¿Ha conseguido adaptarse a la ciudad?

Se sorprendió un poco ante la pregunta, pero respondió.

Habló de sus hijos, de los estudios, de lo difícil que era encontrar leche.

Durante un minuto dejó de ser el encargado de mover vagones para convertirse en un padre que contaba que su hija no dormía bien cuando sonaban las alarmas. Ese minuto me bastaba.

Fue durante el segundo plato. Uno de los oficiales alemanes, el que llevaba toda la noche hablando de eficiencia, dejó caer mientras se llevaba la copa a los labios:

—Lo que hace falta aquí es orden. Demasiada gente cree que puede ir por libre. La disciplina no admite excepciones. El que no cumple, fuera. Sin más.

Dicho así, con esa naturalidad, como quien comenta el precio del pan. Hubo asentimientos alrededor de la mesa. El italiano levantó la copa en un gesto de aprobación. Los hombres de apellido largo inclinaron la cabeza.