Orden y fuego Capítulo 22 #4
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Capítulo 22 #4

Se apoyó en el borde de la mesa y alzó la mirada hacia mí. Había algo áspero en su gesto, no contra mí, sino contra… todo.

—Gestionar el puerto. Eso es lo oficial. Firmas, inspecciones, prioridades de carga —se detuvo—. Y, cuando surge la ocasión, usar esa prioridad para algo más.

Se pasó la mano por la cara, con un gesto de asco que no intentó disimular.

—No viene de mi mando, Anna. Si viniera, vendría por los canales de siempre, un sello, un párrafo, una excusa. Esto viene… —se quedó un segundo con la mirada clavada en la mesa— de gente que no pregunta. Que no negocia. Que quiere paso y punto.

No dijo nombres. Pero lo vi en cómo apretó la mandíbula al final de la frase, como con asco.

No supe qué contestar a eso.

Oí mi propio corazón acelerarse, como si tuviera que decidir algo y no supiera qué.

—Giorg… —empecé.

—No te preocupes —me cortó, más suave—.

No van a pedirte nada a ti. No es tu guerra.

—Pero es tuya —dije.

Se le tensó la mandíbula.

—Lo es desde hace mucho —admitió—. Y a veces tengo la sensación de que cada año que pasa entiendo menos qué significa.

La carpeta seguía en la mesa, cerrada.

Me acerqué más, hasta tocarle el brazo.

—¿Quieres hablar? —pregunté.

Hizo un gesto leve con la cabeza, asintiendo y negando a la vez.

—Si te lo cuento todo, no vas a dormir —dijo al final—. Y si no te cuento nada, me vas a mirar así.

Sabía exactamente de qué mirada hablaba. Suspiré.

—Entonces dame la versión… intermedia —propuse—. Para que no me quede inventándome cosas peores.

Se lo pensó. Luego habló, despacio.

Me dijo que la ciudad era un nido de gente mirando, italianos que ayer estaban de su lado y hoy no, partisanos en las colinas, comunistas, judíos, rumores de británicos escuchando desde el otro lado del mar.

Que cada taberna, cada casa de huéspedes, cada muelle podía ser un punto por donde se escapaba información.

—Y la solución de siempre —añadió, con la voz más baja—. Listas. Controles. Redadas. «Medidas ejemplares».

La palabra se quedó colgando entre los dos.

—¿Y tú? —insistí—. ¿Qué parte de todo eso te toca?

—Hacer que el puerto funcione —repitió.

Sabía que no era solo eso. Lo supe por la forma en que no me miraba cuando lo decía.

Había un límite, uno que no podía cruzar por mí por mucho que quisiera. Había cosas que no iba a contarme, no porque no confiara en mí, sino porque no quería ponerlas también en mi cabeza. Lo vi claro en ese momento.

No insistí. Di un paso más y lo abracé.

No fue un gesto dramático. Solo pasé los brazos alrededor de su cintura y apoyé la frente en su pecho. Lo sentí respirar hondo, el aire pesado en sus pulmones.

Tardó unos segundos en corresponder. Luego sus manos encontraron mi espalda, grandes y torpes al principio sin saber dónde ponerlas.

—La ciudad está fea, ¿sabes? —murmuró—. No parece la que conocí.

Pensé en el puerto desde la ventana, en los puntos que se movían.

—Desde aquí parece… otra cosa —dije—. No sé si bonita. Pero… menos peligrosa.

—Porque tú no la ves como yo —respondió.

—Y tú no la ves como yo —contesté.

Se apartó lo justo para mirarme. Tenía los ojos más cansados que otras veces. Pero en mí se detenía.

—No puedo prometerte nada —dijo—. Ni cuánto va a durar esto, ni lo que va a pasar ahí fuera. Solo que voy a intentar que esta casa… quede lo más lejos posible de todo eso.

No creí del todo en la promesa. La ciudad ya estaba demasiado cerca. Pero asentí.

—Mientras vengas a dormir aquí —dije—, me vale.

Su mirada se suavizó. Quizá porque era una condición pequeña. O porque era algo que sí podía cumplir.

—Eso sí puedo hacerlo —dijo.

Se inclinó y me besó, breve, buscando tierra firme. Después cogió la carpeta de la mesa.

Salí del despacho con la sensación de que Trieste se había metido en la casa sin pedir permiso pegada a su uniforme, en la libreta que llevaba en la mano, en las palabras que no decía.

Semanas después, una carta llegó de Viena: «Hija, el hospital está vacío de judíos. Firmo altas falsas, como tu capitán pierde papeles. Pero él viste uniforme, yo, bata blanca. ¿Hasta dónde torcemos sin rompernos? Vigila que no se acostumbre al silencio de las listas. Tu padre».

Posdata: «Si Trieste aprieta, volved. Hay sitio en el archivador para tres».

Al terminar de leer, doblé el papel hasta que los bordes me cortaron las yemas de los dedos. Papeles movidos un milímetro y, con ese milímetro, una vida que no subía a un tren todavía.

Mi padre, con su bata blanca, y Giorg, con su cuero pulido, estaban jugando al mismo juego de sombras. La posdata del archivador me hizo llorar no por miedo, sino porque entendí que solo cabíamos como expedientes perdidos.

La ciudad empezaba a oscurecer. El puerto seguía en movimiento.

Desde allí arriba, Trieste era, de nuevo, un mapa.

Pero ahora lo sabía. Se lo veía en la cara cuando estudiaba los planos del puerto: ya no eran solo atraques y almacenes.

Cada cambio de ruta o cada permiso que firmaba movía algo más que mercancía. Y lo peor es que él también lo sabía.

La ciudad dejó de ser una postal. Y la palabra «tranquilo», cuando pensaba en lo que nos esperaba, me parecía casi una broma.