Orden y fuego Capítulo 20
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Capítulo 20

En casa de mis padres, los domingos olían a sopa, a café y a radio. La guerra, de momento, entraba por el altavoz del salón, no por la puerta. Bastaba girar el botón a la izquierda para creer que el mundo obedecía.

Aquel día, además, olía a algo nuevo, a colonia masculina demasiado fuerte y a tabaco caro. Hans había llegado antes que nosotros.

—¡Ahí está mi hermana favorita! —gritó desde el pasillo, en tono de retransmisión.

Era imposible que mi hermano hiciera algo en voz baja. Periodista deportivo de vocación y de oficio, hablaba con micrófono imaginario. Se abalanzó sobre mí, me besó las dos mejillas con exageración y luego se apartó un paso para mirarme de arriba abajo.

—Mírate —dijo mi hermano, con una sonrisa suave—. Señora del capitán… y para mí sigues siendo la misma.

Se acercó un poco y me pasó la mano por el brazo.

—No sabes cuánto me alegro de tenerte aquí —añadió.

—Yo también —dije—. Mucho más de lo que parece.

Detrás de él, Magdalena sonrió.

Magdalena entraba sin ruido, y aun así se notaba. Era más alta que yo y mucho más delgada. A su lado yo siempre me sentía un poco torpe, con los brazos fuera de lugar. Se movía con calma contenida, acostumbrada a las miradas sin buscarlas.

Hablaba alemán mejor que casi todos, el acento le suavizaba las palabras. De pronto, se le escapaba una palabra en polaco, pequeña y rápida.

—Anna —dijo, abriendo los brazos.

Nos abrazamos con una familiaridad que todavía me sorprendía. No hacía tanto que estaba en nuestras vidas, pero había algo en su manera de mirarte que te hacía sentir vista desde hace años.

—¿Qué tal Poznań? —pregunté, automática, y luego me mordí la lengua.

Hacía meses que ninguna de sus frases empezaba con «en Poznań…».

—Lejos —respondió, sin perder la sonrisa. Hoy no he recibido carta. Así que supongo que todos siguen vivos.

Lo dijo como quien recita la previsión del tiempo.

Mi madre apareció desde la cocina, secándose las manos en el delantal, con orgullo y preocupación en la cara.

—Pasad, pasad —dijo—. La sopa se enfría y los noticiarios no arreglan el apetito de nadie.

El comedor era pequeño para tantos, pero nos apañábamos.

Mi padre presidía la mesa con la dignidad de quien ha visto demasiadas fiebres para impresionarse ya por los titulares.

El aparato de radio estaba en una cómoda lateral, discretamente cubierto con un pañito de ganchillo que mi madre le había puesto.

Giorg ya estaba sentado, recto, con la copa de vino en la mano.

Se había quitado la chaqueta, en camisa, parecía un poco menos capitán y un poco más el hombre que dos noches antes me había sujetado contra una estantería de vino como si el mundo se fuera a acabar allí mismo.

Me miró al entrar y, durante un segundo, se le aflojaron los hombros.

Ese milímetro de relajación era su manera de decir «hola» cuando había gente delante.

—Hans —dijo, levantándose lo justo para estrecharle la mano.

—saludó mi hermano, con una sonrisa un poco nerviosa—. Ha sido valiente llevándose a mi hermana.

—El valor lo tiene ella —respondió Giorg—. Yo solo he tenido la suerte de que quisiera venir conmigo.

—Aunque, con todo lo que llevo encima… por lo menos general podrían hacerme —murmuró.

Hans rio. Magdalena le lanzó una mirada rápida, una de esas miradas que contienen toda una conversación en su idioma natal.

Nos sentamos.

La radio murmuraba de fondo una música ligera, una orquesta que hacía lo posible por sonar alegre. Mi madre la había dejado encendida «para hacer compañía», mi padre la toleraba porque, de vez en cuando, daban la hora y así no se le enfriaban demasiado pronto los pacientes de la tarde.

—Sube un poco, Anna —pidió Hans, antes de que mi madre levantara la sopera—. Creo que hoy dan los resultados del partido de ayer.

—¿No lo sabes ya? —pregunté, acercándome al aparato—. Pensé que te los mandaban grabados a casa.

—Una cosa es cubrir el partido y otra oír cómo lo cuenta otro —dijo, con media sonrisa—. Quiero escuchar qué dicen mis colegas.

Giré el botón.

El locutor se lanzó a su letanía de siempre, goles, «espíritu de lucha», defensas «sólidos como la patria», porteros «vigilantes como centinelas de nuestras fronteras».

Hans, en sordina, lo imitaba con muecas y frases a medias, apuntando mentalmente chistes para una crónica que nunca escribiría.

Alcancé a oírle murmurar algo sobre penaltis lanzados por ministros antes de que mi padre carraspeara y la radio cambiara de tono.

Mi padre carraspeó, pero se le escapaba una sonrisa.

Después de los resultados, llegó la parte seria.

La voz cambió ligeramente de tono. «Boletín de noticias.

Las operaciones de reorganización en los territorios del este prosiguen según lo previsto.

En el Warthegau, elementos polacos han sido reubicados para su mejor aprovechamiento laboral.

Las autoridades informan de que la situación en Poznań y… ».

Poznań. La palabra cayó en la mesa como una piedra invisible.

Magdalena dejó de mover la cuchara. No hizo ningún gesto dramático, solo se quedó quieta, con la mano en el aire. Los ojos se le fijaron en un punto indeterminado más allá del mantel.

Nadie dijo nada.

Yo sentí cómo, al otro lado de la mesa, Giorg se tensaba. No lo miré, pero lo noté, esa especie de contracción silenciosa, empezando en la mandíbula y bajando por el cuello. La ceja se le levantó un milímetro. No hacia mí. Hacia la palabra «reubicados».

Hans bajó la vista al plato. El chiste se le había evaporado. Su mano izquierda buscó a ciegas bajo la mesa hasta encontrar la de Magdalena. Ella se la dejó coger, pero siguió sin moverse.

—Las medidas adoptadas garantizan el orden en la región y el correcto funcionamiento de la economía… —seguía el locutor.

Mi madre carraspeó.

—Apaga eso, por favor —dijo, con voz más alta de lo habitual.

Giré el botón. El mundo volvió a encogerse al tamaño de nuestra mesa. El silencio, sin la radio, fue brutal.

Mi padre se aclaró la garganta.

—Come mientras está caliente, Magda —dijo, suave.

Ella pestañeó y despertó, forzó una sonrisa. Se llevó la cuchara a la boca, pero yo vi cómo le temblaba apenas al pasarla cerca de los labios. Hans le apretó la mano debajo del mantel, con una fuerza que seguramente dolía. Ella no se la soltó.

Giorg dejó la copa sobre la mesa con un cuidado excesivo.

—«Reubicados» —repitió, en voz baja, casi para sí.

—No ahora —murmuró mi padre, mirándolo con una mezcla de advertencia y comprensión.

—No, claro —asintió Giorg, cortándose a sí mismo.

Durante unos minutos hablamos de cosas pequeñas.

De la sopa, del pan, de si la carne estaba tierna.

De la consulta, de un vecino que se había caído por las escaleras.

Hans se esforzó por recuperar su tono de siempre, contando una anécdota de un delantero que se había negado a saludar el saludo oficial antes del partido.

—Le han dicho que no volverá a jugar —remató—. Yo he puesto que tenía calambres, suena menos cruel.

—No sé si eso es periodismo o medicina —comentó mi padre.

Magdalena alzó por fin la vista.

—Mi hermana tiene dos hijos —dijo, sin venir a cuento—. Uno tiene seis años. El otro, cuatro. No sé si los han reubicado. No sé si… —se interrumpió—. No sé nada.

La mesa se quedó quieta.

Mi madre extendió la mano y le tocó los nudillos con los dedos.

—Mientras no sepas nada, no pienses lo peor —dijo.

Era un consejo de madre y de mujer que había visto demasiados diagnósticos para saber que el miedo adelanta síntomas.

Hans inspiró hondo antes de soltar, de golpe.

—Por eso quiero sacarte de aquí.

Todos lo miramos.

Magdalena giró la cabeza hacia él, muy despacio.

—¿Sacarme adónde? —preguntó.

Hans miró un segundo a mis padres, luego a mí, luego a Giorg. Su mirada se detuvo un instante más en él, midiendo el terreno.

—A España —dijo—. A casa de la familia de mamá. Antes de que a alguien se le ocurra que tener una mujer polaca viviendo cerca de Viena es… poco conveniente.

«España» no era un lugar en el mapa, era la infancia de mi madre, pronunciada en voz baja.

Giorg no se movió. Pero la mandíbula se le tensó un poco más.

—Hans… —empezó mi padre.

—Soy periodista, papá. Si algo se está torciendo, lo huelo antes de que lo anuncien. Y esto huele mal. Hoy es «reubicación laboral». Mañana le llamarán de otra forma. No voy a esperar a que a alguien se le ocurra que Magdalena está mejor en otro sitio.

Magdalena abrió la boca para protestar. Hans le apretó la mano.

—No digo que mañana —añadió—. Ni pasado. Pero allí tenemos familia. Gente que puede firmar papeles, escribir cartas, decir «sí, que vengan». Y está el capitán, que no es cualquiera. Aquí… —se encogió de hombros— aquí lo tienes todo más difícil.

Mis padres intercambiaron una mirada. Mi madre tenía los labios apretados. Mi padre puso su cara seria de cuando daba malas noticias.

—¿Y qué quieres que hagamos nosotros? —preguntó, al fin.

Hans miró hacia Giorg. El ambiente cambió un grado. Todos miramos a Giorg. El hombre que se sentaba en nuestra mesa, que bebía nuestro vino y escuchaba nuestras discusiones, todos sabíamos que bastaba un sello para salvar. Eso lo sabíamos, aunque nunca lo dijéramos en voz alta.

—Quiero… —Hans se aclaró la garganta— quiero preguntar si se puede hacer todo de forma… ordenada. Que no parezca una huida. Que en los papeles ponga lo que tenga que poner para que nadie mire dos veces.

Giorg no respondió enseguida. Se tomó su tiempo, bebió un sorbo de vino que no le supo a nada.

—No soy mago, Hans —dijo—. Soy capitán. Lo cual, a veces, es peor.

—Precisamente —insistió mi hermano—. Eres capitán. Sabes qué papeles se miran y cuáles no, qué sello pesa y cuál es de adorno. Si yo me invento un marcador, como mucho me echan. Si alguien se inventa un decreto, la gente desaparece. No quiero que Magdalena acabe siendo un número.

Magdalena bajó la vista al plato. Se había puesto muy pálida. Hans apretó su mano bajo la mesa, ella respondió con dedos fríos.