Capítulo 18 #2
—Me han dicho que Trieste es un destino «elegante» —respondió.
Apoyé el plato en la encimera. No hizo falta que me mirara para que notara cómo se me tensaban los hombros.
—Elegante —repetí—. Como una orden bien escrita.
—Como una limpieza bien hecha —añadió él, con una aspereza que me dolió.
Me di la vuelta. Me contó lo que decían: balnearios, cifras bonitas, gente que desaparecía sin hacer ruido. Me confesó que prefería ir él y torcer los papeles, perder algún expediente, antes que dejar que otro más entusiasmado hiciera el trabajo sin pestañear.
—No quiero que te conviertan en uno de ellos —le dije, tomándole la mano. Sus dedos estaban fríos, como el mármol.
—Entonces haz eso —le pedí en un susurro—. Tuerce lo que puedas. Y lo que no puedas… al menos no lo llames elegante.
Él soltó una risa breve, sin alegría. Por un instante, el capitán cedió.
Nos quedamos así, apoyados en la mesa de la cocina.
Afuera, el régimen seguía con sus cifras.
Dentro, los dos le habíamos puesto el mismo nombre: horror.
Cuando se hizo de noche, la cocina ya olía solo a lo de siempre: jabón, café viejo, madera.
Pero él no era el de siempre. Seguía con la chaqueta puesta, apoyado de espaldas contra la encimera, como si necesitara algo detrás.
Lo de la tarde se le notaba: en la manera en que miraba el suelo, en la tensión de los hombros.
Yo terminé de enjuagar dos tazas que no necesitaban enjuague. Era eso o ponerme a temblar.
—Ven aquí —dije al fin.
No sonó dulce. Sonó a orden. De las mías.
Él levantó la vista, tarde, como si no estuviera seguro de a quién le hablaban.
Di dos pasos y, por una vez, fui yo quien invadió su espacio, no al revés.
Le desabroché la chaqueta, botón a botón, sin prisa.
La tela cedió. Debajo no había un capitán, había un hombre que había pasado el día oyendo cómo otros hablaban de gente como si fueran inventario.
—No quiero que te los traigas aquí —murmuré, mientras le quitaba la chaqueta.
—¿A quiénes? —preguntó, ronco.
—A ellos. A los de los informes bonitos. —Dejé la chaqueta en la silla—. A Trieste. Al pasillo.
Él soltó una risa breve, sin humor.
—No sé si puedo separarlo —admitió.
Le solté la corbata, torpemente. Nunca se me ha dado bien, pero ese no era el punto. El punto era ocupar las manos en algo que lo tocara a él y no a sus papeles.
—Yo sí puedo —respondí—. Si hace falta, te los quito de encima, uno por uno.
Le desabroché el primer botón de la camisa. El segundo. No era un gesto erótico en sí; era casi práctico. Pero la piel que se iba dejando ver debajo tenía memoria, y la mía también. Sentí que se aflojaba un poco, muy poco.
—Anna… —dijo.
Le puse un dedo en la boca.
—No quiero hablar más de ellos —susurré—. Hoy no.
Se quedó quieto. Esa quietud suya que, cuando no es amenaza, es rendición. Cogí su mano y tiré de él, suave, hacia el pasillo.
—Ven —repetí.
Esta vez me siguió sin discutir.
En el dormitorio, la luz era más baja. Sólo la lámpara de la mesilla, la cama deshecha de la noche anterior, la sombra de nuestras cosas empezando a invadir los rincones. Cerré la puerta.
Él se quedó junto al marco. Le vi inhalar hondo, una vez.
—Hoy es la primera —dije, apoyada en el borde de la cama.
—¿La primera qué? —preguntó.
—Noche —respondí—. La primera de diez.
La palabra se quedó suspendida entre nosotros. Diez. No sonaba a mucho, pero tampoco a poco. Sonaba a cuenta atrás.
Él asintió, despacio.
—No quiero que la primera sea solo miedo —añadí.
Dio un paso hacia mí. Luego otro. Cuando estuvo cerca, se inclinó, se sentó a mi lado en el borde de la cama. Las manos le colgaban entre las rodillas, como si no supiera qué hacer con ellas. Yo sí sabía. Las tomé, las llevé a mi cintura y las dejé descansar allí.
—Mírame —pedí.
Me miró.
No vi al oficial que aguantaba informes sin pestañear. Vi a alguien que por primera vez había dicho en voz alta que aquello le parecía horror, y tenía miedo de que eso lo rompiera por dentro.
—Quiero que te acuerdes de esto —dije—. No de ellos. De esto.
Llevé sus manos, todavía en mi cintura, un poco más arriba, hasta el borde de mi blusa. Me la quité sin torpeza, sin teatrillo. No había nada que demostrarle. Sólo quería quedarme delante de él sin capas, para que tuviera algo más limpio que los despachos en la cabeza.
Más lento que otras veces. Como si recordara que también podía dejarse llevar.
Se levantó un segundo para terminar de quitarse la camisa. El gesto fue rápido, casi brusco, pero el cuerpo que descubrió debajo vino hacia mí con una delicadeza que me aflojó las rodillas. Me empujó con suavidad hacia atrás, hasta que quedé tumbada, y se inclinó sobre mí.
El primer beso fue distinto. No buscó ahogarse en él, ni esconderse.
Fue un beso largo, profundo, pero controlado.
Probaba, tocaba, se aseguraba de que yo estaba ahí, de que mi respuesta era real y no una forma de consolarlo por pena.
Yo le contesté con toda la información que necesitaba, la boca se me abrió sola, las manos se le fueron a la nuca, y las piernas se ajustaron alrededor de su cuerpo.
No teníamos prisa. Pero la teníamos.
Cada vez que sus dedos encontraban un trozo de piel, yo pensaba, esto también. Acuérdate. El hombro. La clavícula. La curva del costado. Me dejé quitar la ropa con calma, sabiendo que no eran sólo botones, eran puntos que él iba a tener que dibujar de nuevo.
Lo mismo hice con él, deslicé las manos por su espalda, por el hueco de la cintura, por la línea donde el uniforme solía apretar. Me detuve un momento ahí, queriendo borrar con la palma todo lo que ese cinturón significaba. Sentí cómo se estremecía.
—Anna —susurró, casi un quejido.
—Aquí —respondí.
Cada vez que se le iba la mirada a otra parte, cada vez que los músculos se le tensaban como oyendo voces ajenas, yo lo traía de vuelta con algo pequeño, un beso en la comisura, una mano en la nuca, un susurro contra el oído.
Cuando por fin se unió a mí, el cuerpo ya estaba preparado. El miedo de la primera vez era un recuerdo lejano. No estaba pensando en si dolería, estaba pensando en cómo quería recordarlo. No contamos los segundos. Contamos respiraciones. Mi nombre se le escapó.
En un momento, noté que se detenía un poco. No del todo, pero casi. Me estaba mirando. No la boca. Ni el pecho. Ni la piel. Los ojos.
—Quiero acordarme así —dijo, apenas audible.
—¿Así cómo? —pregunté, casi sin voz.
—Con esa cara —respondió—. No con la de la estación.
Me dieron ganas de llorar. No lo hice. La garganta se me apretó y el cuerpo respondió por mí, con una oleada de calor que me recorrió entera. Él lo sintió en seguida. Ajustó el ritmo, me sostuvo con más fuerza y dejó que fuera yo quien lo llevara hasta el borde.