Capítulo 21
El traslado ya no era una palabra, estaba en los billetes, en los papeles firmados, en las camisas dobladas con demasiada precisión. Y se notaba en lo de siempre, en el silencio y en alguna broma suelta para no ponernos dramáticos.
La casa estaba demasiado quieta. Bajé los pies al suelo frío, busqué las zapatillas y me quedé un rato en el borde de la cama, mirando la maleta. Había intentado ser razonable, pero soy mujer, eso, con el equipaje, es imposible.
Me levanté y crucé descalza al cuarto de al lado.
Abrí el cajón que él me había cedido semanas atrás, todavía algunas de mis cosas seguían allí, un jersey doblado, y algo más que no me había atrevido a llevarme «por si acaso».
Toqué el jersey y recordé esa vez que había vaciado ese cajón para mí.
Ese gesto doméstico, pequeño, que entonces me había conmovido.
Cuando volví al dormitorio, él estaba despierto, medio incorporado contra el cabecero con el pelo revuelto. Parecía más joven así, sin uniforme. Me miró en silencio.
—¿Has dormido? —preguntó al fin.
—Algo —contesté, encogiéndome de hombros.
Nos movimos por la habitación con la torpeza de los días importantes: el cuerpo recuerda la rutina, pero la cabeza va por delante. Ya estaba en el andén.
En la cocina, el café olía más fuerte de lo normal. Desayunamos frente a frente, cada uno con su taza, como si el calor pudiera retrasar la salida.
Sobre la silla junto a la ventana, su guerrera estaba perfectamente colocada: hombreras en su sitio, botones alineados.
A su lado, mi abrigo parecía menos serio.
La maleta de él, cerrada y con etiqueta, esperaba junto a la puerta del salón.
La mía, más modesta, se apoyaba en la pared como una hermana pequeña.
Cuando terminé el café, me puse el abrigo. Los botones se me resistieron un poco, mis manos no querían hacer nada fino esa mañana. Él se levantó, cogió su abrigo del respaldo de la silla y se lo enfundó con ese gesto suyo preciso, sin un pliegue de más.
Se acercó con la bufanda en la mano.
—Hace frío en el andén —dijo, como excusa.
La pasó alrededor de mi cuello, cruzándola por delante. Sus dedos, grandes, hábiles para sujetar un arma o un compás, se detuvieron un segundo en la piel que asomaba entre el cuello del vestido y la lana. Fue un contacto mínimo, sus dedos se detuvieron en mi piel entre el vestido y la lana.
Ajustó el nudo con una delicadeza absurda.
—Así —murmuró.
No respondí ninguna broma, esa mañana tenía cosas atascadas en la garganta.
Bajamos las escaleras del edificio cargando cada uno con una maleta.
Él insistió en llevar la más pesada, así que decidí no discutir.
El pasillo olía a col hervida y jabón barato, pero al pasar por el segundo piso, una puerta se entreabrió un poco: la vecina que siempre estaba al tanto de quién entraba y quién salía asomó la punta de la nariz.
Sus ojos bajaron a las maletas, subieron a nuestro rostro, se detuvieron en su uniforme.
—Buen viaje, capitán —dijo, con un asentimiento rápido—. Y… que todo vaya bien.
Asentí también, como si el saludo me incluyera por extensión.
En la calle, Viena tenía la luz gris de las mañanas frías, con ese aire que cortaba en la cara.
Un tranvía pasó chirriando a nuestra derecha, el humo de una chimenea se mezclaba con la niebla en un olor a carbón y sopa.
Un perro cruzó la calzada sin mirar, esquivando un coche oficial que avanzaba demasiado deprisa para esa hora del día.
Caminamos hasta la parada sin hablar. Cuando el tranvía llegó, subimos con el resto de la gente, mujeres cargadas con bolsas, un soldado con el capote abrochado hasta la barbilla, un hombre mayor que olía a tabaco frío. No había asiento libre.
Me agarré a la barra metálica con una mano, sosteniendo la maleta con la otra. Él se colocó a mi espalda, lo bastante cerca como para hacerme sombra. Cada vez que el vehículo frenaba de golpe, sentía cómo su cuerpo se apretaba contra mi espalda.
Miré por la ventanilla, recuerdos de una vida que ya no sería la misma. Me vino a la cabeza la imagen de Hans y Magdalena en otro andén y por un momento tuve la tentación infantil de pedirle al tranvía que diera la vuelta.
La estación nos recibió con un jaleo que te dejaba un poco sorda. El eco de las voces se multiplicaba y la gente iba de un lado para otro: unos corrían como si no llegaran, otros iban despacio, sin mirar a nadie.
En los paneles se anunciaban salidas y llegadas. Ninguna decía «Trieste» en letras enormes, pero no hacía falta. Él sabía perfectamente a qué andén debíamos ir, así que lo seguí: primero mi maleta y luego mis pies.
El andén no estaba tan lleno como había imaginado. Nuestro tren esperaba, puertas abiertas, sin prisa. Un poco más allá, un niño lloraba sin disimulo, su madre intentaba callarlo con un gesto automático.
Giorg dejó las maletas un momento en el suelo, junto a un banco de madera. Miró el reloj de la estación, luego la locomotora y luego el cielo bajo.
—Vamos bien de tiempo —dijo.
Asentí. No sabía qué hacer con las manos, así que me agarré al asa de la maleta.
Durante unos segundos, nos quedamos allí, uno junto al otro, mirando las vías. Un tren de mercancías pasó en la lejanía, arrastrando vagones cerrados.
—No parece un exilio —se me escapó, en voz baja—. Parece solo un viaje largo.
Él giró un poco la cabeza.
—Con billete de vuelta, en teoría —respondió.
La palabra «teoría» pesó más que todo el hierro de la estación.
Se agachó para rehacer el nudo de una de las etiquetas de cartón que marcaban su equipaje y vi su apellido escrito allí, con tinta seca.
Von Hohenfeld. Aún me costaba decirlo sin pensar.
Cuando se incorporó, me miró un segundo de más.
Había en su cara algo que no era miedo, ni tristeza, ni siquiera nostalgia. Era una pregunta silenciosa.
—Aún estás a tiempo de quedarte en Viena —dijo, sin dramatismo.
Lo dijo sin mirarme primero. Como si de verdad considerara la posibilidad de que yo diera media vuelta. Lo decía en serio. Esa era la parte difícil.
Me reí, más por alivio que por humor.
—¿Y dejarte allí solo, con una casa vacía y el Adriático de compañía? —negué—. No. Acabarías todavía más serio.
Sus labios se curvaron apenas.
—Sería un desastre —admitió.
Cogió las maletas otra vez, una en cada mano. Cuando el revisor empezó a cerrar puertas a lo largo del tren, me hizo un gesto breve con la cabeza.
—Vamos.
Y esta vez no supe si hablaba del tren… o de algo más.
Subimos al vagón con el resto. El pasillo era estrecho, olía a carbón, a ropa vieja.
Algunas puertas de compartimento estaban ya ocupadas por caras cansadas, otras permanecían cerradas, a la espera.
Encontramos una abierta, vacía, a la mitad del vagón.
Dejó las maletas en la rejilla con un movimiento práctico: uno, luego otro, bien encajados.
Yo me senté junto a la ventana, necesitando ver cómo se alejaba Viena para creerme que de verdad nos íbamos.
Él se acomodó enfrente. La distancia entre nosotros era cómoda por fin. Medio metro entre los dos. El último lujo.
Sentí que la respiración se me acomodaba en el pecho. Saqué el libro del bolso, lo abrí en cualquier página. No estaba en condiciones de entender una sola frase, pero tenerlo entre las manos me daba algo que hacer con los dedos.
El tren lanzó un resoplido largo mientras un silbato sonaba en el andén. Por la ventanilla vi a un hombre levantar el brazo, dar la señal, y un tirón leve recorrió el vagón. Viena empezó a deslizarse hacia atrás.
Giorg, frente a mí, se inclinó un poco para mirar por la ventana de su lado.
No dijo nada. Yo tampoco. El mundo se redujo, durante unos segundos, al vaivén suave del vagón, y al conocimiento de que, pasados esos primeros metros, ya no habría marcha atrás.
Sólo entonces, tuve la sensación clara de que el viaje no era sólo de ciudad a ciudad.
Pasados esos primeros metros, ya no era Viena lo que quedaba atrás.
Miré por la ventana. Conté chimeneas. Pero las horas fueron quitando cualquier ilusión de viaje ligero.
El vagón se fue llenando y vaciando de gente cansada.
En una estación intermedia, subieron dos soldados, en otra, un hombre de civil revisó billetes y documentos con una corrección distante que, precisamente por su falta de entusiasmo, resultaba más inquietante.
El uniforme de Giorg hacía que las miradas pasaran de largo rápido, pero no las quitaba de encima.
Viajaba de uniforme, claro. En estos tiempos, un oficial que va de paisano en un tren es alguien que tiene que dar demasiadas explicaciones.
Después de la segunda parada ya no hablábamos casi.
Habíamos compartido un café aguado en un vaso de hojalata y un par de comentarios sobre el paisaje que se repetía.
El traqueteo y la luz gris acabaron por cerrar el compartimento sobre nosotros, hasta que el mundo exterior se redujo a la presencia silenciosa de Giorg frente a mí.
Giorg estaba frente a mí, junto a la ventana, con el cuerpo en esa postura suya de trabajo que reconocía incluso a oscuras: ligeramente inclinado hacia adelante, los codos apoyados en los muslos, los papeles sujetos por las manos como si fueran más frágiles de lo que realmente eran.
Llevaba la chaqueta doblada a su lado, la camisa blanca impecable, el nudo de la corbata exactamente donde debía estar.
Demasiado exacto.
Yo fingía leer un libro, las manos sobre el regazo, la espalda bien pegada al asiento. Mira hacia fuera, me decía. A los árboles, al cielo. A cualquier cosa que no sea él.
La luz de la tarde entraba por la ventana, cortándole el rostro en dos, la mitad más cercana al cristal, suavizada por el gris del cielo, la otra, más sombría, marcada por la tensión de la mandíbula.
Los ojos seguían una línea de texto, luego otra, luego otra.
Fruncía levemente el ceño cuando algo no le gustaba.
A veces, el pulgar se detenía en una frase, presionando el papel con intención de borrarla.