Capítulo 28 #3
Y allí, empapada, sin maquillajes, sin ropa digna de una «señora del capitán», con el agua cayéndonos encima y su mano sujetándome la cabeza, tuve la certeza de que tenía razón.
Que si alguien iba a recoger los trozos cuando todo esto saltara por los aires, iba a ser él.
Que ese gesto de besarme en la frente como a una cría y como a una igual, era más peligroso que cualquier caricia escondida bajo las sábanas.
Porque nadie más se había atrevido a tocarme así, como si mi cabeza fuera tan importante como mi cuerpo.
Cuando cerró el grifo, el silencio fue casi violento. Me envolvió en la toalla. Me rozó la mejilla con los nudillos, apenas.
—Te espero fuera —dijo—. Cuando se te pase, sales.
Cuando salió del baño, me quedé unos segundos sola, goteando, con la frente todavía caliente donde había posado el beso. Me miré en el espejo empañado y lo vi claro:
El mundo podía caerse. Pero ese gesto… ese gesto te deja sin ninguna defensa.
A la mañana siguiente, la casa olía a café de cebada y a jabón.
Él ya se había ido al puerto cuando bajé, en el perchero colgaba todavía el abrigo ligero de verano que se ponía para ir al despacho.
La escena de la ducha seguía pegada a mi piel, sus manos en mi nuca, el agua resbalando por los hombros, ese cuidado casi obstinado de no convertirlo en otra cosa.
Tenía que salir. Si me quedaba más rato allí, iba a empezar a escuchar las sirenas, aunque no sonaran.
Le pedí a Josef que no me acompañara; dije que solo quería bajar al mercado un momento, que Gretel no se preocupara, que volvería enseguida. Era mentira. No tenía ninguna prisa por volver a ser «la señora del capitán». Quería ser, aunque fuera media hora, la hija de mi padre bajando a por naranjas.
Trieste olía a pescado, a carbón y a calor contenido. Las paradas del mercado estaban más pobres que nunca, pero las voces seguían siendo altas.
Había mujeres con pañuelos en la cabeza, un soldado alemán apoyado en una farola fingiendo que no miraba a nadie, un niño con la cara demasiado seria para su edad.
Nada nuevo. Lo nuevo estaba al fondo, pegado a una caja de verdura vacía.
Lo vi primero con el oído: un gemido agudo, insistente. Luego, entre un cajón de patatas y un montón de sacos, apareció un bulto rizado color negro, con las orejas caídas y los ojos enormes, redondos, como dos botones.
—¿Y tú? —murmuré en italiano chapurreado, agachándome sin pensar.
El cachorro se acercó dando pequeños saltos torpes, con esa mezcla de valentía y miedo que solo tienen los animales que aún no han aprendido a desconfiar. Llevaba un trocito de cuerda por collar, mal anudado, y olía a mercado, a polvo.
—Signora, lo encontré esta mañana detrás de los cajones —dijo el vendedor, encogiéndose de hombros—. Si nadie lo quiere, se irá con las basuras. No tengo con qué alimentarlo.
El cachorro me puso las patas en la falda, sin ninguna clase de protocolo. Noté las uñas diminutas clavarse en la tela y el latido acelerado bajo el pelo rizado. Me lamió un dedo. Fue un gesto ridículo, mínimo… y me dolió más que cualquier sirena.
No tenía sitio. No tenía sentido. No tenía ningún plan.
Por supuesto, me enamoré al instante.
—No podemos… —empecé a decir, como si Giorg estuviera allí para cortarme—. No necesitamos un perro.
El cachorro, que no entendía el idioma, pero sí el tono, gimió más fuerte y me miró. Levantó una patita delantera, dudando, y luego la apoyó en mi muñeca, reclamando.
La frase se me escapó antes de pasar por el filtro de la prudencia:
—La vida no se planea —susurré—. Y los perros, tampoco.
El vendedor me miró como si estuviera un poco loca. Tenía razón. Abrí el bolso, conté unas monedas y se las puse en la mano. Él hizo un gesto casi de disculpa mientras me alcanzaba la cuerda.
—Es suyo, signora. Dios la bendiga… o a los dos.
El cachorro empezó a trotar a mi lado con una alegría desbordante. La cuerda le quedaba floja, cada pocos pasos, se volvía para mirarme, como comprobando que seguía allí, que no era un sueño. Yo tampoco estaba segura.
Subiendo la cuesta hacia nuestra casa, me dio un ataque de risa nerviosa. ¿Cómo se lo iba a explicar a Giorg? Hemos acogido otra criatura indisciplinada, pero esta ladra. Perfecto.
En la puerta, respiré hondo.
—Gretel me va a matar —murmuré.
Cuando entré en la cocina, Gretel se giró con el cucharón en la mano. La expresión en su cara pasó, en tres segundos, de la exasperación automática a algo peligrosamente parecido a la ternura.
—Anna… —dijo, en ese tono que usaba cuando quería reñirme sin testigos—. ¿Qué es eso?
—Me conoces. No digas nada, no he podido evitarlo, mira qué miradita —dije.
El cachorro olió el suelo, dio un par de vueltas y se sentó muy serio junto al fogón, parecía que decía «casa». Gretel resopló, pero ya le estaba poniendo un cuenco con un poco de agua.
—El señor capitán… —empezó.
Tragué saliva.
—El señor capitán no lo sabe todavía —admití—. Pero se lo explicaremos. Al principio me querrá matar, pero estoy convencida de que luego su corazoncito se ablandará.
Me subí las mangas y me incliné hacia el animal.
—Te llamas Perry —decidí, sin consultarlo con nadie—. Y a partir de hoy, serás querido y cuidado.
El cachorro movió la cola con una seriedad casi militar. La guerra podía seguir con sus mapas y sus órdenes. Pero nos había dejado un tesoro.
Y yo estaba deseando ver la cara de Giorg cuando, al volver esa noche, descubriera que, además de una esposa que se mete en su ducha sin pedir permiso, ahora tenía también un caniche ocupando la cocina, dispuesto a desmontarle la disciplina a base de ladridos y ojos grandes.
Cuando por fin oí la llave en la puerta, ya era tarde.
Gretel había recogido la cocina, Josef se había retirado discretamente, y Perry dormía hecho un ovillo en una manta junto a la estufa, con la barriga llena y las patas en el aire.
Yo llevaba un rato dando vueltas por el salón sin rumbo, tocando cosas que no necesitaban ser tocadas, preguntándome si tener miedo a su reacción por un perro callejero era ridículo… o sensato.
La puerta se abrió con ese sonido suyo, perfectamente controlado: el metal, el cerrojo, los pasos medidos en el recibidor.
Perry levantó la cabeza antes que yo, olisqueó el aire, soltó un gemido dudoso y, de repente, un ladrido agudo y valiente, como si acabara de decidir que ese era su pasillo y que iba a defenderlo como fuera.
—¿Qué…? —Escuché la voz de Giorg, cortada a la mitad por la sorpresa.
El cachorro salió disparado hacia la entrada, resbalando en las baldosas.
Fui detrás, con el corazón en la boca. Lo encontré en el marco de la puerta, aún con el abrigo puesto, la gorra en la mano, la cara cansada de un día largo pegada a un cuerpo que aún se mantenía recto.
Miraba hacia abajo, donde un pequeño ovillo rizado le ladraba con la cola moviéndose tan deprisa que parecía que fuera otra criatura.
—Anna. —No preguntó. No hacía falta.
Me apoyé en el quicio, intentando parecer más tranquila de lo que estaba.
—Buenas noches —dije, como si aquello fuera lo más normal del mundo—. Te presento a Perry.
Alzó una ceja, apenas.
—¿Perry? —repitió.
—Sí —me encogí de hombros—. Nos hemos encontrado en el mercado. Él no tenía casa, yo no tenía perro… y con esos ojitos no le iba a decir que no.
Bajó la mirada al animal, que en ese momento había decidido morderle el cordón del zapato con una entrega admirable. Luego levantó otra vez los ojos hacia mí. No había enfado, solo esa mezcla suya de incredulidad y resignación que yo conocía bastante bien.
—No necesitamos un perro —dijo al fin, despacio.
Puse mis mejores pucheros, pidiendo piedad.
—Déjame quedármelo —dije—. Aunque sea para… para tener algo que no sea perfecto.
Se hizo un pequeño silencio. Perry aprovechó para intentar treparle por la pantorrilla, con resultados desastrosos pero mucha fe. Giorg cerró la puerta con el codo, sin apartar la vista de la escena.
—Esta casa ya tiene suficientes… complicaciones —murmuró—. ¿Estás segura de esto, Anna? Es mucha responsabilidad. No es un muñeco.
—Lo sé —dije—. Justo por eso me hace falta.
Hice un gesto con la barbilla hacia el cachorro, que justo entonces decidió que lo más razonable era sentarse y mirarlo directamente a la cara. Algo se aflojó en su mandíbula. Lo vi. La coraza cedía.
Se agachó al fin. Perry dio un pequeño salto torpe y le plantó las patas en la rodilla. Giorg lo sostuvo por el pecho con las manos grandes, como evaluándolo.
—Es una bola de nervios —dijo, casi para sí—. Y no tiene ni idea de dónde se ha metido.
—Imagino que eso es un sí —contesté.
Las comisuras de su boca se levantaron lo justo para que yo lo notara. El cachorro, encantado con su éxito, decidió lamerle la barbilla.
Giorg cerró los ojos un segundo.
—Tiene el corazón demasiado grande para ese cuerpo —añadió—. Me miró un segundo—. Igual que tú.
—Entonces encaja —respondí—. Ya sabes que aquí todos vamos un poco desbordados.
Se incorporó con Perry en brazos. Ver al hombre que se pasaba el día midiendo distancias, sosteniendo un cachorro como si fuera algo frágil y valioso, me enterneció.
Y en esa posición se quedó. Yo era, sí, la jefa de la manada, la que daba la comida y las órdenes básicas en italiano, pero Giorg se convirtió en su ser favorito.
Perry entendió de inmediato que el cuerpo del capitán, con toda su rigidez y su calor, era el refugio definitivo.
Si Giorg estaba en el salón, Perry estaba a sus pies.
Si se sentaba en el escritorio, Perry se acurrucaba en una alfombra, cerca del silencio.
Perry había elegido al hombre más duro como su lugar seguro. Y Giorg lo permitió.
—Gretel dice que es una locura —añadí, buscando aliados.
—Gretel opina que todo es una locura —respondió—. Por eso la escucho… y luego hago lo contrario la mitad de las veces.
Me miró de nuevo, con el perro medio dormido ya entre sus manos.