Orden y fuego Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

—Podrías habérmelo dicho antes de casi caerte encima de mí —murmuró, todavía un poco rojo.

—Así ha sido más ilustrativo —respondí.

Sus labios se curvaron apenas, sin llegar a una sonrisa completa.

Bajó otra vez la mirada al informe. Y yo, apoyada en el respaldo con el libro cerrado sobre el regazo, me permití disfrutar de ver a mi marido, el capitán imperturbable, ruborizado en un tren, solo porque su esposa le había confesado que el cuello de su camisa la estaba volviendo loca.

El tren por fin empezó a frenar. El vagón se llenó de pequeños gestos, gente cerrando maletas, abrochándose botones.

Yo guardé el libro sin saber en qué página lo había dejado.

Giorg se incorporó, dobló los papeles con esa precisión suya de siempre y, por un segundo, pensé que iba a subirse el maldito botón del cuello.

No lo hizo. Se limitó a alisar la corbata suelta y a coger su guerrera.

El primer golpe de aire, en cuanto la puerta del vagón se abrió, fue distinto a cualquier otro que hubiera respirado.

No era el frío seco de Viena. Era un aire más blando, cargado de sal y de humo de gasoil, con un fondo indefinible a pescado, metal y café viejo.

Trieste no entró por los ojos, entró por la nariz.

Bajamos del tren, maleta en mano, en un andén que parecía cualquier estación y, al mismo tiempo, ninguna.

Los anuncios ya no sonaban solo en alemán, un italiano rápido, cantado, se mezclaba con órdenes más duras.

El nombre de la ciudad rebotaba en la bóveda: Trieste, Trieste.

Había soldados por todas partes, pero no eran los mismos de casa.

Algunos llevaban el uniforme gris verdoso que conocía de sobra, otros, la elegancia del italiano: chaquetas mejor cortadas, plumas en los sombreros, insignias que no había visto nunca.

Civiles con abrigos gastados, mujeres sujetando niños que miraban los trenes, hombres con la cara marcada por el viento del puerto.

Los acentos chocaban entre sí, alemán duro, italiano blando, algo en medio hablado entre susurros clandestinos que debía ser esloveno.

Giorg avanzó por el andén directo, sin desviarse.

Yo fui a su lado, la maleta tirándome del brazo.

Notaba el cansancio del viaje en las piernas, una especie de temblor que no tenía nada que ver con el de antes, en el compartimento.

A cada paso, más recto. El hombre que había estado medio desabrochado frente a mí volvía a meterse dentro del capitán sin aviso.

Lo vi nada más alzar la vista, un joven de uniforme alemán, quizá cinco o seis años menor que nosotros, plantado al final del andén con la rigidez de quien lleva demasiado tiempo esperando sin moverse.

Tenía una carpeta bajo el brazo y el gesto de no saber qué hacer con los pies.

En cuanto reconoció a Giorg, se puso aún más firme.

—Herr Kapitän von Hohenfeld. —Saludó, en alemán impecable, llevándose la mano a la visera.

Giorg le devolvió el saludo.

—Sí —confirmó—. Mi esposa.

El chico me miró con una mezcla de curiosidad y sorpresa. Hizo una leve inclinación de cabeza, demasiado rápida, sin saber bien qué protocolo aplicar.

—Bienvenida a Trieste, señora —dijo, atropellando un poco las sílabas.

Asentí, apretando más fuerte el asa de la maleta.

Detrás de él, un coche esperaba junto a la salida del andén, un modelo negro, brillante por fuera, con un conductor italiano que fumaba apoyado en el guardabarros.

Llevaba el gorro ladeado y el cigarrillo colgando del labio.

En cuanto nos vio acercarnos, tiró la colilla al suelo, la aplastó con el tacón y se enderezó, pero el movimiento tenía algo indolente, como si la autoridad le resbalara un poco más que a los alemanes.

—Macchina pronta, signor colonnello —anunció, con una sonrisa rápida.

El joven alemán frunció apenas el ceño por el tono familiar del italiano.

Giorg tomó mi maleta sin consultarme, cargando también con la suya.

Sus dedos rozaron los míos al cogerla, fue un contacto mínimo, casi un accidente, pero me ancló más que cualquier bienvenida oficial.

Sentí, bajo la máscara impecable del capitán, al hombre que había contenido la respiración conmigo unas horas antes y se había puesto rojo un botón.

Su mano tocó un instante la parte baja de mi espalda para ayudarme a entrar. Me senté en el asiento de atrás, aliviada por dejar caer el peso. Desde la ventanilla, el andén se veía encogido: el joven oficial, el conductor, un par de soldados pasando, un hombre que empujaba un carro de equipajes.

Giorg rodeó el coche y se sentó a mi lado.

En cuanto cerró la puerta, el ruido del andén se volvió más lejano.

Mi mano, sobre la falda, buscó instintivamente el borde del abrigo.

La suya, apoyada entre nosotros, no me tocaba, pero bastaba una sacudida del coche para que sus nudillos rozaran los míos.

El motor arrancó y me di cuenta de que habíamos cambiado de escenario, pero no de papel.

Había uniformes nuevos, acentos nuevos, banderas nuevas en las fachadas.

Y, sin embargo, el centro de todo seguía siendo lo mismo, el hombre que se volvía más duro cuanto más público había, y la línea caliente de su mano, esperándome ahí, a medio centímetro de la mía.

El coche empezó a subir por las calles empinadas de la ciudad.

Primero, calles estrechas entre casas pegadas, ropa tendida, voces en italiano que subían desde los portales abiertos.

Luego, fachadas más serias, balcones con macetas, algún banderín donde no lo quería ver.

Cuanto más ascendíamos, más se estiraba el horizonte a mi derecha: tejados, chimeneas, la línea gris del puerto y, más allá, el mar.

Viena tenía río. Aquello era otra cosa. Aquello era un borde del mundo.

La casa apareció al doblar una curva, casi sin aviso. No era un palacio, pero lo parecía. Tenía una fachada de color amarillo pálido con columnas blancas y un balcón de piedra sobre la entrada. Las persianas estaban cerradas, haciendo juego con el tono de los muros.

El jardín estaba descuidado. Los árboles de la entrada tenían las ramas cortadas a ras, dejando los troncos desnudos frente a la fachada.

La vegetación había crecido de más, tapando parte de la escalera que subía a la puerta principal.

Aun así, la casa imponía. Desde la verja se llegaba a ver el mar, recortado entre los troncos y la piedra.