Capítulo 27 #2
Él respiró hondo una vez. Intentó apartarse; le apreté un poco la nuca, como recordándole que también aquí había decidido ceder.
La resistencia estaba en cada músculo de sus hombros. Sentí el momento exacto en que dejó de pelear hacia fuera y empezó a pelear hacia dentro.
Al final, se soltó de mi mano, pero sin brusquedad. Cogió el papel, cruzó la habitación y fue al escritorio. Se sentó despacio. Yo me quedé de pie en la puerta, sin acercarme más. No quería agobiarlo, tampoco quería darle la salida de pensar que aquello «no iba conmigo».
Por el movimiento de su espalda supe que el lápiz avanzaba. No rompió el documento, no hizo ningún gesto teatral. Escribió en el margen una línea corta, seca. Algo de «revaluar idoneidad», de «pendiente de confirmación». Un pequeño hechizo burocrático.
Cuando terminó, dobló el papel y lo guardó en el cajón más bajo, ese que casi nadie abría.
El clic de la madera al cerrarse sonó distinto.
Se quedó un momento con la mano apoyada en el cajón, la cabeza inclinada. Desde donde yo estaba no le veía la cara, solo la nuca, el lugar exacto donde unas horas antes había confiado en que mi pulso no temblaría. Ahora le temblaba el suyo.
No dije «gracias». No podía. Sonaba demasiado pequeña. Y el peligro que acababa de entrar en nuestra casa, demasiado grande.
Él se levantó al fin y se giró. No había gesto heroico ni pose. Solo una seriedad distinta, más pesada. Me miró…
Entre nosotros quedaban el cajón y el chico que, por ahora, no iría a ninguna parte. Me acerqué despacio. Toqué otra vez la nuca, muy suave, apenas dos dedos.
No era una caricia. Le estaba diciendo, yo sé lo que acabas de arriesgar.
En algún lugar de la ciudad, un teléfono podía sonar, un superior podía preguntar por un expediente extraviado. A partir de ese minuto, cada timbre, cada golpe en la puerta, iba a sonar distinto dentro de mí.
La guerra ya no estaba solo en el puerto ni en las sirenas. Y tenía nuestro nombre, aunque no lo pusiera en ningún lado.
El calor empezó a subir por la colina ya a media mañana, pegajoso, espeso. Habíamos decidido, o más bien, yo había decidido por los dos, que, después de la mañana de papeles y navajas, la única respuesta posible era el mar.
Bajamos solos. Sin Josef, sin Gretel. A pie, como cualquier matrimonio que baja «a los bagni» porque hace demasiado calor para pensar.
El camino hacia el Ausonia olía a sal y gasolina.
A medida que nos acercábamos al agua, la ciudad iba cambiando, menos uniformes cerrados, más camisas arremangadas, vestidos ligeros, toallas al hombro.
Desde arriba se veía el balneario, la estructura de cemento metida en el mar, las terrazas blancas llenas de personas y los niños jugando sin pensar.
—Ahí abajo no parece que haya guerra —murmuré, señalando la plataforma.
—No —asintió—. Parece que el mundo se ha detenido.
Pero siguió caminando conmigo. Y eso ya era suficiente.
En el Ausonia había de todo, niños que corrían medio descalzos por el cemento caliente, mujeres con bañadores enteros y gorros de goma, hombres con el pecho blanco y la marca del sol recién empezando, algún uniforme italiano «de permiso» con la gorra en la mano, una radio con una canción ligera.
A lo lejos, más allá de las estructuras de hormigón, se veían los barcos en el puerto, quietos.
Alquilamos dos tumbonas en una esquina relativamente tranquila.
Yo llevaba un bañador azul oscuro, más recatado de lo que habría llevado en Viena, pero que en Trieste ya parecía casi atrevido.
Él se había quedado en traje de baño claro y camisa abierta por encima, sin corbata, el cuello vulnerable al sol.
Mientras me quitaba el vestido, sentí algunas miradas rápidas, curiosas: el extranjero, la esposa que no es de aquí, el capitán sin guerrera.
No eran miradas hostiles, solo ese examen silencioso de una ciudad pequeña que se acostumbra a sus nuevos habitantes.
Extendí la toalla, dejé las sandalias y me senté en el borde de la tumbona.
El sol me golpeó las piernas con fuerza.
Sin medias, sin zapatos, me sentía más expuesta que si no llevara nada.
Giorg se quitó por fin la camisa. Hombros anchos, piel más clara donde el uniforme lo protegía, un par de cicatrices discretas. En este entorno tenía otra lectura, un austriaco en un balneario italiano.
Se sentó a mi lado, con más rigidez de la necesaria.
Durante un rato, no hicimos nada extraordinario.
Miramos el agua, escuchamos el rumor de la gente.
Una mujer reñía a un niño por acercarse demasiado al borde, un hombre discutía sobre el precio del café en el bar, un grupo de chicas reía demasiado alto cerca de los trampolines. Yo sentía el sol quemándome la nuca.
—Te vas a achicharrar —dijo él, de pronto—. Date la vuelta.
Obedecí, tumbándome boca abajo en la tumbona. El bañador se tensó sobre mi espalda, solté un poco los tirantes para que no me dejaran marca.
Sentí la tela ceder y el aire caliente rozarme la piel recién expuesta. Él se movió a mi lado. Oí el ruido del tapón de la botella de aceite. El olor a almendra amarga subió en una bocanada.
—No hace falta —protesté—. Soy del sur. El sol me conoce.
—Este no —dijo—. Y no pienso pasar mañana explicándole al médico del puerto por qué mi esposa está roja como un tomate.
Sus manos, llenas de aceite, tocaron primero mis hombros con precisión. Extendió la crema en círculos amplios. Podría haber sido un gesto puramente práctico. Durante unos segundos, lo fue. Hasta que llegó a la nuca.
Yo había soltado los tirantes del todo, se habían deslizado hacia los lados, dejando un triángulo de piel libre justo donde empezaba el cuello. Sus dedos se detuvieron un instante ahí. Esa piel, ahora al sol, con los niños chapoteando al lado.
Sentí cómo su pulgar se quedaba quieto un segundo más de lo necesario, justo en el hueco donde termina el cabello y empieza la espalda.
No lo veía, pero pude imaginar su cara, la forma en que sus ojos se oscurecían medio tono.
El pulgar empezó a moverse. No como cuando reparte aceite sin pensar, sino en un arco mínimo, apenas unos milímetros arriba y abajo.
Se me erizó la piel al instante. No solo por el contacto, sino por lo de siempre, noches y silencio.
Me llegó otra imagen, el mercado, las sillas vacías, los nombres que ya no estaban. La modista que había cerrado. Los Rossi, «al norte». Y el deseo se mezcló con algo más ¿Teníamos derecho a esto? ¿A la piel, al sol, a este momento, mientras otros desaparecían?
Su mano se tensó de golpe. Noté cómo se detenía a mitad de ese movimiento mínimo. El pulgar quedó inmóvil. Un segundo después cambió el gesto: pasó a repartir el aceite con movimientos amplios, neutros.
Su cuerpo, en cambio, lo delataba. Sentí la sombra de él encima, un poco más pesada, el aire cercano cargado de algo que no era solo calor.
—Giorg… —murmuré, sin levantar la cabeza.
Me respondió con un carraspeo y ese tono que conocía bien, el del hombre que se pone a sí mismo firme.
—Si sigues con los tirantes así —dijo en voz baja, tenso— no voy a poder hacer como que estoy tranquilo.
Me entró la risa, pero se me mezcló con un escalofrío.
—La culpa es del sol —murmuré.
Lo sentí exhalar por la nariz. Terminó con el aceite, volvió a su tumbona, se tumbó de espaldas esta vez.
Yo giré la cabeza hacia él, apoyando la mejilla en los brazos cruzados. Desde esa posición lo veía en diagonal, el pecho, la curva del cuello, la mandíbula relajada, los ojos cerrados contra el sol. Podría haber sido un hombre cualquiera durmiéndose al sol.
Solo que no lo era. Era el mismo que había escondido un expediente en un cajón esa mañana, el que tocaba la guitarra a escondidas, el que había apretado los dientes para no seguir deslizando el pulgar sobre mi nuca en público.
Fue entonces cuando lo vi.
No era un niño, pero casi. Un muchacho de unos quince años, quizá, con el cuerpo delgado y una chaqueta demasiado grande para el calor. Estaba quieto donde se acababa el camino, mirando el agua.
Dos soldados lo flanqueaban. No lo sujetaban, pero la cercanía era suficiente. Uno le dijo algo, el chico negó con la cabeza, metió las manos en los bolsillos, retrocedió un paso. El soldado alargó el brazo, le sujetó la manga, le pidió papeles.
Casi todo el mundo en la playa miró hacia otro lado. La radio subió un poco el volumen. Una mujer cercana se puso a hablar muy rápido con su acompañante sobre el tiempo, sobre el agua, sobre cualquier cosa que no fuera eso.
Yo me quedé clavada.
—Anna —dijo Giorg a mi lado. Su voz era baja, tensa, una advertencia.
—Es un niño —susurré.
—Lo sé.
El chico buscó a su alrededor con la mirada. Buscaba a alguien. No encontró nada. La playa entera estaba absorta en sus propias ficciones de normalidad.
Uno de los soldados tiró de él hacia el camino. El otro, detrás. Desaparecieron entre los edificios de la entrada, engullidos por la ciudad que, allá arriba, seguía con sus rutinas de guerra.
Me quedé mirando el espacio vacío donde había estado. Tenía las manos temblorosas. A mi alrededor, la playa seguía igual. El sol, el agua, las risas. Como si nada hubiera pasado.
Pero había pasado. Y todos lo sabían. Y todos habíamos mirado hacia otro lado.
Giorg no dijo nada. No intentó consolarme con frases hechas. Se limitó a estar ahí, a mi lado, con el cuerpo presente pero la mirada también clavada en el punto donde el chico había desaparecido.
Estuvimos un rato así, en silencio. Sentía su presencia, pero no me bastaba. Porque lo que acababa de ver no era un incidente aislado, era el resumen de todo. El sol me daba en la piel y no me calentaba.
En algún momento, muy despacio, su mano buscó la mía entre las tumbonas. No la apretó. Solo la sostuvo, allí.
No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que, cuando por fin nos levantamos para irnos, la playa seguía igual, el mar seguía igual, y el chico de la chaqueta grande ya era solo un recuerdo que nadie más iba a nombrar.