Orden y fuego Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Estaba en la cama con un libro abierto sobre el pecho. Llevaba tanto rato en la misma página que las letras se habían convertido en decorado. Pensaba en la idea, simple y enorme, de que esa era nuestra cama. Si todo salía bien.

Escuché la puerta del pasillo. Mis dedos se cerraron más sobre el libro.

La manilla giró. Él entró. El uniforme se recortó contra la luz del pasillo antes de que cerrara. En la penumbra del dormitorio, la figura parecía menos amenazante y más… cansada. Se quitó la gorra, se pasó la mano por el pelo y soltó el aire despacio.

—¿Muy tarde? —pregunté, porque el silencio empezaba a pesar.

—Para el cuartel, no —dijo, aflojándose la corbata—. Para nosotros, llego a tiempo.

Lo dijo mirándome, no a la habitación.

Dejó la chaqueta en la silla, se desabrochó el primer botón del cuello. Yo me incorporé, apoyándome en la almohada.

—¿Qué tal el día? —pregunté, más para no quedarme callada que por otra cosa.

—Largo —respondió—. Y ruidoso.

Se quitó los zapatos, los dejó ordenados junto a la cama. Tenía los hombros tensos, las manos marcadas, pero cuando se giró hacia mí, la expresión se suavizó.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Sobreviviste a la casa?

—Me he peleado con una repisa —conté—. Pero creo que Gretel está de mi lado.

Sonrió, de verdad.

Me incliné para dejar el libro en la mesilla. Él apagó su lámpara, pero dejó la mía encendida. Lo suficiente para ver su cara. Cuando se acercó, apoyando una mano a cada lado de mi cuerpo.

—Es raro —dije, bajito.

—¿Qué? —preguntó, sin apartar la mirada.

—Ser esto. —No supe explicar mejor el gesto—. Dormir aquí. Contigo.

Oyó mi respiración.

Se tomó un segundo antes de responder.

—Lo es —dijo al final—. O podría serlo. Si queremos.

Se inclinó y me besó.

Fue ligero, casi festivo. Noté el sabor familiar, el peso de su cuerpo y su mano cálida en mi cintura.

Respondí sin pensarlo. Mis manos, que hasta entonces habían estado inmóviles sobre la colcha, subieron a su pecho y se quedaron ahí, sintiendo el latido acelerado bajo la tela de la camisa. Luego, busqué el borde y empecé a desabotonar.

—Puedes decirme que pare —murmuré sin bromear.

—No se me ocurre ninguna razón —respondió.

Los botones cedieron. La tela se abrió. Mis dedos encontraron piel caliente, huesos y músculos que ya conocía, pero que esa noche parecían distintos. Él soltó un suspiro que me llegó hasta los huesos.

Sus manos, mientras tanto, habían empezado su propio recorrido.

La primera se quedó en mi cintura, firme, sujetándome.

La otra subió por mi costado. No tiró de la tela, no la arrancó, la fue apartando, dejando al descubierto trozos de piel que el aire de la habitación rozó antes que sus dedos.

Temblé. No de miedo. Estaba ahí, sin prisa.

—¿Demasiado? —preguntó enseguida.

—No —dije, agarrándolo del brazo para que no se alejase—. Sigue.

Se quedó quieto. No por duda. Por elección.

El ritmo se instaló solo, lento, sin apuro. Nos equivocábamos, nos reíamos, nos volvíamos a encontrar.

En una de esas, al cambiar de postura, un giro torpe y le di un codazo en la mandíbula y casi me quedo atrapada entre su rodilla y la almohada, solté una carcajada corta que él acalló.

—Normal —murmuró—. Cama nueva.

—Y en país nuevo —añadí.

—Y en vida nueva —remató él, sin dramatismo.

Fuera, el mundo. Dentro, solo piel y aire. Cada vez que yo me quedaba quieta, él bajaba el ritmo sin decir nada. Cada vez que tiraba de él, respondía sin dudar.

En un momento dado, me di cuenta de que estaba riéndome. No mucho. Risa corta, nerviosa y feliz, mezclada con suspiros. Él también se reía a ratos, cuando chocábamos rodilla con rodilla, cuando un botón se resistía y salía disparado, cuando yo murmuraba.

Nadie nos estaba mirando. Solo nosotros, sin miedo a la puerta, sin reloj.

El calor fue subiendo despacio, y ninguno lo frenó. Solo veía el brillo de sus ojos, la forma en que me llamaba por mi nombre, distinto, más bajo.

Cuando todo se tensó entre los dos, no pensé en nada. Solo en él, en ese cuerpo pegado al mío, en el ruido que hizo al perder el control en mi propia respiración quebrándose. El mundo seguía girando, pero sin nosotros.

Después, solo hubo silencio. El bueno. Sentí su frente apoyada en mi hombro, su pecho subir y bajar todavía demasiado rápido. Yo tenía una mano en su espalda, otra perdida en su pelo. No quería moverme.

—Anna —dijo al fin, sin levantarse.

—¿Mm?

—Para que conste en acta —murmuró—, me alegro de que estés aquí.

No hubo respuesta brillante en mi cabeza. Solo pude apretarme más contra él.

—Yo también —dije—. Mucho.

Al cabo de un momento rodó a mi lado, llevándose conmigo. Me acomodé ahí. Desde la ventana entraba una franja oscura de noche y algún destello lejano del puerto, apenas una línea.

Apagó la lámpara. Todo se volvió sombra y calor.

Se fue temprano, después de un café rápido y un trozo de pan que apenas probó. El uniforme le sentaba más recto que de costumbre. Mientras se ajustaba la correa del cinturón, me dijo:

—Reunión de mandos. Para que nos expliquen qué demonios es exactamente este «destino tranquilo».

Lo dijo con ironía, pero algo me decía que no era chiste.

Lo acompañé hasta el rellano. Desde la ventana de la escalera se veía un trozo de ciudad: tejados, humo de chimeneas, mar entre los edificios. Abajo, el coche oficial lo esperaba con el motor encendido. Un soldado abrió la puerta, él me miró y luego bajó.

La casa se tragó el ruido del coche en cuanto dobló la esquina. El día se hizo largo. Intenté llenarlo con cosas pequeñas, ordenar un cajón, aprender el recorrido de la casa sin perderme, ayudar a Gretel a pelar patatas en la cocina, aunque ella insistiera en que no hacía falta.

—La señora no tiene por qué —decía, pero me dejaba una tabla de cortar delante.

De vez en cuando, cuando creía que no miraba, se asomaba a la ventana de la cocina. Sin decir nada. Desde allí se veía el puerto más cerca: grúas, barcos, columnas de humo que salían de algún lugar que no alcanzaba a identificar. El ruido llegaba constante, como un reloj.

—¿Siempre hay tanto movimiento? —pregunté.

—Más, a veces —respondió—. Depende de los convoyes.

No explicó qué convoyes ni de qué. Yo tampoco pregunté. Bajó la voz al decirlo, no hizo falta preguntar por qué.

Subí después al dormitorio y me asomé a la ventana de allí. Desde más arriba la ciudad parecía otra, el puerto, vagones minúsculos, camiones pequeños. Y, entre ellos, figuras tan pequeñas que solo eran puntos que iban y venían.

Pensé en lo fácil que era imaginar todo eso desde esa altura.

Flechas, líneas, cifras. Me obligué a leer un rato, a escribir una carta que nunca enviaría, a colocar un par de fotos en la cómoda.

A media tarde, el reloj de la sala dio las cinco y el puerto seguía en marcha.

Giorg, en cambio, no había vuelto. Llegó cuando el día empezaba a oscurecer.

Escuché primero el ruido del coche en el empedrado. Luego la puerta. Luego su voz, breve, en el recibidor, respondiendo algo a Josef. No entendí las palabras, solo el tono: más bajo, más seco.

Me pilló en el pasillo de arriba con un trapo en la mano, pasándolo por sitios que ya había limpiado.

Subía con paso firme, hombros rectos. Pero los ojos no estaban aquí, sino en otro sitio. Traía el olor del puerto pegado al uniforme: humo, sal y algo agrio a gente amontonada.

—¿Qué tal? —pregunté, cuando llegó al último peldaño.

Se detuvo un segundo antes de responder.

—Largo —dijo—. Importante.

Se quitó la gorra, pasó de largo junto a mí, rozándome apenas los dedos de pasada. Vi de cerca el borde cansado alrededor de sus ojos y la marca del gorro en la frente.

Lo seguí hasta el despacho sin pensarlo. La puerta estaba entreabierta, él la empujó con el hombro y dejó la carpeta sobre la mesa con un golpe seco, como si quemara.

Se quedó de pie, mirando el mapa que había colgado sobre el escritorio. Yo lo había visto ya: la costa, el puerto, las vías. Hoy tenía cosas nuevas: marcas a lápiz, círculos, cruces diminutas en las colinas.

—¿Es Trieste? —pregunté, acercándome.

—Una parte —respondió.

Se pasó la mano por la nuca. No dijo nada más. El silencio se estiró.

—¿Ha salido todo bien? —insistí.

Soltó una especie de risa sin alegría.

—Eso depende de para quién —dijo—. Para los que mandan, sí. Para los que obedecen, ya veremos.

No era el tipo de frase que solía usar delante de mí. Eso, más que el contenido, me hizo enderezarme.

—¿Han decidido algo… malo? —pregunté, tanteando.

—Han decidido muchas cosas —replicó—. Que el puerto no puede pararse. Que la ciudad está llena de ojos que no nos quieren. Que hay partisanos en cada colina. Que los italianos cambian de bando en un suspiro. —Hablaba rápido, casi sin respiración—. Y que hace falta «mano firme».

Repetía las palabras como si estuviera citando a alguien.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué haces tú ahí en medio?