Capítulo 23
Bajamos a la ciudad dos días después, cuando el silencio de la casa ya empezaba a parecer un lujo excesivo.
No fue una excursión romántica ni un paseo, fue, como dijo Gretel, «porque alguien tenía que bajar».
Josef sacó el coche, un turismo gris sin adornos, con ese aire discreto, aunque la gasolina lo delataba de todas formas.
Gretel apareció con el abrigo oscuro y un pañuelo bien ajustado a la cabeza, me miró de arriba abajo, deteniéndose en el color del abrigo, el corte del vestido, los zapatos.
—Así está bien —sentenció—. Nada demasiado nuevo. Nada que grite «Viena».
Bajamos por una calle que se empinaba hacia el puerto y la ciudad empezó a cerrarse, las calles se estrechaban y el puerto quedaba a la espalda.
El aire era distinto al de la casa: más denso, cargado de humo de carbón, aceite, pescado y café barato.
El coche nos dejó en una plaza sin adornos, apenas un espacio un poco más amplio entre casas, donde el suelo estaba gastado de tantos pasos y tantos mercados.
En cuanto abrimos la puerta, el ruido llegó entero: voces superpuestas, discusiones de precios, risas breves, algún llanto infantil, el motor de un camión al fondo.
El mercado no se parecía a los que conocía.
Había mesas bajas con mantas encima, repollos flacos, patatas con tierra, zanahorias torcidas, unas pocas manzanas demasiado verdes o golpeadas, trozos de carne que desaparecían en cuanto alguien los ofrecía.
Las colas eran más largas que los productos, la gente se apretaba, se estiraba, negociaba por dos o tres monedas.
Oí italiano por todas partes, gestos rápidos, palabras cortadas en el aire, «quanto costa», «non posso», «guardi che…
» mezcladas con otro idioma más duro, que reconocí como esloveno sin entenderlo, y, por encima, el alemán suelto de los soldados.
Yo notaba cómo mi abrigo, mis zapatos, mi acento extranjero cuando decía «permesso» me marcaban. No era exactamente hostilidad, era una curiosidad cansada, de «otra más».
Gretel avanzaba como si hubiera nacido allí, con la cesta colgada del brazo y gran determinación.
En el primer puesto señaló unas cabezas de repollo, tanteó patatas, rechazó una cebolla.
Hablaba con la vendedora en un italiano apenas aprendido.
Yo estaba a su lado, sosteniendo una bolsa que no pesaba casi nada y sintiéndome una intrusa.
Un hombre mayor con boina nos cruzó de paso, me miró a mí, no a Gretel, y murmuró algo en italiano donde solo entendí «tedesca». No supe si corregirlo.
Mientras Gretel discutía el precio de unas zanahorias, yo miré alrededor.
A unos metros, un grupo de niños correteaba entre las piernas de los adultos, esquivando cestas, hasta que un soldado apareció en el borde de la plaza.
Entonces se pegaron a sus madres. Un cura pasaba sosteniendo una bolsa de tela contra el pecho.
Un par de hombres apoyados en una esquina fumaban, pero su atención no estaba en el cigarrillo sino en el ir y venir de la gente.
Fue entonces cuando vi al chico. Estaba al límite de la plaza, donde los puestos se volvían más dispersos, con las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta demasiado grande.
Podría tener quince, quizá dieciséis años, con el cuerpo delgado de quien ha crecido demasiado deprisa.
Dos soldados lo flanqueaban, no con las armas en la mano, pero sí con esa cercanía que ya era, de por sí, una amenaza.
Uno le hablaba en alemán, rápido, el chico respondía en italiano atropellado, moviendo mucho las manos, sacando al final los bolsillos del revés, enseñando el forro gastado.
—Papeles —dijo Gretel a mi lado, sin dejar de mirar el repollo—. No los tiene.
No me pregunté cómo lo sabía. El soldado extendió la mano, el chico buscó una cartera invisible, explicó algo que yo solo pude rellenar en mi cabeza, me los han robado, están en casa, trabajo aquí cerca.
El otro soldado, el que no hablaba, ya le había agarrado del codo.
No fue un gesto violento, pero sí definitivo.
—Gretel… —empecé, dando un paso hacia adelante sin darme cuenta.
Su mano se cerró en mi antebrazo con una firmeza que no le conocía.
—No —dijo en voz muy baja—. Quieta.
—Es un niño —se me escapó, también en alemán.
—Para ellos es alguien sin papeles —respondió—. Y usted es la esposa de un capitán. No se meta.
El chico intentó hablar más, girando la cabeza buscando un conocido, un testigo, un adulto que dijera «es mío», «está conmigo», «lo arreglamos».
Nadie se adelantó. Una mujer que escogía manzanas a mi izquierda apretó los labios.
El hombre de la boina dejó de pesar patatas un segundo, pero luego siguió.
La vendedora eslovena bajó la vista a su balanza.
Miraban de reojo, fingiendo indiferencia.
Lo empujaron hacia un camión que esperaba al final de la calle, con la lona trasera levantada y el motor ya encendido.
Dentro había ya tres figuras, dos hombres y una mujer, sentados en el banco de madera, inmóviles.
El chico subió ayudado por la mano del soldado.
Tropezó, casi cayó sobre la mujer, ella se apartó apenas para hacerle sitio, sin decir una palabra.
Hubo un segundo en que el chico miró hacia atrás, hacia la plaza, hacia nosotros.
La plaza siguió girando a su ritmo, una transacción aquí, una risa nerviosa allá, un vendedor llamando a un cliente.
El camión se puso en marcha. El humo del escape nos llegó a la cara en una bocanada espesa. Lo vi doblar la esquina y desaparecer. El hueco se llenó en seguida. Solo quedaba, en el aire, el ruido del motor alejándose.
—¿A dónde lo llevan? —pregunté, cuando fui capaz de hablar.
Gretel soltó el aire por la nariz, sin soltar mi brazo.
—A un sitio donde todo el mundo tiene papeles —dijo—. O a uno donde ya no hacen falta.
Su tono no era cínico, era una mezcla de cansancio y algo más viejo.
Cogió el repollo, lo metió en la cesta, pagó con manos que no temblaban.
Yo me di cuenta de que apretaba tanto la bolsa vacía que los nudillos se me habían quedado blancos.
Miré alrededor. El mercado estaba ya en orden y, sin embargo, ahora lo veía distinto.
En los puestos solo quedaban mesas con poca comida y gente mirando al suelo, hablando en voz baja.
Mientras regresábamos hacia el coche, con la cesta más llena y la sensación de estómago vacío, entendí que la guerra no era solo líneas sobre un mapa ni voces bajas en un despacho.
También estaba en la calle. Era este gesto de apartarse sin protestar, este silencio compacto cuando un chico desaparecía en la parte trasera de un camión.
Y yo caminaba por en medio, con el abrigo bien cerrado, el brazo sujeto por Gretel y el apellido de mi marido como un salvavidas que no sabía si me protegía o me manchaba.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que escuché el coche en el patio. El portazo. Pasos en la entrada. Josef dijo algo, y él respondió con una sílaba corta que no entendí.
Me asomé al pasillo justo cuando subía la escalera.
El uniforme estaba igual que siempre, recto, sin una arruga fuera de lugar.
Él no. Tenía la expresión de quien ha pasado demasiadas horas con la mandíbula apretada.
Traía consigo un olor que ya empezaba a reconocer como «la ciudad»: tabaco fuerte, humo, y un olor que no traía de casa.
Pasó a mi lado, rozándome la manga del jersey con la suya. Ese gesto, que otros días me habría bastado, hoy fue apenas un roce. Lo seguí hasta el dormitorio, dejó la gorra en la cómoda, se desabrochó el cinturón con un gesto brusco, y colgó la chaqueta en el perchero.
—¿Todo bien? —intenté.
—Nada que quieras oír.
No fue seco, pero sí corto. Vi que buscaba otra camisa en el armario, que se pasaba la mano por la nuca. Tenía la mirada puesta en un punto del suelo que yo no veía. Me acerqué.
—Giorg.
Le dije el nombre como si fuera una pregunta.
Se giró. Me miró, por fin, de verdad, pero solo un segundo.
—Estoy cansado —dijo—. No quiero traerte todo eso aquí.
No hizo falta preguntar. Yo llevaba todo el día con la imagen del camión en la cabeza, del chico sin papeles, de la plaza después como si nada. Él traía otras imágenes que no conocía, pero reconocí el mismo peso.
Podría haber insistido. Preguntarle qué había pasado exactamente, qué órdenes, qué planes. En vez de eso, asentí.
—De acuerdo —dije—. Entonces ven a cenar. Y luego… lees tus papeles, si quieres. Yo leo los míos.
Parpadeó, sorprendido por la salida fácil. No era una solución, pero era algo.
Después de cenar, la casa se fue recogiendo. Josef y Gretel desaparecieron hacia la cocina y el piso de arriba, el puerto se escuchaba lejano. El salón quedó para nosotros, con el reloj con su tic-tac y una sola lámpara encendida, junto al sofá.
Él se sentó primero, con la carpeta de informes en la mano.
Se había quitado el uniforme y estaba en camisa, las mangas dobladas hasta los antebrazos.
Se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en las rodillas, la luz cayéndole en diagonal sobre la cara y el papel.
Había algo en esa postura que reconocía: era la misma de los trenes, era la misma de siempre.
Me acomodé a su lado, con un libro. El sofá era amplio, pero yo elegí un lugar lo bastante cerca para sentir el calor de su muslo. Abrí mi novela y fingí leer. No estaba leyendo, estaba pendiente del espacio entre su cuerpo y el mío.
Su mente estaba lejos. Su cuerpo, no tanto.
La única luz venía de la lámpara, el salón se perdía en penumbra. Desde allí, nuestra casa parecía más pequeña, más íntima.
Vi, sin mirar directamente, cómo su mano izquierda descansaba abierta en el espacio neutro entre nosotros.
Durante un rato no se movió. Luego, muy despacio, empezó a hacerlo.
Sus dedos tantearon el cojín, el terciopelo, el borde del sofá.
No fue un movimiento hacia mí, era más bien un gesto de cálculo. Lo hacía con precisión.