Orden y fuego Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—Esto… es indisciplina total —murmuró, aún con la sorpresa en la voz.

—Lo sé —dije—. Pero necesitaba aire.

Sus pies entraron en el compás. El capitán sabía seguir un ritmo. Giramos una vez, dos. La sala se convirtió en un carrusel de uniformes y vestidos alrededor de nosotros.

—He interrumpido una conversación con mis superiores porque tú has decidido secuestrarme en medio del salón para bailar —siguió, igual de bajo—.

—Sí —admití—. Pero me asustaba más seguir escuchándolos que traerte aquí.

Noté cómo se le tensaba la mano en la espalda baja, aunque por fuera seguía impecable, la postura perfecta, la distancia perfecta. El marido ejemplar bailando con su esposa. Nada que objetar.

—No lo soporto —solté.

—¿El qué? —preguntó, sin apartar la vista de mi cara.

—Ese grupo de hombres hablando de castigo con la misma naturalidad con que se pide más pan —dije—.

Y las señoras… —deslicé la mirada hacia la fila de esposas sentadas, con sus espaldas rectas, sus sonrisas pequeñas, las manos bien plegadas—.

Están tan tiesas que tengo la sensación de que si respiro más fuerte, me convierto en un problema del prefecto.

Él siguió el giro, me acercó un centímetro más para esquivar a otra pareja. —Son oficiales —respondió—. Y esposas de oficiales. No están aquí para relajarte.

—Ya lo había notado —repuse—. Pero cuando me asusto, solo pienso en estar cerca de ti.

Le apreté la mano, buscando su protección. Le tembló la comisura de la boca, casi una sonrisa.

—No has cambiado —murmuró.

Guardó silencio. La orquesta subió el volumen, como si quisiera cubrirnos.

—¿Te dan miedo? —preguntó de pronto.

Sabía de quién hablaba.

—Un poco —confesé—. Ellos, cuando hablan así. Y ellas, cuando fingen que no escuchan. Bajé la voz aún más.

—Me da miedo ser torpe.

Hacer una mueca a destiempo. Reír donde no toca. Y que te cueste caro.

Sus ojos se endurecieron, pero no conmigo.

—A mí no me vas a costar nada —dijo en voz muy baja—. Y si alguien se molesta, que se moleste conmigo, no contigo.

Noté cómo se me aflojaba un poco el pecho.

—Entonces quédate aquí conmigo —murmuré—. Necesito sentir que estás de mi lado.

La mano en mi cintura dejó de ser solo «correcta». Apretó un poco, lo justo para que mi cuerpo entendiera.

—Estoy de tu lado —dijo.

Nos movimos más juntos de lo conveniente. No escandaloso, pero sí lo bastante como para que una de las esposas más estiradas nos siguiera con la mirada.

—Te están mirando —le susurré.

—Que miren —contestó—. Esta ya la has empezado tú. Al menos voy a disfrutarla.

Sentí una risa subirme al pecho, mezclada con el alivio. Dejé que me guiara en un giro más amplio, la falda rozó la pierna de otro oficial, que se apartó con una carraspera indignada. No me disculpé.

—Cuando hablan de castigos —dije, más bajo— me acuerdo de que ahí fuera te miran como si mandaras. Como si con tu firma pudieras arreglar o fastidiarle el día a alguien. Y yo no sé… cuando vuelves a casa conmigo, no sé qué parte de eso te traes contigo.

Él bajó la mirada a mi boca y volvió a subirla a mis ojos.

—En casa no mando igual —dijo—. Y tú lo sabes.

—Lo intento —sonreí de lado—. Pero esta noche necesitaba recordármelo. Y recordártelo.

La música empezó a decaer, entrando en la última vuelta. Él no aflojó el abrazo enseguida. Siguió marcando el ritmo como si la música no hubiera terminado.

—Cuando lleguemos a casa —murmuró, tan bajo que apenas movió los labios—, quiero que me digas con calma qué es exactamente lo que te ha asustado. Sin italianos del bigote. Sin prefectos. Sin esposas estiradas.

Sonó a orden y a una súplica.

—Eso sí pienso obedecerlo —respondí.

La orquesta dio la nota final. Él aflojó la mano de mi cintura, pero no la retiró de golpe. Yo solté su hombro despacio.

—Danke schön —dije en alemán, ya con la sonrisa perfectamente correcta en la cara—. Gracias por el baile.

—Signora —respondió, igual de correcto—. El placer ha sido mío.

Me ofreció el brazo. Esta vez lo tomé con suavidad. Volvimos hacia la mesa del prefecto con las mejillas algo más encendidas de lo normal, pero manteniendo la postura. Nadie preguntó nada. Las miradas curiosas ya estaban haciendo el trabajo por ellos.

En el coche, de camino a casa, no hablamos. Yo miraba las luces de la ciudad sin pensar en nada. Él conducía con las manos firmes en el volante, la mandíbula todavía tensa, pero con algo distinto en la mirada, no solo cansancio.

Subimos sin decir nada. La casa estaba en silencio, pero yo tenía la sensación de que cualquier ruido nos acabaría delatando.

En el dormitorio, él cerró la puerta. Se quedó apoyado en ella, mirándome en medio de la habitación, con el uniforme todavía perfecto encima y la tensión todavía latiendo bajo la piel.

—Ven aquí —dije.

No fue una sugerencia. Se acercó. La luz le marcaba el perfil con líneas duras. Yo levanté las manos hacia el primer botón de la guerrera.

—Fuera el prefecto —murmuré, soltándolo.

El botón cedió con un clic suave.

—Fuera el comandante —añadí, soltando el segundo.

El tercero cayó con facilidad, la tela se abrió un poco sobre su pecho.

—Fuera todos los que te han mirado esta noche como si fueras de ellos.

1 Nota: Aunque su rango oficial es Kapitän zur See (equivalente a Coronel), en el ambiente naval de Trieste se le llama por cortesía «Comandante».