Capítulo 27 #3
Subimos la cuesta despacio, todavía con la sensación del cemento caliente del Ausonia en las plantas de los pies.
Tenía arena en el borde de la toalla y el bañador pegado al cuerpo, él, la camisa medio abierta, el pelo revuelto por el viento del mar.
En cuanto cruzamos la puerta, el hechizo se rompió.
La casa estaba más fresca, más seria. Sobre la consola del recibidor, alguien había dejado un mensaje doblado, lo cogió de pasada, lo leyó una vez.
Lo vi cambiar un matiz en su cara: la vuelta al puerto sin moverse de sitio.
—Voy al despacho —dijo.
Solo eso. Cogió el papel y desapareció pasillo adentro.
Yo me quedé en el rellano con la toalla en la mano, el olor del mar todavía en la piel y la imagen del chico clavada en algún sitio.
Subí al dormitorio, me quité el bañador mojado, me puse un vestido ligero de casa. Me quedé un rato sentada en el borde de la cama, mirando mis manos.
Habían sujetado su cuello por la mañana. Habían sujetado la toalla en la playa. Y no habían podido hacer nada por ese chico.
Bajé.
La puerta del despacho estaba entornada. La empujé con los nudillos, apenas un toque.
—¿Puedo…? —empecé.
—Entra —dijo él, sin levantar la vista.
El cuarto estaba en penumbra. La luz de la tarde entraba por una ranura de la persiana, en una franja oblicua que cortaba la mesa en dos. Encima, mapas, informes, carpetas abiertas. El humo de un cigarrillo reciente todavía flotaba, mezclado con el olor a tinta y papel caliente.
Él estaba sentado, ligeramente encorvado sobre un documento, las gafas de lectura al borde de la nariz.
La camisa clara del verano lo hacía parecer menos militar, pero la postura lo desmentía, espalda recta, la mano sosteniendo la pluma. Llevé el pretexto en la mano, un vaso de agua, con dos cubitos que tintinearon cuando lo dejé en la esquina de la mesa.
Murmuró un «gracias» automático y volvió al papel. Mi mano, sobre el borde del escritorio, tocó más madera que piel.
Lo observé un momento, en silencio. Cada músculo suyo estaba donde debía, cada objeto en su sitio. El cajón donde dormía el expediente de Andrea parecía más cerrado que nunca.
Pero yo ya no era la misma que había entrado en ese despacho otras veces. La playa me había cambiado. El chico me había cambiado.
Esa sensación de exclusión me picó por dentro.
El padre que se encierra en su trabajo, y te deja fuera, ruidosa, en el pasillo.
No quería repetir esa historia. Me separé de la mesa y empecé a moverme por el despacho sin decir nada.
Toqué el respaldo de una silla, alisé con la mano el borde de una carpeta apilada, pasé la yema del dedo por las chinchetas de un mapa colgado.
Sentía su atención pegada a mí aunque fingiera estar leyendo.
En un estante, su gorra reposaba perfectamente colocada. La cogí. Me la puse, ladeándola un poco. Me giré hacia él.
—Herr Kapitän —dije, imitando el tono de Josef.
Quise romper el silencio que traíamos de la playa, y lo único que se me ocurrió fue ponerme su gorra y hacer el tonto. Si no podía arreglar el día, al menos torcerlo un poco.
Le vi contener una sonrisita que se le escapó solo en la comisura. No levantó del todo la cabeza.
—Eso es apropiación indebida de insignias militares —comentó serio y casi sin mirarme.
—Mande a un pelotón a recuperarla —repliqué.
Dejé la gorra sobre una pila de libros, mal colocada a propósito. Luego, sin pensarlo demasiado, me acerqué a él. No fue una provocación, no había desafío en el gesto. Era solo cercanía.
Me senté en el brazo de su sillón, a su lado, sin invadir, solo buscando su calor. Apoyé la cabeza en su hombro. Sentí cómo su cuerpo se relajaba apenas, un suspiro contenido.
—Hoy ha sido un día raro —murmuré.
Él intentó seguir escribiendo. Noté cómo los dedos se le cerraban un poco más alrededor de la pluma. La mano, tan firme siempre, tuvo un pequeño temblor, una letra menos perfecta que las demás.
—Anna… —dijo al fin.
Solo mi nombre. No un «ya basta», no un «no ahora». Solo una advertencia sin forma.
—Hoy hemos visto a un chico —dije, sin apartar la mano del papel—. Y no hemos podido hacer nada.
La pluma se detuvo.
—Lo sé —respondió, en voz baja.
—Y ahora estás aquí, con tus papeles, y yo estoy aquí, y no sé muy bien qué se supone que debemos hacer con todo esto.
Levantó la vista por fin. Me miró. En sus ojos estaba la misma pregunta.
—No lo sé —admitió—. Solo sé que no quiero hacerlo solo.
Esa frase me rompió algo por dentro. Era algo más sencillo: una admisión de vulnerabilidad.
Seguí sin hablar. Con la punta de los dedos, jugueteé con una de las esquinas del mapa extendido. Lo levanté un centímetro, lo dejé caer. Una y otra vez.
Era una provocación pequeña, casi infantil. Pero en ese despacho, donde todo estaba tan medido, se sentía como un terremoto.
Noté el cambio antes de verlo, su respiración, un poco más profunda, los hombros más rígidos. La pluma se detuvo a mitad de una palabra. El silencio se hizo todavía más espeso.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, esta vez sin disfrazar la impaciencia.
—A ver si eres capaz de levantar la vista —respondí, sin apartar la mano del papel—. Solo un segundo. A mí. No al papel.
Por un momento creí que me ignoraría. Que respiraría hondo, que retomaría la pluma y que todo esto quedaría en una escena ridícula que solo yo recordaría. Lo vi decidir.
Cerró el informe de golpe, de una palmada seca que hizo saltar un poco la pluma. El ruido me hizo dar un respingo. Antes de que tuviera tiempo de retirarme, su mano se cerró alrededor de mi muñeca.
No fue un gesto suave.
Me inmovilizó los dedos sobre el mapa, clavándolos entre dos líneas de ferrocarril. Su rostro estaba muy cerca ahora, los ojos oscuros, la mandíbula marcada.
—No puedes hacer esto aquí —dijo, en voz baja.
Sentí el pulso latiendo debajo de su mano y, sin saber bien por qué, eso me calmó. Él estaba tan al borde como yo, solo que, como siempre, se esforzaba por disimularlo mejor.
Le sostuve la mirada sin sonreír, porque esto no era el típico juego erótico. Era algo más real y más crudo, obligarlo a elegir una vez más entre el capitán y el hombre. Lo noté en su forma de sostenerme.
Me soltó la muñeca para, un segundo después, rodearme la cintura con ambas manos y atraerme hacia él. No fue un movimiento brusco, pero sí decidido. Apoyó la frente en mi estómago y se quedó así, quieto, respirando hondo.
Pasé los dedos por su pelo, despacio. Sentí cómo se le aflojaban los hombros, cómo la tensión cedía bajo mi tacto.
—No podemos salvarlos a todos —murmuró contra la tela de mi vestido.
—Lo sé.
—Pero hoy hemos visto a uno que no se salvó.
—Lo sé.
Levantó la cabeza. Me miró. Y entonces, muy despacio, con una ternura que no esperaba, me besó. Un beso que decía: estábamos ahí, vimos lo mismo.
Cuando se separó, apoyó la frente en la mía.
—Si quito también esto —murmuró—, me voy a sentir un poco perdido.
Lo dijo sin drama. Luego subió otra vez la vista hacia mí y añadió, más suave:
—Prefiero perderme un poco contigo delante que seguir en orden sin ti.
Le pasé la mano por la nuca, esa línea que ya conocía tan bien. Los músculos se le aflojaron un poco más bajo la piel.
No sé cuánto tiempo nos quedamos así, abrazados en mitad de su despacho, con los mapas arrugados bajo nuestros pies. Nada en la habitación estaba en su sitio, salvo nosotros.