Orden y fuego Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

—Los partidos se siguen jugando en todas partes —dijo Hans—. Aunque sea en campos llenos de barro y con botas remendadas, siempre habrá algún loco dándole patadas a un balón. Y periódicos… —Torció la boca—. Si no me quieren allí, ya me las arreglaré para contar goles en otro idioma.

Magdalena miró al resto, a mi padre, a mí, a Giorg.

—No quiero que os metáis en problemas por nuestra culpa —dijo.

—Si ya estuviéramos en problemas, no estaríamos aquí tomando sopa —respondió mi padre—. Esto, por una vez, es medicina preventiva.

Giorg se acercó un poco.

—Los papeles son correctos —dijo, serio—.

Nadie os está haciendo un favor en ellos.

Todo es «razonable», familia, invitación, recursos.

Si alguien os detiene, enseñadlos sin temblar.

La mitad de estos permisos se sostienen solo porque quienes los llevan parecen convencidos de que no están haciendo nada malo.

Magdalena apretó el sobre entre los dedos.

—No estamos haciendo nada malo —dijo—. Solo intentar seguir vivos.

—Precisamente —asintió él.

Hans la rodeó con un brazo.

—Nos vamos a España, Magda —susurró, casi en su oído—. Al sol. A gritar goles con las ventanas abiertas. A que tus hijos aprendan a decir «fuera de juego» antes que «reubicación».

Ella soltó una risa ahogada que se transformó en una lágrima. Se la secó con el dorso de la mano.

—No sé decir «gracias» en alemán sin que parezca demasiado pequeño —admitió, mirando a mi familia y a Giorg.

Los días siguientes tuvieron otro ritmo, un partido que sabes que es el último.

Hubo maletas abiertas en el piso de Hans y Magdalena, pilas de ropa clasificadas con criterios que cambiaban cada tarde: «abrigo», «papeles», «cosas que nos recuerdan que existía otra vida».

Mi madre desempolvó direcciones, cartas viejas de la familia española, nombres de tías y primos que de pronto se volvían cruciales.

Una tarde encontré a Hans sentado en el suelo del salón, rodeado de periódicos.

—Estoy recortando mis crónicas favoritas —explicó—. Para cuando tenga que convencer a alguien en España de que sé de lo que hablo cuando digo que un delantero es bueno. Allí no les va a impresionar que haya narrado partidos en Viena. Como mucho, se reirán de mi acento.

—Te bastará abrir la boca cinco minutos —dije—. Contra eso no tienen defensa.

Sonrió, pero tenía los ojos húmedos.

—Me preocupa —dijo— que un día mis hijos me pregunten qué pasó con los que se quedaron… y yo no sepa qué responderles sin mentir.

—Entonces les dirás la verdad que tengas —respondí—. Que hiciste lo único que podías para que ellos estuvieran vivos para hacer preguntas. Lo demás… ya lo iréis llenando juntos.

El último día, fuimos todos a la estación.

El andén estaba lleno de gente. Todos con prisas contenidas. Todos caminaban como si fuera un viaje cualquiera.

Hans llevaba una maleta grande en cada mano y una más pequeña colgada del hombro. Magdalena tenía un bolso, un abrigo demasiado fino para lo que dejaba atrás y el sobre con los papeles guardado en el interior del vestido, a la altura del corazón.

Mis padres se turnaron en las recomendaciones prácticas, escribe, no digas demasiado dónde trabajas, cuida de ella, mientras yo solo acerté a pedirle, casi como cuando éramos niños, que me contara cómo eran los estadios al otro lado del mapa. Magdalena me abrazó con fuerza.

—Cuando tengas noticias de Poznań… —empezó.

—Te las haré llegar —prometí—. Aunque tenga que gritarlas desde el Adriático.

Giorg estaba un poco apartado. No era frialdad, era costumbre de no llamar la atención más de lo necesario. Pero cuando Hans se volvió hacia él, se acercó sin dudar.

—No sé qué decirte —admitió mi hermano.

—No digas nada —replicó Giorg—. No escribas sobre mí. No nombres esta conversación a nadie que pueda tener uniforme.

—Eso está hecho —Hans sonrió—. Lo que no prometo es no inventarme un capitán anónimo, muy serio, que un día decidió que dos personas no tenían por qué desaparecer en un expediente.

—Mientras siga siendo anónimo, puedes hacer lo que quieras con él —concedió Giorg.

Se estrecharon la mano, formal. Luego, Hans tiró de él y lo abrazó otra vez, rápido, como en el despacho. Magdalena, a su lado, inclinó la cabeza en un gesto de respeto silencioso.

—Buena suerte —dijo Giorg.

—La vamos a necesitar todos —respondió Hans.

El silbato del tren cortó el aire.

Subieron. Encontraron sitio junto a una ventana. Desde el andén, los vimos acomodarse: maletas arriba, abrigos en el regazo. Hans pegó la frente al cristal un segundo y nos miró queriendo memorizar la escena entera.

—¡Acuérdate de que ahora eres la mujer de un capitán! —gritó, cuando el tren empezó a moverse.

—¡No te lo aseguro, cuando nos veamos seguiré siendo la misma! —le grité de vuelta.

El tren se fue deslizando, primero despacio, luego más rápido. Magdalena levantó la mano, el sobre bajo el vestido, Poznań detrás, España delante. Hans mantuvo la suya en alto hasta que dejaron de vernos.

Cuando el último vagón desapareció, el andén pareció de repente demasiado grande.

Nos quedamos en silencio unos segundos.

—¿Crees que llegarán? —pregunté en voz baja, a nadie en particular.

—Si han pasado el primer sello, el resto depende de que nadie tenga un mal día en su ventanilla —dijo mi padre.

Giorg no habló. Se limitó a mirarme de lado, con esa mezcla de dureza y ternura que estaba aprendiendo a descifrar.

—Han tenido tu ayuda —añadí, mirándolo.

—Han tenido suerte —corrigió.

—Y tú estabas en esa suerte —insistí.

Esta vez, la ceja no se alzó. Sólo la comisura de su boca.

—Tal vez.

De camino a casa, mientras el tranvía rechinaba por las calles de Viena, pensé en Hans y Magdalena, cruzando fronteras con el miedo en los bolsillos y los papeles en regla. Pensé también en nosotros, esperando Trieste.

La guerra seguía repartiendo destinos a su antojo. Pero aquel día, por lo menos, habíamos ganado un margen mínimo.

Volvimos a casa casi en silencio. Giorg abrió la puerta con su llave. La casa nos recibió como siempre: el mismo abrigo en el perchero, el mismo reloj, el mismo olor a café viejo y jabón.

Me acerqué sin preguntar más. Empecé a desabotonarle la camisa, uno por uno, hasta aflojarle la camisa.

—Has salvado a dos personas hoy —susurré contra su clavícula—. No me digas que ha sido solo suerte.

No contestó. Pero dejó caer los hombros, como si por fin aceptara el peso y el alivio a la vez.

Se pasó una mano por el pelo, cansado.

—¿Crees que llegarán?

—Creo que hoy hemos hecho todo lo que se podía hacer desde este lado del papel —dijo—. Lo demás ya no está en mis manos.

Tenía razón. Y, sin embargo, quería desesperadamente agarrar algo, aunque fuera de él. Me acerqué. No dije nada. Sólo alargué los brazos al cuello de su camisa y continué a desabotonarla, uno por uno. No era un gesto nuevo. Lo nuevo era lo que significaba. Él bajó la mirada hacia mis manos.

—Anna… —empezó.

—Hoy he visto a mi hermano marcharse porque tú moviste un mundo que odias —susurré—. No me digas que ha sido «suerte». No hoy.

Se quedó quieto. Dejó que mis dedos siguieran su camino por los botones. La tela cedió, dejando ver la piel, la marca blanca de los tirantes, un cansancio que no era sólo físico.

—No lo he hecho por el régimen —murmuró.

—Lo sé —solté la última costura—. Lo has hecho a pesar de él.

Echó el aire despacio, como si hubiera estado conteniéndolo todo el día.

—Estoy… —buscó la palabra— vacío.

—Yo no —repliqué.

Deslicé la camisa por sus hombros, la dejé caer sobre la silla. Su cuerpo, sin la tela, parecía más vulnerable que nunca. No tanto por las cicatrices o por los músculos tensos, sino porque ya no había nada entre él y mis manos.

Le tomé de la mano.

—Ven —dije.

Esta vez fui yo quien lo llevó al dormitorio. Las cortinas estaban corridas, la luz era suave, más amable que la de la estación. Cerré la puerta. Me giré hacia él.

No había hambre furiosa en su mirada, como otras noches. Había algo más hondo, no había deseo. Sólo cansancio.

Me acerqué despacio, hasta que nuestros cuerpos se tocaron. Sentí el calor de su piel, el latido irregular en su cuello. Le rodeé con los brazos, la mejilla en su hombro desnudo.

—Has salvado a dos personas hoy —le susurré contra la clavícula—. No es poca cosa.

—No sé cuántas no estoy salvando al mismo tiempo —respondió, ronco.

—No eres Dios. —Apreté más—. Eres mi marido. Y el hombre que ha conseguido que mi hermano y Magdalena tengan una oportunidad. Y eso, para mí, es… —Me detuve, tragando— es enorme.

Noté cómo se aflojaba. No el cuerpo. Algo más adentro.

Me separé lo justo para mirarlo a los ojos.

—Déjame darte algo yo ahora —pedí.

No esperé respuesta. Empecé por quitarme el vestido. No había prisa. El vestido resbaló por mi cuerpo hasta el suelo. Me quedé en ropa interior, descalza, frente a él.

Su mirada me recorrió lenta, como si necesitara recordarse que esto también era parte de su vida. Bajó la mano y rozó con los dedos el borde del tirante de mi camisón.

—No tienes que… —empezó.

—Lo sé —lo interrumpí—. No «tengo» que nada. Quiero.

Le tomé la mano y la llevé a mi cintura, apretándola allí.

—No quiero que de hoy solo recuerdes papeles y estación —dije—. Quiero que pienses también en esto. En mí aquí contigo, eligiéndote.

Lo vi encenderse, despacio. Se inclinó y me besó. Al principio fue un beso suave, contenido, pero enseguida se hizo más hondo. Sus manos subieron por mi espalda, logrando eliminar la tensión del día.

Lo empujé con suavidad hacia la cama, sin apartarme de él. Caímos sobre las sábanas y me quedé encima, queriendo ser yo quien sostuviera, quien marcara el ritmo aquella noche. Apoyé las manos en su pecho desnudo y noté el corazón latiéndole con fuerza bajo la palma.

—Relájate —le pedí en voz baja—. Por una vez, no pienses. Solo siente.

Una esquina de su boca se alzó.

—Es difícil, con una mujer encima dándome órdenes —murmuró.

—Te encanta.