Orden y fuego Capítulo 20 #4
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Capítulo 20 #4

Volví a besarlo, esta vez con más intención, recorriéndole la mandíbula, el cuello, ese punto bajo la oreja donde siempre se le alteraba la respiración. Sus manos se cerraron sobre mi cintura con más firmeza, siguiéndome sin querer imponer nada.

No hacía falta decir gracias. Estaba en cada gesto, en cómo me inclinaba hacia él, en cómo lo buscaba, en la manera en que él, por una vez, se dejaba llevar sin resistirse. No hizo falta.

—Mírame —le pedí cuando noté que iba a cerrar los ojos.

Lo hizo.

—Lo que has hecho hoy es… lo mejor que he visto hacer a ese uniforme.

La frase le golpeó. Lo vi en cómo se le ablandó la expresión, en ese silencio repentino que no necesitaba explicación. Me abracé a él, se aferró a mí.

Después nos quedamos un rato enredados, respirando despacio, hasta dejarnos caer de lado. Mi pierna sobre la suya, su brazo bajo mi cuello, la casa entera reducida a ese trozo de cama.

—No sé si he merecido esto —murmuró, al rato, con la voz aún ronca.

Le di un pequeño golpe suave en el pecho.

—Has merecido esto y más —respondí—. Yo diría que el cielo ya te debe una.

Sonrió, en la penumbra.

—No soy un héroe, Anna —dijo.

—Tampoco buscaba uno —repuse—. Buscaba un hombre capaz de mover un sello en la dirección correcta. Y de hacer lo que acabas de hacer conmigo. Me ha tocado el premio gordo. Su risa vibró bajo mi mejilla.

—Si los de arriba supieran que utilizas así sus términos… —murmuró— me quitarían todos los permisos.

—Entonces tendremos que seguir haciéndolo a escondidas. —Bostecé.

Nos quedamos en silencio. Sentía sus dedos dibujando círculos lentos en mi espalda, contando silencios.

Creí que, después de un rato así, se dormiría. Pero los círculos se fueron haciendo más pequeños, hasta detenerse del todo. Su mano quedó quieta en mitad de mi espalda, abierta.

El aire se enfrió entre nosotros.

Durante un rato nos quedamos en silencio.

Yo apoyada en su pecho, él ojos fijos en el techo, siguiendo algo que yo no veía. Sentí cómo los músculos bajo mi mejilla no terminaban de aflojarse.

—¿Qué pasa? —pregunté al final.

No respondió enseguida.

Esperé. No dije nada. Solo dejé la mano abierta sobre su pecho, notando cómo el aire entraba y salía, cada vez un poco más irregular.

—Hoy he visto a tu hermano sentado en esa mesa —murmuró—. Vivo. Tranquilo. Pensando en partidos y recortes de periódico.

La última palabra le salió más baja.

—Y mientras hablábamos —continuó—, yo solo podía pensar en otra mesa. En otro día. En otra… —se le perdió la frase un segundo— persona a la que también le prometieron que todo estaba controlado.

Sus ojos volvieron al techo.

—Era una cría. Se reía cuando yo estaba convencido de que el mundo se iba a caer si fallaba una nota.

La palabra «tenía» se quedó flotando entre los dos. No dijo «mi hermana», pero el hueco era el de ella.

Se me hizo un nudo en la garganta, distinto al de hacía un rato. Deslicé la mano desde su costado hasta el centro del pecho y la dejé ahí, cubriendo ese hueco.

—Y ahora —susurré— tienes miedo de que, si te equivocas conmigo, vuelva a caerse el mundo.

Cerró los ojos un momento, como si le pesaran.

—Creo… —hizo una pausa larga— que, si me rompo aquí, contigo, no voy a saber recomponerme para lo demás —admitió—. Y hay demasiadas cosas sujetas con alfileres como para que me permita ese lujo.

Lo dijo en voz baja. Y eso fue lo que más dolió.

Lo miré en silencio. No encontré ninguna frase perfecta. Así que me quedé con lo único que se me ocurrió, muy despacio, sin chiste:

—Giorg… —susurré— un poco ya te has roto.

Incliné la barbilla hacia la almohada, donde quedaba marcado el rastro húmedo de una lágrima que no era mía. Él siguió la dirección de mi gesto. No dijo nada, pero algo en la línea de su boca se aflojó.

—No quiero que tengas que aguantar eso —murmuró—. Mis pedazos.

—Ya estoy aquí —respondí—. No como enfermera ni como salvavidas. Como tu mujer. Si te vas a romper en algún sitio, prefiero que sea conmigo y no solo, mirando un techo cualquiera.

Se hizo otro silencio, más denso, pero distinto. Su mano volvió a moverse en mi espalda, sin calcular ritmos.

—No prometo nada —susurró, cansado.

—Yo tampoco —contesté—. Pero te aviso, pienso seguir encendiendo luces, abriendo ventanas y volviendo a meterme en tu cama. Si te tensas, te lo diré. Y si te rompes… ya veremos los dos qué hacemos con los trozos.

Lo oí soltar una especie de risa pequeña, gastada, que no llegó a ser risa del todo, pero tampoco era solo un suspiro.

—Pequeña imprudente —murmuró.

—Cabezota —respondí, apoyando otra vez la frente en la suya.

Sus dedos dejaron de dibujar cuentas invisibles sobre mi espalda y, simplemente, me abrazó. Sin medir, sin marcar el ritmo, sin ajustar nada. Solo su latido fuerte bajo mi oído, un poco desordenado.

No me habló de nombres, ni de fechas, ni de cómo se había roto esa «criatura demasiado parecida a mí». Pero esa noche su dolor se metió en la cama con nosotros. Y yo tampoco lo eché.

Uniformes no todos salvan. Este salvó dos vidas esta noche.

Los días pasaron veloces. El piso empezó a oler a despedida mucho antes de que cerráramos la puerta.

No era un olor concreto, sino la mezcla de todo, polvo, almidón y el cuero viejo de las maletas.

Mi propia maleta, más pequeña, parecía ridícula al lado del montón de cosas que queríamos llevar.

Hicimos tres montones, lo que iba a Trieste, lo que se quedaba en Viena «por si volvemos» y lo que no sabíamos ni dónde iba.

En la silla había una pila de libros, sobre la cómoda, frascos de perfume y jabones envueltos a mi modo, al fin y al cabo eran míos.

Doblé una blusa, la puse en el montón de Trieste, la pasé al de Viena, volví a dudar.

Sentí a Giorg en el marco de la puerta antes de verlo.

Se quedó ahí, callado, mirando el desastre.

Con esa cara suya que no sé si es paciencia o está contando hasta diez.

—No nos vamos tan lejos —dijo al fin—. Si se te olvida algo, ya lo mandarán.

Pensé en lo que significaba una mudanza y preferí no contestar. Le pregunté qué llevaría él si estuviera en mi lugar.

Señaló sin dudar el vestido verde de botones pequeños en la espalda. No sé por qué me sorprendió que se acordara. Lo doblé mejor que los demás y lo metí en la maleta de Trieste.

Apartó su chaqueta. La que no era del uniforme. La dejó sobre la silla, sin decir nada.

—Nuestro armario es un lío —dije—. Parece que unos se van y otros se quedan ahí abandonados.

Me miró un segundo… y se rio. Bajito. Pero de verdad.

Luego cogió una de sus camisas antiguas. La marrón. La que siempre le digo que parece prestada. La sostuvo delante de sí, estirada entre las manos.

—¿Esta también viene? —preguntó, muy serio.

La agitó un poco.

—Podría causar impacto en Trieste.

Yo lo miré sin saber si hablaba en serio. La dejó caer otra vez sobre la pila.

—No digas nada.

Me giré despacio. Sonreía… pero distinto. No creía que fuera capaz de bromear así. Increíble.

—No sabía que hacías bromas.

—¿Ah, no?

—No así.

Se encogió un poco de hombros, como si tampoco supiera muy bien qué estaba haciendo. Seguimos doblando. Él señalaba un sombrero absurdo. Yo lo acusaba de sentimental con un jersey feo. La risa nos salía fácil, casi torpe. Era raro. Pero estaba bien.

Cuando cerré la última maleta, me agaché para empujarla bajo la cama. No debí hacerlo. Sentí sus manos en mi cintura antes de entender qué pasaba.

—Giorg —alcancé a decir, medio riendo.

Demasiado tarde.

Me levantó con una facilidad ofensiva. Yo diciendo que no, pero riéndome.

Me dejó caer sobre la cama, encima de toda la ropa doblada.

Las camisas se desordenaron en abanico. Una pila de pañuelos voló al suelo.

El vestido verde quedó atrapado bajo mi espalda.

Me quedé mirándolo, boca abierta, entre escandalizada y fascinada.

—¿Te has vuelto completamente loco? —susurré, mirando el desastre.

Si lo viera su padre tirándome sobre las camisas recién planchadas.

Él se inclinó sobre mí, riendo todavía. Era una risa limpia. Otra cosa. Más joven.

—Control de calidad —dijo.

Intenté incorporarme, pero me sujetó por los hombros y me hundió un poco más entre la ropa.

Fue un pequeño revolcón absurdo entre camisas almidonadas y medias mal dobladas.

Mis piernas enredándose con las suyas. Su risa contra mi cuello.

Mi protesta convertida en carcajada. Y mientras trataba de rescatar el vestido verde de debajo de mi espalda, tuve un pensamiento casi alucinado: si alguien me lo hubiera contado, no me lo creería. Pensé: imposible sin certificado.

Despeinado. Con una arruga cruzándole la camisa.

Con esa luz rara en los ojos que solo aparece cuando se olvida, por un momento, de controlarlo todo.

Se quedó un segundo mirándome, todavía con la respiración alta.

Ya no tenso. Al final me ayudó a incorporarme.

Empezamos a recoger el desastre entre risas todavía sueltas, recolocando camisas que ya no estaban tan rectas.

Yo alisé el vestido verde con una seriedad exagerada.

Él volvió a doblar una manga, esta vez un poco menos exacta.

Y no dijimos nada. Pero mientras doblaba, pensé que de todas las imágenes que me llevaba de Viena, esta era una de las que más me importaba, Giorg desordenado.

Riendo. Mío. Giorg rompiendo su propio orden solo para hacerme reír.

El que me tira sobre camisas planchadas y no se arrepiente.