Orden y fuego Capítulo 21 #4
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Capítulo 21 #4

Pensé, sin poder evitarlo, yo vengo de un piso en Viena…

y ahora esto. Un piso de techos altos, sí, pero con vecinos, ruido de tranvía, olor a sopa ajena subiendo por la escalera.

Aquí no había vecinos, solo viento, olas lejanas y una carretera que se perdía hacia atrás.

De repente, la idea de que esa soledad fuera nuestra me excitaba tanto como me inquietaba.

Nadie oyendo pasos en el pasillo, nadie llamando al timbre a destiempo. Nadie, salvo la guerra, ahí abajo.

El coche se detuvo delante de la escalinata. El conductor cortó el motor.

Giorg bajó primero, dio la vuelta al coche y me abrió la puerta. Me tendió la mano para ayudarme a salir, la mía, cansada del viaje, se aferró a la suya. Sus dedos apretaron los míos un instante.

La puerta se abrió antes de que llegáramos a la escalinata. Un hombre salió al porche con calma, alto, delgado, el cabello casi blanco cortado muy corto, chaleco oscuro, camisa impecable.

—Hola —saludó, inclinando apenas la cabeza.

La voz tenía un acento suave, mezclado, ni del todo italiano ni del todo alemán.

—Josef —dijo Giorg—. Me alegra ver que la casa sigue en pie.

—Mientras tenga techo, haremos lo posible por que no se caiga, señor —respondió, y luego volvió la mirada hacia mí—. Señora.

No fue una reverencia, pero casi. Me sostuvo la mirada un segundo, evaluándome con discreción.

—Anna von Hohenfeld —dije. El apellido aún me sabía nuevo.

—Josef —repitió él—. Me ocupo de la casa. Bienvenida.

La palabra me cayó más honda de lo que quería admitir.

Detrás de él, en el umbral, asomó una figura más delgada: un chico de unos dieciséis o diecisiete años, con el pelo demasiado largo para un uniforme y demasiado corto para un civil.

Tenía un trapo en la mano y la expresión de quien no sabe si acercarse o esconderse.

—Éste es Karl —aclaró Josef—. Hace de todo.

El chico se puso rojo hasta las orejas.

—Señor. Señora —balbuceó, haciendo un gesto que no llegaba a ser saludo.

Yo sonreí.

—No se preocupe —dije—. Yo también sigo aprendiendo a entrar en sitios nuevos sin tropezar.

Oí, muy cerca, ese ruido breve que, en Giorg, equivale a una carcajada que no se permite.

Y entonces la vi a ella.

No bajó al porche. Estaba un poco más atrás, en la sombra del recibidor, con un delantal claro sobre un vestido azul, el pelo rubio recogido en una trenza baja. Tenía las manos juntas delante del cuerpo, los nudillos rojos por el agua caliente. Nos miraba seria, como preparada.

—Gretel —se me escapó.

La había visto tantas veces en casa de mis suegros que me resultó extraño verla allí, enmarcada por otra puerta. En Viena apenas se notaba su presencia. Aquí era distinto.

Su cara se iluminó con alegría.

—Señora… —dijo—. Perdón, señora von Hohenfeld.

El apellido sonó más natural en su boca que en la mía.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, sin envolverlo en cortesía.

Miró a Giorg un instante, buscando permiso.

—Mi madre… —explicó él, con una ligera resignación—. Decidió que no ibas a llegar sola a una casa nueva, en una ciudad nueva, con gente que habla en tres idiomas, sin al menos una cara conocida. —Asintió hacia Gretel—. Aceptó venir unos días antes. Prepararlo todo. Para que no hubiera silencio.

Gretel se apresuró a añadir:

—He intentado que tenga sitio. —Sus mejillas se tiñeron de rojo—. Un armario de verdad. Un cajón. Toallas… que combinen. — Se mordió el labio—. No se puede vivir siempre con la maleta apoyada en una silla.

Aquella frase, en boca de una chica con las manos agrietadas, me golpeó más que cualquier discurso solemne.

—Gracias —dije—. Nadie merece vivir con maleta.

Josef se apartó un poco, dejándonos paso.

—Pasen —dijo—. El recibidor no abriga tanto como parece.

Cruzamos el umbral. El hall era amplio, con suelo ajedrezado gastado en el centro.

Olía a cera antigua y a algo que recordaba vagamente a sopa y café.

Un espejo alto, ligeramente manchado por los años, devolvía nuestra imagen, él con el uniforme, yo con el abrigo arrugado por el viaje, los dos con cara de no creer del todo que aquella casa nos perteneciera.

Giorg dejó las maletas junto al aparador.

—Arriba están los dormitorios —me dijo en voz baja—. Tú eliges por dónde empezamos a hacer ruido.

«Ruido». No «instalarnos», ni «organizarnos»: ruido. Sonreí, pequeña y terca.

—Si esta casa no está acostumbrada a gente que ríe, va a tener trabajo —respondí.

Subimos la escalera. A mitad de tramo, vi de reojo a Gretel recoger mi abrigo con cuidado, y a Josef desaparecer hacia lo que debía de ser la cocina, pisando más fuerte de lo que creía.

Desde el primer rellano se veía el mar, esta vez más ancho, con el puerto al fondo, pequeño y gris.

La guerra estaba allí, moviendo barcos y hombres.

Aquí dentro, de momento, sólo estábamos nosotros, un mayordomo con aire de conocer demasiadas historias, una chica vienesa que se había adelantado para abrir cajones por mí y un chico torpe que seguía aprendiendo a no romper vasos.

Apreté la mano en la barandilla. Sentí, muy cerca, los nudillos de Giorg rozar los míos.

Trieste respiraba distinto. La casa también. Por primera vez desde Viena supe que esto no lo llenarían las órdenes. Lo llenarían nuestras voces. Y las risas de Gretel en la cocina, que sabe exactamente qué significa un silencio así.