Capítulo 16
Los primeros días de casada fueron extraños. La casa era más decorado que hogar. Nada fuera de sitio: los libros alineados al milímetro, las mantas dobladas con precisión casi militar. Yo andaba de puntillas, no quería hacer ruido.
Esa mañana me levanté antes que él. Tenía el cuerpo todavía marcado por la noche, entre agujetas dulces y algo nuevo y pesado en el vientre, pero me había empeñado en parecer una esposa como Dios manda, o como yo creía que debía serlo.
Me até el pelo como pude, me puse la bata buena y fui a la cocina.
No hubo parte oficial que anunciara el fin de nuestra pequeña luna de miel. No hacía falta. Bastó con que, al tercer día, el teléfono sonara demasiado pronto y el cartero dejara sobre la mesa ese sobre marrón con el membrete del Ministerio.
No decía «Trieste» en ningún sitio, pero yo ya lo había entendido.
La guerra seguía colándose por todas partes.
Los periódicos hablaban de frentes lejanos, de avances y retiradas que cambiaban de nombre cada semana.
Pero aquí lo que se respiraba era otra cosa: cansancio.
Un cansancio que se notaba en los portales, en las colas del pan y en esas conversaciones en voz baja que se apagaban cuando alguien pasaba demasiado cerca.
Trieste era una palabra que se escuchaba en las sobremesas de hombres como él.
Nunca explicada. «Han pedido oficiales de confianza», «la cosa está complicada en el norte», «puerto, frontera…
demasiados ojos». La decían señalando un punto en el mapa sin querer nombrarlo.
Yo siempre pensaba en las personas que estarían allí sin saber que eran «la cosa complicada».
Yo la había oído antes, en el despacho, cuando todavía era «el capitán» y yo la que entraba con informes y café, procurando no estorbar. Trieste. La decían más bajo, con una cautela que yo no terminaba de entender, pero que me ponía en guardia. Los que iban allí volvían distintos.
Ahora la escuchaba de otra manera. Ya no era una palabra flotando entre papeles y uniformes. Era algo que podía entrar en nuestra cocina una mañana cualquiera y llevárselo sin dar explicaciones, dentro de un sobre marrón.
Él abrió el sobre sin ceremonia, de pie, junto a la ventana.
Yo fingía recoger la mesa. Me sudaban las manos, aunque los platos estaban secos.
No dijo nada al principio. Leyó, con esa concentración suya que le marcaba una arruga entre las cejas.
Doblé una servilleta con demasiado cuidado.
Sabía que si preguntaba «¿qué pasa?» lo obligaría a ponerlo en palabras, y aún no había decidido si quería oír la respuesta.
—No es hoy —dijo al fin.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Pero viene —añadió.
Viene. La palabra se quedó en la cocina.
Trieste no estaba en la primera línea, ni en la segunda. Asomaba más abajo, donde la mirada ya corre y nadie lee con atención: en ese párrafo saturado de palabras limpias, «reorganización», «necesidad estratégica», «zona costera»… que convierten lo irreversible en un simple trámite administrativo.
—¿Trieste? —pregunté.
Su mirada vino hacia mí. No le sorprendió que lo supiera.
—Entre otras —respondió—. Pero sí.
Se sentó, doblando la carta despacio, como si al hacerlo pudiera ponerla en su sitio. La dejó en la mesa, junto al pan que quedaba, sin más.
—Todavía no han firmado nada —explicó—. Quieren propuestas, informes. Ver quién está «disponible».
«Disponible» quería decir: quién no está ya demasiado roto, quién no está demasiado comprometido con una cosa o con la otra, quién va a obedecer sin hacer preguntas incómodas.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Estás disponible?
Lo dije con más calma de la que sentía. Él lo notó. Bajó la vista a sus manos, después a la carta, y luego volvió a mí.
—Eso creen —dijo.
No añadió «pero no lo estoy». No era hombre de grandes declaraciones vacías.
Tampoco dijo «no me voy a ir». Éramos adultos, sabíamos hacer las cuentas solos.
Habían invertido demasiado en él como para dejarlo descansando junto a la ventana con una taza de café.
Y los hombres que sabían cosas, los que habían visto demasiado, raramente se quedaban en el salón cuando el edificio empezaba a inclinarse.
El desayuno se volvió otra cosa. Ya no era el café de cada mañana ni el pan duro mojado en leche. Parecía una despedida. Cada gesto pesaba más de lo que debía: cómo cogía la taza, cómo dejaba la cucharilla, cómo se levantaba a por más azúcar.
Él me rodeó en silencio cuando fui al fregadero.
No me agarró: pasó detrás de mí en el espacio estrecho, el torso rozando mi espalda, la mano en mi cadera para no chocarse.
Ese gesto mínimo me llenó entera. Pensé, con una lucidez que dolía, que quizá dentro de unas semanas ese mismo movimiento lo haría en otro destino.
No porque quisiera, sino porque el mundo era así de estúpido.
Me giré antes de que la idea terminara de formarse. Lo miré de frente.
—¿Sabes cuándo sabrás algo? —pregunté.
—En unos días —contestó—. O mañana. O nunca. Depende de cuánto se asusten allí arriba.
«Allí arriba» no era solo un piso más en el Ministerio. Eran hombres con miedo tomando decisiones para no perder su silla mientras los mapas cambiaban de color.
Silencio.
Yo me acaricié distraídamente la base del cuello, justo donde aún notaba, a veces, el rastro de sus labios de la noche anterior. El cuerpo guarda esa memoria terca: aprieta donde alguien estuvo.
—No pienso pasar estos días sentado en el despacho mirando el teléfono —soltó de pronto—. Eso es lo que quieren: que nos pudramos de ansiedad esperando.
—¿Y qué quieres hacer? —pregunté.
Me miró un momento antes de responder.
—Vivirlos —dijo—. Contigo. Como días normales.
La palabra «normales» me quedó rara. No sabía ya qué significaba. Pero supe que, en su boca, quería decir algo muy concreto: levantarnos, comer, hacer la compra, reírnos, discutir por tonterías, acostarnos, repetir. Que Trieste fuera un ruido de fondo, no la banda sonora principal.
—Eso también incluye que me hagas reír hasta que me duela la cara —añadió—. Y que me dejes intentar hacerte el café sin quemar la cocina.
—Eso último no lo has conseguido nunca —repuse.
—Tengo unos días para practicar —dijo.
No era un chiste brillante. Pero funcionó.
Los días siguientes tuvieron algo irreal.
No había bombas ni sirenas, solo noticias a medias y rumores que bajaban por las escaleras antes que el pan.
Los vecinos hablaban en susurros de frentes que se acercaban, de soldados que volvían con la mirada vacía, de puertos donde las cosas se estaban complicando.
A veces, en la radio, se colaba un nombre de ciudad que yo no conocía, otras veces, «Trieste», dicha rápido, y quemaba.
En nuestra casa, en cambio, el tiempo se medía de otra manera.
Por la cantidad de café que salía bien o mal de la cafetera.
Por las veces que conseguíamos comer en la mesa sin que ninguno mirara de reojo el teléfono.
Por las noches en las que nuestras conversaciones empezaban con «¿recuerdas cuando te presentaste en el hospital con…
?», y terminaban sin palabras, solo con su mano encontrando la mía bajo las sábanas.
Él no hablaba de Trieste si no era necesario.
Pero la ciudad estaba ahí, en la forma en que a veces se quedaba callado mirando el mapa abierto sobre la mesa del despacho, con el dedo siguiendo la línea de la costa hacia el noreste.
Yo pasaba por detrás, fingiendo ordenar libros, y notaba la tensión en sus hombros.
—¿Qué miras? —le pregunté un día, apoyada en el marco de la puerta.
—Las distancias —respondió.
—¿Muy lejos? —insistí.
—Depende —se encogió de hombros—. En el mapa no parece tanto. En la realidad… —Haciendo un gesto con la mano, sin terminarlo— no lo sé.
Quise decir «no es tan lejos, podríamos vernos, podríamos…», pero me tragué las palabras. No tenía sentido pelear con la geografía de lo que todavía no existía.
En lugar de eso, me acerqué. Dejé la mano sobre su hombro, despacio, sin hacer ruido. Él no se apartó. Bajó la mirada del mapa a mis dedos. Los cubrió con los suyos.
—No te voy a prometer que no me van a mandar —dijo, sin rodeos—. Ni que no me voy a ir si lo hacen.
Asentí. Era lo que esperaba. Lo que temía.
—Pero sí te prometo una cosa —dijo, mirándome bien—. Si nos tenemos que ir, quiero haber vivido estos días contigo, no quedarme solo esperando a Trieste.
Me pasaba una cosa absurda, cada vez que decía algo así, tan directo, me entraban unas ganas de sacudirle de la chaqueta y llevarlo a la cama. Sin más. La sinceridad me desarmaba.
No lo hice. No siempre. A veces bastaba con besarlo despacio, con reírme de cualquier torpeza, con cocinar algo comestible solo para ver la expresión de sorpresa cuando lo probaba.
Trieste estaba ahí, en sordina. Mientras no apareciera escrita con fecha y firma, la casa seguía siendo nuestra. Eso me repetía.
Le habían dado unos días, sí. Un permiso.
Pero el permiso no era descanso. Algunas mañanas salía temprano con el portafolio bajo el brazo y volvía al mediodía con esa cara suya de «he visto algo y no te lo voy a contar»; otras se quedaba en el despacho con la puerta entrecerrada, revisando papeles que desaparecían en cuanto yo entraba.
El teléfono seguía sonando. Los sobres seguían llegando. Nada estaba quieto del todo.
Vivíamos en esa mezcla rara de calma y espera. Hacíamos la compra, discutíamos por tonterías y nos acostábamos. Y al mismo tiempo cada llamada, cada sobre, cada silencio un poco más largo de lo habitual nos dejaba el pulso en el cuello.
No había pasado nada. Y, sin embargo, ya estaba pasando.
Por eso lo tocaba más. Sin pensarlo. Le buscaba la mano al cruzar el pasillo, me quedaba un segundo más pegada cuando pasaba detrás de mí en la cocina. Él hacía lo mismo: retenía mis dedos un instante extra, sin prisa.
No sabíamos el día. Pero sabíamos la dirección.