Capítulo 26
A la mañana siguiente, la rutina empezaba a parecer normal. Gretel y yo estábamos en el cuarto de invitados, rodeadas de sábanas y manteles que no parecían de nadie. Ella doblaba con precisión milimétrica, yo trataba de seguirle el ritmo y solo conseguía que cada sábana pareciera un problema.
Josef iba y venía con cajas desde el desván, comentando en voz baja el estado de cada cosa, «este aguanta, este pide baja, este mejor enterrarlo».
En algún momento, mientras los veía discutir muy en serio el destino de un florero espantoso que había sido de mi tía.
Tuve una sensación breve y clara, estábamos funcionando.
Rota, de prestado, con una guerra encima que no habíamos pedido. Pero familia.
Por la tarde, el sonido de un motor distinto subió la colina.
El motor más grave, más limpio, de un vehículo bien mantenido.
Un turismo negro, con matrícula de Berlín, se detuvo delante de casa.
Dos soldados bajaron primero, abrieron la puerta trasera.
Del coche descendió un hombre que no conocía, uniforme impecable, insignias de Estado Mayor.
No tenía el aire gastado de los que trabajan en el puerto.
Giorg había llegado antes, por una vez, y estaba todavía en el despacho, cuando Josef llamó con un toque breve.
—… ha llegado un Oberstleutnant de Berlín. Dice que viene a «evaluar la eficacia del puerto».
Vi cómo, al oír la palabra, se le marcaba un tendón en el cuello.
—Hazlo pasar al salón —respondió, mientras se cerraba la chaqueta.
El hombre de Berlín estaba de pie en medio del salón, observándolo todo como si se tratara de un cuartel: chimenea, muebles, marcos, cada cosa catalogada sin emoción. Tenía la cara angulosa, el pelo muy corto y una carpeta bajo el brazo.
—Kapitän von Hohenfeld —dijo, tendiéndole una mano firme—. Oberstleutnant Krämer, del Estado Mayor. La situación en el Adriático requiere una… revisión.
La pausa antes de la palabra «revisión» no me gustó más en boca ajena.
Me miró después, con una inclinación de cabeza correcta.
—Gnädige Frau.
Le sostuve la mirada lo justo. Se sentaron en el despacho. Yo no lo hice. Me quedé en el salón contiguo, con la puerta a medio cerrar, lo bastante cerca como para oír palabras sueltas si levantaban la voz, lo bastante lejos como para fingir que no escuchaba. No tardó mucho en empezar.
—He pasado la mañana con sus informes, capitán —dijo Krämer.
Hizo un ruido de papel sobre la mesa.
—Veo resultados —continuó el visitante, pasando una página con un roce seco—. Pero también veo un patrón.
Silencio breve. Giorg no se movió de su silla.
—¿Qué patrón? —preguntó.
—La palabra «prudente» aparece demasiado en sus informes a Berlín, Herr Kapitän. «Recomiendo moderar la presión sobre los estibadores». «Sugiero posponer las requisas de los almacenes del muelle». «Conviene reevaluar la fricción con la administración local».
Cada cita caía sobre la mesa como una acusación de debilidad.
—Berlín empieza a pensar que usted se ha vuelto más italiano que los propios italianos —añadió el Oberstleutnant con una sonrisa gélida—. En una ciudad donde el sabotaje esloveno empieza a asomar la cabeza, esperar a que el Prefetto italiano «dé su permiso» no es… recomendable.
—Aquí abajo la línea entre firmeza y estupidez es fina —dijo Giorg, manteniendo la calma—.
Mi misión es que el puerto funcione, no provocar una revuelta civil que los italianos no sabrán contener.
Si se aprieta donde no es, nos echamos encima enemigos más rápido de lo que se pueden contar.
Y Berlín necesita suministros, no una guerra callejera que bloquee los muelles.
Krämer dejó pasar esa réplica como quien aparta una mosca.
—En Berlín —dijo—, la paciencia se confunde fácilmente con indecisión. Y la indecisión, con desobediencia.
Hubo un pequeño silencio. Sentí cómo cambiaba el peso del aire en la habitación.
Luego vino la frase, dicha con la cortesía más fría del mundo:
—Kapitän, a veces el exceso de prudencia es una forma de desobediencia.
Las palabras entraron en el salón como si fueran para mí. Se me helaron los dedos sobre el libro que fingía leer. No era un comentario suelto; era una advertencia formal, envuelta en gramática perfecta.
—Mi obligación es que el puerto funcione —replicó él, despacio—. Y que lo haga el mayor tiempo posible.
Krämer hizo un ruido breve, un chasquido de lengua que rozaba la insubordinación.
—Su obligación, Herr Kapitän —corrigió, dejando que el rango sonara a advertencia— es que funcionen también las directrices.
Las que nosotros enviamos al mando italiano…
y las que vienen directamente de Berlín.
El puerto no es un reloj de precisión, es un arma.
Y las armas no se «recomiendan», se disparan.
—Se ha ganado fama de «razonable» entre los italianos, capitán. De «hombre justo». Apreciable, supongo, a nivel humano. A veces menos útil a nivel operativo.
El «humano» sonó como un insulto.
No oí la respuesta de Giorg, bajó tanto la voz que solo capté el tono, no las palabras. Hablaron más, demasiado bajo para seguirlos. La conversación cambió de registro, nombres de lugares, cantidades, convoyes. Pero la frase se quedó colgada en el techo de la casa.
Al cabo de unos minutos, la puerta se abrió. Me enderecé, fingiendo que leía. Krämer cruzó el salón y se detuvo junto a mí.
—Su marido es muy apreciado en ciertos círculos, gnädige Frau —ironizó—. Un hombre… cuidadoso.
No supe si debía agradecerlo.
Sonrió sin humor y se llevó dos dedos a la visera antes de salir. El coche rugió cuesta abajo. El silencio volvió a subir la colina detrás de él.
Me quedé mirando la puerta cerrada. Luego fui al despacho. Giorg estaba de pie junto al mapa del puerto, las manos sujetas detrás de la espalda. Tenía la expresión de alguien que ha recibido una bofetada sin marca.
—Han venido a decirme que hago bien mi trabajo —dijo.
Se le tensó la mandíbula.
—Y que lo hago mal.
Se giró hacia mí. En su cara había algo nuevo, no miedo, pero sí una alerta distinta. El peligro ya no estaba solo en las colinas, también estaba en cada palabra de sus informes. Se encogió de hombros, cansado.
—Ahora sigo —dijo—. Controlo barcos, firmo papeles. Y cada vez que escriba «prudente», me acordaré de su cara.
Hubo un segundo en que pareció ir a añadir algo más, algo sobre irse, sobre quedarse. No lo hizo. En vez de eso, caminó hacia mí y me rozó la muñeca con los dedos, muy breve.
Supe que para Krämer él acababa de convertirse en las dos cosas a la vez, pieza útil y pieza sospechosa. Y que, a partir de ese día, cada informe suyo sería leído no solo por lo que contaba del puerto, sino por lo que dejaba entrever de él.
La familia improvisada, Giorg, Josef, Gretel y yo, quedaba, sin saberlo, incluida en ese nuevo mapa de sospechas.
Y yo, que hasta entonces había tenido miedo de sirenas, empecé a temer también algo mucho más silencioso, las palabras que un desconocido de Berlín había subrayado en una carpeta que no llevaba mi nombre, pero sí el apellido que ahora compartíamos.
Después de que Krämer se marchara, Giorg pasó un rato en el despacho, mirando el mapa del puerto esperando alguna respuesta.
Yo lo observé desde el pasillo apoyada en el marco.
Hubo un segundo en que pensé en entrar, tocarle el hombro, decirle algo tan inútil como «no les hagas caso».
Pero tenía la espalda recta, las manos enlazadas a la espalda, la nuca rígida. Era el capitán. Lo dejé solo.
Más tarde, lo oí moverse por la casa. Se oía abrir y cerrar puertas, el golpecito de una bombilla encendiéndose en otra planta.
Yo estaba en nuestro dormitorio, sentada en la cama con un libro abierto por la mitad y la cabeza en otra parte. Al cabo de un rato, el libro dejó de tener sentido. El silencio se hizo demasiado grande.
Fue entonces cuando empezó el sonido.
Al principio no supe qué era. Un rasgueo torpe, una cuerda sola, desafinada, y pensé en un disco rayado. Pero no. Eran notas. Notas que buscaban otras notas, a tientas.
Dejé el libro boca abajo y salí al pasillo.
El sonido venía de arriba. De una habitación que casi nunca usábamos, una especie de trastero con cajas, mantas viejas y muebles sin sitio. Subí la escalera despacio, una mano en la barandilla. Subí despacio. La puerta entornada dejaba filtrar luz al pasillo. Me acerqué y miré por el hueco.
Giorg estaba sentado en una silla cualquiera con algo entre las manos que tardé un segundo en reconocer, una guitarra. Una guitarra vieja, de madera oscurecida, con el barniz mate y una pequeña cicatriz en un costado. La tenía apoyada en el muslo, inclinando el cuerpo hacia ella.
El capitán que había pasado el día defendiendo sus informes ante un hombre de Berlín estaba allí, en nuestra casa, encerrado con una guitarra como un crío a escondidas.
Sus manos llamaron mi atención primero. Las mismas que medían mapas o sujetaban el volante ahora dudaban sobre el mástil, corrigiendo posiciones olvidadas. Corrigiendo, soltando, volviendo a empezar.
Los primeros acordes eran un desastre tímido.
Una cuerda falsa aquí, un sonido ahogado allá. Sus cejas se fruncieron con una concentración distinta a la de los números, la de quien intenta acordarse de algo que sabía antes de que todo esto empezara.
Insistió. Afinó a oído, giró una clavija, probó otra vez. Poco a poco, de aquel ruido informe empezó a salir una melodía simple, casi infantil. No era una marcha, ni una canción patriótica. Sonaba a otra cosa, a patio, a verano. Una canción popular de otro tiempo, de otra parte de él.
Y entonces entendí. Tocaba para aferrarse a un gesto sin órdenes.
Me quedé en el umbral, sin hacer ruido. No dije su nombre. El sonido se colaba por el pasillo.
Pensé en Krämer, en sus frases afiladas, exceso de prudencia, desobediencia. Pensé en cómo habría reaccionado si lo viera así, con una guitarra en las manos, tocando una canción triste en vez de revisar planes de transporte. ¿Blando? ¿Distraído?
Para mí, en cambio, era la imagen más clara de su dureza… y de sus grietas. Aquella melodía melancólica era su forma de llorar sin llorar.
Siguió unos minutos más. La canción no tenía letra, pero se entendía todo, eran las disculpas que se le quedaban en la garganta, la rabia de no poder dar un puñetazo en la mesa y un cansancio que no se quitaba ni quitándose el uniforme.
En un momento, levantó la vista. Me vio.
La música se cortó en seco. No se sobresaltó, pero su expresión cambió. La melancolía relajó los rasgos, enseguida los músculos volvieron a colocarse en su sitio.
—No quería interrumpir —susurré.
Él bajó la vista al instrumento. El gesto que hizo para apartarla, apoyándola en el costado de la silla, fue casi brusco.
—Solo estaba… ordenando cosas —dijo.
Era la peor mentira del mundo, y aun así intentó decirla con la misma seriedad con la que contestaba en una reunión.
Me apoyé en el marco de la puerta.
—¿De quién es? —pregunté.
No era una curiosidad cualquiera. Lo sabía él y lo sabía yo.
—De la casa —respondió, demasiado rápido—. La habrán dejado los anteriores.
No. Esa guitarra no era «de la casa».
—No —dije—. ¿De quién es de verdad?
Hubo un silencio pequeño, tenso. No era la pregunta lo que le costaba, era lo que venía detrás si la contestaba.
Podría haber insistido con palabras. Decir «puedes decírmelo», «no voy a decírselo a nadie». En vez de eso, me quedé quieta. Le sostuve la mirada. Esperé.
Él bajó la vista otra vez a la guitarra. Sus dedos volvieron a colocarla sobre el muslo. No la abrazó, pero la sostuvo con otra actitud, menos de intruso, más de dueño. Pulsó una cuerda. Luego otra. Los últimos dos acordes de la melodía anterior flotaron en el cuarto, desnudos.
Solo entonces habló.
—Mía —dijo—. Es mía, Anna.
La forma en que pronunció el «mía» no tenía nada que ver con la posesión. Era casi lo contrario: una rendición. Admitir que, debajo del capitán, había alguien que, antes de todo esto, había tenido tiempo para aprenderse una canción entera.
Me acerqué, entrando por fin en el cuarto. No me senté, no lo toqué. Solo me quedé cerca, lo bastante como para ver los pequeños callos viejos en la yema de los dedos, casi borrados.
—¿Hace cuánto que no la tocabas? —pregunté, sin levantar la voz.
Tardó en contestar.
—Desde antes de la guerra —dijo—. De esta —. Hizo una pausa—. De la otra, ya no me acuerdo.
Eso, en su idioma, era casi una confesión.
El cuarto se llenó de una calma rara. No era paz, la guerra seguía allá fuera, en el puerto, en los informes, en la frase de Krämer flotando sobre todo lo demás. Pero en ese rincón de la casa había algo que no obedecía a ningún Estado Mayor.
—Si alguien más lo viera… —empecé.
—Pensaría que me estoy ablandando —terminó por mí—. O que pierdo el tiempo. O que he olvidado qué estoy haciendo aquí.
Se encogió de hombros, pero la rigidez en su cuello lo delataba.
—Y tú —añadió, mirándome—. ¿Qué piensas?
Lo pensé un segundo, de verdad.
—Que por fin has encontrado algo que no puedes meter en un informe —respondí—. Y que me alegra que no hayas dejado que te lo quiten también.
Sus ojos se oscurecieron un instante.
No hubo escena grande. No lo abracé. Se limitó a bajar la vista, a colocar los dedos sobre las cuerdas otra vez y a dejar caer, muy despacio, la mano en un arpegio simple.
Si alguien preguntara algún día qué había hecho el capitán von Hohenfeld en Trieste, hablarían del puerto y los informes. Nadie mencionaría esta noche.
Pero yo sí.
Porque ahora sabía algo que muy poca gente sabría jamás: que, cuando el mundo empezaba a oler demasiado a humo y a órdenes, él todavía era capaz de rendirse a algo que no servía para nada. Algo bello, inútil y peligroso a partes iguales. Una melodía que no cabía en ningún mapa.
Y ese secreto, supe en ese momento exacto, era una de las cosas más íntimas que había compartido conmigo. Más, incluso, que muchas de las veces en que nos habíamos quedado sin aire en la misma cama.