Orden y fuego Capítulo 28
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Capítulo 28

Mucho antes de que las fronteras empezaran a cambiar de nombre cada década, los veranos de la aristocracia austrohúngara bajaban en tren hasta el Adriático, primero Abbazia, luego Grado, a veces Trieste.

La tía de María había sido una de esas mujeres de otro tiempo, con retratos en sepia de balnearios y sombrillas, y una villa blanca en una altura discreta, con vistas al puerto y a una lengua de mar que, según decía, le recordaba a su juventud.

Cuando murió, dejó esa casa en su testamento a la única sobrina que todavía escribía cartas largas: María.

La carta llegó una mañana de calor pesado, con el matasellos de Viena y la tinta un poco corrida. La abrí en la mesa del comedor, con el café aún caliente, esperando cualquier cosa menos lo que encontré dentro. «Ha muerto la tía Lotte. Al final sí.

Parece que la famosa villa de Trieste existe de verdad y, lo que es peor, ahora es mía.

El abogado insiste en que la casa está en buen estado, habitable, «perfectamente adecuada para residencia permanente».

No quiero quedarme aquí a ver cómo Viena se encoge.

Si no pasa nada raro, en una semana estaré ahí.

No te asustes, no llego a invadirte, prometo instalarme primero en mi propia casa.

Solo… saber que estaré en tu misma ciudad me hace respirar un poco mejor.

Tuve que leer dos veces la frase «en una semana estaré ahí» para querer entenderla.

Primero vino la alegría, pura, casi infantil.

María, aquí. No en mis recuerdos ni en mis cartas, sino en la misma ciudad, bajo el mismo cielo, con el mismo mar.

Después llegó, inevitable, una punzada de culpa: ¿qué clase de amiga era yo si me alegraba de traerla a una ciudad donde se hacían listas de nombres y sonaban alarmas en mitad de la noche?

Pensé que eso era lo que necesitábamos las dos. No un lugar seguro. Uno donde abrir una ventana tuviera sentido. Doblé la carta como un talismán. En una semana, María llegaría con su risa demasiado alta y sus juicios demasiado sinceros.

María llegó a Trieste un día de calor espeso, con el pelo un poco aplastado por el viaje y esa mezcla suya de dignidad y caos que ni la guerra podía quitarle.

La vimos bajar del tren desde el final del andén, primero el sombrero, luego la maleta demasiado grande, luego la sonrisa cuando nos encontró entre la gente.

Me abrazó con tanta fuerza que casi me tira hacia atrás, y después se quedó un momento enganchada al brazo de Giorg, mirándolo como si no se creyera que aquel capitán impecable fuera el mismo hombre de mis cartas.

Fueron unos días de papeles, del abogado que la acompañó a firmar cosas y de idas y venidas entre la ciudad y el notario.

Cuando por fin fuimos a «ver el desastre heredado», fuimos los tres en coche, subiendo por la carretera entre muros y terrazas de piedra.

La casa, al aparecer, nos dejó a los tres en silencio, nada de ruina, una villa clara, y un jardín algo salvaje que prometía más sombra que trabajo.

Desde la terraza principal, el mar se veía enmarcado entre dos pinos, y más allá se adivinaba la línea del puerto.

María se llevó la mano a la boca, medio riéndose, medio a punto de llorar.

—Esto no es una casa —murmuré, apoyándome en la barandilla—. Es demasiado.

—Escandaloso —añadió Giorg, inspeccionando las columnas con ojo técnico.

María nos fulminó con una mirada que no intimidó a nadie. Por dentro, se la veía abrumada por la amplitud. Hizo un gesto teatral con los brazos.

—Demasiadas habitaciones para una exiliada pobre —dijo—. Tendré que llenarlas de algo.

Recorrimos la casa entre bromas, abriendo puertas, tanteando suelos, levantando persianas.

Cada habitación parecía guardar el eco de algún verano anterior: muebles bien hechos, alfombras que solo pedían aire, camas con cabeceros tallados.

Todo estaba sorprendentemente entero, como si la tía Lotte hubiera salido un día cualquiera a tomar el tren de vuelta y no hubiera encontrado la forma de regresar.

En la cocina, Giorg se asomó a la ventana y calculó la distancia al mar, él a lo suyo.

—Desde aquí se ve lo justo —dictaminó—. Lo suficiente para disfrutarlo. Has tenido suerte, María.

—Me conformo —respondió ella—, es más de lo que me imaginaba.

Mientras María hablaba con el abogado en el recibidor, me quedé un instante sola en la terraza, mirando la casa y el mar. Por una vez, el azar había estado de nuestro lado. Trieste ya no era solo puerto, órdenes y sirenas. A partir de ahora también era esto.

El cuarto estaba al final del pasillo, la última puerta, la que el abogado había abierto de pasada: «Aquí solo hay trastos. Luego lo vemos». María, por supuesto, fue directa allí. Yo la seguí con esa curiosidad de quien huele algo interesante al otro lado.

Al abrir, nos recibió el olor denso de lo guardado demasiado tiempo: naftalina, madera vieja, un dulzor de perfume viejo. La luz entraba por una ventana alta, filtrada por cortinas amarillentas, partículas de polvo flotaban en el aire.

—El mausoleo de la tía Lotte —murmuró María, encendiendo la luz—. Prepárate.

Había baúles alineados contra la pared, sombrereras apiladas, una cómoda con el espejo tapado por una sábana. Parecía más un camerino olvidado que un trastero. María fue directa al primer baúl, se arrodilló y levantó la tapa con un gesto ceremonioso.

El olor cambió de golpe, seda, papel de seda, algo almizclado.

—Oh, Dios mío —dije, antes de ver nada—. Esto promete.

María apartó el papel. Debajo, doblados con paciencia, había vestidos.

Vestidos de otro tiempo, telas pesadas, satén apagado, encajes en crema, verdes profundos, azules que todavía guardaban algo de brillo.

Algunos con cintura baja de los veinte, otros con mangas más estructuradas, cortes de los treinta.

—Tu tía no tiraba nada —susurré, casi con respeto.

—Mi tía decía que, hasta para venirse abajo, había que ir bien vestida —replicó María.

Metí las manos con cuidado. El tacto de la tela me recorrió los dedos. Saqué el primero, un vestido de seda verde botella, escote en V y espalda descubierta, pesado y fluido a la vez. Lo levanté a la altura de mi pecho, la tela cayó hasta casi tocar el suelo.

—Míralo —dije—. Esto ha visto bailes que ni te imaginas.

—Probablemente ha visto más champán que agua —comentó María.

Sacó otro, color marfil, con pequeñas cuentas cosidas a mano en el cuerpo, como gotas de luz.

—Esto es casi indecente —dijo, levantándolo a contraluz—. Si la tía Lotte se ponía esto, voy a tener que revisar lo que pensaba de ella.

Nos miramos un segundo, las dos sabíamos que dejarlo en el baúl era una estupidez.

—Ni se te ocurra decir que son demasiado antiguos —le advertí—. La guerra pasará y esto, con un bajo arreglado, todavía deja a más de un italiano sin habla.

—¿Italianos o capitanes? —preguntó, alzando una ceja.

No respondí. Cogí el vestido verde con decisión.

—Entorna la puerta —ordené—. No pienso respetar a la tía Lotte quedándome con las ganas.

María obedeció, riendo ya. Durante unos minutos, el cuarto se convirtió en un teatro improvisado.

Nos descalzamos, dejamos caer nuestras faldas sobre una silla y empezamos el desfile.

El verde me quedaba un poco largo, pero el corte me abrazaba la cintura con una precisión rara, parecía hecho a medida.

La tela estaba fría al principio, luego tomó mi temperatura.

Me miré en el espejo que María acababa de destapar por un segundo no vi a la esposa de un capitán en Trieste, sino a otra.

—Te odio —dijo María desde detrás, ajustándose el marfil—. Esto es indecente y perfecto.

Me giré. Ella estaba de pie junto al baúl, el vestido claro ceñido a su figura de forma escandalosamente favorecedora, el escote apenas insinuado, las cuentas brillando a pesar del polvo.

—Te falta solo un Martini —comenté.

Se echó a reír.

Probamos sombreros, uno de ala ancha con cinta oscura que me tapó los ojos y me obligó a levantar la barbilla, un casquete con velo que a María le dio un aire peligrosamente sofisticado.

—Si aparezco así en el puerto, internan a la mitad de los oficiales —sentenció ella.

—Empezando por el mío —dije, acomodándome el sombrero frente al espejo—. Aunque a él lo internan por apoplejía, no por deseo.

Un ruido suave en el pasillo nos hizo girarnos. La puerta se había quedado entornada, en el hueco, apoyado en el marco, estaba Giorg.

No había llamado. Tampoco sonreía como a veces, cuando me veía hacer el payaso. Solo estaba ahí, con las manos en los bolsillos, el hombro recostado contra la madera, mirándonos.

No llevábamos puesto nada «impropio», nada que él no me hubiera visto con menos tela en nuestra propia cama. Y, sin embargo, sentí un rubor raro subirme al cuello. No era pudor, era la sensación de que nos había pillado en un juego secreto.

—¿Cuánto llevas ahí? —pregunté, ajustándome sin sentido el escote del vestido verde.

—El tiempo suficiente para saber que la tía Lotte tenía mejor gusto que el sastre del puerto —respondió.

María hizo una pequeña reverencia exagerada, haciendo campanear las cuentas del vestido.

—Kapitän von Hohenfeld —dijo—, está bonita, ¿verdad? —preguntó, pasando un dedo por el encaje.

Él apenas la miró. Tenía la vista clavada en mí con una expresión que conocía poco. No era deseo ni orgullo. Era otra cosa. Como si le consolara verme así: jugando, riendo, tocando telas bonitas en una habitación llena de polvo.

—Mucho —dijo él, más bajo de lo normal.

No se acercó. Se quedó en la puerta, respetando el pequeño escenario.