Capítulo 23 #2
Su expresión no cambiaba. La boca seguía tensa por la concentración, la mirada fija en el papel. Pero la yema del pulgar se hundió en el sofá, marcando un punto. Luego el resto de los dedos se extendió. No me tocó. No todavía. Simplemente se aproximó hasta el límite.
El pulgar quedó en la parte de dentro de mi muslo, justo donde terminaba la tela de mi vestido. El índice y el medio se detuvieron en el exterior de mi rodilla, paralelos, firmes, sin apretar. No había presión consciente, ni caricia. Solo una delimitación silenciosa.
Su mano, grande, rodeó mi rodilla con precisión, firme, como trazando un mapa.
El gesto totalmente inofensivo, era al mismo tiempo, lo más erótico que le había visto hacer sin darse cuenta. No estaba tocándome de verdad. Era un límite.
Ese límite me encendía. El pulgar rozaba la seda del vestido, con una tensión mínima que sabía que no era deliberada. Precisamente por eso me incendiaba.
Respiré. El libro se me movió en las manos. Él no levantó la vista del informe, pero la mano se tensó un milímetro.
No supe cuánto duró, unos segundos… Lo suficiente para que yo olvidara de qué iba el capítulo de mi novela, qué día era y dónde estaba.
Cerré el libro. Con un golpe seco que sonó más fuerte de lo que pretendía en el silencio del salón.
Él no dio un salto. Por fin, levantó la cabeza del papel. Su mirada tardó en enfocar. Luego siguió la línea de mis hombros, bajó a mi regazo y se detuvo en su propia mano. Lo vi descubrirla.
Parpadeó, los dedos se tensaron al descubrir su mano. Por un instante, en su cara apareció algo que hacía horas que no veía: deseo.
—Giorg…
—Susurré, sin saber si le estaba preguntando, llamando o acusando de algo.
Inspiró hondo. No retiró la mano, se quedó, aún rodeando mi rodilla. Los papeles abiertos descansaban sobre su muslo, la lámpara marcando en sombra las líneas negras.
Cuando apartó la mano, lo hizo despacio, como si le costara. La sostuvo un segundo en el aire antes de dejarla caer sobre su propio muslo, con la palma abierta, los dedos tensos.
Esta vez sí me miró.
—Anna.
No levantó la voz. Bastó mi nombre dicho así, con ese tono bajo que usaba cuando algo era más serio.
Se inclinó hacia los documentos, necesitando apoyarse en ellos para no volver a tocarme.
—Intento… entenderlo. Antes de firmar —dijo al papel, sin mirarme.
No añadió nada más. Pero sus dedos bajaron hasta el borde del papel y señaló un nombre. Lo cubrió con el pulgar.
—No me lo pongas… difícil. Ahora.
Ahí estaba el regaño. No duro. No cruel. Pero claro. Era disciplina.
Sentí el impulso de defenderme, que no pretendía distraerlo de nada. No dije nada. Me limité a deslizar la rodilla hacia atrás, dejando un hilo de aire entre nosotros.
Obediencia suficiente. No rendición.
Él lo notó. Exhaló despacio, volvió los ojos al informe y sostuvo el papel con ambas manos. La esquina tembló entre sus dedos, y su mandíbula se marcó antes de fijarse en la línea que debía leer. Los números seguían allí. Las órdenes también.
No eran los mapas lo que le temblaba en las manos. Era él, allí, en ese sofá, en esos centímetros de piel que había decidido apartar para poder seguir siendo el hombre que firmaba sin temblar. O al menos intentarlo.
Me puse en pie despacio. Cualquier movimiento brusco habría sido demasiado. Respeté la distancia que había marcado con su frase, no por obediencia, sino porque vi el esfuerzo que le costaba mantenerla.
No dije nada. Las palabras, en ese cuarto, habrían sonado fuera de lugar.
Crucé el umbral del despacho y, antes de cerrar, me permití mirarlo una vez más. Seguía inclinado sobre la mesa, la pluma suspendida entre los dedos. La espalda recta, demasiado recta. Cerré sin hacer ruido.
Desde el pasillo oí el rasguño metálico de la pluma sobre el papel. Una firma. Luego otra. Sonidos secos. Definitivos. Cada firma cerraba algo.
Yo tenía todavía la sensación de su mano rodeando mi rodilla, marcada en la piel. Él subió detrás de mí, un peldaño por vez, las manos en los bolsillos del pantalón del pijama. No dijo «vamos a dormir», ni «es tarde», solo empujó la puerta del dormitorio y dejó entrar la penumbra.
La rutina fue rápida, casi brusca. Se lavó los dientes sin mirarse al espejo y se pasó la toalla por la cara con más fuerza de la necesaria. Yo me cambié sintiendo sus movimientos detrás. La cama parecía más grande, más fría.
Me metí en mi lado y me tapé hasta la cintura. Esperé. Pensé que se quedaría un momento sentado en el borde. No lo hizo. Se acercó y, de un solo movimiento, se metió conmigo en la cama. Vino directo hacia mí y me rodeó la cintura.
—Giorg…
—Empecé, y no supe si lo estaba llamando o intentando medir lo que traía encima.
No me respondió con palabras. Me giró hacia él con firmeza contenida, recolocándome despacio. Sus manos se quedaron en mi espalda, abiertas, extendidas, y durante un segundo pensé que iba a seguir el camino de otras noches, que descenderían como siempre desarmándome.
No lo hizo.
Me besó, sí, pero no fue un asalto. Fue lento, profundo, sostenido. La forma en que me apretaba contra él no era por deseo.
Me estrechó más, hundiendo el rostro en mi cuello, respirando contra mi piel. Sus manos no bajaron, se quedaron donde podían quedarse sin cruzar la línea.
Sentí la respuesta inmediata de mi cuerpo, el impulso de acercarme más, de borrar cualquier distancia. Pero en lugar de apretarlo contra mí, le rodeé el cuello y me quedé así, sosteniéndolo. No lo apartaba. Lo acompañaba.
Su frente buscó la mía, y cuando cerró los ojos supe que estaba haciendo un esfuerzo por quedarse quieto.
—Esto sí —murmuró, casi sin voz—. Esto sí lo entiendo.
Me bastó la rigidez de sus hombros cedía bajo mis manos.
Nos quedamos así, con el deseo despierto y quieto.
Cuando por fin se recostó, me arrastró con él sin soltarme, dejándome medio sobre su pecho, una pierna cruzada sobre las suyas, mi oído apoyado en ese corazón que todavía golpeaba demasiado deprisa. Olía a jabón reciente y a algo más que el agua no quitaba.
Yo dibujé círculos lentos sobre su piel, solo para confirmar que seguía allí.
—Anna —dijo al fin, con la voz ronca—. Prométeme una cosa.
Levanté la cabeza para mirarlo.
Estaba de lado, mirándome serio, con esa seriedad cansada que no tiene nada de solemne, es solo alguien que se ha pasado el día ordenando el caos ajeno y ahora se acuerda de que también existe su vida.
Se tomó un segundo.
—Que si pasa algo —dijo por fin—, no te quedes aquí esperando a un fantasma.
La frase me atravesó. Un fantasma. No era una declaración romántica, era algo aún más desnudo, el miedo a que un día simplemente no volviera y yo me quedara esperando a alguien que solo existiría en los cuadros.
Lo miré en silencio un momento.
—Eso no va a pasar —intenté decir, por reflejo.
Él negó con la cabeza.
—No digas eso —murmuró—. Tú sabes tan bien como yo que puede pasar. En cualquier momento, por cualquier motivo absurdo. Una bomba mal colocada, un coche que no llega, una orden idiota. No quiero que te quedes aquí… parada. Años. Esperando a alguien que no va a cruzar esa puerta.
Había una dureza extraña en su voz. Sentí una mezcla rara de rabia y ternura.
Apoyé la barbilla en su pecho, muy seria.
—Está bien —dije—. Te lo prometo.
—¿De verdad? —insistió—. No me sirve una promesa… bonita.
—Te prometo… —empecé, y negué con la cabeza—. No, mentira, me cuesta prometértelo —dije despacio—. Pero lo voy a intentar. Si pasa algo, no quedarme pegada a esta cama. Intentar seguir viviendo.
Lo vi tragar saliva.
—Y ahora tú —añadí.
—¿Yo qué?
—Que no me hagas viuda de héroe.
Frunció el ceño.
—¿Viuda de héroe?
Lo dije con más dureza de la que pensaba. Él siguió mirándome, inmóvil.
—No te hagas el valiente para nadie —seguí—.
Ni para un informe, ni para una orden que no tiene sentido.
Haz lo que te toca, lo que de verdad puedes hacer…
y vuelve a casa. Te quiero aquí. Aunque llegues tarde, aunque estés de mal humor, aunque un día me digas «Anna, quítate» porque no te cabe nada más en la cabeza.
Hubo un silencio denso. Desde fuera llegó el ruido lejano de un motor, la sirena de un barco, un perro ladrando. Dentro solo estábamos nosotros dos.
Él levantó una mano y me apartó despacio un mechón de pelo de la frente. Ese gesto me emocionó más.
—Te lo prometo —dijo—. No de héroe. Solo yo aquí.
Una esquina de su boca se curvó. Me acerqué y apoyé la boca en su clavícula. Cerró los ojos. Su mano quedó en mi nuca.