Capítulo 19 #2
Sólo iba a ser un segundo. Una mirada fugaz antes de entrar en el comedor. Lo sé porque más tarde lo reconstruí mil veces. Ese segundo incluía eso, una ceja que se levantaba apenas, como si algo de lo que yo acababa de decir le molestara.
No fue una ceja de burla, ni de desprecio. Fue la ceja de frontera. La del hombre que viene cargado de imágenes que no puede compartir y tropieza con una vela encendida.
Yo no lo sabía.
Lo que vi fue, te parece infantil, te parece frívolo, te parece que no entiendo nada.
La sonrisa se me heló en la cara.
—¿Qué? —pregunté—. ¿También la vela te molesta?
Él parpadeó, como si no supiera de qué hablaba.
—No he dicho nada —respondió.
—No hace falta que lo digas. Ya te lo veo.
Suspiró, hondo. Ese suspiro de alguien que ya viene agotado de otro frente y se encuentra uno nuevo en el salón.
—Estoy cansado, Anna —dijo—. No empieces.
«No empieces». Dos palabras. Un fósforo.
—¿Empiece qué? —protesté—. ¿A poner una vela y a que tu casa parezca menos cuartel? Lo siento por ser tan inapropiada.
—No he dicho eso —se pasó una mano por la cara.
—No hace falta —repetí—. Lo llevas tatuado.
La ceja volvió a subir, un milímetro más. Yo, tercamente, lo interpreté como confirmación.
—He pasado todo el día oyendo a gente hablar de personas como si fueran sacos —soltó, de golpe—. En pasillos, en despachos, como si nada. No tengo la cabeza para velas ni para bromas. Y hoy… hoy me he tenido que tragar más de una frase de esas sin abrir la boca.
Ahí estaba, un pedacito de verdad. Yo me aferré justo a lo contrario.
—Entonces quédate allí —dije—. En tus papeles. En tus informes elegantes. No sé por qué vuelves si todo lo que hay aquí te estorba.
El silencio que siguió fue de esos que dejan zumbido en las orejas.
—Eso no es justo —dijo él, despacio.
—¿Qué es justo entonces? —pregunté—. ¿Que yo te espere con la cena, con la vela, con ganas de verte, y lo único que reciba a cambio sea una ceja?
Él apretó la mandíbula. Algo le cruzó la cara que no era contra mí. Eso lo supe después. En ese momento, sólo vi rabia.
—Estoy intentando no traerte aquí dentro lo que he tenido que escuchar ahí fuera —dijo—. No quiero abrir esa puerta. No quiero que tu cabeza se llene de cosas que ni yo mismo soporto.
—Y mientras no la abras, yo sólo veré que todo lo que hago te molesta —contesté—. Que mi manera de hacer soportable este sitio te resulta una molestia.
Algo se quebró en su postura. Muy poco, pero suficiente.
—No me molestas tú —dijo, con una dureza que era contra sí mismo—. Me molesta no poder protegerte de nada de lo que sé.
Era una declaración de amor pero yo la oí como un reproche.
—No me protejas tanto, ¿eh? —dije—. Que al final no te voy a reconocer.
Nos miramos un segundo largo y feo. Él, con el nudo de la corbata todavía alto, yo con el delantal ridículo que me había puesto para no manchar el vestido. La vela en la mesa parecía una broma.
—No quiero pelear —dijo, al fin.
—Pues ve a leer tus papeles —me salió—. Yo ceno sola.
Fue infantil, injusto y todo lo que se quiera. Lo sé. En ese momento me sentía menos esposa y más niña a la que acaban de regañar por pintar las paredes.
Fui a la cocina. Oí sus pasos en el salón. El tintinear de un vaso, el crujido de la silla. No vino. Yo tampoco fui. La cena se enfrió.
No sé cuánto tiempo estuvimos cada uno en su trinchera. El reloj fue marcando las horas despacio, como si disfrutara. Apagué la vela con tanta brusquedad que la cera saltó al mantel.
Cuando al fin me fui al dormitorio, lo hice sin decir buenas noches. Me lavé la cara con más fuerza de la necesaria, me puse el camisón, me metí en la cama y me giré de espaldas a la puerta. Sabía que estaba siendo ridícula. No pude parar.
Oí sus pasos al cabo de un rato. Entró despacio. Se detuvo en el umbral. Durante un segundo, pensé que volvería al salón. No lo hizo.
El colchón se hundió a su lado. Se tumbó bocarriba. Podía oler el jabón y un poco de whisky. No intentó tocarme. El silencio era una especie de armadura compartida.
—No me ha molestado la vela —dijo, al techo.
—Ya —contesté, a la pared.
—Me ha molestado llegar con la cabeza llena de… —buscó la palabra— de basura, y ver que tú esperabas algo de mí que hoy no tenía.
Cerré los ojos.
—Esperaba que te alegraras de ver esta casa —dije—. Que te apeteciera estar aquí más que en tu oficina. Es todo.
—Y me alegra —susurró—. Esta tarde lo he oído, dicho como si nada, que en Trieste vamos a ver cosas que no tendríamos que ver. Y no quiero que te toquen a ti.
Me quedé sin aire por un momento.
—¿Tanto? —pregunté, girándome un poco.
—Peor —dijo—. No quiero hablarte de eso. No hoy. No aquí.
Lo miré a través de la penumbra. Tenía los ojos abiertos, fijos en el techo.
—Podrías haber dicho eso en vez de mirar la vela como si fuera una tontería —murmuré.
—No la he mirado así —negó—. Te juro que no. He mirado lo lejos que está esa vela de lo que he leído. Eso es todo.
La rabia se me fue desinflando despacio, como un globo pinchado.
—Yo sólo vi la ceja —admití—. Y pensé, ya está, otra vez he sido demasiado. Demasiado alegre, demasiado ingenua, demasiado…
—Nunca eres demasiado —dijo, tan serio que me dio vergüenza haberlo dudado—. A veces eres lo único que hay.
Me acerqué un poco más, hasta notar el calor de su cuerpo a través de la sábana.
—Pues ayúdame a entender esa ceja… eh, tu mirada, perdón —pedí—. Porque si no, voy a seguir pensando que cada vez que la levantas es conmigo.
Se pasó la mano por la cara.
—Es con ellos —aclaró—. Con los que me ponen un papel delante y esperan que firme. Con los que hablan de vidas como si fueran muebles que hay que mover de sitio. Contigo… —Se encogió de hombros— es otra cosa.
—¿Cuál? —pregunté, desconfiando y riendo a la vez.
La sonrisa le cruzó los ojos por fin, fugaz.
—Cuando entras en una despensa de hotel y decides que la única prioridad de la noche soy yo —dijo.
Recordar la escena me calentó la piel otra vez, a pesar del nudo en el pecho.
—Pensé que te había metido en un problema —confesé.
—Me metiste en muchos —admitió—. Pero ninguno de ellos empeoró mi opinión sobre ti.
Nos quedamos mirándonos en silencio. El orgullo cedió primero. Extendí la mano. Él dudó medio segundo, luego la tomó. Tiré de él hacia mí. Cuando su cuerpo se acercó, el mío lo recibió con una naturalidad que no necesitaba disculpas.
—No sé cómo ayudarte con esos papeles —le dije, con la frente pegada a la suya—, pero sí sé cómo ayudarte a relajarte.
—Eso ya ha quedado claro —murmuró, cerca de mi boca.
El beso que siguió tuvo sabor a reconciliación y a algo más silencioso: a pacto. No era el arranque temerario de la despensa ni la primera vez torpe y emocionante. Era un «no te entiendo del todo, pero me quedo» y un «no sé explicarlo bien, pero te lo doy».
Sus manos recorrieron mi espalda como las de alguien que necesita confirmar que la casa sigue en pie. Las mías le buscaron la nuca, los hombros, los costados. No hubo prisa.
Cuando por fin se unió a mí, el cuerpo respondió antes que la cabeza. Lento, profundo. La piel no tenía preguntas.
Le seguí sin pensar. Cada vez que notaba la mandíbula tensa, le besaba la boca. Como para recordarle dónde estaba.
Un temblor, un suspiro que se me escapó pegado a su nombre. Él me siguió un instante después y escondió la cara en mi cuello.
Nos quedamos así, pegados, hasta que el corazón dejó de golpear como si quisiera escapar. Me acurruqué contra su pecho. Su mano encontró la curva de mi espalda.
—Sigo sin saber decirlo bien —confesó, medio dormido ya.
—Pues practica conmigo —susurré, pegada a su piel—.
Lo sentí sonreír.
—Cuando alce la ceja —dijo—. Pregúntame si es contigo o con ellos.
—¿Y si me dices que es conmigo? —pregunté.
—Entonces sabrás que has hecho algo muy grave —respondió—. Como no dejarme dormir en paz.
Le di un pequeño golpe con la frente. Él rio, la risa vibró bajo mi mejilla.