Capítulo 22
Esa noche dormimos en una casa que a él lo conocía de siempre, pero que a mí todavía no sabía mi nombre.
Desperté sin saber, durante unos segundos, en qué país estaba. No era mi cama, no era mi casa. El techo alto, las paredes, el olor a madera vieja y a mar colándose por la ventana… me lo dijeron sin palabras: no era un viaje.
Me levanté despacio, pisando un suelo que todavía no sentía mío, y crucé hacia la ventana.
Abrí la ventana y el aire me golpeó la cara.
El mar estaba ahí abajo, inmenso y casi azul oscuro, recortado por el puerto.
La ciudad se extendía abajo, con sus grúas y su humo.
No era mi calle, ni mis árboles. Era el mar.
La guerra un poco más allá. Y yo, en medio.
Me até la bata con un gesto firme y salí al pasillo.
Las puertas cerradas se alineaban a ambos lados, todas iguales.
Avancé en puntillas, sin querer despertar a la casa.
Había muebles cubiertos con sábanas, aparadores, butacas, una consola bajo un espejo velado por el polvo.
Los retratos de los antepasados nos observaban con sus ojos oscuros, fijos en mí.
Bajé la escalera apoyando la mano en la barandilla, y el eco de mis pasos me recordó que, para ellos, yo era la intrusa. La recién llegada. La esposa del capitán. La cocina olía a café.
—Buenos días, señora —dijo una voz masculina, con un acento que partía las sílabas de otra manera.
Josef estaba junto a la estufa, erguido con el delantal puesto pero recto. Tenía la espalda recta, el mentón firme, sólo las manos, grandes y ásperas, delataban que estaba acostumbrado a otros trabajos.
—Buenos días —respondí, con una sonrisa que se quedó en educada—. ¿He bajado demasiado pronto?
—Nunca es demasiado pronto para el café —dijo Gretel. Pequeña, sólida, el pelo recogido en un moño severo que no conseguía ocultar algunos mechones rebeldes. Me miró por encima del hombro, evaluándome en un segundo.
Sentí que me colocaban una etiqueta invisible: joven, extranjera, esposa.
—¿Ha dormido bien? —preguntó Josef.
—Sí —mentí.
Él asintió. Hubo un pequeño silencio cuando, buscando conversación, mencioné la palabra «guerra».
No hice una pregunta directa, solo un comentario torpe sobre los barcos en el puerto, los convoyes, el movimiento continuo. Bastó. Los dos intercambiaron una mirada rápida. El ruido de la cafetera se volvió de repente mucho más importante.
Entendí la lección sin que nadie me la explicara: había temas que se nombraban poco. O nada.
Me senté a la mesa con una taza entre las manos.
Desde la ventana del comedor también se veía el mar, pero enmarcado de forma distinta: más bajo, más parcial, atravesado por el marco de madera, por los cristales con alguna imperfección.
Ese sería, a partir de entonces, mi escenario cotidiano.
La guerra allá fuera, el café aquí dentro.
Escuché sus pasos antes de verlo. No porque fueran especialmente ruidosos, sino porque la casa misma reconocía su peso.
Giorg cruzó el umbral del comedor con la corbata perfectamente anudada, el cuello cerrado, cada pliegue del uniforme en su sitio. Por un segundo, mi memoria se superpuso al presente, el mismo cuello, un solo botón abierto, un centímetro de piel, el compartimento del tren haciéndose pequeño.
—Buenos días —dijo, y su voz llenó el espacio como no lo había llenado nada desde que me había levantado.
Se acercó a mi silla y dejó caer una mano, apenas, sobre mi hombro. Un contacto leve… Pero sus dedos se curvaron un milímetro más de lo necesario. Ese gesto, nadie más lo habría notado. Yo sí.
—¿Has dormido bien?
Lo miré. Vi al capitán impecable que el servicio veía.
—Todavía me estoy acostumbrando —respondí.
Una esquina de su boca se curvó…
—Ya verás cómo la casa se acostumbra a ti —dijo, sin dejar margen a la duda.
Josef le sirvió café, Gretel dejó un plato de pan y mermelada en el centro de la mesa. La escena era doméstica, casi tranquila. Y, sin embargo, bajo las frases sobre el tiempo, los horarios, seguía latiendo otra cosa, el recuerdo del compartimento cerrado, de su mano en mi cintura.
Desde la ventana, detrás de su hombro, el puerto se agitaba a lo lejos. Barcos, grúas, humo. Esa era la vida que él controlaba. La casa, la mesa, el café, la forma en que su mano descansaba sobre mi hombro… eso, supe, eso era lo que nos iba a poner a prueba.
Y ahí, frente al mar y a la guerra, sentada en un comedor que todavía no sentía mío, entendí que mi horizonte no era solo el puerto. Era él.
Un rato después, me encontré sola con algo mucho más manejable, las maletas.
Subí al dormitorio, abrí la primera y me llegó de golpe el olor de casa, jabón, polvo de libros, perfume.
Fui sacando vestidos, libros, pequeñas cosas sin importancia para nadie más, una taza astillada, una figurita de porcelana, la foto que siempre había estado en la cómoda de mi cuarto.
Empecé a colocarlo todo solo para que no pareciera que mi vida seguía encerrada en un baúl.
—¿Puedo ayudarla? —Escuché detrás de mí.
Gretel estaba en la puerta, con las manos en el delantal.
—Puedo sola, gracias —dije, y luego sonreí—. Pero si coloco algo en un sitio «imperdonable», me lo dice.
Se acercó despacio, miró la figurita que acababa de dejar sobre la cómoda: un caballo blanco con una pata mal pegada.
—¿También viene de Viena? —preguntó.
—De mucho antes —respondí—. Pero me sigue.
—Entonces mejor aquí —dijo, moviéndolo dos centímetros hacia dentro—. Menos peligro de que se caiga.
Entre las dos fuimos abriendo maletas. Ella hacía montones prácticos, ropa de invierno, ropa de verano. Yo intentaba decidir qué objeto iría en qué superficie, buscando en eso alguna respuesta.
Al intentar colocar un marco en la repisa alta, el libro sobre el que me subí se deslizó y casi acabo en el suelo. Gretel me sujetó del codo, seca pero eficaz.
Fue entonces cuando sonó la puerta de abajo y unos pasos firmes se oyeron por el pasillo. Gretel soltó mi brazo y se apartó medio paso.
Giorg apareció en el umbral, todavía con el uniforme, con la expresión cansada. Miró la cama cubierta de ropa, las maletas abiertas, los montones que no acababan de tener lógica.
—¿Necesitas ayuda?
—Necesito una casa más pequeña —dije—. O más días. O las dos cosas.
Se apoyó en el marco de la puerta, aún con la cabeza en el trabajo.
—Esto es solo un destino logístico —murmuró—. Aquí, mientras tanto, podemos estar tranquilos.
Yo miré las maletas abiertas, los vestidos fuera de lugar, el caballo torcido en la cómoda.
—Supongo que para eso hay que deshacer primero todo esto —dije—. Si no, no sé muy bien dónde estoy.
Él asintió.
—Hazlo a tu manera —contestó.
Gretel, detrás de él, bajó la vista, pero los hombros se le aflojaron un poco.
—El almuerzo estará listo en diez minutos, señor —dijo.
—Perfecto —respondió él, enderezándose de nuevo—. Tengo que volver enseguida.
Y se fue tan rápido como había llegado, dejando detrás olor a puerto y uniforme… y un espacio que, poco a poco, empezaba a llenarse con mis cosas.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, la casa volvió a quedarse en ese silencio lleno de ruidos pequeños, una cañería, una puerta que cruje, un plato que Gretel coloca en algún sitio.
Terminé de doblar un par de cosas, di vueltas por el dormitorio sin saber muy bien qué hacer conmigo y, al final, me dejé llevar por pura curiosidad.
Bajé las escaleras y acabé donde, tarde o temprano, sabía que iba a terminar: su despacho.
La puerta no estaba cerrada del todo. Empujé.
—¿Puedo? —pregunté al aire, por si acaso.
No hubo respuesta, claro. Entré.
El despacho olía a papel, tinta y algo metálico que no supe definir. Había una mesa amplia, con varias pilas de documentos perfectamente alineados, lápices colocados en ángulo recto, un cenicero vacío. En el centro, desplegados, estaban los planos.
Me acerqué. Líneas perfectas, números, símbolos que apenas entendía, palabras en alemán trazadas con esa caligrafía precisa que él tenía incluso cuando escribía deprisa.
Y, sin embargo, había algo en la forma en que los había colocado, en cómo el lápiz descansaba en paralelo al borde del papel, que me dio ganas de… no sé. De hacer ruido.
Pensé en la forma en que lo había visto inclinarse sobre documentos parecidos, la cara seria, la mandíbula apretada. En el tren, incluso conmigo delante, los papeles habían sido su escudo.
Sentí un pinchazo absurdo de celos. Por unos planos.
—Ridícula —murmuré, y me quedé ahí.
Había un lápiz cerca de mi mano. Lo cogí sin pensarlo demasiado. Después, una esquina del papel me llamó la atención, un pequeño esquema de una figura humana, una silueta mínima indicando proporciones junto al perfil de un motor.
El lápiz tocó el papel antes de que me diera tiempo a frenarme.
Un bigote. Minúsculo, ridículo, perfectamente innecesario bajo aquella nariz anónima. Me tapé la boca con la otra mano. El corazón me latía más rápido de lo que justificaba un bigote de lápiz. Miré a la puerta. Nada. Silencio.
La línea de un sombrero se añadió casi sola. Luego, en otra esquina, donde había un pequeño recuadro vacío para notas, escribí despacio, en español: La disciplina es aburrida, capitán.
El «capitán» me salió más firme de lo que esperaba.
Seguía sin tocar la información importante, lo sabía. Todo lo que pintaba caía en los márgenes. Y en un ángulo del diagrama de flujo, donde solo había un triángulo y una flecha, dibujé una de cinco pétalos. Nada dramático.
Me aparté y apoyé el lápiz en la mesa, el pulso todavía acelerado.
—Ya está —me dije en voz baja—. Ya has dejado tu… firma. Y ahora te vas antes de hacer una estupidez de verdad.
Salí del despacho sabiendo que había cruzado alguna frontera. En el pasillo, me topé con Gretel.
—¿Todo bien, señora? —preguntó, echando una mirada fugaz a la puerta entreabierta.
—Sí —respondí demasiado deprisa—. Solo estaba… mirando.
Asintió, sin hacer comentarios. En esa casa, sospechaba, nada pasaba del todo desapercibido.