Orden y fuego Capítulo 16 #5
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Capítulo 16 #5

En el rellano no olía a sopa ni a carbón. Olía a cera, a flores cortadas, a perfume caro que se resistía a abandonar las cortinas. La puerta no la abrió ninguno de ellos, sino una criada joven, con delantal blanco perfectamente planchado.

—Frau y Herr von Hohenfeld les esperan —anunció, retrocediendo para dejarnos entrar.

El pasillo era ancho, alfombrado, con cuadros de marcos dorados a ambos lados. Retratos de antepasados que parecían seguirnos desde las paredes. Giorg caminaba con esa rigidez que yo ya sabía reconocer: la de quien entra en un territorio donde las reglas no las pone él.

Su madre nos esperaba en el salón.

No estaba en la puerta, como mi madre, estaba ya sentada, perfectamente colocada en un butacón junto a la ventana, con las piernas cruzadas y una taza de porcelana en la mano.

Llevaba un vestido sobrio, pero de buena tela, el pelo recogido en un moño impecable, las perlas justas para que nadie pudiera acusarla de exhibición, pero tampoco de renunciar a su rango.

Se levantó, por supuesto. Lo hizo con suavidad, sin prisas, como quien ya sabe cómo va esto.

—Giorg —dijo— Anna.

No hubo abrazos, pero sí dos besos en la mejilla para cada uno. En la boda ya me había besado con esa corrección de quien pasa lista y asiente. Ahora su mirada era más cálida, aunque siguiera midiéndolo todo.

—Qué guapa estás —dijo, casi como si me perdonara el no estar a la altura del salón.

—Gracias por invitarnos —respondí.

Su padre estaba de pie junto al aparador de caoba. Tenía el porte que imaginé cuando oía hablar a Giorg de él, recto, seco, con un bigote que parecía haber nacido con reglamento propio.

—Buenas tardes —saludó—. Hijo. —Y luego, tras una pausa mínima, inclinó la cabeza hacia mí—. Anna.

Había estado en la boda, claro. Lo recordaba brindando con una seriedad casi cómica, mientras los demás se dejaban llevar por la emoción. Aquí, en su territorio, imponía más. No por la voz, sino por el silencio. Nos sentamos.

El salón era todo lo que no era nuestra casa: paredes altas, molduras, alfombras gruesas, un piano de cola negro, un cuadro grande de un puerto que luego supe que era Trieste.

Había servicio, se notaba en cómo aparecía una bandeja en cuanto el padre dejaba el vaso vacío, en la discreción con que la criada regresaba con más café justo antes de que nadie lo pidiera.

Yo me senté junto a Giorg en el sofá de terciopelo.

Él no me tocó, pero la distancia entre nuestros cuerpos era tan pequeña que, si respiraba un poco más hondo, mi hombro rozaba el suyo.

Tenía las manos entrelazadas en el regazo, los nudillos blancos.

No estaba asustado, estaba en modo «no desordenar nada».

Las primeras frases fueron fáciles. Comentarios sobre la boda, sobre mis padres «gente sencilla, pero muy digna», sentenció la madre, sobre el apartamento de Giorg «es luminoso», dije, porque no sabía qué otra cosa decir.

Luego, inevitablemente, llegó la guerra.

—Dicen que los rusos… —empezó el padre.

—Dicen muchas cosas —cortó la madre, con una elegancia que convertía el reproche en adorno—. Pero hoy hemos quedado para ver a mi hijo y a mi nuera, no para leer los periódicos otra vez.

El «mi hijo y mi nuera» me rozó raro por dentro. No sonaba impostado. Sonaba a hecho consumado.

Fue ella, no él, quien puso sobre la mesa el nombre que llevábamos días masticando en casa a mordiscos.

—Nos ha llegado —dijo, removiendo el azúcar en el café sin mirar a nadie— la noticia de que están… reorganizando mandos en el litoral.

«Litoral». La clase alta tiene maneras suaves de decir «sitio donde pueden matarte».

Giorg dejó la taza en el plato. El pequeño ruido de porcelana sonó más alto de lo necesario.

—Están considerando opciones, sí —admitió.

El padre asintió, como si hubiera confirmado un cálculo que ya tenía hecho.

—Trieste —dijo, mirando un instante el cuadro del puerto—. Siempre acaban mirando hacia allí cuando las cosas se tuercen en serio.

Yo seguí su mirada. El cuadro mostraba un mar sereno, barcos ordenados, luz dorada. Nada que ver con la palabra que resonaba en los telegramas.

La madre dejó por fin la cucharilla. Enderezó un poco la espalda.

—Precisamente por eso —dijo— quería hablaros de la villa.

La villa. Lo dijo como si estuviera mencionando «el trastero» o «el cuarto de invitados», pero el ambiente del salón cambió. Su marido alzó una ceja. Giorg frunció el ceño. Yo parpadeé, perdida.

—La de Trieste —aclaró—. Ya sabes, Heinrich —miró a su marido—, llevamos años diciendo que habría que hacer algo con ella.

El padre hizo un gesto vago con la mano, como quien aparta un mosquito.

—Una casa cerrada desde hace mucho —resopló—. Sobra.

—No sobra —corrigió ella, con firmeza tranquila—. No ahora.

Su mirada pasó de uno a otro hasta detenerse en mí.

—La familia tiene una villa en las afueras de Trieste —explicó—.

Era de mis abuelos. Antes de que todo esto…

—hizo un gesto indefinible, que abarcaba régimen, guerra y siglo XX a la vez— empezara a caerse a pedazos, se iba allí a pasar los veranos.

Buena luz, jardín, un porche maravilloso.

Está cerrada desde hace años. Siempre dije que, si volvías a Trieste, no tenía sentido que vivieras en un cuartel cuando hay una casa de la familia esperando.

No estaba presumiendo de patrimonio, estaba enumerando recursos, como quien cuenta vendas en un hospital antes de un bombardeo.

Giorg se removió en el sofá.

—No sabemos si me destinarán allí —intentó—. Puede ser otro puerto. Otra ciudad.

—No seas ingenuo —intervino el padre, sin dureza, solo con cansancio—. Si han escrito «zona costera estratégica» y han mandado tu nombre, no estás pensando en Marsella.

La madre me miró a mí, no a él.

—Si finalmente os mandan a Trieste —dijo, deliberadamente en plural—, me gustaría que consideraseis la villa.

Está vacía, se puede poner en marcha. Tenemos gente de confianza en la ciudad que puede ocuparse de abrirla, limpiarla, conseguir servicio.

No quiero… —apretó un segundo la taza— no quiero imaginarte en barracones, Anna. Ni a ti ni a él.

La frase me cayó encima sin saber si era salvavidas o cadena. No sabía si agradecerlo o temerlo.

—Mamá —intervino Giorg, con ese tono que solo le había oído usar conmigo cuando quería frenarme sin discutir—. No sabemos nada aún seguro. Es pronto.

—Precisamente por eso —replicó ella—. Cuando llegue el papel, no tendréis tiempo de pensar. Prefiero que tengáis la decisión tomada antes.

Se giró hacia su marido.

—¿No es así?

Él se encogió de hombros, pero no le llevó la contraria.

—Una villa es mejor que un barracón —concedió—. Si hay que servir al país, que al menos no sea desde un catre.

Me hizo gracia, pero también dolió un poco, porque tenía razón.

Yo jugueteé con el asa de la taza. La idea empezaba a dibujarse en mi cabeza: no solo la ciudad desconocida y el puerto lleno de uniformes, sino una casa ajena, con recuerdos que no eran míos, heredada de gente que no conocí, llena de muebles que probablemente me mirarían como los retratos del pasillo.

—No quiero que os sintáis obligados —añadió ella entonces, mirando a su hijo, pero dejándome a mí entrar en la frase—. Solo… —buscó la palabra— prefiero ocuparme yo de que tengáis un techo decente, antes de que lo haga cualquier capitán de intendencia.

Le sostuve la mirada.

—Se lo agradezco —dije—. De verdad.

Y lo sentía. No era cuestión de villas ni de criados, era la única manera que ella tenía de decir «no quiero que os pase nada malo» sin romper del todo la compostura.

Giorg respiró hondo.

—Si llega el papel —dijo, al fin—, hablaremos de la casa.

No dijo que no.

Tampoco dijo que sí. Lo dejó en ese punto suyo donde nada está decidido, pero nada se descarta.

La conversación derivó hacia otras cosas. El piano, las noticias culturales, una exposición que nadie tenía ganas de ver, pero quedaba bien mencionar. Sin embargo, la villa se quedó instalada en un rincón del salón, junto al cuadro del puerto, como un eco.

Cuando salimos, más tarde, el portero nos abrió la puerta con el respeto que se reserva a los que viven arriba.

En la calle hacía más frío que cuando habíamos llegado. El cielo de Viena estaba bajo, sucio de humo. Caminamos unos metros en silencio.

—Así que hay una villa —dije, al fin.

—Hay muchas cosas —respondió él—. Algunas se heredan sin pedirlas.

Me miró de reojo.

—No quiero que sientas que te estoy llevando a una casa que no es tuya —añadió, serio—. Ni a una ciudad que no has elegido.

—Tampoco he elegido esta guerra —respondí—. Y aquí estamos.

Su comisura se levantó, apenas.

—Si al final es Trieste, prefiero una villa cerrada desde hace años a un cuartel.

Él soltó una risa breve.

—Visto así…

—Y si tiene jardín… —susurré— podemos escondernos en un rincón donde tu madre no sospeche nada.

Se detuvo un segundo. El brillo que vi en sus ojos tenía algo que no era solo deseo.

—Mi madre no tiene tanta imaginación como tú crees —murmuró.

—No la subestimes —repuse—. Ha sido esposa de militar antes que madre de uno. Sabe más de lo que dice.

Me tomó de la mano, sin el brazo rígido de los actos oficiales.

—Entonces —dijo— habrá que procurar que, si acabamos en esa casa, los recuerdos nuevos tapen un poco a los viejos.

—Ese es el plan —respondí.

No sabíamos todavía si Trieste sería destino o amenaza. Pero esa noche, al volver a nuestro apartamento y deshacer la ropa elegante, tuve una sensación rara. Estábamos hablando de una villa mientras otros no sabían si tendrían techo el mes siguiente. Solo sentí el peso en el estómago.