Capítulo 18
El timbre del teléfono me despertó justo antes de sonar.
Abrí los ojos con esa sensación rara de haber estado alerta toda la noche.
Había dormido bien. Demasiado bien, tal vez.
Pero no era lo mismo levantarse un martes cualquiera que levantarse sabiendo que hay un papel en la mesa, con una ciudad y un número.
Desayunamos sin decir nada.
Empecé poco a poco con mi rutina yendo a la consulta de mi padre. Cuando abrí la puerta, no oí el timbre ni la tos de la sala de espera. Oí su voz.
—Has llegado tarde —dijo sin levantar la vista de la ficha que estaba rellenando.
No era una queja. Él era de los de abrir la puerta del gabinete diez minutos antes de la hora. Yo, desde niña, había vivido intentando descubrir qué pasaba si uno la abría exactamente en punto. Nunca pasó nada.
—Buenos días —dije, más por costumbre que por convicción—. El tranvía se ha parado dos veces —mentí a medias.
Me quité el abrigo y lo colgué en la percha de la sala de espera.
Él asintió apenas, todavía con la mirada en el papel.
Ni una palabra sobre bodas. Ni sobre telegramas.
Ni sobre Trieste. Para él, yo seguía siendo la hija que «le ayudaba en la consulta».
Aunque se notara en la forma en que me miraba la mano izquierda cuando creía que yo no lo veía: el anillo, un intruso en su sala de espera.
Me senté, abrí el libro de citas y pasé lista mental: la señora del tercero con su dolor de siempre, el niño asmático, el viejo del portal de enfrente, que venía más a conversar que a que le miraran nada.
Allí la guerra no llevaba uniforme. Tenía fiebre, tos, recetas mal pagadas y gente que intentaba seguir enferma como siempre, aunque nada fuera igual.
El teléfono sonó. Respondí, anoté una cita, escuché a una voz nerviosa preguntar si el doctor seguía atendiendo «como antes», sin hacer demasiadas preguntas sobre papeles nuevos del régimen. Colgué, rellené una ficha nueva. Al escribir la fecha, se me fue la mano al mes anterior.
—Te has equivocado —dijo mi padre desde la puerta del gabinete, secándose las manos en un paño.
Miré. Había puesto el mes pasado en la ficha.
—Perdón —susurré.
Taché la fecha y la corregí. El gesto me salió más brusco de lo que quería. Mi padre no comentó nada, pero vi cómo se le arqueaba una ceja.
—¿Has dormido mal? —preguntó, volviendo al escritorio.
—Al contrario —respondí—. He dormido demasiado bien.
Era verdad. Y tal vez por eso estaba tan torpe.
Él se sentó frente a su mesa, revisando el primer historial del día. Se quedó un momento en silencio, con la pluma en la mano.
—Ya te acostumbrarás —dijo.
—¿A qué? —pregunté, aunque lo sabía.
—A dormir con alguien al lado —aclaró—. Al principio no te duermes del todo, te quedas medio alerta. Luego, cuando te sientes bien, ya te relajas.
Lo dijo con naturalidad, mirando el papel, no a mí. Era su manera de decirme que sabía más de lo que parecía, sin entrar en detalles que nos incomodaban a él y a mí.
—Compensa —dije.
Fue lo único que se me ocurrió. Le vi asentir, apenas. En otro hombre, ese gesto habría sido una frase entera. En mi padre era casi una confesión.
La mañana fue una sucesión de nombres, síntomas y pequeñas miserias.
Abría la puerta de la sala de espera, llamaba al siguiente, apuntaba cuánto debía cada uno en una esquina del libro, anotaba «receta» o «control» en las fichas.
Mientras fuera, en los periódicos, hablaban de frentes y victorias lejanas, nosotros recibíamos bronquitis, úlceras, insomnios que no necesitaban demasiadas explicaciones.
A la hora de la pausa, cuando el último paciente se fue y la sala de espera quedó vacía, el silencio se volvió más denso. Mi padre se quedó un momento sentado, mirando la puerta cerrada.
—¿Vas a seguir viniendo hasta el último día? —preguntó, sin rodeos.
—Mientras me necesites —respondí.
—Te necesito desde el día en que naciste —replicó, seco.
Luego añadió, ya más concreto:
—Me refiero aquí —dijo.
—Lo sé —dije.
No quiero dejarte las fichas sin ordenar y las citas hechas un desastre.
Intenté que sonara ligero. No lo conseguí del todo.
Él dejó la pluma, la apoyó con cuidado sobre la mesa.
—No te preocupes por la consulta —dijo—. Cuando tú te vayas, encontraré otra manera. Lo que no quiero es que te vayas con la sensación de que has dejado cosas a medias.
«Cosas a medias». No hablaba solo de historiales.
—Haré una lista —propuse—: de los pacientes que están en seguimiento, de los que necesitan analítica, de los que no deberías perder de vista. Y de lo que falta por archivar.
—Bien —asintió—. Me gustan las listas.
Se levantó.
—Voy a comer con tu madre —dijo—. ¿Vienes?
Pensé en la lista, en el telegrama, en la sensación de que el tiempo se me escurría entre los dedos.
—Me quedo un rato más —respondí—. Así avanzo trabajo.
No insistió. Cogió el abrigo, la bufanda, el maletín.
—No tardes —añadió, antes de salir—. Hay cosas que no se arreglan solas, por mucho que te quedes aquí escribiendo.
No especificó cuáles. No hacía falta.
Cuando me quedé sola, el ruido de la calle se coló por la ventana entreabierta: tranvías, voces, pasos, un vendedor ambulante gritando algo incomprensible.
Abrí un archivador: historias clínicas en orden desigual, papeles doblados, notas sueltas.
Saqué una hoja en blanco y escribí arriba: «Pacientes pendientes».
Dudé un segundo y, debajo, en letra más pequeña, añadí: «y otras cosas».
Empecé a anotar nombres, fechas, pequeñas anotaciones: «control en un mes», «vigilar tensión», «volver a preguntar por el hijo en el frente». Era un intento desesperado de dejarlo todo recogido, como para irme de golpe.
No supe cuánto tiempo pasó hasta que oí la llave en la cerradura.
—Te vas con él, ¿verdad? —preguntó mi padre desde la puerta.
No lo había oído subir.
—¿A Trieste? —pregunté.
Asintió. Decir «Trieste» allí dentro, entre fichas y frascos de alcohol, me resultaba extraño.
—Sí —respondí—. Me voy con él.
Lo dije sin dudar. Era importante que lo oyera así.
Se acercó despacio y miró la hoja por encima de mi hombro.
—No te va a caber todo en una hoja.
—Lo sé.
Se quedó un momento mirando los nombres.
—Bueno… —carraspeó—. La consulta se puede ordenar. Lo demás ya no depende de mí.
—No estoy enfadado —añadió, de repente—. Por si lo estabas pensando.
No lo estaba, pero una parte de mí necesitaba oírlo.
—Ya era hora de que tuvieras algo que no fuera esta consulta —concluyó.
Me reí.
—¿Eso es una bendición? —pregunté.
—Es lo más parecido que vas a conseguir de mi parte —respondió.
Esa tarde, cuando bajé la persiana de la sala de espera, la cuerda me pareció más pesada. Me detuve un segundo con la mano en el tirador, mirando la luz de la calle filtrarse por las rendijas.
—¿Te vas ya? —preguntó mi padre detrás de mí.
—Sí —dije—. Me esperan.
Asintió.
—Dile al capitán —pronunció el grado con una mezcla de respeto y ironía—. Que no se acostumbre demasiado a que le organices las citas. Eso se acaba en cuanto os vayáis.
—No me importa —dije—. Yo estoy bien donde esté él.
Fue la única confesión que me permití.
Él se puso el abrigo. Me acompañó hasta la puerta. No me besó en la frente, no era de esos, pero me sujetó el brazo un segundo antes de dejarme salir.
—No dejes de escribir —dijo.
—No pienso —respondí.
Bajé las escaleras. Al salir a la calle, el aire frío me golpeó la cara. La ciudad seguía igual, pero cada esquina, cada farmacia, cada farola se me quedaba fijada… para no olvidarme.
Giorg me estaba esperando en la esquina. La forma en que se le aflojaron los hombros al verme dejaba claro que no estaba de servicio. Conmigo, bajaba un centímetro.
—Buenas tardes —dijo.
—¿Has estado así mucho rato? —pregunté.
—Un poco —respondió—. Dos vecinas han preguntado si pasaba algo. Les he dicho que esperaba a mi mujer.
No sé, pero me hizo reír. Y eso, a esa hora del día, ya era un lujo.
Me tomó del brazo, sin preguntas. Caminamos un rato en silencio, pegados lo justo para que la tela de su abrigo rozara la mía. No me llevó directamente a casa.
El pasillo del Ministerio olía a tabaco fuerte y a papel viejo. Nada nuevo. Uno de los comandantes lo interceptó a medio camino de su despacho, con el sobre del telegrama aún doblado en el bolsillo del abrigo.
—Así que Trieste —dijo, sin preámbulos.
Otros dos oficiales, que fingían hablar de logística, aguzaron la oreja.
—Eso parece —respondió Giorg.
—Destino estratégico —añadió el primero, con media sonrisa—. Y elegante. Mejor que barro y trincheras, ¿no?
El segundo rio por lo bajo.
—Trieste no es un balneario —murmuró—. Es un puerto lleno de italianos confundidos y gente que desaparece sin hacer ruido.
La frase quedó flotando. Uno de ellos dio una calada larga al cigarrillo, como si nada.
—Mientras las cifras se mantengan bonitas en los informes, arriba estarán contentos —remató el primero.
Se fueron. Era hora de alguna reunión de algún café.
Giorg se quedó unos segundos solo en el pasillo.
Sabía de qué «cifras» hablaban. En la Marina no se decidía eso. Pero a Giorg le llegaba igual, cartas dobladas sin registro, notas metidas entre informes, gente «respectable» pidiendo favores como quien pide sal.
No tocó ninguna lista oficial. Hizo lo que sí podía sin llamar la atención, redactar un informe técnico, correcto, aburrido, a favor de un hombre «imprescindible» en el muelle.
Dos líneas sobre turnos y herramientas, una frase sobre «revisión pendiente», una firma limpia.
Y en el margen, sin sello, sin protocolo, iba lo importante, como si no existiera, esposa y dos hijos.
Se metió en el despacho, cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. Apoyó las manos en la mesa, inclinó la cabeza. «Elegante», pensó. Un sitio donde las cosas podían hacerse sin que pareciera que se hacían. Esa vez, no fue la tela la que le molestó. Fue lo que llevaba debajo.
En casa, la luz era más suave. Yo estaba secando los platos cuando entró.
—¿Qué tal en el Ministerio? —pregunté sin girarme.
Dejó el abrigo en la silla, con una lentitud que delataba su agotamiento.