Capítulo 18 #3
Me aferré a sus hombros, cerré los ojos y dejé que el cuerpo se apretara por dentro, que todo se recogiera hacia un punto y luego se soltara. No hubo grito ni lágrimas. Hubo un suspiro largo, profundo, que se me escapó pegado a su boca.
Él no se deshizo contra mí como otras veces, se sostuvo. Sentí su cuerpo temblar, pero de una forma extrañamente tranquila. Esa vez se permitió estar bien, sin pedir perdón.
Nos quedamos pegados un rato largo, sin movernos. El silencio del cuarto era distinto del de la cocina. Menos duro.
Me di la vuelta despacio y me acurruqué contra su pecho.
Su mano encontró mi espalda y empezó a trazar líneas lentas, sin pensar. Mi respiración se fue acompasando a la suya.
—Noche uno —dije, medio dormida.
—Noche uno —repitió él.
—Acuérdate —añadí.
—Estoy tomando notas —respondió, y lo sentí sonreír contra mi pelo.
No hacía falta papel. Sus dedos, mi piel, la forma exacta en que nuestros cuerpos encajaban en esa cama eran el único cuaderno. La primera de diez.
Y, sin embargo, había una realidad de la que no me olvidaba, María.
Quedamos en el mismo café de siempre, el de los ventanales empañados y las sillas que crujían como siempre. Afuera, Viena estaba gris y sucia, con la nieve vieja mezclada con barro y algunas banderas nuevas donde antes había anuncios de teatro. Dentro olía a café, a azúcar quemado y a lana mojada.
María ya estaba allí cuando llegué. Siempre llegaba antes.
Tenía el abrigo abierto, la falda oscura, la blusa clara, el moño perfecto que le daba un aire de chica correcta.
Había algo en ella, en la forma de sujetar la taza, en su modo de cruzar las piernas, que recordaba que su familia no había sido siempre de portal pequeño y escalera fría.
—Llegas tarde —dijo en cuanto me vio—. Tu padre debería despedirte.
—Mi padre no puede despedirme —dejé los guantes sobre la mesa—. Ha invertido demasiado en mí.
María bufó y se recostó un poco en la silla.
—Algún día te vas a caer encima de todas esas fichas y se va a oír en todo el edificio —dijo—. Muerte absurda en plena guerra.
—Y tú dirás que ya lo veías venir desde el colegio —repliqué.
El camarero dejó mi café. La cucharilla tintineó contra la porcelana. Una parte de mí se concentró en cosas absurdas, para no soltar todavía lo que había ido a decir.
—A ver. —María entrelazó los dedos y me clavó la mirada—. Pon esa cara cuando rompes algo en casa de tus padres, no aquí. ¿Qué has hecho?
Me quemé la lengua con el primer sorbo. No sirvió de mucho.
—No soy yo —dije—. Es él.
—El capitán —dijo sin necesidad de que lo nombrara.
Asentí.
—Le han dado destino —continué—. Trieste.
La palabra pareció más grande que la mesa. María parpadeó, de golpe el nombre ponía mar a nuestro mapa mental.
—Trieste —repitió—. Claro. Tenía que ser un sitio con puerto. Tú no sabes hacer las cosas a medias.
Intenté sonreír.
—Dicen que es un destino «estratégico». Y elegante. —Resoplé—. Me lo han dicho hoy. Como si hablaran de una nueva ópera.
María hizo una mueca.
—Elegante —repitió—. Me encanta cómo se puede llenar una palabra bonita de cosas feas.
—Tenemos diez días —añadí—. Ocho ya, si contamos.
Ahora no parpadeó. Me sostuvo la mirada sin decoros.
—Y te vas con él. —No lo preguntó, lo afirmó.
—Claro que me voy con él —respondí, más rápido de lo que había planeado.
—Al menos te vas con tu marido —dijo, bajando un poco la voz—. No como otras.
No hizo falta que explicara. Pensamos las dos en las chicas del barrio cuyo «destino» eran fábricas, estaciones, camas ajenas. En las que venían a clase con un hermano y al año siguiente con un vacío.
—No hace que dé menos miedo —susurré.
María giró la cucharilla en su taza hasta que el café se quedó sin remolinos.
—Si no te fueras, también daría miedo —dijo, al fin—. Todo da miedo: estar, irse, quedarse quieto. Por lo menos tú sabes a qué le tienes miedo.
No supe si aquello era consuelo, pero me pareció honesto. Y eso era más de lo que ofrecía la mayoría de la gente últimamente.
—Te voy a echar de menos —me salió, sin filtros.
No se lo había dicho nunca así. No de frente, sin chiste de por medio.
—Yo también, idiota —respondió, y se le suavizaron los ojos.
Nos quedamos un rato hablando de tonterías para no llorar: de la profesora que seguía vistiendo como si el imperio no hubiera caído nunca, del chico del barrio que ahora llevaba bigote como los actores de cine, de la posibilidad de que prohibieran el azúcar «por la patria».
Las risas se nos quedaban cortas, pero eran algo.
Cuando salimos a la calle, la tarde ya se había metido en los huesos. Caminamos juntas hasta la esquina de siempre.
—Hasta mañana —dijo ella.
—Hasta mañana —repetí.
Nos quedamos un segundo más en mitad de la acera, como en el colegio, cuando ninguna quería ser la primera en girar la esquina.
—Ocho días —musité.
—No los malgastes —respondió—. Si el mar va a robarme a mi amiga, que al menos sea por algo por lo que merezca la pena.
Se inclinó, me besó en la mejilla y se dio la vuelta antes de que pudiera inventar una respuesta. La vi alejarse, con ese andar suyo entre firme y despreocupado.
María tenía el don de volver cuando la vida se me quedaba pequeña. Llegaba y, sin decir mucho, abría un poco de espacio para que yo pudiera moverme.