Capítulo 27
El calor subía desde los muelles hasta las colinas.
Los barcos entraban y salían cargados para los Balcanes.
Las sirenas sonaban de vez en cuando, los apagones nocturnos eran rutina.
Pero, de día, la gente seguía bajando al mar: al viejo Bagno Lanterna, con su muro absurdo separando hombres y mujeres desde principios de siglo, o al Ausonia, el balneario moderno de cemento inaugurado en los años treinta, símbolo de una «normalidad» obstinada que se aferraba donde podía.
Era una mañana de calor pegajoso. Habíamos quedado en que, si el puerto no traía novedades, bajaríamos al mar. Él había dicho: «Un rato al agua no va a hundir el Reich», con esa ironía seca que usaba cuando se moría de ganas de no pensar en puertos durante dos horas.
Yo estaba en el baño, peleándome con mi pelo frente al espejo. El recogido se me caía siempre justo donde no debía, cuando lo vi en el marco de la puerta.
No llevaba uniforme, y eso ya era una rareza. Pantalón claro de verano, camisa abierta en el cuello, sin corbata, mangas remangadas hasta los antebrazos. El sol que entraba por la ventana pequeña le partía el cuerpo en dos, una mitad en sombra y la otra expuesta, bajo la luz directa.
Traía en la mano algo que no encajaba con ese aspecto «más civil»: la navaja de afeitar que había rescatado de mi maleta al llegar, envuelta en el pañuelo que yo había usado para mi padre.
La había visto alguna vez encima de su lavabo, reluciente, oliendo a desinfectante.
—¿Qué pasa? —pregunté, con el peine en el aire.
Se miró en el pequeño espejo del baño, ladeando la cabeza. Luego se giró de espaldas hacia mí y se señaló la nuca, donde el pelo empezaba a crecer en una línea indisciplinada bajo el corte militar.
—Anna… —dudó un segundo—. Me parece que no ha quedado muy bien. No sé si confío demasiado en ti, pero… ¿podrías arreglarlo?
Entendí, la raya de la nuca. Un detalle diminuto que nadie vería bajo la guerrera, pero que él sabía que estaba ahí.
—Podría dejarlo así —dije.
Me lanzó una mirada por el espejo que quería ser severa y no le salió del todo.
—¿Lo haces tú? —preguntó, levantando un poco la navaja.
Yo tuve el reflejo de decir que sí antes de que mi cerebro recordara la cantidad de tazas, costuras y peinados que había destrozado en esta casa.
—Si te soy sincero… me da un poco de miedo, con las caras que pones cuando te concentras.
—Entonces no me conoces bien —repliqué—. Cuando pongo esta cara es, en teoría, cuando menos peligro corres… o no.
Por un momento pareció vacilar. Vi al capitán peleando contra el hombre que se le escapaba a veces. Al final, suspiró.
Di un paso hacia la navaja y lo vi tensarse.
—No, espera… déjalo. O no. —Hizo una mueca—. Venga. Hazlo antes de que me entere.
Colocamos una silla frente al espejo. Se sentó. Se quitó la camisa despacio, la dobló. Se quedó en camiseta blanca. Una prenda simple, pero verlo así, sin galones, me dio un vuelco, ese era el cuerpo que yo tocaba, no el que los demás saludaban.
Cerré la puerta con el pie, puse la navaja sobre el borde del lavabo y saqué el pequeño frasco de alcohol que había traído de Viena. Se lo pasé por la nuca, limpiando la piel. Él inclinó la cabeza hacia adelante, obediente. El gesto lo dejó con el cuello expuesto, la nuca en mis manos.
El peso llegó de golpe. Había confiado en mí. Demasiada responsabilidad para mí, que soy un desastre.
«Yo tengo el control aquí», pensé. Él, que manda en el puerto, me pone la nuca en las manos. No me pide que le cosa un botón, me pide que le perfile el cuello para poder ir decente.
Cogí la navaja. Me coloqué detrás de él, tan cerca que mis rodillas casi tocaban el respaldo. Para ver bien, tuve que inclinarme, casi envolverlo con el torso.
El calor del verano se mezcló con el suyo. Sentí mi aliento en su nuca, y el escalofrío que le recorrió la piel no era de miedo.
Apoyé dos dedos en su cabeza y la obligué a inclinarse un poco más, con la otra mano sostuve la navaja. El primer contacto del metal con la piel hizo un sonido seco, casi imperceptible. Él contuvo el aire.
—Quieto —susurré—. Si te mueves, te desgracio.
—Eso es justo lo que me tranquiliza —murmuró.
Noté el humor, pero también algo más debajo, un hilo real de miedo. No al corte en sí, ha visto cosas mucho peores que un poco de sangre. Le daba miedo entregarme una parte de su control.
Todo quedó en silencio. Solo se oía el rasgueo mínimo de la navaja retirando los pelos rebeldes, el goteo lento del grifo que nunca cerrábamos del todo, y nuestras respiraciones intentando no estorbarse.
Yo avanzaba despacio, con una concentración que ni en la escuela. Cada vez que la hoja bajaba, el pulso se me subía un poco. Una raya bien derecha que decía, por aquí empieza la disciplina, por aquí se acaba el desorden.
Pensé en mi padre, en sus manos grandes sujetándome la cabeza cuando era niña, en cómo nunca dejaba que yo jugara con su navaja: «Esto no es cosa de juegos, Anna». Y ahora estaba yo, con la nuca de otro hombre bajo la misma hoja.
Terminé la línea con una última pasada, cuidadosa. Eché un poco de alcohol en la yema de los dedos y lo deslicé sobre la piel recién afeitada. Él hizo un gesto mínimo, entre escalofrío y placer y contuvo un sonido. Pero me entró la risa, imaginándome su cara, y solté:
—La raya me ha salido un poco torcida, voy a tener que igualar.
Pero en cuanto vi la cara que puso, añadí a toda prisa, riéndome:
—Es broma. Está perfecta —dije.
Aparté la navaja, la enjuagué bajo el agua, la dejé sobre la toalla.
Él no se levantó. Se quedó un segundo más con la cabeza inclinada, los ojos cerrados, en una quietud que no tenía nada de militar.
Yo tenía aún la mano apoyada en su hombro, sin darme cuenta.
Notaba el músculo bajo la piel, la tensión que no se le iba del todo nunca.
Entonces ocurrió el gesto pequeño, enorme: su mano derecha subió despacio y se cerró sobre la mía.
No la apretó fuerte. Se quedó así un momento, su mano cerrada sobre la mía. Y yo supe lo que significaba. El cuello del capitán, en manos de la española torpe que derrama café y rompe botones.
—Mira —dije—. Has sobrevivido.
Él abrió los ojos y alzó la mirada hacia el espejo. La línea de la nuca era limpia, precisa. Sonrió apenas, ese gesto rarísimo que se le escapaba cuando algo le salía mejor de lo esperado.
—Perfecto —dijo.
No sonaba a cumplido educado. Sonaba a veredicto.
—El capitán tiene que estar perfecto, ¿no? —intenté devolverle la ironía.
Se volvió un poco, lo justo para atraparme en el reflejo.
—No —respondió, despacio—. Puedo equivocarme. Tú aquí no puedes fallar ni un milímetro. —Hizo una pausa mínima—. Tú no.
La frase se quedó suspendida. No era una exigencia, era una confesión: lo que de verdad le importaba no era la línea de su nuca, ni sus informes, ni su imagen en el puerto. Era esto. Este baño, este silencio.
Pensé en decir algo grande. No supe qué. Así que hice lo único que se me ocurrió: me incliné y besé la nuca recién afeitada, justo en la línea perfecta que acababa de dibujar.
—Entonces me encargaré de no fallar aquí —susurré contra su piel.
Vi cómo se le erizaban los brazos. Se puso de pie despacio, se giró del todo, y por un momento nos quedamos demasiado cerca para que aquello siguiera siendo solo un afeitado técnico.
—Creo que antes de bajar al mar necesito recuperarme un poco —murmuró—. Olvidarme de la navaja, por lo menos.
Me entró la risa otra vez.
—Te doy tres minutos —dije—. Luego ya es tarde para arrepentirte.
Esta vez la risa le salió del todo, corta, limpia.
Gretel me esperaba en la cocina, plantada, con un papel arrugado en la mano. Josef, detrás, no miraba el papel, me miraba a mí.
Lo dejó sobre la mesa. Lo reconocí antes de leerlo: era un formulario de la Prefectura italiana, uno de esos documentos que los funcionarios de Mussolini enviaban a Giorg para su «visto bueno» técnico.
Trasferimento, ricollocamento, impiego altrove.
Palabras italianas que sonaban a trámite, pero que decidían destinos.
Y en mitad del párrafo, un nombre pequeño: Andrea Rossi.
El chico que nos abría la puerta cuando el carro se atascaba. El que se quitaba la gorra para saludar a «Herr Kapitän», medio en broma, medio en serio. El que subía la cuesta con pan de más.
«Reubicación laboral». Los tres sabíamos lo que quería decir.
Se me cerró la garganta.
—Se lo han traído a la señora —dijo Gretel, sin adornos.
No hizo falta que me pidiera nada. El ruego estaba en la manera en que sujetaba el borde del mantel. Cogí el papel y subí las escaleras con la sensación de que cada peldaño me sonaba más fuerte de lo normal.
Giorg se abotonaba la camisa de verano frente al espejo del dormitorio. Tenía todavía la nuca ligeramente enrojecida por el alcohol: la línea limpia que yo había dibujado hacía unos minutos. Luego levantó la vista y vio mi cara.
La sonrisa que traía se apagó.
No dije nada al principio. Le tendí el papel. Lo leyó de pie, con los hombros cada vez más rígidos. Al llegar al nombre, la mandíbula se le marcó. No hizo falta que le preguntara si aquello pasaba por sus manos. El sello del puerto en la esquina y el encabezado bastaban.
Me quedé callada. Dejó el papel sobre la cómoda.
Lo alisó con los dedos, una vez. Sus ojos no se apartaban del papel.
Sabía lo que venía, la lista de razones, los riesgos, las palabras «no puedo», «no debo».
No quería oír ese catálogo en voz alta. Antes de que empezara, me coloqué detrás de él y apoyé la palma en la nuca recién afeitada.
La piel, caliente aún, se tensó bajo mis dedos.
Hace una hora, la confianza había sido un juego casi doméstico, navaja, línea recta. Ahora el corte era por dentro…
No le hice ningún discurso, habría sido inútil. Solo dejé la mano ahí, firme, mientras miraba su reflejo en el espejo. Él, el papel, yo detrás, un triángulo sin escapatoria.
Andrea no estará en peligro. La frase me ardía en la garganta, pero no la dije.