Capítulo 15 #2
Entendí de verdad el poder de una camisa robada, de un pasillo cualquiera y de la forma en que un hombre te mira cuando te desea sin prisas. Al final comimos algo. Muy poco.
El pan y el queso estaban ahí, sobre la mesa, pero cada vez que alargaba la mano, los dedos de Giorg encontraban la manera de rozar los míos, de entretenerse en mi muñeca, de distraerme la boca con un beso justo cuando iba a dar un bocado.
No era un juego grosero, era como si quisiera comprobar hasta dónde podía llegar solo con la punta de los dedos y la paciencia.
Cuando por fin consiguió que me terminara al menos un trozo de pan, «o te desmayas a mitad de lo que estoy pensando», había murmurado, con la voz tan baja que casi no estuvo, el cansancio cayó de golpe. No era sueño normal. Era el cansancio de quien ha estrenado demasiado en poco tiempo.
Me recosté en el sofá, con la intención de estar sentada «un momento». Él se quedó de pie un segundo, mirándome como si evaluara algo. Luego, sin mucho teatro, se sentó también, en el extremo, y con un gesto mínimo abrió el brazo. No dijo «ven». No hizo falta. Mi cuerpo ya sabía el camino.
Me dejé caer hacia él. Su pecho fue un respaldo mejor que cualquier cojín.
El sofá no era muy grande, para entrar los dos, tuve que encoger las piernas y plegarme un poco.
Las rodillas quedaron apoyadas en sus muslos, la camisa se subió un centímetro más, y sentí su mano, inmediata, sujetando el bajo, como si protegiera al mismo tiempo la tela y mi pudor.
—Así está bien —susurró, más para sí que para mí.
Apoyé la cabeza bajo su clavícula. Habría distinguido su olor entre mil. Su brazo rodeó mis hombros con una naturalidad que me sorprendió, no tanteó, no dudó. Me recogió como si llevara años haciéndolo.
El silencio era acogedor. La casa parecía otra, ya no era el lugar ordenado y silencioso en el que yo caminaba con miedo a descolocar nada, sino nuestra cueva.
Noté el pulgar de su mano dibujando líneas lentas en mi brazo, de arriba abajo.
Pasaba por la piel como si estuviera memorizando la textura, la temperatura.
Cada vuelta descendía un poco más, tocando el interior del codo, la piel fina de la muñeca.
La piel se me erizó en cada lugar que recorría. No de frío. De repente estaba allí todo mi cuerpo, muy presente, como si no hubiera nada más.
Me sentí ronronear por dentro. No era un sonido real todavía, pero la sensación era la misma, esa mezcla de confianza y placer que solo tienen las manos que ya te conocen. El sopor me pesaba en los párpados, pero el resto de mí estaba despierto, atento a cualquier movimiento suyo.
Él debió sentirlo, porque la mano se detuvo un instante en mitad del muslo, el pulgar apenas presionando en ese punto exacto donde un centímetro más arriba habría sido demasiado pronto, y un centímetro más abajo habría sido un peligro.
—Si me sigues mirando así —murmuró, sin mirarme, con la vista perdida en algún punto por encima del sofá— no vamos a dormir nada en todo el día.
No sabía que lo estaba mirando, pero aparentemente sí. Yo levanté la cara un poco, solo lo justo para verlo mejor. Tenía una expresión extraña, calma por fuera, la mandíbula marcando que por dentro pasaban otras cosas.
—No te estoy mirando —protesté, floja.
—Peor —respondió, bajando la vista por fin hacia mí—. Te noto.
La última palabra me erizó por completo. Era cierto, no había nada de mí que no estuviera pegado a él.
Su mano volvió a moverse. Esta vez siguió la curva de mi muslo hacia arriba, solo un poco, como quien comprueba el límite. El aire se me atascó en la garganta. La camisa apenas se movió, pero debajo todo se tensó.
—¿Así? —preguntó, muy bajo.
No sabía si se refería a la postura, a la caricia, o a qué. Asentí, la mejilla rozando su pecho.
—Así —contesté.
El pulgar hizo un círculo en la cara interna del muslo, suave, insistente. No subió más, ni hacía falta. El cuerpo reaccionó como si hubiera cruzado todas las fronteras posibles. Sentí un calor denso instalarse de nuevo en el vientre, esa sensación de estar al borde de algo sin moverse apenas.
Dudé un segundo entre el sueño y el deseo, pero daba igual.
Todo en mí terminaba tirando hacia el mismo lado, hacia él.
Mi cuerpo, agobiado, decidió combinar las dos cosas.
Me relajé un poco más, dejé que el peso entero se hundiera en su lado.
Él ajustó el brazo, se hizo más hueco, más sostén.
Sus dedos, en lugar de perderse en el camino que habían iniciado, cambiaron de intención, del círculo provocador al vaivén lento, de arriba abajo por la columna, igual que en la cama, arrullando.
—Estás agotada —dijo, casi contra mi pelo.
Había una ternura inmensa.
—Tú también —alcancé a murmurar.
—Sí —admitió—. Pero yo llevo agotado años. Tú te has ganado la siesta.
Su pecho vibró con la media risa.
Mi cuerpo, pegado al suyo, recibió ese temblor como una vibración dulce. Cerré los ojos sin querer. El calor, el olor, la mano subiendo y bajando en mi espalda en un gesto mecánico, hipnótico, me fueron abriendo una puerta al sueño.
Antes de cruzarla del todo, noté una última cosa, cómo sus labios tocaban la parte alta de mi cabeza, un beso apenas, casi una firma.
Y cómo, justo después, soltaba un suspiro.
No recuerdo el momento exacto en que me dormí.
Sí recuerdo esto, la última sensación antes de caer fue la de sus dedos en mi muslo, aún presentes, no provocando ya, sino guardando sitio.
El hambre seguiría ahí cuando despertara.
Solo se había tumbado un rato a descansar conmigo.
Cuando me levanté para vestirme, todavía sentía la piel caliente allí donde su mano había descansado en mi muslo.
El tiempo corría, teníamos que ir a ver a mis padres. Era lo que tocaba. La buena hija presenta al marido, aunque se haya casado casi a contrarreloj.
Giorg se limitó a acercarse y abrocharme los botones de la espalda con ese cuidado que ya me estaba volviendo adicta. Sus dedos rozaron la piel a medida que abrochaba. No hizo ninguna broma. No hacía falta. Mi espalda habló sola, se me llenó de escalofríos.
—Podemos cancelar —murmuró, cerca de mi nuca—. Decir que estás indispuesta.
—Estoy indispuesta —admití—. Solo que no por enfermedad.
Sentí la risa en su pecho, pegado a mi espalda. Aun así, terminó de subirme el vestido, me giró hacia él y, con una seriedad sorprendente, me ajustó el cuello, me alisó una arruga inexistente en la falda.
—Tus padres se merecen verte —dijo—. Y verte bien.
«Tus padres se merecen verte» sonaba, en su boca, a algo mucho más grande. Asentí. Cinco minutos después, estábamos en la calle.
No íbamos mano a mano como dos adolescentes éramos gente seria, casada.
Él me ofreció el brazo y yo lo tomé. Lo había hecho otras veces, de camino a actos oficiales, pero nunca así, sabiendo demasiado bien qué había bajo la tela.
La ciudad seguía en guerra consigo misma.
Había menos gente en las calles, más silencios, más persianas entornadas.
El tranvía pasó delante de nosotros, cargado de gente cansada.
Nosotros caminábamos despacio, dos figuras bien vestidas en medio del paisaje gris.
De vez en cuando, la mano de él, apoyada sobre la mía en su antebrazo, se movía un centímetro.
Solo eso bastaba para electrizarme. No eran caricias, eran pequeños ajustes, un apretar, un deslizarse un poco más cerca de mis dedos.
Cosas imperceptibles para el resto del mundo, pero no para mi piel, que saltaba como si la hubieran enchufado a la corriente.
—Estás muy callada —comentó, sin mirarme.
—Estoy intentando no pensar —respondí.
Su comisura se levantó en una sonrisa minúscula. No insistió. Bastaba con que sus dedos se abrieran un poco sobre mi mano para recordarme todo lo que habíamos hecho en las últimas horas.
El rellano olía a sopa y a tabaco, como toda la vida. Subir aquellas escaleras con un anillo en la mano y el recuerdo de un hombre sobre mi piel fue una experiencia casi fuera del cuerpo. Mi madre abrió antes de que llamáramos del todo. Debía llevar rato asomada al ojo de la cerradura.
—¡Anna! —Me abrazó con más fuerza de la que esperaba.
El abrazo me dolió y me consoló al mismo tiempo. Por un momento fui otra vez la hija que llegaba de visita, con historias del hospital y bandejas de comida. Luego su cuerpo se separó del mío y sus ojos bajaron un segundo a mi mano, al anillo, al hombre detrás de mí.
— dijo, más contenida.
—Por favor —respondió él, con ese tono que usaba poco—. Ahora soy su yerno. Llámeme por mi nombre.
Ella no se atrevió aún. Se hizo a un lado para dejarnos pasar. Mi padre se levantó del sillón, algo rígido, como si la columna le pesara más que antes. Apretó la mano de Giorg con energía, quizá demasiada.
—Bienvenido a la familia —dijo.
—Gracias —contestó él.
La escena tuvo todos los ingredientes de una visita normal, mi madre trajinando en la cocina, poniendo tazas, sacando un plato con galletas duras que guardaba para las ocasiones, mi padre preguntando por el trabajo, por el barrio, por cosas neutras.
Pero había algo raro en el aire. Un desequilibrio.
Yo lo sentía en la silla.
Nos habían sentado juntos, en el lado del sofá.
Nunca antes me había sentado tan pegada a él en ese salón.
Nuestras rodillas casi se rozaban. Giorg parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo. Contestaba las preguntas de mi padre con frases medidas, respetuosas, mirando al hombre a los ojos.
Pero su mano, apoyada sobre la rodilla, de vez en cuando giraba un milímetro hacia la mía.
El dorso de sus dedos rozaba el tejido de mi falda.
Y mi piel, bajo el tejido, saltaba como si me hubiera encendido una cerilla encima. Mi madre lo notó antes que nadie.