Orden y fuego Capítulo 19
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Capítulo 19

Me había prometido a mí misma que no iría. Que lo dejaría cumplir con su papel de capitán serio en paz, rodeado de uniformes, copas y frases vacías. Duré exactamente hasta que se hizo de noche.

Me quedé en el salón con un libro abierto sobre la falda, sabiendo perfectamente dónde estaba y cómo estaría él, recto, correcto, educado, un poco ausente, con esa mandíbula tensa que se le marcaba cuando llevaba demasiado tiempo soportando cosas que no le interesaban.

Cuanto más lo imaginaba allí, más me costaba quedarme quieta.

Al final cerré el libro y abrí el armario.

Me puse un vestido oscuro, con el escote justo, y encima el abrigo. No le dejé nota. Si todo salía bien, no la necesitaría. Y si salía mal, una nota no iba a arreglar nada.

El salón del hotel estaba exactamente como lo había imaginado: lámparas de lágrimas, humo de tabaco, sonrisas pequeñas y conversaciones que, desde lejos, parecían todas la misma.

Había alguna mujer correctamente vestida, esposa de alguien, hermana de alguien, siempre colocada al lado de alguien.

Al fondo, un piano dejaba caer una melodía ligera que apenas lograba abrirse paso entre el murmullo.

Giorg estaba de espaldas a la puerta, dentro de un grupo de tres.

Lo reconocí por la línea de los hombros.

Tenía la espalda recta, la cabeza apenas inclinada hacia quien hablaba, el vaso en la mano derecha y la izquierda fuera de mi vista.

Había algo en la tensión de su cuello que no estaba ahí cuando habíamos salido de la cama aquella mañana.

No me vio. Mejor.

Avancé sin llamar la atención. Cuando estuve lo bastante cerca para oír litoral, cifras, movimientos necesarios, supe que un minuto más y haría algo poco prudente. Así que dejé de escuchar.

Esperé el momento justo. En cuanto el grupo se abrió un poco, me acerqué por detrás, le puse la mano en el brazo y apreté.

—Me requieren urgentemente —susurré.

Se volvió con una rapidez que habría impresionado a cualquiera.

—¿Qué haces aquí?

—Preguntó en voz baja, con el mismo tono neutro con el que podría haber comentado cualquier cosa sobre la copa.

—Indisciplina. Desobediencia conyugal. Llámalo como quieras, pero ven.

Tiré de él lo bastante para que seguirme resultara más fácil que plantarse. Y me siguió.

Crucé el salón como si supiera exactamente adónde iba.

Pasé junto a las cortinas, giré hacia el pasillo lateral y crucé una puerta batiente por la que entraban y salían camareros.

El ruido cambió al cruzarla: menos música, más platos, más voces de servicio.

Nadie nos detuvo. Al fin y al cabo, nadie iba a detener a un capitán allí dentro.

—Anna… —advirtió él.

No aflojé. Un pasillo, luego otro. El aire olía a jabón barato y a comida recién hecha, a algo mucho más real que el salón. Una criada pasó con un barreño y bajó la vista al vernos, sin saber si debía saludar o fingir que no existíamos.

Empujé una puerta sin letrero.

La despensa olía a vino abierto, especias dulces y madera vieja. Las estanterías llenas hasta arriba, cajas torcidas, sacos mal cerrados. Nada pulcro. Nada pensado para impresionar a nadie. Me gustó al instante.

Cerré la puerta. El ruido del salón quedó al otro lado. Giorg se quedó mirándome en silencio, como si aún no asumiera que me había seguido hasta allí.

—Esto es una imprudencia —dijo.

No sonaba enfadado. Sonaba alterado, y eso en él era peor.

Me acerqué, apoyé la mano sobre su pecho y noté el latido más rápido de lo que se habría permitido mostrar ahí fuera.

—Llevas toda la noche demasiado correcto. Esa cara te la conozco.

—No es el lugar.

—Precisamente por eso.

Le aflojé la corbata. El nudo cedió en seguida.

—No quiero que vuelvas ahí dentro con esa mandíbula. No hoy.

Miró la puerta un segundo. Después me miró a mí, de verdad.

—Si alguien entra…

—No va a entrar.

Su espalda rozó la estantería. Las botellas tintinearon. Sus manos llegaron a mi cintura, firmes y calientes.

—Prioridad —dijo.

Y me besó, sin rodeos. Su boca cayó sobre la mía con una seguridad que me aflojó el cuerpo entero. Sentí el frío de una botella en la espalda y el calor de su mano subiendo por mi costado.

—Así me desarmas —murmuró contra mi cuello.

—Esa era la idea.

Al final fue él quien se apartó primero, justo antes de perder el control del todo.

—Cinco minutos más y vendrán a buscarme —dijo, todavía cerca.

—Entonces no tardes.

Se recolocó la corbata, se alisó la chaqueta y volvió a ponerse la expresión que el mundo esperaba de él. Lo único que no regresó a su sitio fue la mirada.

Antes de abrir la puerta, se inclinó apenas.

—Indisciplinada.

—Siempre.

Y salió.

Y aun así, pensé que si alguna mujer lo hubiera visto salir de allí con la camisa apenas desordenada y esa sombra de sonrisa que en el salón nadie le conocía, también lo habría mirado. Como yo. Porque seguía siendo él, disciplinado, peligroso, y mucho menos intocable de lo que aparentaba.

Hubo un tiempo en que no entendía sus gestos.

Más tarde, en Trieste, sabría leerle la cara como un parte meteorológico, una ceja alzada era frontera, señal de «hasta aquí llego hoy», no era ira, era la sombra del cansancio de quien obedece lo que desprecia.

Pero entonces, en Viena, todavía no lo sabía.

Veía la ceja levantada y pensaba que era juicio. O algo peor, decepción.

Por eso, cuando llegó la primera pelea en condiciones, no supe leerla. Vi su cara y pensé que era conmigo.

La mañana después me desperté dolorida por todas partes y feliz sin remedio.

Me moví en la cama y me acordé. De todo.

Del frío de las botellas en la espalda, de su mano en mi cintura, de esa palabra que me dijo como si fuera un secreto importante.

«Prioridad». Y me dieron ganas de volver a cometer la misma imprudencia.

Giorg se estaba abrochando el pantalón cuando salí del baño, con el pelo todavía húmedo y su camisa vieja puesta encima del camisón. Todavía descalza, todavía en camisa.

—Si sigues apareciendo así por los pasillos de servicio —dijo, sin volverse— un día me vas a matar del susto.

Me apoyé en el marco de la puerta, disfrutando de la vista. Desnudo la parte de arriba, la luz de la mañana le hacía menos capitán y más hombre: hombros anchos, espalda tensa, una marca roja tenue en el cuello donde yo recordaba haber apretado demasiado.

—No te oí quejarte ayer —repuse.

Se giró, abrochándose el cinturón. La sonrisa que traía no era la social, la de los saludos y los informes, era la otra, la infantil, la que le cruzaba los ojos cuando algo le parecía sencillamente increíble.

—Quejarme no —admitió—. Creo que casi pierdo la capacidad de hablar.

Se acercó, me tomó por la cintura y me arrastró un poco hacia él.

—Por cierto —añadió, bajando la voz—. Si alguna vez dudas de si me gustó: no vuelvas a hacerlo. Me ha costado volver a respirar con normalidad.

Le apoyé la frente en el pecho.

—Perfecto —murmuré—. Objetivo cumplido.

Nos reímos un poco más, como dos cómplices adolescentes que han hecho una gamberrada monumental y han salido vivos. El telegrama seguía en la mesa, pero por un rato aceptó ser solo papel. Luego la mañana empezó a tirar de él.

Alrededor del mediodía, yo estaba en la consulta de mi padre peleándome con una ficha, y él en el Ministerio peleándose con algo mucho peor.

No sé exactamente qué decía ese documento. Nunca me lo enseñó. Años después, recordaría únicamente el tono con el que pronunció la palabra «informe» ese día, y el modo en que las manos le temblaban casi imperceptiblemente al encender un cigarrillo.

Lo único que supe entonces fue esto: alguien, en un despacho, había decidido que Trieste ya no era un puerto, sino una tabla con nombres y columnas.

El papel que le pusieron a Giorg delante decía «para coordinación».

Hablaba de «reorganización de personal poco fiable».

Palabras que significan más control y gente mirando al suelo.

Al margen, sin levantar la vista, escribió una palabra que no estaba prevista: incompleto.

Lo que no supe es que, al terminar, no cerró el informe. Deslizó una hoja suelta hacia él, la dobló con una precisión y se la guardó en el bolsillo interior, como si le quemara. No fue un gesto grande. Fue rápido. De esos que se hacen sin respiración.

Más tarde entendería que aquella hoja no era «papel». Eran nombres.

A veces un nombre se salva solo porque alguien tiene las agallas de esconder su papel en el montón equivocado.

Él se quedó un buen rato con el informe abierto delante, sin tocar el café que se enfriaba al lado. Lo leyó tres veces. No porque no entendiera, sino porque no se lo quería creer. Cuando por fin lo cerró, sintió que el uniforme pesaba el doble.

Salió del Ministerio más tarde de lo habitual, con la sensación de que llevaba un secreto pegado a la piel. Un secreto que no quería acercar a nadie, y menos a mí.

Yo, mientras tanto, había decidido alegremente que esa noche necesitábamos normalidad. Nada de hoteles ni despensas. Comida caliente, manteles, algo que pareciera una vida que podríamos haber tenido en otro siglo.

Hice una cena demasiado ambiciosa para mi talento.

La cocina quedó hecha un desastre, pero los guisos olían a casa y la mesa estaba puesta.

Incluso me había permitido la frivolidad de plantar una vela en medio, como si fuéramos una pareja que no tiene a medio Reich tomando notas sobre sus movimientos.

Cuando oí la llave en la puerta, sentí esa alegría rara, nueva: la de saber que quien entra no es «el capitán» que visita, sino mi marido que vuelve.

—¿Qué tal el…? —empecé, asomando la cabeza al pasillo.

La frase se murió.

Él colgaba el abrigo, pero no como por la mañana. Los hombros parecían más rígidos, la boca más dura, la mirada todavía en algún lugar que no era nuestro suelo.

—Tarde —dijo.

—He hecho cena —anuncié, demasiado entusiasmada—. Algo comestible, te lo prometo. Incluso hay vela. Ya sé que es ridículo, pero…

Me miró.