Orden y fuego Capítulo 24
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Capítulo 24

La invitación no llegó como algo excepcional, sino como una pieza más de ese engranaje al que yo todavía no le veía la forma. Un sobre grueso, con membrete, que Josef dejó con cuidado sobre la mesa del despacho, anunciando:

—Del Comando della città y del Prefetto. Para el señor capitán.

Vi el sobre un rato antes de que él volviera.

El papel olía a tinta reciente, el sello llevaba el águila fascista y las palabras en italiano y alemán se mezclaban en una cortesía rígida.

El Prefetto di Trieste y el Comandante Tedesco del Porto tenían «el honor» de invitar al Kapitän zur See (Ing.) y señora a una cena de «coordinación y bienvenida» con las autoridades civiles y militares.

Cuando llegó, cansado y con ese olor a tabaco ajeno pegado al uniforme, lo abrió sin sorprenderse. Leyó rápido, apoyado en el borde del escritorio.

—Es… necesaria —respondió, doblando la invitación con cuidado—. El prefecto quiere vernos, los italianos necesitan medir a los alemanes nuevos, los alemanes necesitan recordarles a los italianos quién manda, y arriba necesita que parezca que aquí todo es civilizado.

—Y necesitan verme con mi esposa —añadió—. Para ellos eso cuenta. Les tranquiliza.

Casi pude ver la versión de esa frase en un informe: «El Kapitän von Hohenfeld mantiene una vida familiar estable y ordenada». Casillas que se marcan en Berlín, o en Roma.

—Entonces iremos —dije—. Ganas no tengo, pero si para ellos cuenta, vamos.

No me contestó, pero la mirada que me lanzó dijo que había entendido.

El vestido era uno de Viena, de los que conocía casi de memoria: azul oscuro, falda con caída limpia, escote discreto, tela buena sin ser ostentosa. Me daba la sensación de ser «yo», y ahora mismo eso me daba seguridad.

Gretel me ayudó con los botones de la espalda, ajustando la tela con eficiencia. Me miró en el espejo, de arriba abajo, sin halagos gratuitos.

—Así está bien —dijo al final—. Van a ver que vienes de ciudad, pero no de revista.

—¿Eso es bueno? —pregunté.

—Es… suficiente —respondió—. Aquí con que no parezca que vienes a lucirte, basta.

No explicó quiénes eran «ellos». No hizo falta: italianos, alemanes, mandos locales, todos los que esa noche se sentarían a la misma mesa fingiendo que compartían algo más que necesidad.

Giorg apareció en el marco de la puerta ya con el uniforme de gala.

Llevaba el uniforme azul impecable, casi negro.

El oro de los hombros le brillaba bajo la lámpara y tenía las medallas justas en el pecho, las necesarias.

Era el mismo hombre que dormía conmigo cada noche, pero ahora, tan recto y cerrado en esa ropa, parecía otro.

Se detuvo mirándome.

—Te queda bien —dijo.

No añadió nada más, pero el tono llevaba una mezcla de reconocimiento y orgullo que me aflojó el nudo en la garganta.

—Y tú pareces muy… oficial —contesté—. Seguro que les impresiona.

—A alguno habrá que impresionar —murmuró—. Al prefecto, al comandante de plaza, al italiano que manda en el puerto… A ver quién decide esta semana de quién es Trieste.

Lo dijo sin humor. Esa cena no era una simple cortesía, era un escaparate. De él como capitán nuevo. De mí como esposa adecuada. De Trieste como ciudad «bajo control».

La villa estaba más abajo que la nuestra, más cerca del mar.

El coche bajó por una calle flanqueada de casas altas hasta que el aire empezó a cambiar, olía a puerto y a perfume caro al mismo tiempo.

La fachada era clara, con demasiadas ventanas encendidas.

Había dos soldados de guardia en la escalinata y un coche italiano justo delante del nuestro, negro, brillante, con chófer de gorra blanca.

Desde fuera ya se oían voces. Al entrar, el olor a carne asada, a vino tinto, a colonia y a tabaco mucho más refinado que el del mercado nos envolvió, mezclado con el murmullo de varios idiomas superpuestos.

En el umbral, su mano se posó firme en mi cintura, dedos apretando la tela del vestido. Un segundo. Luego la retiró.

Nos anunciaron en alemán y en italiano.

—Kapitän zur See Von Hohenfeld und Gattin. Il comandante 1 Giorg von Hohenfeld e consorte.

Las cabezas se giraron. Algunos uniformes grises, otros negros, varias camisas fascistas con corbatas perfectamente anudadas, y unos pocos trajes civiles bien cortados, todos con algún emblema en la solapa.

Reconocí por las insignias al comandante alemán de la plaza, a un oficial de la marina, a un par de carabinieri de alto rango.

Y, en el centro, dueño de la sonrisa más amplia, al prefecto.

Es el título tradicional para el oficial de mayor autoridad al mando del puerto y del mar.

No llevaba uniforme militar, sino un traje oscuro hecho a medida, camisa perfectamente blanca, corbata de nudo exacto y el distintivo fascista en la solapa.

No era especialmente guapo, pero irradiaba seguridad resbaladiza de quien está acostumbrado a que todo el mundo se gire cuando entra en una sala.

—Signor Comandante von Hohenfeld —dijo en un alemán fluido, avanzando hacia nosotros con los brazos abiertos—. Por fin. Trieste es afortunada de contar con sus servicios.

Le estrechó la mano a Giorg con más cálculo que simpatía. Luego se volvió hacia mí como si yo fuera la siguiente fase de un protocolo perfectamente ensayado.

—Y esta… debe de ser la señora Von Hohenfeld —continuó, ya en italiano, con una sonrisa excesiva—. Ahora sí, estamos completos.

Tomó mi mano con corrección, pero el beso en los nudillos se quedó un segundo demasiado cerca de la piel. No bajó la mirada, la mantuvo fija en mis ojos.

—Il suo accento… —comentó, cambiando de nuevo al alemán con naturalidad—. No es de aquí. Tampoco del norte. Muy interesante.

—Viena —respondí—. Todavía me tropiezo con algunas palabras.

—No se preocupe, signora —sonrió—. En Trieste llevamos mucho tiempo mezclando palabras. Es parte de cómo hablamos.

Los que estaban alrededor rieron. Yo no estaba convencida de que fuera un chiste.

En algún punto después del brindis, la noche entró en esa fase en la que ya nadie tiene hambre, pero todo el mundo sigue hablando. El vino corría, las palabras también. El aire del salón estaba cargado de humo, perfume caro y frases que sonaban importantes.

Giorg quedó atrapado en un corrillo de uniformes grises y trajes oscuros cerca de la chimenea.

El comandante alemán de la plaza, un oficial de la marina, un italiano con bigote fino que llevaba toda la noche repitiendo «disciplina».

El prefecto iba y venía, distribuyendo sonrisas y venenos a partes iguales.

Yo estaba a un par de metros, hablando con una señora italiana que me explicaba lo difícil que era conseguir buen café desde hacía meses. Asentía en los sitios correctos, decía «qué barbaridad» con el tono adecuado, pero mi atención estaba puesta en otra parte. En él.

Lo veía de perfil, la copa en una mano, la otra metida en el bolsillo.

Escuchaba, respondía, asentía cuando tocaba.

Desde fuera parecía perfecto, Kapitän von Hohenfeld, correcto, firme.

Pero yo conocía ya esa línea pequeña en su mandíbula cuando estaba a punto de romperse algo dentro y no podía hacerlo fuera.

Un músculo que saltaba apenas, una rigidez distinta en el cuello del uniforme.

Estaban hablando otra vez de sabotajes. Lo oí de reojo, alguien mencionó «ejemplos claros», otro «no podemos permitir que crean que somos blandos», el prefecto añadió su dosis de «soluciones definitivas» con una sonrisa casi dulce.

Giorg contestó algo sobre «evaluar cada caso» y «eficacia frente a exceso», palabras que sonaban razonables pero que en esa mesa sonaban flojas.

La señora del café me preguntó si en Viena también hacía tanto viento en invierno.

No supe contestar. El salón entero, de pronto, se me hizo pequeño, asfixiante, saturado de orden: copas alineadas, cubiertos brillando, hombres discutiendo…

Y él ahí, en medio, con la mandíbula apretada, tragándose frases que no iba a decir.

De pronto supe que, si me quedaba un minuto más, iba a gritar. Tomé una decisión.

—Me disculpa un segundo —le dije a la señora, con la mejor sonrisa de «voy a por un vaso de agua».

No fui a por agua.

Fui directa hacia el corrillo de hombres, con las pulsaciones en las sienes y la sensación clara de que estaba a punto de hacer algo que no se hacía.

Me coloqué junto a él sin esperar hueco.

Tuve que interponerme literalmente entre Giorg y el italiano del bigote, que estaba a medio discurso sobre cómo «un buen castigo ahorra cien advertencias».

—Perdón —dije, en alemán, con una sonrisa—. Necesito al capitán un momento.

El comandante alemán parpadeó, sorprendido. El italiano del bigote levantó las cejas, entre divertido y ofendido. El prefecto se giró hacia mí con esa expresión de «a ver qué hace la extranjera». No esperé a que nadie contestara, le agarré del brazo y me lo llevé. No le di tiempo a decidir.

Lo tomé con una firmeza que ni yo me esperaba, justo por encima del codo, y tiré de él hacia mí.

Sentí la rigidez de su cuerpo al verse arrancado de la conversación, esa fracción de segundo en la que se quedó mudo, no por timidez, sino por el golpe de romper algo que siempre se respetaba, la jerarquía.

—Anna… —alcanzó a decir, casi sin voz.

—Ahora —susurré solo para él, sin dejar de sonreír hacia la mesa—. Antes de que cambien de idea.

Lo arrastré sin soltarlo, abriéndome paso entre mesas y trajes oscuros, como si supiera exactamente dónde iba.

En realidad, solo buscaba la música. La orquesta atacaba un vals correcto, bien educado.

Las parejas giraban en el centro. Yo no aflojé el paso.

Crucé la línea invisible que separaba el salón del espacio de baile y, sin detenerme, di media vuelta y lo coloqué frente a mí, casi chocando con él.

Su cuerpo tuvo que adaptarse al mío para no tropezar, sus manos me encontraron por pura necesidad de equilibrio.

Una a mi cintura. La otra atrapando la mía. Ya estábamos bailando.