Capítulo 20 #2
La mirada de Giorg se clavó un segundo en la mía. Yo vi en sus ojos cosas que no llegaría a entender del todo hasta mucho después, miedo, responsabilidad.
—Hablamos luego —dijo.
Lo dijo en plural, pero la frase llevaba el peso de un «yo veré qué puedo hacer».
La conversación cambió de tema porque mi madre lo ordenó con eficacia.
Se habló de cosas más pequeñas, más manejables.
De una receta nueva. De una vecina. Hans hizo un comentario sobre un portero que paraba balones sin despeinarse.
Magdalena se obligó a reírse. Mi padre contó una anécdota de la consulta. La mesa fingió normalidad.
Pero la palabra «España» se había quedado flotando entre nosotros, junto a «Poznań», «reubicados» y «prioridad». Y yo supe que aquella cena era el principio de otra cosa, no solo para mí y para Giorg, sino para Hans y Magdalena.
Mucho después entendí lo que realmente estaba pasando en aquella mesa.
Después del café, todo se volvió más pequeño.
Los hombres se refugiaron en el salón, con la excusa del tabaco y las noticias atrasadas, mi madre arrastró a Magdalena a la cocina «a ayudar con los platos» y, de paso, a darle una tregua con conversación normal.
Yo vagué un momento por el pasillo, recogiendo tazas, intentando no escuchar demasiado detrás de ninguna puerta.
—Anna. —La voz de Hans me llamó desde el despacho de mi padre.
Asomé la cabeza. Él estaba de pie, junto a la ventana, con un cigarrillo sin encender en la mano, olvidado. Giorg estaba sentado en la silla del paciente, con las piernas cruzadas y los codos apoyados en los brazos, postura neutra. Demasiado neutra.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Cierra, por favor —dijo Hans.
Obedecí. El cierre de la puerta sonó más fuerte de lo habitual. Me quedé cerca de la estantería, sin sentarme. Tenía la sensación de que, si me sentaba, no volvería a levantarme. Hans giró el cigarrillo entre los dedos. Sus gestos eran comedidos.
—Sé que no es el mejor momento —empezó—. Ni el mejor país. Ni la mejor década. Pero cuanto más escucho esa radio… —Ladeó la cabeza hacia la pared contigua—. Más claro lo tengo: tengo que sacar a Magdalena de aquí antes de que alguien la vea como un número.
Se hizo un silencio pesado.
—No quiero dramatizar —añadió enseguida—. Aquí no caen bombas. Pero eso no significa que estemos a salvo. Allí sí.
Desvió la vista hacia Giorg. Hans giró el cigarrillo entre los dedos y, por primera vez en mucho tiempo, habló sin bromas, de informes que él no veía, de palabras limpias para cosas sucias, del miedo a que un día alguien decidiera que Magdalena era «mano de obra útil» o «elemento poco fiable».
No quería esperar a que esa decisión dejara de ser suya.
Quería llevarla a España, a la familia de mamá, mientras todavía podían fingir que era una visita, no una huida.
Giorg sostuvo la mirada sin decir nada aún. La mandíbula se le marcó un poco más.
—Si todavía se puede hacer algo, quiero hacerlo ahora —dijo al final.
Giorg se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en las rodillas.
—Necesitaríais permiso de salida del Reich —enumeró, sin levantar la voz—. Algún tipo de visado para España. Probablemente uno francés de tránsito. Y, sobre todo, que nadie se detenga demasiado en la palabra «polaca» cuando lean el expediente.
Hans asintió, rápido.
—Exacto —dijo—. Que parezca un viaje familiar, no una huida. Que el funcionario que lea el papel piense «esposa que va a ayudar a unos parientes» y selle sin mirar.
—Lo intentaré, pero no te garantizo nada. Haré lo posible —advirtió Giorg, sin brusquedad—. Soy capitán. A veces eso ayuda. A veces complica las cosas.
Hans sonrió de lado, con esfuerzo.
—Si no pensara que algo puedes hacer, no estaría aquí encerrado en el despacho de papá hablando a puerta cerrada como si nos oyeran —replicó—. No quiero ponerte en un compromiso. Ni a ti —me miró un segundo— ni a él. Pero si me callo y luego pasa algo, no me lo perdono en la vida.
Giorg desvió la vista hacia la ventana. Del otro lado, la calle seguía con su vida mínima, una mujer con una bolsa, un niño que arrastraba un juguete.
—Puedo… —dijo al fin, eligiendo las palabras—.
Puedo ver cómo están vuestros registros.
Que el matrimonio conste bien, que ella figure como «esposa de ciudadano austríaco residente en Viena» y no como «polaca suelta».
Puedo sugerir que los papeles de salida los gestione alguien que no haga demasiadas preguntas.
Y puedo redactar un informe que suene a lo que quieren oír.
—¿Qué quieren oír? —pregunté.
—Que es mejor que las personas con vínculos en el extranjero y medios propios se marchen a otro sitio antes de empezar a dar problemas aquí —respondió, con esa mezcla de lucidez y asco que le conocía ya—. Que es más cómodo dejarlos ir que vigilarlos.
Hans lo escuchó con una atención que pocas veces reservaba para nada que no fuera un partido.
—Suena a idioma de despacho —dijo—. El que entienden los tuyos.
—Es la única lengua que puedo usar en los papeles sin que me pregunten qué demonios me pasa —admitió Giorg.
Se levantó. El despacho de mi padre se le quedó pequeño.
—No te prometo éxito —añadió—. Pero sí que nadie os mirará más de lo necesario. A veces, ésa es la única protección posible.
El día que llegó el sobre con el sello que esperábamos, yo estaba doblando ropa en el salón de mis padres.
No era nada solemne, camisas, medias, un mantel.
La radio murmuraba algo inofensivo, un vals.
Mi madre planchaba en la otra punta de la habitación, con esa concentración de quien lleva toda la vida peleándose con arrugas más tercas que las personas.
Locutor pausó en «Poznań». Llamaron a la puerta.
—Abre tú, por favor —dijo mi madre, sin levantar la vista.
Fui al pasillo, me limpié las manos en el delantal por costumbre y abrí. Era el cartero.
—Señora Bauer —dijo, con un asentimiento—. Carta certificada para el doctor o para el capitán, cualquiera de los dos.
El sobre era más grueso de lo normal. Blanco, oficial, con un sello que reconocí, aunque no quisiera, águila, bandera, todo en su sitio.
Firmé, cerré la puerta. De vuelta al salón, el sobre me quemaba las manos.
Las dos supimos enseguida de qué se trataba.
Nadie recibía sobres certificados del Ministerio «porque sí», y menos con esa rapidez.
—Ve al despacho de tu padre —dijo ella, apagando la plancha—. Están allí.
Llamé con los nudillos por pura cortesía y entré sin esperar respuesta. Mi padre estaba sentado en su silla de siempre, las gafas algo más bajas de lo habitual. Tensó labios. Giorg, en la del paciente, medio girado hacia la ventana. Hans se paseaba de un lado a otro.
—Ha llegado —dije, levantando el sobre.
Los tres se volvieron a la vez. Se lo entregué a Giorg.
Lo abrió sin teatro, con la calma de quien ha abierto demasiados papeles importantes.
La hoja salió con un sonido limpio. El sello destacaba en la esquina superior, rojo oscuro.
Miró la primera línea, luego otra. No se le movió un músculo. Hans no aguantó.
—¿Y bien? —preguntó, con la voz un poco más tensa.
Giorg siguió leyendo hasta el final, como si necesitara comprobarlo dos veces. Luego dobló el papel despacio, lo guardó de nuevo en el sobre y lo dejó sobre la mesa.
—Autorizado —dijo—, permiso de salida concedido. Aquí tenéis un Fremdenpass con el sello de la Comandancia y los visados de tránsito. Cruzaréis Italia y la Francia ocupada bajo protección militar, y el visado de entrada en España ha sido aceptado según la invitación familiar adjunta.
Hans parpadeó, mirando los documentos.
—¿Eso significa…? —empezó, incapaz de formular la pregunta. No hizo falta.
—Significa que, si salís en la fecha que marcan y no os paráis a discutir con nadie, dentro de unas semanas estaréis lejos de aquí —dijo Giorg al fin—.
Un sello del Ejército alemán todavía es la llave maestra de Europa. Usadla, cruzad los Pirineos y no volváis a mirar hacia el Este.
Hans se dejó caer en la silla. Parecía que le habían quitado un peso físico de encima.
—Madre mía —susurró—. Lo has… lo hemos… —Se pasó la mano por la cara—. Magdalena no se lo va a creer.
Mi padre ajustó las gafas y cogió el sobre con cuidado.
—¿Cuándo? —preguntó.
—En diez días —respondió Giorg—. Es la fecha que he sugerido en el informe y la que han dado por buena. No conviene alargarlo.
Me lanzó una mirada de lado. Diez días. Trieste nos esperaba. Hans se levantó de un salto. Por un momento, parecía un niño que acaba de ganar un trofeo.
—Voy a contárselo —dijo—. O no, espera… —Paró en seco—. Si se lo digo así, de golpe, se va a desmayar en la cocina.
—Tráela —sugirió mi padre—. Mejor aquí, sentados.
Hans asintió y salió casi corriendo.
Quedamos los tres, mi padre, Giorg y yo.
—Gracias —dije, mirándolo.
Él se encogió un poco de hombros, incómodo.
—No es un acto heroico —murmuró—. Es un permiso firmado.
—En tiempos como estos, eso es más que la mayoría —replicó mi padre.
Giorg no contestó, pero su mano derecha, apoyada en el muslo, se cerró en un puño breve y luego se relajó. Magdalena entró con las manos todavía húmedas del fregadero. Hans la traía del brazo, demasiado sonriente.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, mirando alrededor—. ¿Ha muerto alguien y no me lo habéis dicho?
Giorg le tendió el sobre.
—Es mejor que lo leas —sugirió.
Magdalena miró el papel. Lo tomó con cuidado, lo desplegó. No leyó en voz alta, pero seguí el movimiento de sus ojos: encabezado, nombres, «Bauer Hans y esposa, Magdalena, nacida en Poznań», más abajo, «autorizados a viajar», «España».
Se le escapó un sonido mínimo.
—¿España? —susurró—. ¿De verdad?
Hans asintió, con una sonrisa nerviosa.
Ella levantó la vista.
—¿Y tu trabajo? —preguntó—. ¿Y tu periódico? ¿Y tus partidos?