Orden y fuego Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

—Ahora sí —asentí—. La primera vez fue casi un accidente.

Yo iba con miedo, él con un cuidado que rozaba la torpeza.

Pero en un momento… algo encajó. Un cambio de ángulo, de ritmo, no sé.

Sentí que el cuerpo dejaba de aguantar y empezaba a ir a su encuentro.

Me agarré a sus hombros, dejé de mirar nada, y fue como si todo se apretara hacia un mismo sitio.

Cuando llegó, fue… limpio. Una ola que lo barre todo y, al irse, deja las cosas en otro sitio.

María se echó hacia atrás, con una mano en el corazón.

—Quiero un capitán que estudie idiomas así.

Me reí.

—No necesitas un capitán. Solo alguien con paciencia para escucharte cuando no dices nada.

—Y él… —alzó las cejas— ¿cómo sabes cuando él llega a ese punto?

La imagen me atravesó entera: su mandíbula tensa, los dedos en mi cadera.

—Con él es distinto —dije—. No es ruidoso. Nunca. Se le nota en el silencio, en el momento en que deja de murmurar mi nombre y se queda concentrado. La respiración le baja, se vuelve más honda. Las manos aprietan. Aquí. —Marqué mi propia cadera—. Necesita agarrarse para no perderse.

—¿Tiembla? —preguntó, casi en un susurro.

—Un poco. No como en las novelas, es más…

un temblor corto, contenido. Los músculos se le quedan al límite, y de pronto cede.

A veces es solo un ruido bajo, un aire que se le va contra mi cuello y una forma de agarrarse a mí, como si tuviera miedo de que lo soltara justo al final.

Ahí sé que ya está. Aunque no diga nada, aunque intente seguir siendo el capitán un momento más.

María tenía las mejillas sonrojadas. Se llevó la taza vacía a los labios solo para tener algo que hacer con las manos.

—Y tú… ¿juegas con eso? —preguntó, con una sonrisa conspiradora—. Me refiero a… saber dónde están sus fronteras.

—Claro que juego —no lo negué—. Me gusta provocarle un poco.

Cambiarle el paso justo antes de que se crea que lo tiene todo bajo control.

A veces basta con mover la cadera un poco más, o con decirle su nombre en el momento justo.

O con hacer lo contrario: quedarme muy quieta y dejar que sea él quien tenga que venir a buscarme del todo.

—Eso es crueldad refinada.

—Es reciprocidad —repliqué, divertida—. Él tiene todo un ejército, mapas, órdenes. Yo tengo esto. Mi cuerpo, su reacción. Mi manera de llevarlo justo al borde y verle elegir: si quiere seguir siendo el capitán… o el hombre que se derrumba conmigo.

María se quedó un momento en silencio.

—No sabía que se podía hablar así de un hombre al que se quiere —murmuró al final.

—¿Así cómo?

—Con tanto detalle —sonrió—. Y con tanta… ternura. Hablas de cuando te lleva al límite como si hablaras de cuando te lleva al teatro.

Sentí un nudo dulce en la garganta.

—Es que para mí es lo mismo —admití—. En la cama y fuera de ella, siempre hay un momento en que no sé si se va a acercar o a marcharse. Cuando decide quedarse… ahí es cuando llego a ese punto alto. Sea en una ópera llena de uniformes o en la oscuridad de nuestro dormitorio.

María se estiró en el sofá, suspirando teatralmente.

—Muy bien. Me has fastidiado el estándar —dijo—. A partir de ahora, cuando me hablen de hombres, voy a preguntarme: «¿Lee cuerpos con esa precisión? ¿Sabe cuándo se me rompe la respiración?». Y si no, a la basura.

Reímos las dos. Pero debajo de la risa estaba eso, la conciencia de hasta qué punto lo deseaba. No solo el cuerpo. Todo lo que quedaba suspendido entre medias.

Y juntas, en el sofá, con la taza ya fría, las dos sentimos el vértigo de desear que esa clase de hombre volviera a casa cada noche. Y el miedo, también, a que un día no lo hiciera.

Esa noche, cuando me metí en la cama y noté el peso familiar de él a mi lado, su brazo buscándome en la oscuridad casi antes de despertarse del todo, sentí que algo se había ampliado dentro de mí.

No era que lo deseara más. Era que, con la mirada de María, lo vi claro: cada noche con él me jugaba el cuerpo, el corazón y lo que la guerra aún no me había quitado.

Cuando subí, Giorg estaba dándose una ducha. No llamé.

Ni siquiera pensé en llamar. Abrí la puerta como quien abre un cajón donde ha dejado algo importante.

—¿Dónde has puesto…? —empecé a decir.

El vapor me golpeó primero. Después el ruido del agua. Y luego, la imagen: la mampara empañada, el perfil de Giorg detrás, el agua resbalándole por la espalda, siguiendo la línea de la columna hasta perderse más abajo.

Me quedé clavada. Había entrado como una loca buscando no sé qué, y de pronto no recordaba ni mi nombre. Solo veía su nuca, ese lugar donde siempre se le queda la tensión, ahora empapada, los músculos de los hombros marcados, el cabello oscuro pegado a la cabeza.

—Anna —dijo él, sin sobresaltarse.

Se giró un poco. No del todo. Lo justo para que pudiera ver su cara a través del cristal empañado, esos ojos claros enmarcados por gotas de agua.

—Yo… —seguía agarrando el picaporte—. Buscaba… algo.

Perfecto, Anna. Brillante.

La frase justo antes de que el cuerpo empiece a temblar.

Él me sostuvo la mirada un segundo que se hizo largo, luego cerró un poco el grifo para que el ruido bajara.

—¿Qué has perdido esta vez? —preguntó.

—No lo sé —respondí, sincera de repente.

Porque no era una horquilla, ni un papel, ni un pañuelo.

Noté que se me escapaba una risa nerviosa, del todo fuera de lugar.

Me di cuenta de que tenía las manos heladas y el vestido pegado a la piel por el calor del baño.

Él abrió la mampara unos centímetros. No demasiado, solo lo justo para que el vapor y su olor a jabón y agua caliente me llegaran más claros.

—Vas a empapar el pasillo —dijo—. O entra, o sal. Pero decide algo antes de congelarte ahí.

Ese «o entra, o sal» no llevaba deseo, llevaba paciencia. Paciencia infinita. Y no sé si fue por eso, por la ternura debajo del tono, o porque llevaba días a punto de desbordarme, pero di un paso.

Solo uno.

Él bajó la mirada a mis zapatillas, a mi camisón, y resopló apenas.

—Anna… —hizo una pausa—. No es obligatorio ducharse vestida. Todavía.

—No pensaba… —empecé a justificarme.

—Lo sé. —Sus ojos suavizaron el reproche—. Nunca piensas cuando te viene una idea a la cabeza.

Solté aire, una carcajada seca que casi fue un sollozo. Él lo notó. Lo nota todo. Bajó la toalla, no para echarme, sino para apartarla a un lado.

—Ven —dijo, ahora sí, en serio.

No había música de fondo ni frase teatral, solo esa orden tranquila suya que no era orden, era mano tendida. Di el segundo paso y sentí el cambio de temperatura en la piel, el agua caliente en los brazos. Él alargó la mano y cerró del todo la mampara a nuestra espalda.

—Te vas a poner enferma —murmuró, mirándome el escote—. Siempre eliges el camino más complicado para llegar.

Él negó apenas con la cabeza y, en lugar de apartarse, dio un paso hacia mí.

No para pegarse, sino para colocarse detrás, guiándome suavemente por los hombros hasta situarme justo bajo el chorro.

El agua me cayó de lleno en la coronilla, deslizándose por la nuca, la espalda, el pecho.

Cerré los ojos por reflejo. Noté cómo sus dedos me apartaban el pelo, con cuidado, despejando la raíz.

—Inclina un poco la cabeza —dijo, tan tranquilo como si esto fuera lo más normal del mundo.

Obedecí.

Sentí sus manos en mi cabello, primero sin jabón, solo sus dedos fuertes masajeando la piel, dibujando círculos lentos. No era un gesto de amante impaciente, era otra cosa, cuidar, sin pedir nada.

La respiración se me aflojó sin permiso.

—Así —murmuró—. Deja que el agua haga lo suyo.

Yo, que estaba acostumbrada a provocarlo, a jugar a sacarlo de quicio, me descubrí quieta, dócil, con la frente casi apoyada en las baldosas, dejándole hacer.

Cada movimiento de sus manos en mi cabeza me desarmaba un poco más.

Sentí cómo el cuello se me soltaba, cómo la rigidez de los hombros cedía bajo la presión justa de sus dedos.

—¿No puedes dormir? —dijo, como quien comenta el tiempo.

—Tengo las bombas metidas en la cabeza —alcancé a decir, intentando bromear, la voz me salió temblorosa.

Sus manos bajaron un poco, de la raíz de mi pelo a la base del cráneo, siguiendo la línea de mi nuca. Sin moño ni gorra, la sentía bajo sus dedos. Y la vulnerable era yo.

Y respiré. Simplemente respiré, dejando que el agua se llevara algo del ruido que traía dentro.

Cuando notó que mis hombros se hundían un poco, como si dejara caer un peso, sus manos abandonaron por fin el cabello y bajaron, despacio, por mis sienes, mis mejillas, hasta enmarcarme el rostro. Me hizo girar hacia él, delicadamente, sosteniéndome con los pulgares a la altura de las mandíbulas.

Estábamos pegados al agua, al vapor, al azulejo.

—¿Qué has venido a buscar, de verdad? —preguntó, suave.

No supe responder. Tenía el camisón pegado al cuerpo, el pelo empapado cayéndome por la cara, las pestañas llenas de gotas. Me sentí ridícula y, al mismo tiempo, … cuidada.

—No lo sé —admití, sin escapatoria—. A ti, supongo.

Un músculo se le movió en la mejilla. No se rio.

Sus dedos se deslizaron un poco más arriba, hacia mi coronilla, y luego bajaron a mi nuca. No tiró. Solo apoyó la mano ahí, firme, cálida, y se inclinó.

Yo esperé el beso en la boca. Era lo lógico, lo siguiente, lo que mi cuerpo anticipó sin consultarme.

En lugar de eso, sus labios tocaron mi frente.

Un roce breve, decidido, justo en el centro.

El agua seguía cayendo a nuestro alrededor, pero ese punto quedó caliente, fijo. Cerré los ojos sin querer.

—Anna —susurró, aún con la boca cerca de mi piel—. Sabes conmigo lo que haces, ¿verdad?

—Sí —contesté, temblando—. Por eso he venido.

Sintió el temblor, lo noté en la manera en que sus dedos se cerraron un poco más en mi nuca, no para controlarme, sino para sostenerme.