Capítulo 25
Desperté con la sensación extraña de haber dormido poco y, aun así, mejor que en semanas. El lado de la cama estaba frío. Él ya se había ido.
Me puse la bata y crucé el pasillo descalza. Desde abajo llegaban ruidos conocidos: platos, el murmullo de la radio, ese rumor grave del puerto que nunca terminaba del todo. Bajé las escaleras, todavía con el sueño pegado.
En la cocina, la guerra y la vida cotidiana hacían turno.
Josef estaba junto a la ventana con la radio encendida, una voz alemana recitaba partes del frente con calma, avances, repliegues, ciudades que yo apenas ubicaba.
Gretel batallaba con una olla enorme y un saco de patatas, el delantal manchado, el moño torcido.
Me senté a la mesa con una taza de café entre las manos. Él había salido a primera hora, inspección en el puerto, nada nuevo.
Quise hacer algo más que mirar por la ventana. Me ofrecí a ayudar. Gretel me dio tres patatas y un cuchillo, con la seriedad con la que se entrega un arma.
La tercera patata rodó por la mesa, cayó al suelo y fue a esconderse bajo la estufa.
Me agaché detrás de ella, de rodillas en las baldosas frías, justo cuando una sirena corta sonó en la calle.
El sobresalto me hizo dar con la cabeza en el borde de hierro.
La radio aclaró que era un ejercicio de alarma.
En esta ciudad, hasta los simulacros parecían reales.
Salí de debajo de la estufa con la patata en la mano y el pelo lleno de pelusas.
Gretel me sacudió con un trapo. Entre los tres, decidimos que mi talento estaba en otro lado.
Josef propuso que intentara un pequeño bizcocho «para cuando el señor capitán vuelva».
Gretel puso cara de quien ve venir una catástrofe, pero terminó cediendo con la condición de que yo fregase.
La operación bizcocho fue, objetivamente, un riesgo estratégico. La harina era poca, los huevos, contados, el azúcar, una pizca. Batí la mezcla con más entusiasmo que técnica, acabé pringando media mesa y un borde del delantal de Gretel. Ella corrigió mis movimientos sin levantar la voz.
Mientras tanto, la radio seguía llenando la cocina de nombres de lugares lejanos y palabras pesadas, bombardeos, pérdidas, reorganización. Yo iba a otro ritmo: el de la cuchara, el horno calentándose, y una risa que se me escapaba sin venir a cuento.
Metimos el bizcocho en el horno. Gretel cerró la puerta con cuidado y puso un reloj de cocina.
El olor tardó unos minutos en cambiar, primero harina, luego algo más dulce, más improbable.
Afuera, otra sirena sonó lejos, la defensa antiaérea del puerto hacía su propia práctica.
Dentro, esperábamos que el pastel subiera.
Cuando al fin lo sacamos, era pequeño y estaba un poco torcido. No era un bizcocho perfecto, pero olía a algo que no era carbón. Olía a casa. A una casa extraña y prestada, rodeada de noticias que se nos escapaban, pero nuestra, al fin y al cabo.
Pensé en llevárselo más tarde, en un trozo envuelto en un paño. Un gesto ridículo frente a mapas y órdenes. Pero mío.
Horas después, él apareció con un programa de ópera en la mano. Lo dejó sobre la mesa, sin darle importancia. No sabía siquiera que hubiera temporada de ópera en Trieste.
Dijo que el prefecto y el comandante irían, que «conviene dejarse ver», que había invitación para nosotros y que, en realidad, era menos una invitación que una orden educada.
Solo después, cuando tomé el papel en las manos y vi el nombre del teatro, el título de la ópera y las listas de autoridades en letra pequeña, sentí el pinchazo doble.
Sentía la alegría de siempre por ir al teatro, pero sabía que no íbamos como dos personas que quieren disfrutar de la música, sino para que nos vieran allí, cumpliendo con nuestro papel oficial.
Yo fui la primera en decir que sí, aferrándome a la idea de oír voces que no salieran de una radio militar.
Pero mientras Gretel me ajustaba el vestido y hablaba de la cantidad de uniformes que habría en los palcos, mi entusiasmo empezó a desvanecerse, iba a la ópera, sí, pero también a sentarme, inmóvil y bien peinada, en medio del mismo tablero.
El teatro olía a terciopelo viejo y perfume fuerte.
Uniformes por todas partes, botones brillando bajo las lámparas, medallas que tintineaban, saludos breves, cabezas inclinadas.
Subimos las escaleras hacia los palcos entre un murmullo de «Herr Kapitän», «signor Comandante», inclinaciones de cabeza calculadas.
Sentía la mano de Giorg en mi brazo, firme.
Yo me decía que iba a la ópera, que aquello debía importarme más que el resto, pero cada paso sobre la alfombra roja sonaba a «compórtate».
Nos sentamos en la primera fila del palco.
A nuestra derecha, el comandante alemán, a la izquierda, el italiano.
Yo quedé entre Giorg y la barandilla, con una vista perfecta del escenario…
y de la platea llena de cabezas y gorras.
Los palcos de enfrente eran pequeñas vitrinas de poder, reconocí al prefecto en uno de ellos, rodeado de uniformes oscuros.
Las luces de sala se atenuaron. El murmullo bajó.
El telón todavía estaba abajo. Noté cómo Giorg, a mi lado, se enderezaba.
Tenía la espalda recta, el pecho inmóvil, el rostro en una neutralidad perfecta.
La única parte de su cuerpo que se movió fue la mano derecha, que pasó del reposabrazos a su propio muslo.
Se quedó ahí, anclada. Un gesto mínimo que conocía bien: el sitio donde se sujeta cuando.
Y entonces esa misma mano hizo algo más.
No fue una decisión: fue un desliz lento siguiendo la costura de su pantalón hasta cruzar el espacio entre los dos.
Dos dedos rozaron mi falda a la altura de la rodilla, y después la palma entera se apoyó, pesada y tranquila, sobre la tela.
No apretó. Tampoco se retiró. Se quedó ahí, cálida a través del tejido.
Yo me quedé rígida un segundo, con la respiración demasiado alta para una sala en silencio, y luego no me moví.
Por dentro se le tensa todo y por fuera no puede notarse.
En el coche de vuelta casi no hablamos. Él miraba por la ventanilla y yo tenía el programa doblado en las manos, cada vez más arrugado.
Intenté pensar en la soprano, en cualquier cosa que no fuera su mano.
Para él no había sido nada, un reflejo, como cambiar de paso.
Si se lo mencionara, tendría que pararse a recordar de qué le hablaba.
Y sin embargo a mí me seguía quemando en la piel.
No era la primera vez que su mano se adelantaba a él: ya la había visto hacer lo mismo en el despacho, frente a un papel que pesaba demasiado.
Siempre ocurría cuando algo no iba bien.
Apoyé la cabeza en el respaldo, dejando que nuestras rodillas se quedaran pegadas del todo.
Él hizo un gesto automático, para acomodarse mejor, y acabó colocando la mano entre los dos asientos lo bastante cerca de la mía como para que con un movimiento mínimo los dedos se tocaran. No lo hizo. Yo tampoco.
El coche siguió avanzando por las calles vacías. Afuera, Trieste se ocupaba de sus propios ruidos. Dentro, me quedé en silencio con la sensación de que, aunque él no recordara lo de la mano en el palco, a mí se me había quedado pegado. Y, por esa noche, me bastó.
Nuestra casa nos recibió con el mismo silencio de siempre, pero después del teatro sonaba distinto.
Volvíamos rígidos, sin saber dónde dejar el papel.
En el dormitorio, él dejó el uniforme sobre la silla con más cuidado del necesario, el programa de la ópera se le escapó del bolsillo y cayó al suelo.
Lo recogí yo. Durante un segundo, pensé en tirarlo con el resto de papeles del día, pero el cartón en los dedos me detuvo.
Lo doblé en cuatro y lo guardé en el cajón de mi mesilla, junto a cosas que no enseñaba a nadie, una carta vieja, una foto, un recuerdo guardado sin motivo.
Giorg se metió en la cama sin rituales. Cuando apagué la luz y me tumbé a su lado, el teatro se quedó reducido a una imagen mínima, dos manos quietas, y ese segundo de más en el palco, en medio de tantos ojos.
En la oscuridad, busqué su muslo bajo la manta. No para repetir el gesto, solo para comprobar que seguía ahí, cálido, real. Él no dijo nada, solo dejó que mi mano descansara antes de atraparla y llevarla a su pecho.
Alguien recordaría al prefecto, los discursos. Nadie sabría nada de la mano, entonces entendí que no era ternura, era alarma.