Capítulo 28 #4
—Ya estamos atados —dije—. Al puerto, a esta casa, a María, a la guerra… y el uno al otro. Un perro no va a empeorarlo. Solo va a ladrar cuando entren extraños. Eso es más de lo que muchos humanos hacen.
Se quedó callado. No hacía falta más. Lo vi ceder, poco a poco.
—Está bien —concedió por fin, bajando la vista hacia Perry—. Se queda.
—Bienvenido a casa —le dije al perro, rascándole detrás de la oreja—. No ladres al señor de la casa cuando llegue tarde… o al menos espera a que haya cenado.
Giorg negó despacio con la cabeza, pero yo ya le había visto sonreír. Mientras se llevaba a Perry hacia el salón, apoyado contra el pecho, pensé que, al menos en esa casa, había entrado algo.
La primera noche, Perry descubrió que era muy pequeño para tanta soledad.
Al principio parecía tenerlo todo resuelto, comió lo que Gretel le puso en el cuenco, bebió agua con un entusiasmo que casi se ahogaba y se quedó dormido otra vez en la manta de la cocina.
Yo lo miraba de reojo cada vez que pasaba por allí, contándole mentalmente las respiraciones.
Giorg fingía leer el periódico en el salón, pero yo sabía que estaba pendiente del ruido mínimo de uñas sobre baldosa.
Cuando subimos a acostarnos, Perry se quedó abajo, con la luz apagada y la puerta de la cocina entornada. Gretel aseguraba que era «lo mejor», que si empezábamos con tonterías luego no habría manera de que durmiera solo. Yo asentí, pero en cuanto llegamos al dormitorio empecé a notar el hueco.
Al principio no se oyó nada. Luego, un gemido. Uno solo, pequeñito, casi un quejido de madera vieja. Me quedé quieta, con una media en la mano, esperando el segundo. Llegó. Más largo. Más triste.
El tercer gemido ya no fue gemido, fue un pequeño llanto insistente, ese sonido que hacen los cachorros cuando descubren que la oscuridad existe y no les gusta. Se me encogió el corazón.
—Está solo —dije.
—Es un perro —contestó él, razonable—. Los perros duermen en la cocina.
—Los perros normales —puntualicé—. Este nos ha salido así. Se cree persona.
Un ladrido ahogado subió por la escalera como un hilo. Giorg apoyó el libro sobre el pecho y miró al techo unos segundos, como si estuviera haciendo un cálculo complicado, decibelios, horas de sueño.
—Si bajas —anunció—, se acabó. Mañana también llorará, y pasado, y dentro de tres meses seguirá pensando que su cama está escaleras arriba.
Me incorporé. Él me miró con esa cara que mezcla cansancio y rendición.
—Quédate —dijo—. Voy yo.
Lo vi ponerse la bata a medias, descalzo, serio como quien baja a inspeccionar una avería.
Escuché sus pasos por la escalera, el crujido de la madera, el clic suave de la puerta de la cocina.
El llanto de Perry se transformó en un sonido entre sorprendido y contento.
No entendí las palabras que le dijo, pero reconocí el tono: el mismo que usa conmigo cuando me desarmo y él se niega a dejarme sola.
Al cabo de un minuto, el sonido de sus pasos volvió, más lento, más pesado… y acompañado de un resuello pequeño, jadeante, lleno de rizos.
Se asomó al dormitorio con el perro en brazos.
Perry estaba tumbado boca arriba sobre su antebrazo, con la barriga al aire, las patas colgando y los ojos medio cerrados de puro alivio. Giorg lo sostenía como si fuera un bebé, una mano en la espalda, la otra sujetándole el trasero para que no se resbalara.
Se acercó a la cama. Perry, que en teoría era el centro del drama, ya estaba roncando en miniatura, con la boca entreabierta y una pata apoyada en el pecho de Giorg. Él lo miró un segundo, con esa mezcla de incredulidad y admiración que yo le he visto con algunos planos.
Yo tiré de la sábana para hacerles sitio.
Se tumbó despacio, aún con el perro pegado al cuerpo.
Lo acomodó entre los dos, apoyando la cabeza de Perry en el hueco de su hombro, como si fuera lo más natural del mundo.
El cachorro suspiró, se estiró un poco y se acopló de tal manera que su respiración empezó a acompasarse con la de él.
Yo me giré de lado, de frente a los dos, con la barbilla apoyada en la mano. No podía dejar de mirarlos.
—No digas nada —murmuró Giorg, con los ojos cerrados.
—No he dicho nada —respondí.
—Estás pensando cosas —añadió, sin abrirlos.
—Eso siempre —admití—. Por ejemplo, que si tus superiores te vieran ahora mismo, acunando un caniche en la cama, te retirarían todas las medallas por falta de autoridad.
Una sonrisa mínima le rozó la boca.
Abrió los ojos un segundo, solo para mirarme por encima de la cabeza de Perry. Había algo en esa mirada, en esa familia improvisada, que no tenía nada de teatro y que todo esto ya era nuestro.
Estiré la mano por debajo de la manta y toqué el costado de Giorg, muy suave, evitando al perro.
Sentí la firmeza del músculo, el calor de la piel, el peso ligero de la criatura pequeña entre los dos.
No era una escena especialmente digna de literatura heroica, un capitán descalzo en una cama demasiado estrecha, una mujer medio despeinada y un perro roncando.
Y, aun así, allí, en esa cama incómoda, por un momento me pareció que estábamos haciendo algo imprudente.
Perry soltó un ronquidito ridículo en el punto justo entre los dos. Giorg resopló.
Cerró los ojos otra vez. Su respiración se fue haciendo más lenta, más pesada.
Yo me quedé un rato despierta, escuchando el dúo de latidos: el grande, firme, de él, y el rapidito, nervioso, del perro.
Pensé que, si alguien quería entender quién era de verdad el capitán von Hohenfeld, no tendría que mirar informes ni medallas, bastaba con verlo en la cama, acunando al perro.
Me acerqué un poco más, hasta que mi frente casi rozó su brazo.
El olor a jabón, a perro limpio y a hombre cansado me llenó la cabeza. Cerré los ojos por fin.
Si la guerra venía esa noche, me dije, que nos encontrara así: tú, yo y este pequeño desastre rizado en medio.