Capítulo 15 #3
No lo dijo. Pero la conozco. La vi lanzar una mirada rápida a nuestras manos, otra a mi cara. Yo evitaba conscientemente mirarlo a él mientras hablaba, porque sabía que, si lo hacía, todos notarían algo. Me esforcé por mantener la atención en la conversación.
—…así que les dieron el permiso, menos mal, porque la gente necesita ver que todavía se celebran bodas —decía mi padre.
—Sí —contestó Giorg—. Todavía se celebran cosas.
Mi madre carraspeó, con un gesto extraño.
—Anna, ¿quieres más café? —preguntó.
—Sí, gracias. —Me levanté demasiado rápido.
Giorg se inclinó a mi lado para coger la azucarera y, al hacerlo, me rozó el muslo con la cadera. Fue un contacto mínimo, completamente inocente, pero un escalofrío me subió por la columna y, por un segundo, perdí el ritmo de la conversación.
Noté la mirada de mi madre en mi espalda cuando caminé hacia la cocina. Me siguió. Mientras servía el café, bajó la voz.
—Estás en otro mundo hoy —dijo, más curiosa que preocupada.
La cucharilla tintineó contra la taza. Sentí el calor subirme a las mejillas.
—Solo estoy cansada —mentí fatal.
Ella siguió removiendo azúcar en la suya, pero la mirada se le clavó en mi cuello. Sus ojos bajaron a la base, donde el escote del vestido dejaba ver un poco más de piel de lo habitual. No había marca visible, por suerte. O no desde ese ángulo.
—Tienes otra cara —comentó al fin, con una media sonrisa—. No sé si será el matrimonio o que has dormido poco… y no precisamente por culpa de pesadillas.
Yo sabía lo que era. Y supe, por el brillo divertido en sus ojos, que ella sospechaba lo mismo.
—Un poco de todo —respondí, algo ahogada.
Su mano rozó un instante la mía, sobre el plato.
—Eso está bien —bromeó en voz baja—. Me preocuparía más verte con la misma cara de siempre.
Me echó una mirada que no supe si era cómplice o simplemente de madre que hace cuentas con la realidad. Volvimos al salón con las tazas. Me senté de nuevo junto a él. El calor volvió a instalarse en mitad de mi cuerpo como si nunca se hubiera ido.
Esta vez fue él quien buscó mi mano, bajo la mesa.
No la levantó. No hizo ningún gesto visible. Sus dedos se deslizaron por el borde del tapete hasta encontrar los míos, y los apretaron apenas. Una presión breve, segura. Era un código silencioso: «Estoy aquí», «resiste un poco más», «en cuanto salgamos de aquí…».
No terminé la frase. Mi imaginación sí.
Mi padre estaba hablando ahora de un vecino, de unas colas interminables en la panadería, sinceramente no me acuerdo de muchos detalles.
Yo asentía en los momentos adecuados, pero la cabeza se me iba a otra parte, al sofá, a sus manos donde no debían estar en ese momento.
Cada vez que su pulgar rozaba mi dedo bajo el mantel, una corriente me subía por el brazo y se instalaba directamente en el vientre.
Mi madre miraba. No a nuestras manos, que no podía ver, sino a nuestras caras. Nos observaba hablar sin mirarnos del todo, esquivarnos con la vista y buscarnos con el cuerpo. Ella se daba cuenta de que había algo nuevo ahí, un hilo invisible tensando el aire entre nosotros.
—Se os nota el matrimonio. —Soltó en un momento, con una media sonrisa.
Giorg se quedó en silencio un segundo. Luego, en lugar de la respuesta formal que habría esperado de él, se permitió algo distinto. Giró la cabeza hacia mí. Esa vez desde que habíamos entrado, me miró de frente, sin medias tintas.
La mirada me atravesó. Había en ella todo lo que habíamos hecho, todo lo que todavía queríamos hacer, y la conciencia exacta de que mis padres estaban delante. Fue un segundo, nada más. Luego volvió la vista a mi madre.
—Supongo que eso es buena señal —dijo—. Sería preocupante que ya estuviéramos aburridos.
Mi padre soltó una risa breve. Mi madre negó con la cabeza, pero sus ojos brillaban.
La visita no duró mucho más. Lo justo y necesario. Todo correcto.
Mis padres quizá no lo sabían, o quizá sí, bajo el mantel mi mano no se soltó de la suya ni un segundo. Y cada cosa gris que se decía en voz alta, yo la contestaba por dentro con lo único que me importaba, salir de allí.
Cuando nos despedimos, mi madre me abrazó otra vez. Noté que me olía el pelo, como si quisiera memorizar también ella esta nueva versión de mí.
—Volved pronto —dijo.
—Sí —respondí.
Pero al bajar las escaleras, con el brazo de Giorg de nuevo bajo mi mano, supe que «pronto» iba a significar otra cosa esa tarde. Que los dos estábamos pensando lo mismo, a juzgar por la forma en que sus dedos apretaron los míos un poco más fuerte al salir a la calle.
La guerra seguía ahí fuera. Mis padres seguían en su piso. El mundo no había cambiado. Pero nosotros sí. Y esa urgencia silenciosa, ese deseo casi impaciente por volver a nuestra casa, a nuestra cama, se coló entre los pasos, entre las palabras de cortesía, entre los saludos al portero.
Si alguien nos hubiera mirado desde fuera, habría visto a un matrimonio recién casado visitando a sus padres.
Si hubiera mirado un poco más de cerca, habría notado el brillo en mis ojos y la forma en que los cuerpos parecían buscarse como si el día tuviera demasiadas horas entre una puerta y otra.
Estoy casi segura de que me despedí bien, que di las gracias, que mi madre me arregló el cuello del abrigo y mi padre volvió a estrecharle la mano a Giorg.
Todo correcto. Pero en cuanto se cerró la puerta detrás de nosotros, el mundo se redujo a una cosa muy simple: la distancia entre sus dedos y los míos.
Esta vez no me ofreció el brazo. Me dio la mano. Así, sin explicación. Entre vecinos podía pasar por gesto correcto, entre nosotros era casi indecente. Sus dedos se entrelazaron con los míos. Caminamos en silencio unos pasos.
—Creo que mi madre se ha dado cuenta —dije al fin.
—¿De qué? —preguntó, demasiado inocente.
—De que su hija ya no reza el rosario por las noches —respondí.
Lo oí carraspear, y luego esa risa baja que había aprendido a sentir más que a escuchar.
—Tu madre tiene buen oído —admitió.
—Y buen ojo —añadí.
Su mano apretó la mía un poco más fuerte. No dijo nada, pero la forma en que exhaló me dijo que esa imagen le iba a perseguir un rato.
El camino de vuelta se me hizo corto. Demasiado. Cuando estuvimos delante de nuestra puerta, sentí el corazón en la garganta. Él abrió con la llave de siempre, cerró el pestillo.
Nos quedamos un segundo en el recibidor, mirándonos como si no supiéramos muy bien por dónde seguir. Cuando por fin se cerró la puerta detrás de nosotros, supe que el día no había terminado, solo estaba cambiando de forma.
No encendió la luz del recibidor. Dejamos los abrigos a medias en las perchas, mal colgados, como si ni él ni yo tuviéramos ya paciencia para doblar nada más. Nos miramos un segundo en penumbra. Bastó.
El gesto fue mínimo: un medio paso suyo hacia mí, un medio paso mío hacia él, como si hubiéramos ensayado toda la tarde ese encuentro sin tocarlo. Cuando sus manos encontraron mi cintura, yo ya estaba buscándole la boca.
—Baila conmigo —susurré.
Fue la primera vez que se lo pedí yo.
La frase le cambió algo en la cara. Un destello. No dijo «sí», no hizo falta. Me tomó de la mano, la otra volvió a mi cintura, y empezamos a movernos por el pasillo como quien entra en un salón vacío convencido de que hay música, aunque nadie más la oiga.
El ritmo fue lento desde el principio. Un, dos, tres. Un, dos, tres. No era una metáfora, mi cuerpo lo sintió así. Cada vez que él me acercaba un poco más, mis pies retrocedían solo lo justo para no perder el equilibrio. Le marqué el paso, casi sin darme cuenta.
Un, dos, tres. Mi cuerpo buscándolo. Un, dos, tres. Su cuerpo recibiéndome. Un, dos, tres. Mi espalda arqueándose, sus manos sosteniéndome.
Nos quedamos tendidos, sudados, respirando a destiempo.
Apoyé la frente en su clavícula, escuchando cómo su corazón y el mío iban bajando revoluciones. Fue él quien habló primero, con la voz aún rota:
—Si bailas así siempre… —murmuró—, no pienso dejar que nadie más marque el ritmo de tu vida.
Solté una risa floja, agotada.
—Ni yo misma —respondí.
—Tú, sí —corrigió, en serio—. Tú, siempre.
Su mano buscó mi cara, me giró lo justo para poder besarme sin torcer el cuerpo. El beso fue suave, casi tímido, en contraste con todo lo que acabábamos de hacer.
Me acomodé de lado, pegando mi espalda a su pecho. Su brazo me rodeó por la cintura, dejando la mano descansando justo donde empezaba el vientre. Sus dedos dibujaron un círculo lento ahí, como si sellara algo.
—¿Sabes qué es lo peor? —pregunté, medio dormida.
—¿Qué? —respondió, ya con la voz más baja.
—Que ahora entiendo a todas esas mujeres que suspiraban por un buen bailarín —bostecé—. Pero ninguna tenía un capitán.
Lo sentí reír contra mi nuca.
—No me líes, que bastante tengo con que tu madre sepa más de la cuenta —susurró.
—Mi madre lo sospecha —corregí—. Saber, lo sé yo. Y con eso me basta.
Él no respondió. Me apretó un poco más hacia sí, como si estuviera de acuerdo.
El vals ya no daba miedo. Pegada a su pecho, sentí que mientras durara este compás, lo de fuera no importaba. Esta vez no era que él me llevara, estábamos bailando los dos.