Capítulo 17
Cuando desperté de la siesta en el sofá, la luz del salón tenía ese tono dorado de última hora. No sabía cuánto tiempo había pasado, solo que me dolía un poco menos todo y que mi cuerpo se había quedado aún más pegado al suyo.
Estaba medio encima de Giorg. Una pierna mía cruzaba las suyas, mi mejilla pegada a su camisa, su mano aún en mi muslo, quieta. Me moví un poco. Él abrió los ojos al instante.
—¿Cuánto…? —intenté preguntar.
—Lo justo —respondió—. Has roncado un poco.
—Mentiroso —murmuré.
Sonrió. Esa sonrisa le quedó a medio camino cuando se oyó algo que no pertenecía a la casa: golpes en la puerta. Tres. No muy fuertes, no insistentes. Pero en esa casa todo sonaba demasiado.
Me tensé de golpe. Recordé la camisa, mis piernas desnudas, la marca en el cuello. Recordé también que, al otro lado de esa puerta, el mundo seguía igual. Giorg soltó un suspiro. Me apartó con cuidado, sin brusquedad.
—Quédate aquí —dijo, levantándose.
No sonó a orden. Sonó a reflejo.
Se incorporó, se pasó una mano rápida por el pelo, se abotonó los dos botones que le quedaban abiertos de la camisa y cruzó el salón con esa forma suya de andar que hacía parecer que tenía uniforme, aunque estuviera descalzo.
Yo me recoloqué la tela sobre los muslos, y me encogí en un lado del sofá.
De pronto, la casa me pareció llena de cosas descolocadas: la almohada caída, la sábana doblada en el respaldo, un zapato suyo en mitad del pasillo.
La puerta se abrió.
—Herr Kapitän. —Reconocí la voz de uno de los ayudantes, joven, siempre demasiado rígido. Me quedé clavada donde estaba.
No veía la entrada desde el salón, pero escuchaba el tono, respetuoso, un punto nervioso.
—¿Qué pasa? —La voz de Giorg había cambiado. No era fría, pero sí más derecha. Otra chaqueta puesta.
—Traigo los papeles que pidió, señor. Telegrama urgente de la Comandancia.
Hubo un silencio breve. Pude imaginarlo cogiendo el sobre, examinando el sello, sabiendo lo que pesaba sin haberlo leído. Sentí cómo el aire del salón se cerraba.
—¿Algo más? —preguntó.
—No, señor. Solo… —El chico dudó—. Querían confirmación de recepción.
—La tienen —dijo Giorg.
El crujido del papel al desplegarse me llegó como un golpe. No entendí las palabras, pero oí el tono con que las leía: esa respiración contenida que conocía de los informes peores. Unos segundos después, el sobre se cerró de nuevo con un gesto preciso.
—Puede retirarse —añadió.
—Sí, señor. —Pasos, saludo, puerta que se cierra.
El silencio volvió a la casa, peor que antes. Oí sus pasos acercarse de nuevo, ahora menos militares, más humanos. Cuando apareció en el umbral del salón, tenía el telegrama en la mano. Lo dejó en la primera superficie que encontró, sin mirarme todavía.
Me vio hecha un ovillo en el sofá, con la camisa arrugada, las piernas dobladas, el pelo todavía marcado por la almohada.
—¿Me han oído roncar? —pregunté, intentando aligerar algo.
—Solo han visto a un capitán muy serio abriendo la puerta —dijo—. No se imaginan que le tiembla el pulso si le quitas a la mujer del pecho.
La frase me puso la piel de gallina. Algo en su cara había cambiado.
Era esa concentración suya de cuando el mundo se movía un centímetro más hacia el borde.
Se acercó. No se sentó a mi lado: se colocó frente a mí, de pie, inclinándose un poco, con las manos apoyadas en los brazos del sofá, cercándome sin tocarme.
—Tengo que presentarme en Trieste dentro de diez días.
Hizo una pausa. Me miró.
—Tenemos diez días.
La palabra me atravesó más que si hubiera gritado «Trieste» en mitad del salón. Aún era tarde, esa luz espesa de después de la siesta seguía pegada a las cortinas.
—¿Diez? —repetí, aunque ya sabía la respuesta.
Asintió.
—Orden de traslado —explicó, con la voz baja—. Presentarme en Trieste dentro de diez días. El resto de los detalles… —hizo un gesto hacia el telegrama— son menos importantes.
Sentí que el sofá se me quedaba pequeño. La casa entera se me quedó pequeña.
Diez días. No un «quizá», no una «reorganización de mandos». Una fecha. Un lugar. Un verbo: «presentarse». El tipo de palabra que no admite condicionales.
—Ah —fue todo lo que pude decir al principio.
Él me miraba como midiendo no solo mi reacción, sino la suya.
—Podría irme antes —añadió—. Podría… —buscó la palabra— prepararlo todo con tiempo.
Sus ojos, en ese momento, tenían decisión y algo que parecía casi rabia tranquila. No era solo un soldado aceptando un destino; era un hombre apretando los dientes para no perder el poco tiempo que le quedaba aquí.
Negó despacio.
—No voy a irme antes. Ya les he dado bastante.
Me ofreció la mano.
—Ven —susurró—. No quiero que te quedes sola en esta habitación.
Fui. Descalza, en su camisa, siguiendo el tirón leve de sus dedos por el pasillo hasta el dormitorio. El mismo en el que, la noche anterior, la vida había cambiado de forma, ahora era el futuro el que lo hacía.
Se detuvo en medio del cuarto, sin soltarme.
La luz de la tarde entraba oblicua por la ventana, cortando la habitación en dos: una mitad en sombra, otra dorada. Se quedó un segundo, dudando, y luego vino hacia mí.
—Diez días —repitió, probándolo—. No es mucho.
—Es más que ninguno —contesté.
Tiró de mí hasta que quedé frente a él, tan cerca que podía contarle las pestañas. Su mano subió a mi cuello, otra vez, por reflejo. Rozó con los dedos el borde de la camisa, el botón superior. No lo desabrochó. Solo lo sostuvo. Ese trozo mínimo de tela era lo único que mantenía quieto el presente.
—Hoy no voy a darle guerra a tu cuerpo —murmuró—. Ya ha tenido bastante por hoy.
—¿Y qué vas a hacer? —pregunté, intentando sonar ligera y no llorar.
Sus ojos bajaron un momento por mi cuerpo envuelto en su camisa y luego volvieron a los míos con una intensidad que casi me hizo retroceder.
—Acostumbrarme —dijo—. A esto. A ti aquí. A despertarme y que sigas. A poder imaginarte en esa… —Buscó la palabra— villa, si al final vamos, y no volverme loco pensando que te he dejado en cualquier cuartel.
Su mano bajó de mi cuello a mi cintura y me atrajo hacia él con cuidado, todavía con miedo de hacerme daño. Mi cuerpo fue solo. Encajé en ese sitio exacto debajo de su barbilla donde ya había llorado otras veces.
—Si me voy —añadió, contra mi pelo— quiero llevarme esto tan grabado que ninguna ciudad nueva consiga borrarlo.
Nos metimos en la cama sin ceremonias. Ni velas, ni palabras grandes. Solo el gesto sencillo de echar hacia atrás las sábanas y estirarnos otra vez, retomando la siesta que el mensajero había cortado, con la luz de la tarde colándose por las rendijas de la persiana.
Él se colocó de lado, ofreciéndome el pecho como almohada, el brazo como muro.
Esta vez no hubo vals. No hubo hambre desbordada ni lágrimas.
Hubo cosas pequeñas: su mano subiendo y bajando por mi espalda en una cadencia lenta, casi hipnótica, mis dedos jugando con el borde de su camisa, el roce de sus labios en mi pelo, de vez en cuando, comprobando que yo seguía ahí, que no era un espejismo.
—Diez días —susurré, más para mí que para él.
—Diez noches —corrigió—. No pienso desperdiciar ninguna, aunque solo sea para dormir contigo así.
—El mundo va a pensar que somos los recién casados más aburridos del país —intenté bromear.
—Que piense lo que quiera —respondió—. No saben nada.
No lo sabían. Cerré los ojos con la sensación de estar en un sitio del que no pensaba moverme, aunque vinieran a arrancármelo. Él apretó un poco más el brazo a mi alrededor, como respuesta.
Y así empezó la cuenta atrás. Sin despedidas grandes. Con un telegrama en la mesa y diez días por delante. El lujo, en mitad de una guerra, era esto: quedarme dormida con la mejilla en su pecho y sentir que, al menos hasta mañana, seguía aquí.